No sé si entre las intenciones de Jorge Angel Hernández Pérez (Hache) al escribir Carmen de Bisset estaba la de ofrecer una especie de cuadro donde aparecieran los marginados de la sociedad que acompañan, como diría Herman Hesse, a los “salutíferos del medio”, pero lo cierto es que lo logra, y muy bien.
Como en un tríptico de parte de la contemporaneidad cubana, desfilan en un extremo, el homosexual Lisandro (Lissi) y la prostituta Elisabet (Lis), protagonistas fundamentales de la novela En el centro, los extranjeros Gunter y Francesca (muy secundarios), y en el último panel, el ex policía y alcohólico “Cubalibre” acompañado por El peregrino, enloquecido e iluminado personaje.
Lejos de imaginarnos la música de Georges Bizet, el conocido ballet, o la narración original de Prosper Mérimée al intentar descubrir el origen de Carmen como título, lo que visualizamos es una curiosa galería de figuras en constante movimiento.
Además de la marginalidad, otros elementos enlazan a los personajes que, de una forma u otra, van acompañándose entre sí en las más de doscientas páginas de esta novela, que se lee con placer.
El desplazamiento, que ya decíamos constante, aparece desde el inicio. Los lectores vamos con Lissi y con Lis en una huida sin fin a través de las provincias centrales, mientras El peregrino deambula por Varadero (sitio al que aspiran a llegar los dos primeros) y “Cubalibre” busca en sitios variados y distantes. El parque Vidal (emblemático), El Mejunje (entrañable), las calles, las terminales de ómnibus, el Monumento del Che, el Hotel Santa Clara Libre, bares, casas de alquiler, todo se dibuja en un excelente paisaje. Enmarcados en Ferias que a ritmo de circo sirven para la venta de productos agrícolas, giros en carruseles y vistas panorámicas desde montañas rusas, los cuadros se nos aparecen con detalles que casi rozan el preciosismo de un escritor que, devenido en dibujante, se empeña no sólo en demostrarnos su talento, sino su arraigada condición de santaclareño.
Cuando observamos los rostros de quienes nos miran desde los frescos del tríptico, encontramos otro rasgo que además de la marginalidad y el movimiento comparten todos: la desdicha.
La desmesurada ambición de Lissi lo obliga a actos despiadados que terminan en la violencia de un asesinato (absolutamente comprensible), como culminación de la infelicidad que ha sido su vida.
Lis, jinetera barata con ínfulas de actriz e ignorante hasta la caricatura, es el resultado de un padre abusador y de una madre débil.
El tema del abuso infantil por parte de la figura paterna y la relativa tolerancia de la materna, tan magistralmente exorcizado por Hache en su novela “La luz y el universo”, vuelve ahora en la triste figura de la prostituta, que resulta hermana del más enloquecido (e infeliz también) de todos: El peregrino.
Fanático y apaleado hombre que, de profesor, se convierte en un espectro deambulante que no cesa de hechizarnos con su palabrería, tan errante como él mismo.
Mención aparte merece la infelicidad del llamado “Cubalibre”. La obsesión de este alcohólico es el rescate de sus hijas. Como si al final de un viaje la vida pudiera curvar un polo sobre otro para evitar los infortunios de jóvenes como Lisandro y Elisabetñ este ex agente de la autoridad convertido en delator, se empeña en reconquistar el respeto de sus hijas, que sabemos perdidas. Su rostro no es sólo triste, es patético.
Casi en una esquina de las pinturas (¿al margen también?), como de soslayo, Hache se atreve a ridiculizarse a él mismo, a su condición de escritor, con un guiño efectista, irónico, delicioso:
“Los escritores creen que viven para convertirlo todo en escritura. Son una plaga maldita”.
Carmen de Bisset es una novela respetuosa. No hay en ella asomo de burla ni panfleto para ningún extremo. Ni siquiera, a pesar del desconsuelo de sus personajes, puede calificarse de triste.
Es, como decíamos, el dibujo cuidadoso de un manojo de penumbras salido de la mano piadosa de un escritor que, por suerte para nosotros, sigue creyendo en la importancia de ciertas plagas malditas.
Carta sobre Carmen de Bisset, Letras Cubanas, 2004, Jorge Angel Hernández Pérez.
Laidi Fernández de Juan