Apariencias |
  en  
Hoy es viernes, 6 de diciembre de 2019; 6:49 AM | Actualizado: 04 de diciembre de 2019
Búsqueda de artículos
título
autor
Artículos en esta columna: 174 | ver otros artículos en esta columna »
 
Página
Manicaragua la bella
Ricardo Riverón , 08 de noviembre de 2007

(sin tus murallas de guano)


Con su sonoro nombre indígena que nos sopla en el oído, casi subconscientemente, un apacible murmullo fluvial, Manicaragua es el territorio villaclareño donde mejor se cosechan el tabaco y el café, esos dos emblemas de la cubanía. Con el imponente macizo del Escambray como escenografía que azulea el aire, su verde omnipresente y su ruralidad lúcida, cualquiera que conozca el pueblo comprende de inmediato que es también un escenario perfecto para la poesía, la voluptuosidad del paisajismo y el meloso flotar de la décima. Y es que cuando uno llega a Manicaragua, sea la hora que sea, se le despiertan unas ganas absoluta y deliciosamente románticas de tragarse toda esa luz encantada y devolverla en verso.

Al obervar el rico movimiento literario que en la actualidad existe en ese pintoresco pueblo, empiezo por reafirmarle el crédito, además de al paisaje, a la política cultural y educacional que en las últimas décadas la Revolución ha instrumentado para todo el país. Me sitúo ante la muy completa plataforma institucional —casa de cultura, cine, biblioteca, galería de arte, museo—, pero finalmente acabo concluyendo que el papel fundamental lo ha jugado el factor humano: ese elemento que hoy conocemos con el calificativo de promotor.
 
No son pocos los que en Manicaragua han soplado las velas, pero la verdadera apoteosis literaria local —de la que he sido testigo desde 1980, pues la literatura, el alma de los montes y una novia tiraban fuertemente de mí en aquella dirección— comienza a adquirir cuerpo a partir de la fundación del taller literario Félix Varela, en ese mismo año. Fue entonces que aquel joven y hoy reconocido escritor Mario Brito, de la mano de la asesora Milagros Gutiérrez, hizo su aparición como debutante en el género cuento.

Tal vez Mario no lo supiera ni aspirara a ello, pero acabó convertido en el gran animador de la vida literaria manicaragüense. Autor de tres libros: En torno al equilibrio, de 1991, Fuegos fatuos, del 2002 y Dile al corazón que ame en voz baja, todos amparados por el sello Capiro, se desempeña además, desde inicios de los noventa, como especialista literario de la Casa de Cultura, donde ha hecho caso omiso de las «restricciones» y «metodologías», que todo lo prevén igual, y a expensas de una plausible audacia engendró y echó a andar sus singulares propuestas.
 
Al echarle un vistazo a la «tradición», comprobamos que la vida literaria del municipio, en los años de seudorrepública, no da fe de muchos acontecimientos de importancia. Parece que lo precario de la subsistencia, de apoyatura exclusivamente agrícola —que diera motivo a la conocida cuarteta: “Manicaragua la bella, / con tus murallas de guano, / de aquí se marcha un cubano / porque el hambre lo atropella”—, no le permitía esos «lujos» a los pobladores, inmersos en el rigor de lo inmediato urgente.

Se tienen noticias, gracias a una detallada investigación realizada en los años noventa1, de la existencia de periódicos locales que daban cabida en sus páginas a la literatura; digamos: Rumbo, en los años treinta, El otro amanecer, en los cuarenta, y el de más larga vida y sistematicidad, que circuló en los cincuenta con el nombre de La voz del Arimao. El referido trabajo también deja constancia del primer premio literario que ganara un escritor oriundo del lugar. En los años iniciales de la etapa revolucionaria, cuando el taller literario municipal aún no se había fundado, ese honor correspondió a Marino Luna.

Volviendo a la última etapa, otros autores del pueblo, halados por la fuerza del taller, han publicado sus títulos en Capiro. Alfredo Delgado vio impreso, en 1993, su volumen de cuentos para niños Una estrella distinta y un poco más tarde, en el 2000, Fidel Cruz Rosell cosecha editorialmente la colección del mismo género titulada Tiempo de examen. Por otra parte, en el 2001 sale Andanzas y memorias, del poeta Ernesto Martí, quien un año antes había publicado el decimario Lienzos y juglares por las Ediciones Sed de Belleza. Y en ese mismo género, en el año inicial del milenio y por la misma editorial, se lanza Nupcial en el extravío, de Alfredo Rodríguez Rojas.
 
Si a lo anterior le sumamos las cuatro obras de teatro publicadas por Rafael González, director del Grupo Teatro Escambray: Molinos de viento, La paloma negraCalle Cuba 80 bajo la lluvia y La paloma y el metodólogo, tendremos el panorama completo de lo publicado por los autores allí residentes.

