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Veinte años dejan Huella
Ricardo Riverón Rojas , 27 de diciembre de 2007

Los años ochenta del pasado siglo son reconocidos en la vida literaria cubana como el momento en que cesan de operar, paulatinamente y tras buenas batallas, las normas de interdicción que, para mal, marcaron a la década precedente.

Pese a que Ambrosio Fornet, con la enorme autoridad que legitima sus criterios y atendiendo sobre todo a la creación del Ministerio de Cultura como sustituto —que no continuador— del Consejo Nacional de Cultura, propone al año 1976 como fecha del cambio, lo cierto es que los años finales de la década de los setenta fueron aún de reajustes estructurales, debates y replanteos de estrategias para un trabajo cultural más inclusivo y desprejuiciado.

El inicio de una verdadera desautomatización de los procesos culturales, con acciones concretas en la promoción solo vino a manifestarse como práctica cotidiana en los ochenta, tras una serie de cambios y reorientaciones que involucraron a las instituciones, los funcionarios, los creadores y otros sectores de la sociedad (como los medios masivos) en una nueva dinámica cultural.

Entre los hechos que fueron estableciendo (¿y consolidando?) una nueva lógica cultural como base de un momento cualitativamente superior, destaco: cierta «democratización rigurosa» de la editoriales, la descongelación de figuras de obra significativa; los diálogos que el entonces nuevo Ministro de Cultura, Armando Hart Dávalos, sostuviera con jóvenes escritores1, la posterior publicación de su programático texto Cambiar las reglas del juego (Editorial Letras Cubanas, 1986) y, en el siempre modesto ámbito de las provincias, la creación de los suplementos culturales de los periódicos—que entonces eran diarios— con frecuencia mensual.

En mayo de 1987, con el nombre de Huella, se publicó el primer número del suplemento cultural del periódico Vanguardia, de Villa Clara. Capitaneaba el proyecto el entonces periodista del rotativo Pedro de la Hoz, y desde su salida pudimos comprender que su propuesta rebasaba, acaso tímidamente, las estrechas cotas del «contenidismo» antecesor. Una cualidad que también distinguió desde sus inicios al naciente órgano fue la de no acogerse a los —aún no superados— enfoques panglossianos de los medios masivos y desestimar la condición de sospechosos que siempre se les endilgara a los críticos, solo por el hecho de serlo.
 
La lectura de los textos fundacionales de Huella, ya veinteañeros, a la luz de hoy, nos despierta una sonrisa —no irónica— dado lo inocuos que nos parecen al compararlos con los procesos de reflexión crítica que le sucedieron, sobre todo en publicaciones culturales como La Gaceta de Cuba, Temas, El Caimán Barbudo y el propio Huella de su segunda etapa.

Fue el de Huella un camino un tanto azaroso, pero fecundo en su mayor y mejor trayecto. Tuvo su primera etapa, conocida como «Huella de Pedro», entre 1987 y 1989; una segunda donde me tocó hacer de jefe de redacción, entre 1989 y 1991; y hasta una tercera, de resurrección, entre 1993 y 1998, con una tirada muy inferior, una circulación por librerías (no por estanquillos) también en desventaja y una dirección opuesta a todo lo que oliera a polémica. Estos últimos males lo hicieron languidecer hasta la que parece su muerte definitiva. Aunque hubo un cuarto, fatal y patético intento de sacarlo nuevamente a la luz, con el periódico totalmente descomprometido con su financiamiento, circulación y espíritu polémico, solo que no pasó de ser eso: un intento; o más bien: un fantasma del que se editaron dos sábanas, pero que no circuló ni movió a nadie a reflexionar sobre nada.

Los que participamos en el proceso de Huella en alguna de sus etapas, nos preguntamos hoy, al releerlo, por qué sus enfoques despertaron tanta suspicacia en su momento, tantos calificativos de devaluación política que —lógicamente— se irradiaron a quienes lo concebíamos. Cuando analizamos el contenido de muchos de sus artículos, a la luz de hoy, comprobamos que entonces se clamaba por reivindicaciones sociales para la cultura que luego pasaron a integrar el stock de las realidades cotidianas, de las políticas oficiales, pese a que por el camino los críticos debimos enfrentar tratos que en determinado momento llegaron a ser hasta humillantes. Los que entonces éramos sospechosos, se ha visto hoy, proponíamos nuevos enfoques, muchos de los cuales se asumieron luego como política, de donde deduzco que nuestras propuestas representaban lo más revolucionario de su momento. Quienes trataban de devaluarnos, desde posiciones de poder, con una fidelidad a la revolución a toda prueba, lamentablemente trabajaban como agentes retardatarios del desarrollo cultural.

