A veces me parece que la ciudad de Matanzas sobrevuela, ingrávida y mañosa, la bahía. Otras me da la impresión de que flota en la vastedad de esos atardeceres que su horizonte engendra. Pero en tales casos, aun con la poesía y el mar como mediadores, me equivoco, porque Matanzas, a la larga, acaba resultando una de las ciudades más terrenales del mundo.
Lo afirmo, sobre todo, por el acendrado rumor con que sus calles le dan la bienvenida al aire y al viajero; por sus árboles que, a ciertas horas, parecen personas al acecho de la melancolía. Toda la ciudad, de noche y vista desde la línea del tren, parece una habitación gigante donde caben, vaporosos, los sueños y es posible sentirse amparado por versos que ya cumplieron el siglo y medio: "¡Ay de mi tórtola, mi tortolita/ que al monte ha ido y allá quedó!".
A Matanzas me gusta abordarla por sus versos, claro. Y me parecen absolutamente normales las reiteradas melodías subyacentes en la mágica armazón del puente de Tirry, pues en su memoria metálica reencarnan, al parecer, algunos seres de inefable y demente candor que, aún hoy, podrían responderle al viento si llamamos con fuerza:
―¡José Jacinto!, ¡Gabriel!, ¡Juan Francisco!, ¡Isa!..
Y es que Matanzas tal vez sea, sin mucho parigual, la ciudad cubana más cantada por sus poetas. Quien le haya tomado el pulso a Matanzas sabe, además, que se hace prácticamente imposible, para cualquier viandante insomne de mediano corazón no rendirle tributo a la cósmica tonalidad que le aportan a la sangre, ya tarde en la noche, las aguas del San Juan deslizándose como un sollozo: "Matanzas, bendigo aquí / tus malecones mojados, / los árboles desterrados / del Paseo de Martí / y el eco del Yumurí. / Y van mis lágrimas, van / como perlas con imán / o como espejos cobardes / a vaciar todas las tardes / sus aguas en el San Juan".
A uno siempre le parece que la gente, en Matanzas, viene de épocas distantes, y que su destino es acontecer como si nada existiera. O que se dirigen a un sitio, bañado por la paz, al que le encantan los infinitivos, toda vez que la vida transcurre en un tiempo verbal que le permite a las cosas serlo para siempre. Usted se para en la calle del Medio y advierte lo fácil que se le hace mirar, sin apuro, un paisaje urbano donde los edificios parecen galeones: dan ganas de sentarse hasta que caiga la noche y vuelva el día, a conversar con Carilda Oliver, Alfredo Zaldívar o Laura Ruíz —son algunos ejemplos— si acaso detenemos, en el instante de ahora, la máquina del tiempo. Y así puede uno enterarse de que, para ser matancero, solo hace falta nacer en Sojo Tres (provincia de Holguín), como le ocurre a Alfredo, o en el fausto corazón de Matanzas, como Laura y Carilda, y tener ganas de inventarle a la ciudad cualquier mito que la desborde. Carilda lo es de manera natural, le basta apenas labrar su propia historia usando como herramienta cuatro versos:"Me desordeno, amor, me desordeno / cuando voy en tu boca demorada /y casi sin por qué, casi por nada / te toco con la punta de mi seno".
Alfredo descubrió, un día de 1985, que a la ciudad le faltaba el toque definitivo para su elegancia e inventó las Ediciones Vigía. Pero también quiso dejar grabadas en su piel las palabras de sus Papeles pobres: "Los bohemios que llevaban la ciudad en los ojos / atraviesan la plaza este domingo. / El cielo regresa a los tejados. / Viejos cantos envuelven la bruma del San Juan y sus peces. / Coro de luz, los barcos, /como barrio marino en la Bahía."
Laura, tan delgada como el aire de una flauta, subió a la embarcación de Alfredo desde que esta zarpara de la nada y aún rema en ella, que importan las mareas altas o los maremotos, le basta con dibujar lo que Matanzas le inspira en el velamen de los libros. Laura también supo dejarle a Matanzas el testimonio de que un día ella «fue la ciudad de sus sueños», y lo dejó inscrito en su aire para siempre: «Los Dioses descenderán y el San Juan volverá a ser el único río del mundo cuyo murmullo hace llorar a los paseantes».
Otro gran matancero no nacido en la ciudad es Luis Lorente (natural de Cárdenas), quien conoce a cabalidad «la ambición de la bahía, de frente a nuestras casas, espaciosas para las confidencias». Los versos que Luis ha escrito para la ciudad integran, con pleno derecho, la vaporosa nómina poética con que sus hijos (legítimos y adoptivos) la vienen mitificando desde hace más de tres siglos. Cito aquí una décima de su libro Esta tarde llegando la noche: "Los trenes helicoidales / cruzan volando Matanzas / y provocan las andanzas / de rotundos animales. / Seres, también, espaciales / junto con vivos y muertos; / seres que duermen despiertos / y algún otro raro ser / que llora al amanecer / frente a los cielos abiertos".
Otros nombres y otros versos le faltan a mi nómina, lo sé: Digdora Alonso, Rolando Estévez, Luis Marimón, Juan Luis Hernández Milián, Isolina Bellas, Israel Domínguez, Hugo Odelín, Héctor Escobar... todos ellos, no obstante, comprederán que los cite solo de pasada, no por que los considere faltos de «matanceridad», sino porque no quiero pecar de prolijo.
Recuerdo ahora a Matanzas como la ciudad donde los que andamos de paso en sus numerosas ferias y jornadas literarias, nos vamos enterando de que el rostro de Cuba se define mejor si tomamos en cuenta ciertas galanterías, como la de regalarle siempre una flor al poeta que termina de leer para el público sus versos. La ciudad donde, de paso, Arístides Vega Chapú y Bertha Caluff (tan santaclareños como Marta Abreu) hicieron una escala gloriosa de seis años y engendraron a su hija Salma.
Es Matanzas la ciudad donde más ganas de quedarme he sentido en mi vida, solo comparable esto último con la Santa Clara de los sesenta, donde me quedé, puede ser que definitivamente. Los que llegamos a Matanzas con la frecuencia que nos permite la difícil e intensa vida literaria de los días de hoy, nos preguntamos frecuentemente cómo, aun a expensas de lo modesto de sus propuestas hoteleras, siempre nos parece llegar a un balneario donde se hace «turismo de inteligencia». Debe ser porque la poesía y el mar siempre se han llevado bien. Y mejor aún cuando ese mar es el de una ciudad de corazón visible, pero nunca tan grande que la balanza se desequilibre a favor de una u otro. El perfecto equilibrio entre mar y ciudad es lo que le da a Matanzas su irrepetible impronta poética. Al menos así lo siento yo, que me deprimo cada vez que no puedo asistir, por cualquier razón, a alguno de sus eventos poéticos.
Hay quien afirma que es una ciudad pacata, que a las seis de la tarde las calles mueren de despoblación, pero en esa misma paz hogareña se define una de las zonas luminosas del rostro de las ciudades de provincia: ese estar en la sala degustando conversaciones, o en lo hondo del cuarto compartiendo un té con amigos, o, simplemente, nadando en el fulgor de unos versos escritos para los fantasmas que, tan vivos en el aire, le definen una personalidad a los más fructíferos mitos.
A Matanzas, así como es de íntima, quisiera yo también, algún día, dedicarle mi mejor poema. Ojalá que las palabras adecuadas me visiten para ello. Ojalá me quede mar adentro para sacarlo al aire.
Santa Clara, 2 de mayo de 2007