José Lezama Lima. Introducción a un sistema poético (IX)
“Paralelos…” está lleno de juegos interdiscursivos muy esclarecedores. Por ejemplo, cuando acerca la “Silva cubana” atribuida a Rubalcava a la pintura religiosa de José Nicolás de la Escalera, para ver en el color morado que coincide en ambos “un progreso de nuestra voluptuosidad”; o cuando observa la diacronía entre poesía y pintura en los inicios de nuestro Romanticismo, pues, mientras Heredia tiene ya una expresión desatadamente nueva, la plástica está llena de los lastres del academicismo del siglo XVIII, ejemplificado con el retrato Familia Manrique de Lara pintado por Vermay; o cuando aproxima el poema “La vuelta al bosque”, de Luisa Pérez de Zambrana, a La dama perdida en el bosque, del Aduanero Rousseau, pues considera que nada de la pintura cubana de su época puede seguir “esa excursión casi fantasmal”. Se detiene un instante en los grabados de Barañano, Mialhe, Garneray; en el paisaje del Valle de Yumurí, fijado por el primero, descubre a los caballeros con el rostro “un tanto vuelto hacia la ciudad, sin continuar avanzando sus corceles para producir el diálogo entre el yo confesional del romántico y el paisaje que se adapta a las violentas imposiciones de los estados de ánimo”, mientras que un cafetal lo devuelve al riesgoso paralelo con la poesía: “En el cafetal La Ermita, grabado de Mialhe, sólo hay un tiempo áureo para el refinado sembradío, no hay para el éxtasis con el aroma de la flor del café, donde Plácido hunde su anhelante respiración”.
El tema de los grabados cubanos interesaba de manera particular a Lezama; véanse el Capítulo XI de Paradiso, las composiciones visuales que descubre José Cemí en la sala de su casa: allí, además de una Minerva de marmolina, un caballito chino, un cofre de plata peruana y otros objetos heteróclitos, hay dos tabaqueras con grabados: La granja y La sopimpa habanera de 1848. La descripción del primero es particularmente interesante por su riqueza de asociaciones: la imagen de un arriero y dos caballeros que pasean se le antoja misteriosa, especialmente uno de los últimos, al que intuye “enigmático y apesadumbrado”, que gana sentido por obra y gracia de su imaginación: “Su sombrero de copa lo acerca a los últimos años de Stendhal, neurótico diplomático retirado, o a las escapadas a las bibliotecas de Londres, de José Antonio Saco, cuando se iba a documentar sobre la esclavitud egipcia”. De este modo la obra plástica deriva hacia la historia y hacia la ficción, las dos modalidades del discurso narrativo según Ricoeur.
De manera muy lógica para este poeta, las conclusiones de “Paralelos…” no están al final de él, sino justo a la mitad, cuando la poética de las ruinas y la reconstrucción hermenéutica señalan como objetivo final el hallazgo de la imago, el objetivo final de todo el método lezamiano:
Pero ahora ya sabemos que la historia tiene que comenzar a valorarse a partir de lo que va a ser destruido. Es decir, que vastísimas extensiones temporales que no lograron configurarse se igualarán a grandes extensiones que alcanzaron la ejecución de su forma, pero que fueron destruidas. De tal manera que únicamente la imago puede penetrar en ese mundo de lo que no se realizó, de lo que puede destruirse y de lo que fue arrasado. […] esas épocas que apenas fueron configuradas, tales nuestros siglos XVI, XVII y XVIII, pueden ser consideradas como arrasadas por un fuego invisible. […] El rastreo de la expresión artística se ha convertido en la lucha entre la imago, ascendida a primer plano, y el fuego extendiéndose como un árbol infinito o replegándose a un punto que vuela.
No está de más señalar que el ensayo gana todavía mayor alcance si es leído en diálogo no sólo con el resto de los textos que componen La cantidad hechizada, sino con otros libros que el autor da a la luz en esa década. Si en la primera sección de La cantidad hay cinco ensayos, destinados a formular la teoría general de las “eras imaginarias” y la fruitiva explicación de algunas de ellas, encarnadas sucesivamente en los “vasos órficos”, la cultura egipcia y la china ―simbolizada por “la biblioteca como dragón”―, “Paralelos…” abre la segunda, dedicada a temas cubanos que van desde las agrias críticas del Regañón hasta la poesía de Zenea, las novelas de Mesa y la pintura paradigmática de Arístides Fernández y René Portocarrero. Es una bisagra que permite el paso de las civilizaciones antiguas de Asia y Europa al plano insular y favorece la interiorización de esas fabulaciones que inicialmente el escritor sólo concebía en la lejanía.
Tal diálogo nos remite a Dador; recuérdese que en este poemario el texto inicial hace un recorrido semejante, desde los nebulosos tiempos del Génesis hasta los misterios y teogonías de Egipto, Creta, Grecia, Japón, para concluir ubicándose en el Salón Alaska de la Habana Vieja, donde los miembros de Orígenes, sorprendidos por la lluvia, comen pasteles de guayaba. En cierta medida, el ensayo que repasamos funciona en el terreno de la historia y la crítica de arte como en lo novelesco lo hace Paradiso: así como Cemí pasa por un largo aprendizaje para caminar, guiado por Oppiano Licario, hacia la plenitud de la imago, en “Paralelos…” se asiste, de la mano de Lezama, al nacimiento de lo cubano y el desciframiento de sus rasgos distintivos y posibilidades, para detenerse en el punto cenital de la Orplid: Martí, a partir del cual lo insular alcanza un sentido definitivo.
Lezama debe ser leído como un poeta-filósofo en la gran tradición latinoamericana, del linaje de los heterodoxos que tanto apreció: desde Sor Juana Inés de la Cruz hasta José María Heredia y Martí. Su grandeza estuvo en intentar lo casi imposible: la poesía del absoluto que encarnara un destino utópico para la nación y a la vez una salvación para el espíritu. Ningún otro escritor cubano puso en su escritura tanta ambición y a tal precio de soledad.
Repitamos con él:
Ángel de la jiribilla, ruega por nosotros. Y sonríe. Obliga que suceda. Enseña una de tus alas, lee: Realízate, cúmplete, sé anterior a la muerte. Vigila las cenizas que retornan. Sé el guardián del etrusco potens, de la posibilidad infinita. Repite: Lo imposible al actuar sobre lo posible, engendra un posible en la infinidad. Ya la imagen ha creado una causalidad, es el alba de la era poética entre nosotros. Ahora podemos penetrar, ángel de la jiribilla, en la sentencia de los Evangelios: Llevamos un tesoro en un vaso de barro. Ahora, ya sabemos que la única certeza se engendra en lo que nos rebasa. Y que el icárico intento de lo imposible es la única seguridad que se puede alcanzar, donde tú tienes que estar ahora, ángel de la jiribilla.