Reviso algunos de los artículos que mayor alharaca despertaron: “Aquí se habla de problemas ideológicos —y pinta”, de Frank Abel Dopico; “¿Qué hay tras la migración?”, de Carlos Alé Mauri; “Nuestros cantares no pueden ser, sin pecado, un adorno”, de Jorge Luis Mederos; “A-15, venturas y agonías de un programa diferente”, junto a “La cultura hervida y los dioses del ocaso”, estos últimos de Alexis Castañeda Pérez de Alejo —más otros que no cito— y advierto que en los dos primeros textos se convocaba a una lectura de la poesía sin extraerla del terreno donde mueve sus resortes espirituales para devaluarla con criterios políticos, saga de los setenta que aún infectaba a las provincias; la tesis del siguiente instaba a crear en los espacios humanos del interior del país un clima cultural que desestimulara la migración hacia La Habana; en los dos de Alexis se criticaba, en el primero, el conservadurismo en la radio expresado en la censura, cierre y defenestración privada de un programa radial renovador, mientras en el segundo denunciaba los métodos y personas que concebían y convertían a las instituciones y la promoción cultural en hechos regidos por el burocratismo y la insensibilidad. Dígame alguien si no hablamos, en la mayor parte de los casos, de problemáticas que, al menos en el terreno de la política cultural y la práctica de las instituciones fueron asumidas y resueltas en el mismo sentido en que la plantearan aquellos que fuimos calificados como «los hipercríticos de Huella».

Un error de hoy es que, aún con esas evidencias, en el terreno político siguen siendo más confiables los que entonces se equivocaron que quienes teníamos de nuestra parte una razón que la practica revolucionaria validó con acciones posteriores. La aceptación denotativa, lamento decirlo, sigue oficiando como buen pasaporte para los cargos y el crédito político.

Compañeros de Huella en el nacimiento son los restantes suplementos culturales de provincias, aunque a decir verdad, tal vez por ausencia de una tradición en ese tipo de medio, no todos lograron activar un diálogo con el entorno que generara inquietudes, pues la mayoría, al parecer, fueron pensados como «reseñadores» o testimoniantes fotográficos de la vida cultural en los territorios donde se proponían ejercer su influencia. Ámbito, de Holguín, y Huella fueron, al parecer, los que incluyeron en sus políticas informativas, de manera más evidente, la intención de insertarse en el debate transformador en que estaba inmersa toda la cultura cubana.

No obstante lo expresado en el párrafo anterior, Perfil de Santiago, Quehacer, Vitrales, Yumurí, Los Pasos y los otros suplementos provinciales, cuyos nombres ahora me escamotea la memoria, conmemoran este año el vigésimo aniversario de su creación. Aunque la mayor parte ya no existe y los escasísimos sobrevivientes debieron experimentar, tras el naufragio editorial de los noventa, metamorfosis a veces lamentables en sus formatos, materiales, periodicidad y perfiles, todos ellos, de una manera u otra, significaron en sus respectivos ámbitos territoriales, espacios de crecimiento cultural, y la celebración de la importante conmemoración de los veinte años no debía pasarnos inadvertida del todo.

La existencia de los suplementos culturales de los periódicos de provincia, con la misma tirada que el órgano matriz, fue una idea ambiciosa para incrementar la influencia de la cultura en la sociedad cubana. Que el proyecto se viera frustrado por las limitaciones que debimos enfrentar los cubanos derivadas del Período Especial no debe entenderse como que aquellos suplementos dejaran de ser necesarios (yo diría que obligatorios) para el flujo y evolución de las ideas más revolucionarias a lo largo y ancho del país. Si un día se decidió que debían existir editoriales en todas las provincias, creo que hoy, veinte años después de aquel antecedente, la sociedad cubana está mejor preparada —incluso económicamente— para sacar nuevamente a la luz pública, con la misma tirada y circulación que los periódicos, aquellos emblemáticos tabloides.

Les he contado una historia inconclusa, con medio camino andado y por andar, que ojala tenga un capítulo Dos a la altura del Uno.

Santa Clara, 20 de diciembre de 2007

Notas

1La más coherente referencia a estos diálogos y a su significación y consecuencias las hallé en el libro Segundas reincidencias, de Arturo Arango, específicamente en el capítulo titulado “Historia de otra pelea cubana contra los demonios” (Editorial Capiro, 2002; pp. 51-60). El escritor, participante en dichos eventos, relata lo acontecido en el Coloquio de Literatura Cubana, en 1981 y en el Simposio Internacional sobre la obra de los jóvenes escritores cubanos, en 1984.