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La ninfa de los umbrales
Ricardo Riverón Rojas , 23 de noviembre de 2007

Que Arpegios íntimos —su mejor libro— ganara la medalla de oro en la exposición de Sevilla de 1930 no le sirvió a María Dámasa Jova (Ranchuelo, 1890-Santa Clara, 1940) de pasaporte para trascender, desde su poesía, una época donde otras voces, atrincheradas junto a ella étnicamente por origen, temas, o por ambas razones, rutilaban en el horizonte poético cubano. A Nicolás Guillén, Emilio Ballagas, Marcelino Arozarena, Ramón Guirao, Alfonso Camín, sobre todo por el valor antropológico de sus creaciones y en muchos casos por la denuncia social que incorporaban a sus textos —evidente o subyacentemente— se les reconoce el liderazgo en los modos de esa época. Dámasa Jova ha debido conformarse con esa ingrata trascendencia que concede el reducido y por lo general insuficiente templo de la cultura regional.

Que su poesía no sea recordada hoy con la misma fuerza que se evoca su accionar en el terreno de la pedagogía, pudiera responder a su excesivo apego a las formas clásicas y a un notable desfase estilístico en cuanto a la experimentación vanguardista que estableció la heterodoxia versolibrista y prosaista como norma del momento. Los innegables aportes previos de Boti, Poveda, Tallet, Villena y los poetas antes citados motivaron que la poesía de la maestra villaclareña se reciba hoy como deudora en extremo de un orden sintáctico apegado a los moldes neoclásicos y modernistas. No obstante, cabe reconocerle a la poetisa su buen oído para los hemistiquios alejandrinos:

Bebo en copa de acíbar, y quizás cual sombrías
se cruzaran mis horas si no fuese que Aquel
que dirige los mundos endulzara mis días
en su fondo dejando del cariño la miel......!

La justicia o su falta, no obstante, no opacan el incansable quehacer de la poetisa, quien además se puede considerar una pionera en las artes editoriales y de promoción de la cultura que caracterizaron a períodos posteriores al vivido por ella.

Resulta curioso que dos de las más aportadoras figuras en el terreno de la fundación de espacios editoriales: María Dámasa Jova y Samuel Feijoo nacieran en un territorio tan periférico como el actual municipio de Ranchuelo: Dámasa en ese poblado y Samuel en el de San Juan de los Yeras, hoy parte de su dominio territorial. El Ranchuelo de 1890 y el San Juan de los Yeras de 1914 eran entonces poblados donde las instituciones culturales brillaban por su ausencia y resultaba muy difícil suponer que en sus tierras nacerían los fundadores de revistas tan importantes para la cultura villaclareña como Ninfas (1929-1938), Umbrales (1934-1938), Islas (1958) y Signos (1969). La importancia de tales revistas las sitúo tanto en el alcance de lo recogido en sus páginas, como en su papel de animadoras en la vida cultural del entorno donde se propusieron actuar. En los casos de Islas y Signos, además, podemos hablar —parafraseando la opinión de muchos intelectuales— de dos de las más singulares revistas del siglo XX cubano.

Curioso se nos hace también que el Samuel Feijoo de ese período 1929-1938, que abarca desde sus quince hasta sus veinticuatro años, siendo como fue en cada instante de su vida un ser tan atento a las expresiones de la cultura, no haya figurado nunca como participante en ninguno de los procesos desarrollados por la maestra ranchuelera. Pudiéramos especular que coincide con su estancia habanera, y que el hecho de que los proyectos de Dámasa tuvieran como escenario a Santa Clara, adonde no acudiría Samuel hasta mucho más tarde, hacía imposible la coincidencia. Quede mi inquietud como interrogante para futuros investigadores de la cultura popular.

Una ninfa hecha por duendes

Los avanzados criterios que sustentaron el ideario pedagógico de María Dámasa Jova partían del principio de la incorporación de habilidades propias de la vida cotidiana al universo asimilable por los niños, así como a la cultura del hacer con las propias manos. En este sentido la revolucionaria pedagoga aportaba a las consabidas asignaturas de Artes Manuales o Educación para el Hogar —incorporadas a los programas escolares de entonces— la inusual experiencia de elaborar, en todo su proceso, una revista en la cual los educandos lo hicieran todo, desde escribir los textos, editarlos y corregirlos hasta imprimirlos en un taller que ella misma adquirió y montó: la imprenta Ninfas, de donde surgiría la revista de igual nombre.

