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Al son de Mayra Montero
Adelaida Fernández de Juan, 03 de septiembre de 2007
A pesar de tu recurrente obsesión por los chinos cubanos, Mayra Montero, que se deja ver en la subtrama de Son de Almendra, tu más reciente novela publicada en Cuba, el entramado, como sombra chinesca, resulta bien urdido por tu oficio de novelista.

La Habana de los cincuenta es retratada eficazmente, como ya hiciste con los años veinte en Como un mensajero tuyo, aquella historia de Caruso en la ciudad que tú misma calificaste de “profunda” en la presentación de esa novela aquí, en el año 2003.

Esta vez, al compás del danzón “Almendra” de Abelardo Valdés, vivimos la turbulencia de La Habana desde 1957 hasta el fin de 1958, el peor y el mejor año para Joaquín Porrata.

Reportero, inicialmente del Diario de la Marina y luego de Prensa Libre, este demasiado joven escritor va esquivando el susto y la sordidez de la historia real que nos llega como telón de fondo, como piezas de un rompecabezas que no importa si existió o no: tú lo haces verosímil.

Su familia, encabezada por unos padres carentes de temperamento es, sin embargo, símbolo de la mezcolanza de resignación y clandestinaje de la ciudad que termina por cambiar definitivamente de rumbo.

Una hermana lesbiana, un hermano conspirador y una sirvienta gallega (vaya trío) reciben casi todas las noches los despojos que quedan del periodista Porrata, sobreviviente de golpizas de la mafia, oscuros cuidadores del Zoológico, una amante manca y de las traiciones que le llegan con la naturalidad con que también disfruta de lo mejor de la música cubana de la época.

Mucho hemos aprendido y disfrutado los lectores de este son que es de almendra, Mayra.

A título personal, ya como escritora, confieso que fue la corriente paralela (¿optativo pasillo de baile?) lo que más me cautivó.

Las cartas que escribe Fantina contando su vida bien pudieran separarse de la narración básica para constituir otro libro. Es una novela dentro de otra, que se complementa con la misma redondez con que puede ser escindida.

El excesivo enjambre de personajes que se mueve fuera del universo que cuenta Fantina (Yolanda) queda, a mi entender y para mi gusto, paralizado como en el juego de la estatuas para recobrar su movimiento vertiginoso cuando la mujer, llámese como se llame decide dejarnos en vilo por un rato.

Al estilo de un personaje de Raymond Chandler, Joaquín Porrata no solo encarna a un patético anti héroe similar a Aurelio Zen, ese protagonista que Michael Dibdin cultiva tan bien, sino que es el único eslabón que enlaza una historia con otra, una novela con la que lleva en su interior.

Ambos mundos, poblados de fantasmas que revolotean todo el tiempo asomándose solo cuando el estilo policíaco de este Son de Almendra que es tuyo y que es nuestro, mantienen el aire suspense que los hace orgánicos. Parafraseando el final de la mejor de las cartas, son dos mundos que respiran juntos.

Dada la cubanía que ostentas, de ti y gracias a la editorial Letras Cubanas, quedamos deudores agradecidos al finalizar esta lectura que acabas de regalarnos.