Italia, a mediados del siglo XIX. Una villa, es decir, una de esas casas mediterráneas que, sean de Italia, de Grecia o de España, son la envidia del resto de Europa, aterida siempre por el frío y los golpes de aire traicionero. Una pareja británica de mediana edad vive en ella. Ambos cónyuges escriben poesía, pero, con esa reserva llena de tacto, no sólo cada uno conocerá lo del otro cuando éste decida mostrarlo y no antes, sino que, dado que la villa es amplia y rica, tienen cuartos separados para escribir. Él, Robert Browning, hombre fornido y pleno de energía, parece ignorar la gracia del paisaje que circunda su bonita villa: es la estampa de la depresión o, como entonces se decía, del spleen. ¿Es su carácter? No: está bajo el efecto de una convalecencia difícil, y, sobre todo, acaba de morir su madre. Este hombre, todavía en los cuarenta y lleno de vigor a pesar de la pasada enfermedad, parece un gigante vencido. No obstante, como su escritura es su vida, se sienta a su mesa de escribir poesía. De pronto sucede algo increíble: las manos de su esposa, Elizabeth Barrett Browning, le deslizan en un bolsillo de su chaqueta un fajo de papeles: “Lee esto, y si no te gusta, rómpelo”. Sin dejar tiempo a nada, desaparece. Es más que un obsequio de amor: es un rito de curación. Tiene ante sí el manuscrito de Sonetos del portugués, el libro que, oculto para él durante años, su esposa escribió cuando apenas eran novios —a escondidas de la familia de ella— en Londres. Un rato después, Robert Browning, de nuevo dueño de sí, sabe ya que se trata de un libro que está a la altura de los sonetos de amor más extraordinarios de la lengua inglesa, que se igualan en rango a los que escribiera Shakespeare en su tiempo. No ha habido, antes de estos de Elizabeth Barrett Browning, sonetos que compitan con los del gran dramaturgo. No los habrá después, y menos, posiblemente, en este difícil y atormentado siglo XXI. La realidad es que, tras Sonetos del portugués, ese extraordinario poema de amor, hay una novela viva tan apasionante como el libro.
Elizabeth Barrett Moulton-Barrett nació en Inglaterra, en una familia con muy buena posición económica. Por otra parte, fue hermosa. Tuvo una educación muy singular: estudió idiomas, e incluso llegó a dominar muy especialmente el griego clásico, además de otras lenguas como el portugués. A los veinte años publicó su primer poemario: Un ensayo sobre el pensamiento y otros poemas. Vivía una existencia placentera, hasta que la muerte de su hermano más querido, la quebrantó psíquicamente y la hizo recluirse en su habitación. A los veintiocho años publica un nuevo libro, Poemas, que llama la atención de la crítica. Un poeta de veintidós años, Robert Browning, le escribe admirativamente y se inicia una correspondencia que alcanzó, en seis años, la cifra de 574 cartas. La amistad y admiración devinieron un romance intenso, sobre todo a partir de que Browning visitara a la poetisa, pero el padre de Elizabeth se negó rotundamente. Ella tenía serios problemas de salud, y no se trataba solamente de una tendencia a la depresión: a los quince años sufrió una caída que dañó su espina dorsal. Luego, su retraimiento, su tendencia a evadir la luz solar y los paseos al aire libre, además de una enfermedad que debió de ser un ataque viral, la predispusieron a las cefaleas, así como a sufrir de enfermedades pulmonares que, en 1838, llegan a convertirse en una hemorragia pulmonar seria. Por eso el padre se negaba a que se casase, pues, a su juicio, ello podía exponerla de inmediato a morir de parto. Hay que añadir que la inexperiencia de la medicina en la época había hecho que le recetasen láudano, sustancia opiácea que le causó una cierta adicción.
Browning buscó opiniones médicas y encontró un especialista que le aseguró que si Elizabeth cambiaba de clima, por uno más saludable y seco que el londinense mejoraría sustancialmente. Browning le propuso a su amada irse con él a Italia. Ella meditó algún tiempo e, incluso, hizo una prueba a la vez impresionante y maravillosa: se escapó a escondidas de su casa, y caminó sola por un parque, incluso sobre el césped. Para la recluida de tantos años fue algo impresionante ese mínimo redescubrimiento del mundo. En 1846, Elizabeth Barrett, a los cuarenta años, se casó secretamente con Robert Browning, de treinta y cuatro, y se escapó con su marido. Se establecieron en Florencia, donde se recuperó mucho de salud, se liberó del láudano e, incluso, tuvo a su hijo Pen.
En Italia, la poetisa, que había sido ya intensamente antiesclavista, tomó interés por la lucha nacionalista italiana, por el antiesclavismo en Estados Unidos y, particularmente, por la lucha en pro de los derechos de la mujer en la Inglaterra victoriana: fue, sin dudas, la escritora de mayor talla intelectual que, en su época, cerró filas a favor de transformar la situación femenina. Murió en su villa de Casa Guidi en 1861, a los cincuenta y cinco años de edad. Sólo entonces su marido regresó a Inglaterra.
