Ha muerto Julieta Campos. Desaparece sin que el público cubano haya podido conocer su obra, que fue, si no vasta en sentido cuantitativo, sí estuvo señalada por una profundidad de percepción, una finura y, en particular, una conciencia artística, que nos permite enorgullecernos de su condición de escritora nacida en esta Isla. Establecida en México después de su matrimonio —en la década del cincuenta—, desarrolló allí su obra literaria, en la cual, la presencia de la cultura cubana es muy perceptible.
En el conjunto de su producción literaria —ensayos de gran agudeza, como “La modernidad en el espejo”, textos novelísticos como Celina o los gatos o El miedo de perder a Eurídice, o teatrales, como Jardín de invierno—, se manifiesta una comprensión singular del acto de escribir, en la cual la experimentación, la búsqueda de nuevos medios expresivos, son características centelleantes, que la revelan como una de las autoras de mayor fuste y dignidad creativa en América Latina.
De tal variedad de producción —en este momento tan cercano a su fallecimiento—, me viene a la mente una novela que es como un espacio singular de la escritora. Me refiero a Tiene los cabellos rojizos y se llama Sabina. En esta esencial narración, Julieta Campos se revela como escritora de marcado relieve neobarroco en América y, al mismo tiempo, manifiesta al trasluz hasta qué punto sus raíces siguieron siendo estremecidamente cubanas. Ante todo, se trata de un libro que narra el proceso de composición (posible) de al menos dos novelas. La propia autora presenta, hacia el final del libro, una imagen posible de su texto:
Esa novela que estoy escribiendo es la historia de una mujer tentada por el mar. Trataré de contarte de qué se trata. En realidad es una vieja historia, que se habrá repetido quién sabe cuántas veces. Ella tiene miedo de quedarse y miedo de irse. Si algo distingue a esta historia de otras parecidas es sólo que ella, la mujer, imagina la posibilidad de escribir una historia sobre una mujer que mirara el mar sin decidirse a abandonarlo. Tiene la fantasía de poder llegar a ser su propio personaje y, de esa manera, cumplir un destino que, lo percibe oscuramente, tiene algo que ver con el mar. A la vez dos narradores, una mujer y un hombre, se obstinan en hacer de ella el personaje, en un caso central y en el otro marginal, de dos novelas de las cuales sabemos muy poco.1
Con entera voluntad, pues, se trata de una novela que se difumina en sí misma. En realidad, el
protagonista no es esa mujer, sino el proceso de escritura —simultáneo— de la novelista y sus dos personajes narradores. En un juego de espejos enteramente neobarroco, el hombre que trata de escribir una novela, está obnubilado con la idea de construirla a partir de la mujer a quien ve en la distancia, quien, a su vez, se empeña también en escribir su propio texto, donde incluye a este narrador que bracea con las palabras. La visualización de la creación narrativa como un juego especular, se hace más compleja aun en la medida en que Julieta Campos convoca, sin ningún subterfugio, una inmensa y heteróclita herencia literaria: Malraux, Mallarmé, Borges —particularmente—; Proust —también con énfasis—; Shakespeare, Catulo, Truman Capote, Rilke, Baudelaire, Hemingway, Joyce, Carpentier, Kafka, Schiller, John Donne, Jules Laforgue, Saint-John Perse, César Vallejo, D. H. Lawrence, Víctor Hugo, Valéry, Lautréamont, Julio Verne, Henry Miller. La renuncia a un personaje convencional, es acompañada por una deliberada invocación a la literaturidad eterna y cambiante. Son ingredientes de un texto que renuncia, en principio, a su estatus canónico de novela alrededor de un personaje, para convertirse en una novela impensable y nueva, concentrada sobre el acto mismo de escribirla, y donde el personaje se piensa, ante todo, como ser de una ficción que no ha llegado aún a materializarse:
La novela que ella, yo, tú escribirías empieza por fin a desplazar a la otra, la que estaría escribiendo él, en tanto que la ambigüedad de mi existencia como personaje oscilante entre una y otra ficción está, lo percibo claramente, a punto de desaparecer, en la medida en que yo misma decida ser la mujer que contempla obsesivamente el promontorio.2
De este modo, la novela se levanta como un documento que se sumerge en la interioridad de la escritura, y apela, entonces, a un sinnúmero de ecos, que advierten al lector sobre técnicas, tendencias, matices de estilo, estéticas posibles, que constituyen entonces una atmósfera general del texto, en una prodigiosa transfiguración del novelar, que consiste, entonces, en una fantástica carnavalización de modos de construcción de la palabra narrativa.
