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Martí en México. Acerca de la raza india

Jorge Renato Ibarra Guitart, 17 de octubre de 2007

Una de las realidades mexicanas que más hondo caló en el sensible espíritu de Martí, fue el estado de postración en que se encontraba la raza india. Se hizo partícipe de su dolor y comprendió que para que México se convirtiera en una nación poderosa debía devolverse a la masa indígena su dignidad:

Avergüenza un hombre débil: duele, duele mucho la certidumbre del hombre-bestia. Pululan por las calles: satisfacen  el apetito; desconocen las noblezas de la voluntad. Corren como los brutos; no saben andar como los hombres; hacen la obra del animal; el hombre no despierta en ellos.1

Martí intentó explicarse esta cruda realidad recurriendo a la historia de México y al estudio de las costumbres, sin señalar por completo la esencia y causa real de la situación de los indígenas:

El hombre está dormido y el país duerme sobre él. La raza está esperando y nadie salva a la raza. La esclavitud la degradó, y los libres los ven esclavos todavía: esclavos en sí mismos, con la libertad en la atmósfera y en ellos; esclavos tradicionales, como si una sentencia rudísima pesara sobre ellos perpetuamente.2

Como bien señala Paul Estrade, Martí recibe la influencia del romanticismo revolucionario de las utopías socialistas. Por eso, cuando propone soluciones a los problemas sociales de las capas más explotadas de la sociedad, no habla con los conceptos de liberación o emancipación sino redención o regeneración:

Pero álcese, redímasele, explícasele; sea verdad que son: un pueblo libre no puede alimentar a un pueblo esclavo: el siervo avergüenza al dueño: lleguen a hombres los que han nacido para serlo: anímense los tristes al calor de la patria y del trabajo.3 

A pesar de que Martí no llegó a proponer  una solución totalmente integradora  al problema de los indígenas en el México que él conoció -la de su liberación- sí reconoció que se necesitaba de un cambio vigoroso, de una transformación profunda en la conciencia del indígena. Se pronunció por “el sacudimiento vigoroso de esa existencia aletargada”.4

Manteniéndose en el marco de la “regeneración” para él había dos vías de solución: la enseñanza y el trabajo bien retribuido, ambas mantenidas por una política de cuidado, de acercamiento generoso.

Sobre la enseñanza, escribió: “Un indio que sabe leer puede ser Benito Juárez; un indio que no ha ido a la escuela, llevará perpetuamente en cuerpo raquítico, un espíritu inútil y dormido”.5

Refiriéndose a las otras soluciones señala:

¿Qué ha de redimir a estos hombres? La enseñanza obligatoria. ¿Solamente la enseñanza obligatoria, cuyos beneficios no entienden y cuya obra es lenta? No la enseñanza solamente: la misión, el cuidado, el trabajo bien retribuido. En la constitución humana, es verdad que la redención empieza por la satisfacción del propio interés. Dense necesidades a estos seres: de la necesidad viene la aspiración, animadora de la vida.6

No obstante, sin llegar a plantear la necesidad de un cambio revolucionario que traiga la emancipación del indio, señala que el indígena debe conocer sus propios derechos y tener dignidad propia como conjunto explotado. De este modo, Martí establece las premisas para su liberación: “Es bello que los indígenas descalzos repitan las ideas en que se consagran sus derechos: es bello que el pueblo tenga absoluto y pleno concepto de su dignidad y de su honra”.7 

Martí no logró atisbar completamente la idea de que el indígena lograría un status educacional y laboral adecuados al pugnar por su emancipación en el conjunto del pueblo-nación mexicano. Pero consideramos que señaló el camino cuando asumió que la masa indígena debía conocer sus derechos.

Como conclusión general podríamos afirmar que México abrió para Martí nuevos horizontes. En México no fue nunca un narrador impasible de sus realidades. Como periodista no se limitó a ofrecer una mera descripción de los acontecimientos de los que fue testigo, sino que aportó criterios propios, se afilió a una u otra tendencia y sugirió soluciones a graves problemas. Esta actitud posibilitó que sus concepciones acerca de toda una serie de fenómenos sociales madurasen. La experiencia mexicana se suma de modo significativo a todo un conjunto de influencias que moldearon el pensamiento martiano.

Para finalizar ilustraremos, con una nota que insertó El Universal, no solo la influencia de México en Martí, sino la influencia de Martí en México: “Ha pasado por México un gran artista, un excelente tribuno, un poeta centelleante, un magno espíritu: José Martí”.

Notas:

1 José Martí: Obras Completas, Editora Nacional de Cuba, La Habana, 1963-1965: T. VI, 266.
2 Ibídem, p. 266.
3 Ídem.
4 Ibídem, p. 284.
5 Ibídem, p. 352.
6 Ibídem, p. 328.
7 Ibídem, p. 197.


Bibliografía:

Martí, José: Obras Completas. Editora Nacional de Cuba, La Habana, 1963-1965, Tomo VI.