Once títulos en veinte años de existencia del taller, en un municipio que inauguró su bibliografía activa con dicha institución, no será una cifra impresionante, pero sí deja constancia de una evolución que se acentúa y acelera a partir del bregar del incansable grupo y del resto de las instituciones culturales. Otra forma de mirar el guarismo nos recuerda que los primeros noventa años del siglo XX fueron de ineditez total, mientras los últimos doce —no olvidar que el primer libro se publica en 1991— reflejan un promedio que casi redondea el título por año.

Pero ahí no para la cosa, pues en 1990, cuando aún no se habían concretado plenamente las posibilidades de publicar por las editoriales con sede en provincia, ellos crearon las curiosas ediciones Bumerang, hechas en las recién desembarcadas computadoras de distintas empresas. Cada título de Bumerang cuenta con una tirada de cinco ejemplares que, haciendo honor a su nombre, debe ir a los centros de trabajo y estudio —muchas veces bajo el brazo del autor y su promotor adyacente—, donde son pasados de mano en mano para su lectura y, luego de una permanencia de diez o quince días, finalmente regresar al lugar de origen: la Casa de Cultura. Estas ediciones, con quince títulos publicados hasta el día de hoy, han propiciado el conocimiento, estudio y promoción de los autores ante un público, a todas luces fértil, cuya virginidad no podía esperar por el desflore literario de las editoriales, no importa cuán cercanas o eficientes fueran. Estoy seguro de que si se practicara una investigación sociológica con todo el rigor que esa ciencia exige, los escritores manicaragüenses clasificarían entre los más conocidos en su entorno inmediato.

Otra experiencia editorial del territorio fue la de los Cuadernos La Loma, pensada para la promoción de la literatura que se producía en la cercana montaña. Tres títulos llegaron a publicar entre 1999 y el 2000, en discreta factura de impresión directa. En esa fecha el proyecto recesó y hoy, agazapado, espera por momentos de mayor bonanza en el listado de precios de la industria poligráfica cubana o de la ampliación del abrazo de la Riso.

Las numerosas peñas, tertulias y giras que el taller organiza tienen sus entregas de mayor frescura en los momentos en que, osados alpinistas, se mandan loma arriba, lo mismo en la denominada Cruzada literaria; o en los Festivales del libro en la Montaña que cada año organizan junto al Centro del Libro, para llevar la literatura, muchas veces a lomo de mulo, hasta los más elevados picos escambradeños, «donde la demasiada luz —me han dicho— no forma otras paredes con el polvo».

En ese mismo ambiente desarrollan, año por año, un concurso nacional de cuentos con el simpático nombre de Fotuto, que ya va por quince ediciones y alcanza cada año una mayor participación de los escritores de varias provincias del país.

Son numerosos los premios alcanzados por los autores que ya he mencionado, y van desde La Llama Doble, de cuento erótico, hasta los Encuentros Debates Nacionales de Talleres Literarios (varias veces) sin olvidar los internacionales, logrados por el desaparecido Osbely Armada y por Alberto Rodríguez Rangel (El australiano).

Evidentemente, algo ha ocurrido en esa bella zona, y sin dejar de rendirle crédito a todo el que lo merezca, resalto el quehacer inteligente de ese grupo de jóvenes que, siempre en la búsqueda de nuevos retos para recuperar el tiempo e inocularle a su terruño el ritmo de la (post) modernidad, recientemente le dieron vida a un nuevo espacio de debate literario, el grupo Antares, que convoca a la membresía con un criterio más selectivo. El curioso club se constituye ante la necesidad de establecer ciertas jerarquías, imprescindibles a todas luces, que se perfilan ya en el devenir literario del municipio.

Hoy, cuando solo dos de las tres cosas que antes me halaban hacia Manicaragua siguen allí, me parece justo homenajear de alguna forma a quienes, al amparo de una modestia de ejemplar ambición, le garantizan a ese pequeño pueblo cubano, su matrícula y permanencia en la dimensión épica e histórica con la historia nacional, sus perfiles espirituales. Y puesto ante tales evidencias, gracias al bello entorno manicaragüense —que permanece intacto— y al inusitado fervor por la literatura —que también, y con mejores luces, vive ahí—, acabo por darle, quizás tardíamente, la razón a Alberto Pérez Sierra, quien fuera eterno director municipal de cultura, al recordar aquel día de 1980 en que, de manos yo de mi ex novia —que hace años se fue del pueblo—, me sermoneó en Las cuatro esquinas con tono enfático: «Para nosotros, los manicaragüenses, estas cuatro esquinas son el centro poético de la Vía Láctea».

 Santa Clara, 6 de octubre del 2003. Actualizado en septiembre de 2007


  1Moya Carrazana, Natividad: «Un enfoque histórico-crítico de la literatura en Manicaragua desde los años treinta hasta 1996» (Trabajo de Diploma), Universidad Central de Las Villas, Santa Clara, 1996.