Muchos intelectuales “serios” que conozco reniegan de la telenovela como si fuera un género para subnormales. En su mayoría, le reprochan que enajena y corrompe el pensamiento del receptor. Por suerte no somos todos. A la escritora y periodista Marta Rojas, quien además es mi amiga, le encantan, y a mí también (son dos ejemplos), claro que con excepciones; pero igualmente hay libros que no convencen y no le echamos la culpa a la literatura en general.
Pienso que las buenas telenovelas, entre las que sobresalen casi todas las brasileñas que se han puesto en la televisión cubana, y unas pocas producidas en la Isla que han alcanzado un nivel de profundidad aceptable, pueden ser una fuente de enriquecimiento histórico y de reflexión sobre problemáticas socio-culturales e íntimas menos tratadas por otras manifestaciones artísticas y literarias.
Y es que los también llamados, despectivamente, “culebrones”, como los libros de aventuras de Emilio Salgari o las novelas románticas de Jean Austen y las hermanas Bronte, en no pocas ocasiones abren camino a una literatura más elaborada y portadora de mensajes más profundos, complejos y mejor expresados.
Les contaré lo que me sucedió hace unas semanas. Un domingo en la tarde me fui con mi madre, de 84 años, a ver una obra de teatro del escritor alemán Patrick Süskind: El Contrabajo.
La obra en cuestión, adaptada y dirigida por la talentosa actriz (y virtual escritora de cuentos) Susana Pérez, es un monólogo que esta vez sería interpretado por Roberto Perdomo, el galán maduro de la telenovela de turno, Oh, La Habana, que trasmite actualmente, los martes y los jueves en horario estelar nuestra, discretamente mejorada, televisión.
Pensé encontrarme la pequeña sala Adolfo Llauradó, de la calle Línea entre D y E, en el Vedado, semivacía. Yo misma hacía muchos años que había dejado de asistir al teatro con frecuencia, por pereza y porque este no está entre las manifestaciones artísticas que más disfruto.
Cuál no sería mi sorpresa al encontrar una larga fila de personas, de apariencia nada sofisticada, que esperaban, sin rendirse, la oportunidad de que les vendieran algunas entradas más, aunque fuera para sentarse en los pasillos, pues el espacio resultaba insuficiente para la multitud que no quería perderse a Perdomo en esta nueva faceta de actor de obras de teatro.
Sospecho que muchos no sabían siquiera lo que les esperaba; ni habían oído hablar de Patrick Süskind, el escritor alemán nacido en Baviera en 1949 y autor, entre otras, de dos novelas publicadas en Cuba en la década del 80: El perfume y La paloma.
La obra teatral, que gira sobre ese leit motiv en la literatura de Süskind que es el aislamiento del individuo por la sociedad, es compleja y llena de alusiones culteranas. Sin embargo, aquel público heterogéneo parecía embrujado por la fuerza de Perdomo, un actor al que la mayor parte de las personas congregadas allí solo conocía a través de los protagónicos de las telenovelas.
He aquí un ejemplo de cómo la telenovela puede contribuir a desarrollar el gusto por expresiones culturales más elaboradas; a veces, como en este caso, gracias al poder de convocatoria de un actor. Tengo noticias de que en Brasil ha sucedido así. Se ha creado una suerte de “sistema de estrellas” a partir de la popularidad de los intérpretes de las series televisivas, que también trabajan en el teatro y en el cine de ese país.
El Contrabajo es una de las obras de teatro alemanas más representadas en el mundo. Se estrenó en 1981 en Alemania, y en la temporada 84-85, ofreció 500 representaciones, convirtiéndose en la de mayor duración en cartelera en esa nación europea. Es, además, una de las piezas más representadas internacionalmente en la escena contemporánea. Que haya tenido en Cuba tan exitoso estreno es algo que debemos agradecer al talento y la perseverancia de Susana Pérez, una actriz que también se hizo popular a través de una telenovela, La joven de la flecha de oro, cuya fuente de inspiración fue la narración homónima de Cirilo Villaverde, uno de los mayores narradores del siglo XIX cubano.
Quizás la cadena continúe y muchos espectadores entre los que asistieron a la puesta de El Contrabajo busquen ahora las novelas de Süskind, quien añade a las ya publicadas en Cuba, La historia del señor Sommer (1991) y Tres historias y una reflexión (1996). Por cierto, el autor de El Contrabajo añade a su labor como literato la de exitoso guionista de series en televisión.
Por todo esto, pienso que no hay que subestimar ningún medio tecnológico siempre que contribuya al enriquecimiento cultural. Quizás, como dice Miguel Barnet, el libro es insustituible, pero incluso el glorificado acto de leer, para que nos alimente espiritualmente, debe ser asumido con gran responsabilidad.
Tal vez fue la responsabilidad la que me faltó, cuando en mi columna anterior atribuí cierta inverosimilitud al pasaje de una novela de Mayra Montero: Son de Almendra. Como la autora me hizo ver a través de un correo electrónico, el hecho de que Rodney (uno de los personajes de la historia) tuviera una orientación sexual determinada, es sabido de antemano por la protagonista (Fantina) por una conversación que ella escucha en un camerino del cabaret Tropicana, en un capítulo anterior.
Si yo hubiera leído bien la novela de Montero, me hubiese percatado de que Fantina ama a Rodney sabiendo que él es homosexual. Así me lo hizo ver Mayra Montero después de leer mi reseña sobre su novela aparecida en Cubaliteraria. Aprovecho esta oportunidad para excusarme ante ella y ante el resto de los lectores.
Por último recomiendo al que no lo ha hecho leer a Patrick Süskind, un hombre que, según parece, se mantiene bien lejos de los entrevistadores y no acude a recibir premios pero que es, sin duda, una excelente opción para los que gustan de manifestaciones culturales de cierta profundidad. Se puede ser un excelente lector y un excelente degustador de buenas telenovelas. Es lo que, fundamentalmente, quería decirles esta semana.