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Alguien tiene Fiebre de invierno
Adelaida Fernández de Juan, 02 de octubre de 2007
Al amigo a quien no gustó la novela:

Voy a hablarte de ella y de su autora, muy a tu pesar. No para convencerte, sino para que no vuelvas a repetir que no te dijo nada. Si aún después de leer estas páginas, persistes en esa idea, al menos yo pretendí mostrarte qué dice. Que por nosotras dos no quede el silencio. Que te llegue fiebre y no invierno. 

Marilyn Bobes empezó a dedicarse a la narrativa de ficción hace más de diez años. Además de su trayectoria como periodista en la Agencia Latinoamericana Prensa Latina y en la revista Revolución y Cultura, se destacó como poetisa luego de ganar el Premio David de Poesía en 1979 con su libro La aguja en el pajar. Sin abandonar del todo el ejercicio de este género, comienza a publicar narraciones, y obtiene Premios en México (1993) y en Perú (1994).

Su libro de cuentos Alguien tiene que llorar, Premio Casa  de las Américas 1995, la consagra como una de las voces narrativas más interesantes de Cuba. Sus historias, cuya estructura recuerda a diarios íntimos, resultan confesiones de mujeres que ofrecen puntos de vista bien diferentes sobre las despedidas, las relaciones entre jóvenes, la muerte y la visión de un pasado que no fue ni remotamente perfecto.

En el cuento que le da título al libro, aparece una reflexión de Cary (figura principal en todo el volumen), que luego encontramos de forma mucho más elocuente en Fiebre de invierno:

“Maritza estaba segura de que yo sería escritora, sobre todo después que le hablé de mis diarios ......tal vez , sin saberlo, ya buscaba un lector”

Como si Marilyn hubiera estado ensayando una compleja coreografía desde hace trece años, se decide al fin, y aparece Fiebre de invierno.

Esta vez, sin sufrir modificaciones que conviertan la historia en cuentos separados, como en Alguien tiene que llorar. Desde el inicio, Jacqueline, la protagonista, sabe que es escritora. Ya no tiene dudas, y cansada en su batalla por encontrar al menos lo que ella misma denomina “un compañero de camino”, sabe que únicamente escribiendo una novela que descorra el velo de su vida, encontrará paz, sin que ello implique perdón.

A través de once capítulos, esta mujer que ya no es joven, nos lleva a un viaje por su vida, que considera frustrada. La adolescencia, marcada por ilusiones, es recordada como elemento integrador en medio de las particularidades en que se desataron los primeros éxodos, todavía sin madurez para asumir las pérdidas, pero ya con sensibilidad para sufrir añoranzas. El mundo del baile, de la música de los Beatles, de los primeros cigarrillos y de los amores escondidos, nos brinda, más allá de los antecedentes emocionales de Jacqueline (¿La Cary de Alguien tiene que llorar?), el ambiente social de La Habana de los 70.

Las décadas de los 80 y los 90 aparecen detrás, sin que los acontecimientos históricos estremezcan demasiado a la mujer que cuenta, ya para esas fechas lo suficientemente acorazada detrás de su mundo intelectual, y con varios fracasos amorosos. Nada endurece más que eso, nada hace más perspicaz a una mujer que el engaño recurrente.

Las damas de la novela, desde la abuela Charo, cautivante bailarina;  la madre tradicional, pacata y asustadiza; la amiga psiquiatra, tan necesitada de ayuda como sus pacientes; la fría y cínica Benvenuta, y claro está, Jacqueline, son convincentes. Entrañables. Cada una de ellas nos ofrece (como los diarios del libro de cuentos ya citado), distintas maneras de afrontar un mundo gobernado por los hombres.

Consecuentes con el dibujo que Marilyn logra de estas mujeres, afloran la tenacidad, las trampas, la resignación y los cuestionamientos de cada quien. En el fragmento de un diálogo que sostienen la protagonista y su amiga psiquiatra, se resume lo que podría ser el planteo de Fiebre de invierno, aunque no sea aconsejable reducir una novela a una tesis:

-Nos mantenemos en el viejo esquema de los cincuenta: infancia, carrera universitaria y después matrimonio. A las mujeres nos cuesta mucho trabajo llegar a ser nosotras mismas con independencia de los hombres. Las cubanas mantenemos todavía muchas dependencias emocionales.

Un rasgo que sobresale en Jacqueline (¿Cary?) es la perseverancia. Sin pretender convertirse en una luchadora feminista de tribuna ni enarbolar banderines que destaquen, no se deja vencer ni por la perniciosa dependencia de la que habla en el diálogo, ni por la incomprensión y la mezquindad de que es víctima, y precisamente en la literatura encuentra su bastión de resistencia. Insiste en escribir una novela que lleve por título un verso de Dylan Thomas, y que cumpla con el consejo de Raymond Carver de no ocultar nada, de desnudarse en función de la obra de arte, en su caso particular como venganza y reafirmación necesarias. Con alusiones al placer íntimo que pueden  provocar el tacto, el olfato, el oido y el gusto, que nos hacen recordar a la gran escritora Clarice Lispector, Marilyn se empeña en transmitirnos en esta novela una peculiar sensitividad, que ya se vislumbraba en Alguien tiene que llorar. A diferencia de Iluminada Peña, personaje recurrente en ese libro, y en semejanza con Cary, la protagonista, Jacqueline, de Fiebre de invierno, es, sin llegar a un refinamiento petulante y obvio, una mujer carente de ambiciones pedestres y de actitudes vulgares. No utiliza disfraces ni adornos, para permitirnos adentrarnos en el solitario y difícil mundo de una mujer, que mucho más atrevida que las anteriores, no titubea al decir Yo necesito escribir y estoy cansada de autocensurarme.

Los lectores que buscaba Cary, los obtiene Jacqueline en esta novela, donde Marilyn Bobes demuestra, una vez más, su habilidad literaria, su preciso dominio del lenguaje y sus dones para al final, complacerse ella misma a través del regocijo que nos proporciona siempre la lectura de sus libros.

Laidi Fernández de Juan

Marilyn Bobes: Fiebre de invierno, Casa de las Américas, 2006, Premio de Novela.