En relación con esta revista hay numerosas reseñas que dan fe de su quehacer. No se conoce de otro proyecto, al menos en estas regiones y por aquella época, con objetivos similares a los de Ninfas. Aunque de sus páginas no emerge ningún escritor de renombre, sí puede afirmarse que el resultado pedagógico fue insuperable, pues a expensas de su filosofía creció y se formó una generación de hombres de bien.

Al fragmentario, muchas veces desconocido y casi siempre preterido universo de la cultura popular podemos remitir los logros de Ninfas, pues alentó, le dio forma y amplificó las inquietudes de esos artistas ingenuos que son los niños y, desde su desventajosa posición no capitalina, los conminó a reflexionar sobre su entorno, expresarlo y, por si fuera poco, darle forma física en el cuerpo de una revista.

Si analizamos con cuidado la historia editorial de estas regiones, nos percatamos de que, pese a determinado apoyo institucional, sobre todo en las realizaciones posteriores a 1959, los proyectos más trascendentes: Islas, Signos, Ninfas, Umbrales, Umbral, Ediciones Hogaño, Ediciones Capiro y Ediciones Sed de Belleza operaron (y algunos aún operan) con inspiración cercana a la filosofía y la praxis desarrollados por Dámasa Jova en su primera revista.

Los umbrales de la plenitud

La dinámica cultural de las regiones del interior, en los duros años de la primera mitad del siglo XX, obligaba a los creadores a establecerse en núcleos heterogéneos, donde compartían tribuna figuras de diversas jerarquías estéticas y distinto nivel de desarrollo. Un proyecto al estilo de Umbrales, mensuario de cultura popular, con María Dámasa Jova al frente, lo confirma. La presencia de alguien como Onelio Jorge Cardoso en su colectivo de dirección, pese a que posteriormente disintiera y la abandonara, da fe de que esta revista logró convocar en su momento, en caldo ecléctico, a los talentos más promisorios del territorio junto a otros menos agraciados. Otros nombres relativamente notables en el staff de Umbrales son los de Carlos Hernández —colaborador desde su estancia en Ninfas— y Enrique Martínez. Y aunque su trascendencia a los planos nacionales fue sumamente limitada, ilustran con buena luz la afirmación anterior.

Se pregunta uno por las motivaciones que condujeron a esta pedagoga y promotora sin igual en su entorno y en su época a capitanear proyectos tan poco atrayentes económicamente, y solo la presencia del altruismo y cierta convicción mesiánica nos aportan una respuesta lógica. Mujer, mulata, alejada del entorno capitalino y sin grandes medios económicos para la empresa, señalan condiciones capaces de marcar un handicap notable en su contra, sobre todo en un contexto donde las claves para el éxito se establecían desde otros cánones más pedestres.

Una verdad aún no reconocida en toda su magnitud es que las antiguas Escuelas Normales para maestros, como pocas instituciones de entonces, fueron tal vez las principales formadoras de promotores culturales, Animadores como María Dámasa Jova y Raúl Ferrer, entre otros, lo confirman, pues el ideario pedagógico que encarnaron en sus prácticas incluía, dentro de sus más valiosos preceptos, la adquisición de una actitud cultural que se tradujo en la ejecutoria posterior de muchos de sus educandos.

Umbrales, pese a su limitada circulación y a la escasa receptividad que hubiera podido alcanzar en su momento, representa no obstante, la propuesta más aventajada que en materia de edición y promoción de la cultura tuvo la región central de Cuba por entonces. Y la figura de su principal sostenedora se acrecienta en la medida que comprobamos cuánto de materialización de lo utópico, en aras de un ideal, concretan sus páginas.

Este proyecto, a la luz de un devenir posterior, no debe recibir valoraciones demasiado severas, pues si bien es cierto que no concreta una propuesta de acabado rigor estético, la filosofía que la animó valida de manera total su existencia como vehículo de influencia en la vida literaria de la región.

Una justa valoración de la misma —quizás con un poco de indulgencia— la podemos encontrar en el testimonio que el declamador Severo Bernal le concediera al periodista Luis Machado Ordetx para su libro Coterráneos, ganador del Premio Literario Fundación de la Ciudad de Santa Clara en 1996 y publicado al año siguiente por la editorial Capiro.

