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Circe o el horizonte (II)
Luis Álvarez Álvarez , 28 de noviembre de 2007

Se ha dicho con frecuencia que la escritura femenina está buscando alternativas al código masculino. Mi interés, como lector, se centra en lo que considero de mayor relieve y significación, es decir, en la construcción eficiente y, en no pocos casos, genial, de un punto de vista nítidamente femenino, ya sea en la obsesionante interiorización de La pasión según G. H., de Clarice Lispector, consagrada a romper el peligroso vínculo patriarcal entre lo femenino y la belleza, para trascender la angustia de la carencia de identidad, en una búsqueda que la gran novelista brasileña define de la manera siguiente: “Aquello de que se vive —y que por no tener nombre solo la mudez pronuncia— es a lo que me aproximo a través de la enorme amplitud de dejar de serme. No porque encuentre entonces el nombre y vuelva concreto lo impalpable, sino porque designo lo impalpable como impalpable, y entonces el soplo recrudece como en la llama de una vela”.1
 
Porque, naturalmente, el tema insondable de la identidad es uno de los fundamentales cauces de la narrativa femenina latinoamericana en el siglo XX. Esto ha llevado a intentar algo más que la remodelación del canon heredado y la discusión narrativa de una cultura modelada sobre tradiciones patriarcales. El ímpetu de examen, de análisis minucioso y a veces exasperado, ha llevado a peculiarísimas realizaciones novelísticas, entre las cuales, desde luego, hay que evocar de inmediato La amortajada y Niebla, de María Luisa Bombal, obras que, más allá de cualquier otro importante elemento, se proyectan en el sentido del redescubrimiento: la mujer que, muerta o cataléptica, no puede hacer sino escuchar las voces terribles que van rodeando su cadáver, y ellas no solamente descubren un rostro diferente de sus familiares y amigos más cercanos en la vida en cierto modo fútil que han llevado: esas voces también las remodelan a ellas mismas, las enfrentan a un modo más hondo y terrible de su propia identidad. Me permitiré, por lo demás, dos referencias únicas sobre esta apasionante aventura del discurso de género en el siglo XX en América Latina.

Ante todo, la necesidad de una autonomía, la noción de vivir una especie de singular ère du soupçon, una época de necesaria desconfianza, llevó a la brillante narradora de raíz caribeña, Jean Rhys, a construir una de las novelas más impresionantes de toda la pasada centuria: El vasto Mar de los Sargazos (Wide Sargasso Sea), donde, centrada efectivamente en el drama de la identidad femenina, se apoya intertextualmente en una gran novela del siglo XIX, Jane Eyre, de la inglesa Charlotte Brontë, para diluir los patrones narrativos de esta novela de corte patriarcal. En la novela de la Brontë, el respetable y sufrido señor Rochester, románticamente amado por Jane Eyre, resulta al fin liberado de una lunática esposa antillana, oculta en su mansión británica como una fiera peligrosa y una mancha vergonzante. Jean Rhys rescata a esa denigrada Antoinette Cosway de Jane Eyre, la redescubre en su libre juventud en un Caribe de profundísimos conflictos y enorme vitalidad, le devuelve su infancia atormentada y sensible, se instala en su óptica de muchacha singular que enjuicia horrorizada el mundo —y en particular los patrones masculinos— que la rodea; esa sociedad detestable que se encierra en una mentalidad racista, en una moral de entrañas torcidas y sin aire respirable. Toda esta novela de fragante y estremecido ambiente caribeño sigue una peripecia de ansiedad por el propio yo, por su valer y su ser, bajo la dura luz del Mar de las Antillas. El resultado —sobre todo cuando Rochester arrastra a su esposa a la Inglaterra ancestral— es la desesperación, el incendio, la demencia. Pero las fuerzas han sido probadas, la pupila no se pierde por un camino estilístico mimetizado: es, sola y libre, la voz y el ademán de una mujer capaz de, al menos en un instante mágico, asomarse por sí misma a mirar el universo.

El siglo XX ha terminado después de infinitos avatares que no han sido, desde luego, solo literarios. Llegamos al final de la centuria en un escarceo de asideros, entre disputas sobre la modernidad y la postmodernidad. Esta voluntad femenina de crear un discurso suyo sobre la base de transmutar usos del estilo, a la vez que se libera y nos libera a todos de algo del lastre narrativo tradicional, adquiere cuerpo y sangre en muchos textos de valor innegable. Uno, sin embargo, asume en sí la mayor representatividad de la expresión literaria postmoderna en América Latina: me refiero al texto de Laura Esquivel, Como agua para chocolate. Esta novela, deliberadamente, es un gran corpus irónico, donde el cuestionamiento cultural llega a una estatura mayor de sutileza, ingenio y sarcasmo. Ante todo, la estructura externa de la novela constituye un desafío a la tradición romántica, posiblemente una de las tendencias de más insidiosa manipulación patriarcal de todos los tiempos. Sir Walter Scout ponía, al inicio de cada capítulo de sus novelas, una rápida cita de algún texto venerable, a veces inventado por él, como antañona guía de la trama. Laura Esquivel, en actitud que, de alguna manera, hay que asociar con la sensibilidad postmoderna, sustituye esos epígrafes culteranos por textos agresivamente ajenos a la literatura, los cuales, son, además, emblema sarcástico de la feminidad tradicionalista, tal como ha sido modelada siglo a siglo por una perspectiva gravemente patriarcal.

