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Ediciones Damují: bailar con un tobillo roto
Ricardo Riverón Rojas , 23 de septiembre de 2007

Y esas frágiles barquillas
que te surcan, Damují,
parecen poner en ti
un sello de tradición

Raúl Jiménez


Más de doscientas personas esperaban, bulliciosas, frente a la librería. Se había anunciado la presentación del libro de una autora del pueblo. Un hecho inusitado sin dudas en un lugar que, pese ser cuna de músicos como Rey Díaz Calvet y Guillermo Portabales, o de un critico como José Miguel Otero, no era muy ducho en celebridades locales al alcance de los ojos. La presentación del libro Arre burrito, de Dinorah Sánchez, estaba anunciada para las diez y treinta de la mañana del día 16 de julio de 1992. Tal era el motivo del desacostumbrado ajetreo.

Como en los buenos filmes del oeste y en aquellos años noventa de nuestro Período Especial, la diligencia (quiero decir: el ómnibus Habana-Rodas) donde se trasladaban los ejemplares del libro que protagonizaría la jornada, cubría su ruta con retraso. En dicho vehículo, como custodio de los ejemplares del libro, viajaba José Ramón Calatayud, quien se había ocupado de los trabajos de impresión del mismo en un taller de la capital. La hora acordada para la presentación ya había pasado. Otros treinta minutos más. Ansiedad. Desasosiego...Hasta que al fin hizo su entrada en la terminal el «dinosaurio» con el «burrito» a cuestas.

Lo que sí no se esperaba el entusiasta custodio del «tesoro» era tal concentración. La devoción por su pueblo, por la literatura, por la cultura toda, unidos a la locura (casi suicida) que anima a los editores de esa retaguardia no estratégica llamada pequeños pueblos, lo había llevado a concebir, mientras residía en La Habana, el proyecto editorial más ambicioso que ha conocido Rodas en su historia: las Ediciones Damují.

Contando con la gestión y el ímpetu de Gladys Rodríguez, especialista de programas culturales del municipio en aquellos días, además del apoyo de otras personas, la idea concebida por Calatayud había ido cobrando forma, hasta concretarse en aquel discreto tomito fundacional. Tan eficaz había sido la gestión de Gladys en la preparación del acto, que logró atraer a aquella «muchedumbre», pocas veces vista en el poblado, excepto en los bailes y fiestas populares y en las celebraciones políticas. El acto rebasó todas las expectativas, incluyendo las de los organizadores, y sirvió de acta oral para dar fe del nacimiento de las Ediciones Damují, por fortuna vivas aún y celebrando en este 2007 su decimoquinto aniversario.
Cuando evoca aquellos días de la fundación del bello proyecto editorial, Calatayud se torna exhaustivo, y comenta con alegría nostálgica —valga la paradoja— los detalles:

La autora de aquel libro era una persona muy respetada en el pueblo, pero totalmente desconocida como creadora. A partir de aquel día dejó de llamarse Dinorah Sánchez para convertirse en Arre Burrito, su cuaderno. De ese libro puedo decirte que estaba modestamente impreso y encuadernado en rústica; contaba con apenas veinte poemas y algunas ilustraciones en blanco y negro. En menos de lo que respira un mosquito se agotaron los mil ejemplares de la tirada, aunque tuvimos el cuidado de colocar un buen número en bibliotecas, algo que consideramos de gran importancia estratégica.