Las ufanías de la ninfa

Una valoración actual del quehacer de María Dámasa Jova nos remite al ideal positivista que sustentó con su ejecutoria. Con él fue consecuente y cabe señalar que contenía un alto índice de altruismo y desprendimiento, como lo demuestra que el resultado íntegro de la venta por suscripción (u óbolos) que obtuvo de su libro Arpegios íntimos la destinó a proyectos que en nada beneficiaban su bolsillo. Según consta en la página 191 del libro Ufanías, publicado en Santa Clara en 1927 por la imprenta de A. Calpera, el referido balance ofrece los siguientes resultados: Ingresos totales: novecientos diez pesos, de los cuales se destinaron quinientos diez para gastos de edición y envíos, doscientos al dispensario para pobres El Amparo y los otros doscientos para la Logia Perseverantes.

Su poesía, si bien no logró pasar con beneplácito la dura prueba del tiempo, le mereció comentarios sumamente elogiosos a influyentes intelectuales de la época, y entre estas destacan: la de Don Manuel Garófalo y Mesa, el gran bibliógrafo villaclareño, quien le refería, en carta del 30 de octubre de 1925: «Como usted sabe tengo ya en la imprenta mi libro Los poetas villaclareños y veré como puedo introducir el trabajo sobre usted: unas líneas para hablar de su bello libro».

Santiago Ordoñez de Hara, poeta y pintor, le apuntaba: «En cuanto a mí sé decirle que, he releído su obra y, si usted supiera que muy escasas veces releo un libro, aquilataría este gesto mío en su justo precio».

El historiador Florentino Martínez le remitía también su opinión: «Asegurado, como estaba de antemano, el triunfo literario, le deseo que el económico corresponda a su generoso propósito».

Manuel Serafín Pichardo, de la Real Academia Española, no vaciló en comunicarle: «Es el de usted un espíritu de selección, velado por una instintiva melancolía, que es la innata dolencia de los soñadores».

Pero tal vez el más valioso de los criterios que la poetisa compiló en Ufanías es el que le regalara el filósofo Enrique José Varona: «De entre sus versos se destaca una personalidad, que no se polvorea, ni se pinta; a quien resulta grato escuchar, porque dice lo que lleva en sí un alma que sabe sufrir, sin acoquinarse, y ve con ojos humedecidos y mano generosa el dolor ageno (sic)».

Una buena parte de su ideario pedagógico lo recogió María Dámasa Jova en volúmenes que solo vieron la luz en ejemplares únicos mecanografiados y encuadernados por la autora, y que hoy constituyen curiosas joyas, buenas para testimoniar el vigor de un temperamento ansioso por influir positivamente en su entorno. Me limito solo a mencionar: Senderos (libro de texto para grados superiores), de 1935; Héroes y fechas (poesías para escuelas intermedias y superiores) y Medios para hacer medios, ambos de 1939. No ceja la incansable maestra en tratar de comunicar sus experiencias pedagógicas en aras de mejorar la educación pública, uno de sus grandes anhelos.

La ninfa en los umbrales de lo eterno

Según consigna el Boletín Provincial de Educación, en emotivo obituario publicado en la edición de febrero de 1940, María Dámasa Jova «rindió su tributo a la tierra el día 11 de febrero» de ese año. En el documento se deja constancia de la actuación —un tanto ancilar, pero elocuente— de la pedagoga en el terreno de la política, para lo cual se cita su trabajo “La situación de la mujer negra en Cuba” presentado al Tercer Congreso Nacional Femenino; de la misma manera que se evoca su participación en el Congreso Interamericano de Maestros, donde defendió, con notable receptividad, su ponencia “El educador al servicio de la democracia y la paz”. También, se dice en el referido obituario, dejó constituido el Comité de Ayuda a la Niñez Desvalida. Con tales actitudes cerraba la ilustre mujer el ciclo de su actitud cívica, al comprometer no solo su ejecutoria profesional sino su ser social todo con las causas que clamaban justicia a favor de los pobres.

El ejemplo de María Dámasa Jova, en tanto fue consecuente con sus ideales de justicia al llevar a la práctica sus principales enunciados, se hace compatible con los más acabados paradigmas humanistas que animaron lo mejor del siglo XX, principalmente los movimientos de izquierda. Procedente ella misma de zonas desfavorecidas por la lógica del sistema que le tocó vivir, echó a un lado las desventajas raciales, sexuales y sociales y lanzó su conjuro a favor de la vida y la justicia: su voto por el talento y la voluntad. Por eso podemos decir que gracias a lo concreto de su obra, sus modestos, pero trascendentes proyectos culturales y pedagógicos se sitúan en los mismos umbrales de lo eterno.

Santa Clara, 1 de junio de 2006