Homenaje a Pablo Armando Fernández
“La mejor forma de homenajear al poeta Pablo Armando Fernández con motivo del aniversario 90 de su natalicio es esta oportunidad en que celebramos el Día del Libro y del Idioma español; una labor realmente memorable durante décadas en este querido poeta e intelectual cubano”, expresó el reconocido poeta Edel Morales, invitado a dicha celebración junto al ensayista, crítico y poeta Virgilio López Lemus, el historiador Raúl Rodríguez La O y la filóloga Teresa de Jesús Fernández González, hija del homenajeado, en emotiva actividad realizada en la sede capitalina del Centro Cultural Dulce María Loynaz.
En su intervención el reconocido ensayista, crítico literario y poeta Virgilio López Lemus consideró en Pablo Armando “su valor fundamental: el de ser un príncipe, el de continuar siendo un príncipe en plena vida pero, ante todo, el de ser un poeta desde muy joven. En los años cincuenta del pasado siglo publicó su primer cuaderno de poesías y luego escribió –junto a otros colegas–, otro segundo inaugurando la corriente coloquialista poética, caracterizada por su componente épico”.
Subrayó que al respecto “inició sus primeros pasos a partir del influjo (o influencia) de Eugenio Florit, de quien fue un gran amigo. En ese segundo libro de poemas (1955), abre la mencionada corriente que tuvo gran influencia durante la década siguiente (…) En esa época se le podría calificar como un poeta bastante distante del grupo Orígenes (coloquialista), quien a su vez se distancia de los llamados Neorrománticos (revista Isla), los más importantes colectivos líricos de la década del cincuenta, reconocidos por la presencia de poetas muy sobresalientes como fueron Rodríguez Feo y Lezama Lima. En esa época se edita también la revista Nuestro Tiempo, a la que Pablo se incorpora, mas podría afirmar que él no llega a tener una influencia firme de los origenistas, no obstante su admiración hacia aquel grupo”.
López Lemus evocó al mismo tiempo la estancia de Pablo Armando en la ciudad norteamericana de Nueva York, luego de su regreso a la Isla tras el triunfo revolucionario, “cuando ya se abre paso la Generación del 50, de la que llega a formar parte, para comenzar a escribir una poesía de la Revolución y con la Revolución”.
Subrayó además en Pablo Armando que “en plena madurez de su oficio como poeta, publica el volumen titulado Toda la Poesía (Ediciones Erre), poemario caracterizado por su pertenencia a la corriente coloquialista, solidificada y convertida en la poesía más importante de la década del sesenta; luego escribe El Libro de los Héroes, una contribución a la poesía épica cubana, la que trata de la Revolución y de sus héroes caídos durante la lucha contra la tiranía batistiana.
“De ese período antológico siempre pienso en los libros de Fernández Retamar, Fayad Jamís y de Pablo Armando, como los libros iniciales caracterizados por una poesía externista, de tribunas sociales y, cada uno de ellos, forjadores de una nueva y joven hornada de líricos cubanos en plena madurez creativa; jóvenes escritores de una poesía testimonial que aspira a hablar de las circunstancias, del hecho histórico fundamental, e interesada en la observancia del proceso político-social externamente, fuera de la Isla. Observaban lo cubano de forma distinta, sin adecuación alguna a la poesía neo romántica y mucho menos al intimismo, como era el caso de la lírica de Dulce María Loynaz. En suma, estos poetas transforman el lenguaje de la lírica cubana en la década de los sesenta (…). En el caso de Pablo, él llega a ser un hombre profundamente revolucionario en cuanto a palabra y pensamiento; llega a revolucionar (y valga la redundancia), el modo de creación de la poesía, buscando una poética no personal o individualista, sino generacional, colectiva.
En las décadas siguientes (setenta, ochenta), Pablo Armando experimenta en una poética conversacional, basada en tonos elegíacos –como fue el caso de poemas referidos a la familia–, y comienza a escribir sobre el “yo”. Igualmente y, al ser un viajero constante –visita todos los países del campo socialista europeo–, realiza una poesía en prosa testimonial de viajero. Nunca conocida con anterioridad”.
Por su parte Teresa de Jesús Fernández, sumamente emocionada durante el transcurso de su intervención, rememoró la obra de su padre, en específico, su poemario escrito en 1953, donde “no sólo se respira la poesía de Vallejo (la madre, la familia), sino también sus lecturas que tienen que ver con un crecimiento espiritual y conocimiento bíblico, mitológico, al igual que las referidas a los clásicos españoles y anglosajones (…) La presencia de la familia era sumamente importante para él en su obra”.
Especial mención realizó Teresa de Jesús a la novela Los niños se despiden, “Esta es una obra de enorme lirismo, novedosa en su confección escritural; en ella combina lo narrativo de la historia, las misceláneas y diálogos de gran sentido espiritual sobre el lugar donde nació y creció –batey azucarero–, y todos los hombres que forman parten de la realidad en que vive y se desarrolla durante su niñez y parte de su juventud.
Resaltó la disertante que “la situación política y emocional del país van acompañando a Pablo Armando espiritualmente durante toda su vida”.
En los años setenta y, sin desprenderse de su estilo conversacional, “poco a poco va abriendo caminos a un coloquialismo reflejado en una mirada más íntima a la poesía. Así, inicia una escritura poética de carácter intimista, espiritual, muy ligada a la Nación, a su desarrollo político-social y a sus vivencias personales y familiares. (…) Al mismo tiempo, algo que quisiera resaltar en mi padre es no sólo su coherencia personal, sino también ante el hecho revolucionario”, dijo Teresa de Jesús, para evocar seguidamente que “en una ocasión me manifestó que la Revolución cubana es lo más hermoso que ha vivido la América Latina”.
Finalmente, el prestigioso historiador Raúl Rodríguez La O, amigo y colega de profundo intercambio político-cultural del homenajeado –en especial durante los años difíciles del llamado Período Especial cuando se convirtió en visita asidua a su casa–, subrayó que trascendió en él “su transparencia, sinceridad, nobleza, y sus conversaciones que siempre sorprendían por sus análisis; en Pablo Armando habría que destacar al mismo tiempo su amor al ser humano, a su esposa Maruja y a sus cuatro hijos; su capacidad de transmitir y de llamar a superar con su verbo y escritura las dificultades por las que atravesaba nuestro país durante sus períodos más difíciles y, por encima de todo, su defensa vehemente y sincera a la Revolución cubana. Así fue, es y será para sus amigos, colegas, familiares, para la cultura cubana y para todos los tiempos Pablo Armando Fernández.