El poblado de Rodas, fundado hacia 1854, ostenta la condición de municipio desde el primero de enero de 1879. Cuentan que un grupo de personas, que marchaban hacia Cienfuegos en busca de oportunidades, decidieron echar el ancla, atraídos por el bello paisaje y las condiciones del lugar, al parecer promisorio para el giro del comercio. Ya para entonces existía un muelle en la confluencia de los ríos Damují y Jabacoa. También un aserrío y varios almacenes de productos.
Cerca de cuarenta mil almas animan, hoy, la atmósfera del municipio, doce mil de ellas en el pueblo de Rodas. La geografía dibuja el sinuoso trayecto de varios ríos. Son abundantes las cuevas con arte rupestre y se aprecian numerosas evidencias de vida precolombina. Originalmente el sitio se llamó El Lechuzo y tomó el nombre de Rodas como «homenaje» al Capitán General Antonio Fernández, Caballero de Rodas, de triste recordación para nuestra Historia.
Pese a contar con expresiones culturales de indiscutible frescura y acontecimientos de relevancia, resulta curiosa la ausencia de una vida editorial en Rodas. Al respecto, Calatayud refiere:

Lo que se dice una tradición editorial no existía en nuestro pueblo, y creo que esa es una realidad aplicable a otros poblados de similares características. En nuestro caso sí había, sin embargo, algunos precedentes: hasta donde sé, en 1903 se publica un directorio económico que incluye mucha información; lo escribió un maestro de escuela llamado Pedro Marino Ruiz Rojas, verdadero portento para su época. Teníamos, desde el siglo XIX, una imprenta, en la que se procesaron algunas publicaciones periódicas de corta vida, con diferente perfil informativo o reflexivo. En 1952 aparece Apuntes para la historia de Rodas, otro libro sin el cual nuestra historia estaría aún más renca. El texto se gestó y editó por un colectivo al que animaban afanes electorales, pero los resultados, aun a su pesar, pueden considerarse positivos en atención a que recogió información de primera mano y fotos muy valiosas de la época. Otros periódicos salieron esporádicamente hasta la primera mitad del siglo XX, nada más. No creo que estos hechos concreten una mínima tradición. Aquellos periódicos y revistas de la época fueron, no obstante, un buen vehículo de expresión para el vigoroso movimiento de escritura periodística local. Algunos de aquellos reporteros llegaron a cultivar, con agudeza y oficio, la profesión.

Los primeros años de la década de 1990 en Cuba, como se conoce, se caracterizaron, en lo editorial, por el cierre de la mayoría de las revistas, la reducción de las tiradas y periodicidad de los periódicos, y la transmutación de la edición de libros en aquellas miniaturas llamadas plaquettes, paliativo que alcanzó dimensiones hemorrágicas a la par que hacía posible que no se detuviera del todo la promoción de la literatura en nuestro país. Fueron aquellos, también, años de enjundiosa descentralización de la mayoría de los procesos culturales, lo que generó, al calor de una cultura de resistencia, el nacimiento de proyectos de fértil autonomía territorial. Ediciones Damují fue uno de ellos, y sobre las pautas fundacionales nos enteramos de que:

Al principio no pensábamos continuar el juego iniciado con Arre burrito. Nuestro primer impulso respondía al ansia por hacerle justicia a Dinorah, tan querida y abnegada en su creación, pero ante el éxito del primer paso, nos tentó la idea y decidimos intentarlo de nuevo. Así fue como planeamos editar una antología de la décima en Rodas, pero la persona que se comprometió para preparar la compilación y enviármela a La Habana —donde residía yo por entonces— nunca cumplió. Como ya habíamos contactado al impresor y discutido todos los detalles del trabajo, algo bien difícil en aquellos tiempos, no podíamos perder la oportunidad, y ante tal circunstancia nuestro grupo decidió que procesáramos un conjunto de poemas que yo había acumulado durante años sin pensar en su publicación. Así salió, como segunda entrega, Ciudad de Cámara, mi libro.
Al iniciar nuestra aventura no nos trazamos pautas programáticas, y ni siquiera pensábamos que podríamos pasar de los dos o tres títulos. Nos animaba, eso sí, el interés por dar a conocer la obra de los creadores y concretar nuestra vocación editorial.

Hacer aquello en Rodas, uno de los sitios de Cuba con menos condiciones, nos estimulaba más aún. La presencia de Gladys Rodríguez en un frente tan importante de Cultura propició algunas condiciones por breve tiempo. Luego estas cambiaron y cada vez se hizo más difícil continuar. No obstante, jamás bajamos bandera: el trabajo se mantuvo, al menos en esencia.