Esta poetisa de deslumbrante cultura alcanzó una fama extraordinaria, y fue admirada por otros grandes de la lengua inglesa, en particular por Emily Dickinson. Los Sonetos del portugués, que no fueron ni su primera ni su última obra, son su texto más conocido. La autora comenzó a escribirlo durante su atormentado romance con Robert Browning. El título proviene de la misma intimidad que jalona el contenido del libro. Ella había escrito un poema sobre la amada del gran poeta portugués Camoens y, al parecer, Browning, entre los apodos afectivos que usaba para nombrarla, la llamaba su “portuguesa”. Sea como fuere, el presente que obsequiara la poetisa a su marido enfermo, pretende ser un conjunto de sonetos traducidos del portugués: Sonnets from the Portuguese, y ofrece características no solamente distintivas, sino que podrían calificarse de sensacionales. La intensidad de la pasión erótica es tan fuerte, que salta por encima de todos los convencionalismos victorianos. Sonetos del portugués, a pesar de que data de más de un siglo, sigue siendo una muestra de cómo el erotismo más profundo no necesita de los disfraces porno que una pseudoliteratura ha venido utilizando y defendiendo. La autora construye un discurso de cristalizaciones a la vez afectivas, sensuales e, incluso, refinadamente sexuales. Así talla el rostro del Amado, el Príncipe Encantador, su Robert Browning a la vez poeta, amado y amante, de quien se siente, en lo esencial, muy diferente, como se evidencia en el siguiente poema —cuya excelente traducción, como la de los demás versos suyos aquí citados, es de Isabel Serrano León—:
Tú has sido destinado a los salones palaciegos,
¡El más fino cantor de altos poemas! allá donde
Los bailarines detendrán su danza, ávidos
A la espera de que tus inagotables labios digan más.¿Y tú levantas el pestillo de esta casa tan pobre
Para tu mano? ¿y puedes tú pensar y soportar
Que tu música gotee aquí sin advertirlo
En despliegue de dorada plenitud ante mi puerta?¡Alza los ojos y mira los postigos rotos,
Los mochuelos y murciélagos que habitan en mi techo!
Mi grillo está chirriando contra tu mandolina.¡Calla, no invoques al eco como una prueba más
De desolación! hay una voz interior
Que llora. . . mientras tú debes cantar. . . sola, lejana.1
El poemario expresa lo esencial de la novela romántica que estos dos seres de excepción vivieron. Cuando Elizabeth Barrett estaba escribiendo esos poemas, se hallaba recluida en su habitación de enferma, y ya le habían prohibido volver a ver a Browning. En esta situación, sus poemas dan cuenta de una angustia interior que trasciende por completo la anécdota, para convertirse en emblema universal de la pasión amorosa:
La múltiple intensidad con que describe al ser amado, lo mitifica hasta un grado prodigioso, cuya estatura no deja de aumentar si se reflexiona que Browning fue, junto con Rimbaud, uno de los fundadores efectivos de la poesía moderna, con la salvedad de que Browning cruzó los límites que Rimbaud dejó intocados, para lanzarse a construir lo que hoy hemos llamado la antipoesía. Por otra parte, el amor, tema obsesivo de este libro que se teje entre la aceptación y el renunciamiento, trasciende los límites concretos de la historia de ambos poetas, y se convierte en un tema tratado también con aliento universal:
Si tú has de amarme, deja que sea por nada
Excepto por amor al amor mismo. No digas
"La amo por su sonrisa ― su apariencia ― su manera
De hablar dulcemente, ― por un giro del pensamientoQue se ajusta bien al mío, y sin duda, trajo
Una sensación de placentero bienestar tal día"―
Porque estos motivos en sí mismos, Amado, podrían
Ser cambiados, o cambiar para ti, ― y el amor, así forjadoPudiera deshacerse de igual modo. Ni me ames por
Tu propia amorosa compasión al enjugar mis mejillas, ―
¡Una criatura que tenga tu consuelo largo tiempo,Pudiera olvidarse de llorar, y perder tu amor por eso!
Ámame, pues, por amor al amor mismo, para que siempre
Puedas continuar amando, en la eternidad del amor.2
De manera que la sensual minuciosidad con que la novia aborda los más diversos ángulos del amado, no resulta ni un absurdo, ni una fatuidad ni un autoengaño (los poemas que Browning escribió a la muerte de ella, y, más aún, su aislamiento y negativa a volver a casarse, también avalan la magnitud de la pasión entre ellos). Cuando el poemario arriba a la confirmación del amor, la explosión de dicha pasional salta mucho más allá de la asfixiada hipocresía victoriana del siglo XIX británico, y se planta con gallardía en el tono de nuestra contemporaneidad: “Di que me amas, me amas, me amas ― ¡repite / El tañido de plata!―recordando solo, Amado mío, / Amarme también en silencio con tu alma”.