Lo más interesante, sin embargo, es que Tiene los cabellos rojizos y se llama Sabina, a pesar de toda esta carga —por así decirlo— metatextual, salvaguarda una substancia básicamente novelística y, también, lírica, que la vincula, en lo hondo, con la voluntad especial que preside Jardín, de Dulce María Loynaz. Pero Julieta Campos alcanza un tono narrativo más contemporáneo, enfrentado, con ironía tal vez, a la permanente crisis de la literatura en el siglo XX. Se trata de una sensibilidad que no se deja arrastrar por lo poético per se, sino que se asoma, una y otra vez, a la realidad mordiente del presente literario y, al mismo tiempo, construye una y otra vez —en los diversos proyectos de novela que jalonan el texto— una realidad por completo tangible. Es una actitud concordante con lo que la autora expresase en uno de sus ensayos: “La modernidad sigue asediándonos, aun cuando se la pone en duda, se la cuestiona y se la impugna. La imaginación del futuro oscila entre algunas anticipaciones utópicas y muchas pesadillas”.3
Esta novela, en efecto, alterna entre la visión de una novela sobre el acto de escribir una novela, y un sinnúmero de imágenes oníricas, que desfilan, con una secreta coherencia, a lo largo del texto. Julieta Campos está consciente de eso, y escribe, con palpable ironía:
En esa novela, la que tú tendrías que escribir y que no sería sino el intento desesperado de cercar con innumerables palabras una aproximación al conocimiento de un absoluto intuido y luego desvanecido; en esa novela que sólo podría ser escrita por una mujer, porque únicamente las mujeres se aferran tan obstinadamente a cualquier ficción de absoluto, no podrás evitar que la vida cotidiana irrumpa sin cesar, negando la inmovilidad artificiosa de ese personaje ensimismado en la ilusión de un canto de sirenas que no se deja oír por ninguna parte.4
Pocas escritoras en Cuba, México o América Latina, han tenido una conciencia tan intensa de la escritura como acto de creación, sujeto a la vez a herencias culturales, selecciones estilísticas, evaluaciones del mundo y volcaduras del espíritu. Esto hace de Julieta Campos una voz de especial significación, tanto para su país natal, como para el de adopción —uno más de los grandes autores que México y Cuba han venido compartiendo a lo largo de su historia—. De aquí la nitidez con que el Caribe y La Habana son convocados en sus páginas, mientras que Acapulco y, en general, las mil culturas de México, se filtran inconteniblemente entre las páginas de esta novela que, asomándose con inquisidora precisión al universo de la literatura, es al mismo tiempo fiel a los sustratos culturales básicos de la autora.
Tiene los cabellos rojizos y se llama Sabina, entremezclada de enigmas, de ironías, de autoconciencia artística, y, sobre todo, de una muy lúcida percepción de lo contemporáneo, es de una singularidad tal, que difícilmente —tal vez con la excepción de Clarice Lispector— se halle en América una escritora con una tal altura de reflexión y brillantez de escritura como Julieta Campos.
1 Julieta Campos: Tiene los cabellos rojizos y se llama Sabina, en: Julieta Campos: Reunión de familia. México. Fondo de Cultura Económica, 1997, p. 341.
2 Ibíd., p. 303.
3 Julieta Campos: “La modernidad en el espejo”, en: Reunión de familia, ed. cit., p. 8.
4 Julieta Campos: Tiene los cabellos rojizos y se llama Sabina, ed. cit., p. 290.