Nuestras «realizaciones» se acogen a los más diversos formatos, tipos de impresión, materiales, y de esa forma creo que dan testimonio de un entorno tan reducido y de una época tan adversa en lo material. Es evidente que no asumimos criterios de colecciones, temáticas, trayectorias autorales y todas esas cosas que sirven de base para organizar una casa editora; en nuestras condiciones se hacía imposible respetar esos criterios. Cada trabajo tiene su historia y su batalla, pero en la propia desventaja estaba la atracción del reto, y hasta el posible mérito, en caso de que exista. Si este proyecto hubiera nacido en Cruces, o Cumanayagua, tal vez fuera más explicable, pero Rodas era y sigue siendo, desde el punto de vista de infraestructura y desarrollo económico-social, el sitio menos imaginable para semejante aventura.

Un acto de justicia imposible de obviar nos convoca a reconocer la labor colectiva, pues en los trabajos y discusiones encaminados a la fundación, así como a la posterior cotidianeidad del quehacer, intervinieron algunas personas, que paso a enumerar enseguida: ya mencioné a Gladys, imprescindible; de no ser por ella yo, desde La Habana, no hubiera podido concretar la empresa; sostener el ritmo y atarlo a tierra. También debo citar, dentro del grupo de trabajo, a Rey Felipe Santana Bardelás, director municipal de Cultura entonces, quien le confirió apoyo oficial, aun en contra de la lógica burocrática, a cuyo amparo muchos directivos deciden no salirse del guión y acogerse a lo establecido. A Rey Felipe lo animaban otros motivos, románticos también, pero no literarios, más bien personales. No obstante siempre tendremos que agradecerle, pues de haberse opuesto a nuestra «loca» idea, la historia hoy la estaríamos contando de otra forma. Otros nombres podrían mencionarse, Zayda Jiménez, Basilio Castillo, y que me perdonen los olvidados, aunque no creo que sean tantos. A lo largo de estos años ha habido muchos seguidores, y aunque valoro altamente su esfuerzo, creo que no les caracteriza aquella entrega inicial: tal vez un espíritu más indoblegable. Aun con esa objeción, el aporte de Luis Manuel García Olivera, Jordán Cordero Alemán, Rosa Sarzo, Fabiola García, Fobito García, con mención muy especial para Icel Morfa, ha sido fundamental para la continuidad de las Ediciones Damují.

Quince años. Cerca de cincuenta títulos que ellos prefieren llamar «objetos culturales» definen un universo que, si bien no marca aún una tradición, sí deja constancia de cómo un día un grupo de personas decidieron, en contra de toda lógica, modificar un entorno donde, pese a los generosos programas culturales de la Revolución, aún no se había expresado con toda su fuerza la identidad local.

Libros, folletos, plaquettes, tarjetas, plegables y otros materiales hemos sacado a la vida cultural rodense en todo este tiempo; de ellos diez son títulos relacionados con las ciencias médicas, de muy buena acogida en esa comunidad científica. Ese es un hecho que nos produce mucha satisfacción, porque proyecta a la editorial hacia otras utilidades. Es verdad que no siempre a los resultados los avala la calidad, visto ello desde la perspectiva de la rigurosa escuela cubana de edición, pero siempre, a quienes los soñamos, gestamos y concretamos, nos han dejado en el alma un sabor a victoria.

Cienfuegos, como provincia, ha sido un medio algo incómodo para nosotros, pues no exagero si digo que hubo resistencia, no declarada abiertamente, al hecho de que existiera un proyecto como el nuestro. A veces hemos sentido que se habla de la editorial con gestos de perdonavidas para esos «pobrecitos» que se empeñan en editar libros en Rodas. En nuestro municipio, por otra parte, ya no existe imprenta, y el Centro del Libro, al parecer no nos tenía entre sus «fortalezas».