Esa sustitución adquiere, desde luego, un significado trascendente, pues, entre otras cosas, está insinuando que la receta de cocina puede ser portadora de un núcleo narrativo, una clave, una indicación semántica subrepticia, que puede resultar de intensidad y brillantez dignas de contarse en un relato. Hay que recordar que, en la distribución cultural del espacio, de acuerdo con la tradición marcada por el liderazgo masculino, se presenta una polarización espacial donde al hombre se le asigna el espacio abierto —el sol, la epicidad, el hacer grandes cosas para nutrir la tierra y que sea fértil—, mientras que a la mujer le corresponde el espacio cerrado, la penumbra junto al fuego del hogar, el agua de guisar, el minúsculo y cotidiano hacer sin importancia, anti-épico, fatigoso y anodino. Es interesante traer a colación lo que apunta la ensayista chilena Lucía Guerra, “Fogón doméstico y ámbito celestial, son entonces los ejes territoriales de dos modos de existencia que separan, de manera radical, al hombre y a la mujer”.2 Como apunta esta investigadora, la relación territorial de la mujer con la cocina se manifiesta en las más diversas culturas, en algunas de las cuales el número sagrado de la mujer era el 3, pues tres son las piedras que integran la estructura más elemental de la hoguera, el primitivo y simple fogón. Así, Laura Esquivel crea una novela que, desde el punto de vista estructural, tanto por sus epígrafes como por su espacio narrativo más intensamente convocado, instala su peripecia en un terreno prohibido para la novela tradicional, en un ámbito considerado como no literario y, desde el punto de vista del hombre, femenino por excelencia. ¿Es esto una aceptación de los patrones impuestos a lo largo de siglos por la distribución patriarcal? Desde luego que no. En esta novela postmoderna, esa estructuración espacial está atravesada por una acerada intensión sarcástica y un tratamiento semiparódico de los esquemas del melodrama y, en particular, de la literatura “para señoritas” a lo Madame de Girardin, Eugenia Marlitt, Carolina Invernizio, Daphne du Maurier y, en el más bajo peldaño, Corín Tellado. Los avatares del “amor imposible”, tan bien establecidos en su día por la literatura del Romanticismo, son aquí trabajados con una tan lúdica ironía, que prácticamente no tiene el resultado un parangón posible con ninguna otra obra contemporánea. Cada uno de los tópicos convencionales resulta invocado en la novela: la madre despiadada, la criada bondadosa, el enamorado no correspondido, la incertidumbre de la guerra; a ello hay que añadir la suma inverosimilitud del desenlace, el cual, sin embargo, se sacude bruscamente y se libera del tono de juego sarcástico, de modo que en su mítica hoguera extraordinaria, la narración se alza hasta su más fuerte intensidad de sugerencias. La mujer, en Como agua para chocolate, pisotea los esquemas discriminatorios, no porque luche contra ellos, sino porque la presencia de tales deformaciones de la conducta social está tan hiperbolizada, que la existencia efectiva de un mundo asentado sobre tales valores, deviene insoportablemente irreal. Con Laura Esquivel, el discurso femenino en América Latina se decide a concluir la centuria con una gracia, una agudeza y un humorismo valeroso, que sólo pueden provenir de un sentimiento de identidad capaz de defenderse por sí mismo.

Este panorama finisecular me hace pensar, una vez más, en el mito helénico de Circe, importante fémina de la Odisea, donde el protagonista y sus hombres, que tratan desesperadamente de regresar a Ítaca, su hogar esencial, sufren infinitos percances y privaciones, desviados por un Destino que quiere castigarlos. Así, van a dar a la isla de Circe, la hija del Sol y de una ninfa del mar. Todos los hombres, menos Odiseo, se presentan en su casa, y asumen que ella es, tan solo, un ser hermoso que ha de propiciarles comodidades y sustento. Circe lo hace, pero castiga de inmediato esa vana altivez que los lleva a irrumpir en sus dominios: el manjar por ella servido es un veneno sutil que convierte en bestias a esos hombres. Cuando llega Odiseo, el del ingenio infinito y capaz de múltiple desarrollo —como, en diversos símiles, lo califica Homero—, se percata de que no debe conducirse como un bárbaro comensal, sino que debe hacerlo como quien sabe que tiene ante sí a alguien tan fuerte como él mismo. Cuando ambos se reconocen en su esencia de iguales, ella devuelve su forma primitiva a los hombres sojuzgados. Y resulta Circe quien sabe, entre todos los seres de la tierra, cuál es el camino que conduce a Ítaca, pues, siendo la hija del Sol y del mar, no es otra cosa que la encarnación del horizonte mismo. Así, guiado por esta mujer asumida como semejante esencial, Odiseo puede al fin reencontrar su patria.

El siglo XX terminó dejándonos voces femeninas numerosas, traslúcidas y densas, solares y oceánicas. Ojalá nos sirvan, en el milenio que apenas comienza, para ayudar a que todos los náufragos recuperemos nuestra forma verdadera y encontremos, para siempre, la ruta del hogar perdido.

Notas:

1 Clarice Lispector: La pasión según G. H., Ed. Casa de las Américas, La Habana, 1982, p. 170.
2 Lucía Guerra: La mujer fragmentada: historias de un signo, Ed. Casa de las Américas, La Habana, 1994, p. 16.