Sonetos del portugués no excluye una consideración —ya sea oblicua, ya sea directa— del fragor del universo exterior: “Deja que lo afilado del mundo, como una navaja, / Se cierre sobre sí mismo y no haga daño”. La pasión se desborda, y por momentos alcanza lo innombrable, la imposibilidad de expresarse de la autora. Aun esto mismo es logrado, y lo inexpresable halla sitio y voz especialísima en su texto:
¡Mis cartas! ¡Todas muerto papel, mudas y blancas!
Y sin embargo parecen estar vivas y palpitar
Contra mis manos trémulas que desatan la cinta
Y las dejan caer en mi rodilla esta noche.Ésta decía, ―que él quería tenerme ante su vista
Una vez, como a una amiga: ésta fijaba un día en primavera
Para venir y tocar mi mano. . . algo tan simple,
¡Y aún lloré por eso!―ésta, . . . la luz del papel. . .Decía, Amada, yo te amo; y yo me entristecí y me acobardé
Como si el futuro de Dios tronara sobre mi pasado.
Esta decía, Soy tuyo―y por eso su tinta se ha desvanecidoDe estar guardada contra mi corazón que late demasiado aprisa.
Y ésta. . . ¡Oh, Amor, mal se interpretarían tus palabras
Si lo que ésta dice, me atreviera finalmente a repetirlo!3
Pocas veces la poesía femenina ha logrado de manera tan refinada describir la atracción física del amado: “[…] Más bien, renueva / De inmediato tu presencia; como un árbol fuerte debe hacerlo”. Finalmente, la sensualidad —a pesar del férreo ambiente victoriano— estalla en el poemario con un despliegue sorprendente y luminoso, que desafía todas las pacaterías de la época en ese beso que, en el terceto final, literalmente se desliza hacia otras zonas de su cuerpo “[…] was folded down / In perfect, purple state […]”:
La primera vez que él me besó, solo besó
Los dedos de esta mano con que escribo;
Y desde entonces, se volvió más elegante y blanca,
Lenta para los saludos mundanos, rápida con su "Oh, escucha,"Cuando hablan los ángeles. Una sortija de amatista
Que pudiera usar en ella, no sería más visible para mí
Que ese primer beso. El segundo sobrepasó la altura
Del primero, y buscó la frente, mas se perdió la mitad,Y cayó la otra mitad sobre el cabello. ¡Oh, el premio más alto!
Ese fue el aceite bautismal del amor, que precedió
A la misma coronación del amor, con santificadora dulzura.El tercero, sobre mis labios se plegó hacia abajo
En situación perfecta e imperial; desde entonces, ciertamente,
He vivido y he dicho con orgullo, "Mi amor, mi bien".4
Una y otra vez se ha señalado cómo Sonetos del portugués constituye un extraordinario monumento psicológico y sensual, erótico y pasional, para un ser amado. Esta no es toda la verdad: también está el rostro magnético de la Amada, el autorretrato llameante que esta mujer se atreve a dar de sí misma: detalle a detalle se desnuda todo su universo íntimo, con un dominio del autorretrato psicológico que quizás ninguna otra autora haya alcanzado todavía. De aquí la estatura singular que hace de Sonetos del portugués el libro de amor más esplendente del siglo XIX.
Esta mujer se revela como una voz lírica que Jorge Luis Borges debió admirar por su aspiración a confundir artes y culturas. La sensorialidad dominante en los sonetos, la descripción sucesiva de percepciones diversas, se orienta a concentrar la experiencia de los sentidos, como puente al placer quintaesenciado del espíritu a través de la percepción carnal, que es, al fin y al cabo, la médula de la sensualidad. De aquí que, por momentos, sienta el lector que la distancia entre los amantes —efectiva y físicamente separados cuando ella escribe este poemario— no existe sino como entelequia resultante de la honda dimensión del vínculo erótico y los estados del alma. Los lugares de que nos habla la poetisa no son tan concretos, como espectaculares: todo el tiempo ella se ubica en un espacio construido con proyecciones del ser. Se trata de una reconstrucción del universo a partir de la confluencia de sentido, sensualidad y erotismo. Fue una especial intensidad de existencia lo que esta dama descubriera en la extraña soledad de su aposento. Así, los Sonetos del portugués son un preanuncio del aleph borgiano: un sitio de confluencia formidable del cuerpo y del espíritu, del tú al que nos imantamos, y el yo que ese mismo tú permite desplegar. Poemario de amor, monumento de un espíritu de extrema delicadeza e indoblegada fuerza, más allá del erotismo triunfante que sobre él se alza hasta su mismo clímax, esta obra nos recuerda hoy, que es quizás cuando más nos hace falta, que la poesía existe, y se alcanza y se palpa en lo más hondo del texto de Elizabeth Barrett Browning, y también en lo profundo de cada uno, pues es a nosotros, y no solamente a Robert Browning, a quien se dirigen los versos finales de este libro irrepetible: “Obliga a tus ojos a que guarden sus colores verdaderos, / Y di a tu alma que sus raíces se quedaron en la mía”.
1 Elizabeth Barrett Browning: Sonetos del portugués. Traducción de Isabel Serrano León. Ed. Ácana, Camagüey, 2004, p. 28.
2 Ibíd., p. 51.
3 Ibíd., p. 79.
4 Ibíd., p. 99.