En la actualidad, después de algunos diálogos, el Instituto Cubano del Libro ha decido darnos apoyo, en materia de recursos y cuotas para la impresión en la imprenta de Ediciones Mecenas, pero lo que sí no aceptaríamos sería convertir a Ediciones Damují  en una colección de aquella: no podemos renunciar a nuestra identidad, legítimamente ganada. Aplaudo y recibo agradecido el gesto, pero hay cosas por discutir aún. No queremos hacer libros que se parezcan a otros, queremos mantener nuestro carácter alternativo, y eso no sé si lo tiene claro en el Centro del Libro de Cienfuegos. Ojalá que sí. La integración tiene que darse en los marcos del respeto a un proyecto que surgió en una época sumamente difícil y encaminado a la búsqueda de una identidad propia. Este tema es muy escabroso y pudiera generar polémicas, pero no queremos guerrear. Nuestra posición es crecer y construir, y creo que ello es posible sin renunciar a lo que ya alcanzamos.

Es cierto: uno mira lo producido y se percata, por lo anárquico de los perfiles de diseño, formato y propuesta de lectura, que se trata de una diversidad asumida como norma. El cuidado en la edición del texto nos reafirma que no es el desconocimiento del oficio el causante de esa diversidad. Intuyo que la filosofía propia de la época en que surgió la editorial: «hacer con lo que se tenga a mano» jugó su papel también.

Cada libro era una aventura, una gruta a la que debíamos entrar sin antorchas; los materiales (lo que se pudo) fueron arrancados de donde se pudo y como se pudo. Te puedo comentar que incluso alguien utilizó la palabra «ridículo» ante un trabajo nuestro que utilizaba papel rasgado y pegado; evidentemente nos ponía a competir, de manera absurda y ridícula con los excelentes libros artesanales de Ediciones Vigía. ¡Nada más lejos de nuestra intención! Sin embargo, aquellas palabras, más que enojarnos, nos incentivaron. Pienso que la resistencia es válida, lo que no cuenta es rendirse: mejor existir precariamente que desaparecer y acogerse al consuelo del epitafio. Hemos usado cartón, papel gaceta, impresión off set, impresoras de punto, láser, impresión directa, mimeógrafo, hemos repelado seiscientos libros con una cuchilla de oficina. Encuadernamos a mano casi siempre, incluso la agotadora cifra de mil libros. Una de las modalidades que siempre hemos utilizado para suplir carencias y evitar caer en la nada son los cartel-libro, especies de estructuras de cartón en los que insertamos textos literarios. Hemos confeccionado varios y tienen la ventaja de que se colocan en sitios diversos: lo mismo en instituciones que bajo un árbol. Los llamo «ediciones itinerantes». Puede parecer una locura pero da resultado.

Tal variante la hemos aplicado también para promover dibujos de Samuel Feijoo, pues aspiramos también a difundir la Plástica, de ahí que utilicemos con tanta frecuencia ilustraciones de artistas locales. El hecho de que mi casa muchas veces parezca un almacén: llena de papeles, recortería e insumos gráficos por todas partes me produce una perpetua sensación de estar en campaña, algo que, en un país como Cuba, exalta, para bien, los ánimos. Algunos dicen que somos fantasmas y a veces hasta he llegado a creer que es verdad, aunque al final siempre resulte lo contrario. Los problemas, como es usual, no han faltado en nuestros diálogos con las instituciones, y la incomprensión ha llegado de muchos niveles, esperadas y no. Pero parece que los tiempos son otros, ojalá que mejores.

¿Y cómo hace un proyecto, situado tan al margen de los escenarios principales, para circular sus libros?

Hasta ahora los libros han circulado con los métodos más heterodoxos que puedan concebirse. Ello obedece a que, como no estábamos insertados en la red normal de librerías, siempre tuvimos que compensar tal desventaja con imaginación. Siempre hacemos presentaciones y tratamos de vender algo para reciclar y obtener alguna ganancia en aras de reinvetirla en el propio proyecto. La realidad es que en ese proceso lo que concretamos con mayor frecuencia son gastos de nuestros escasos bolsillos. La familia no siempre comprende, porque es imposible que nadie que no esté encandilado con una aventura como la nuestra entienda que gastemos quinientos pesos en una cubierta, en detrimento de la satisfacción de otras necesidades más apremiantes y no menos «elevadas». Yo creo que la felicidad que produce concretar una obra a favor de la cultura tiene su precio, y nosotros hemos sido de los que siempre estuvimos dispuestos a pagarlo. Cada loco con su cuerdo maniatado, ¿no es así? De todos modos, el mercado no es el medio donde más y mejor se expresa nuestra difusión.

Muy importante fue el concurso que desde 1996 hacíamos, que nos daba una buena imagen: un concurso nacional cuyo nombre era Premio de Poesía Damují. Tuvo diez ediciones, pero naufragó porque el Consejo de la Administración Provincial dejó de aprobarlo, ignoramos con qué argumentos, me imagino que económicos, no culturales. Publicamos, como pudimos, varios de esos premios: con mucho esfuerzo personal. La Historia dirá lo que deba decir, pero opino que el Premio, como la editorial, se había ganado el derecho a la presencia en la cultura de la provincia.

También hemos intentado realizar en dos oportunidades un Encuentro del Libro Alternativo, pero ha sido en vano. Hasta un ciclón se nos interpuso, pero los vientos del desinterés pueden más que cualquier huracán; de no ser por ellos, quién sabe si lo hubiéramos logrado.

Le solicité a José Ramón Calatayud, uno de los fundadores de Ediciones Damují, rodense sin reivindicación territorial posible, que me contara, para cerrar este diálogo, alguna otra anécdota relacionada con la azarosa trayectoria de la editorial. La que recordó tiene que ver con el proceso de Ciudad de Cámara, y describe la odisea que vivió en el momento de trasladar los ejemplares desde La Habana hasta el pueblo para hacer la presentación. La anécdota me interesa sobre todo porque ilustra, con ribetes pintorescos, la épica de este pequeño y no tan infrecuente proyecto cultural cubano. También porque demuestra, junto a tantos argumentos, cómo la precariedad nunca ha logrado interponerle una barrera infranqueable a los sueños, al altruismo, al impulso cultural de quienes se sienten portadores de una voz más alta que la propia: la de la identidad de un pueblo.

En aquella oportunidad abordé el tren lechero en San Felipe, un punto de la provincia de La Habana cercano al sitio donde yo trabajaba. Como el tren iba tan lleno, no pude subir del todo sino que me vi obligado a viajar en el estribo, con mi equipaje y tres enormes paquetes que contenían mil ejemplares del libro. Cuando el tren había rodado varios kilómetros no pude evitar que un paquete se cayera. Con dolor lo vi dar brincos por la cuneta. Bajarme y desandar el trayecto a pie, recoger el bulto y luego intentar irme a Rodas por otra vía fue el único remedio posible. Lo hice, rescaté al náufrago y realizamos la presentación en tiempo y forma, aunque a muy pocas personas les conté el incidente, por pena, porque me parecía un verdadero papelazo. Hoy lo cuento y me río, pero no dejo de sentir el orgullo de los empecinados. Cuando pienso en el camino recorrido, en quienes, codo con codo, lo hemos andado; en la escasa luz de quienes nos pusieron obstáculos y palabras de desaliento en buena parte de la ruta, me digo que ha valido (y sigue valiendo) la pena tanta energía  puesta al servicio de la noble causa. Cumplimos los quince años y no se me ocurre otra metáfora que compararnos con aquel guajiro terco que, bailador al fin, pese al dolor de cada pasillo, sin soltarle la cintura a su «amorosa guajira», se pasó la noche bailando en el Círculo Social, pese a tener un tobillo roto: Damují / undoso Damují... Nada, que así somos los de este pueblo.

Santa Clara, 11 de julio de 2007