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Emilia González (cuarta parte)
Alberto Garrandés, 07 de enero de 2005
Viernes 19, 11:00 a.m. No he dicho que las casualidades me persiguen y me hacen revelaciones, y es el momento de reconocerlo. Un día después de mi breve encuentro con Emilia González en la Facultad de Artes y Letras, el Centro Cultural "Dulce María Loynaz" me invitó a impartir un curso de literatura y escogí, como proposición inicial, la narrativa cubana de los años sesenta, que era el tema de un libro recién escrito. En lo concerniente a los problemas del relato, a cuya latencia yo estaba bien acostumbrado, por supuesto que ninguno de los viejos textos de la República se encontraba a tiro. Ni falta que hacía. Pero de algún modo yo continuaba subterránea pero tenuemente enganchado al carro de Carrión, como habría dicho el cainita, puesto que en dos ocasiones el médico se había colado en mis conversaciones. Era un maldito fantasma. Y mientras otro de mis libros iba naciendo —ya no un ensayo, sino una novela sobre el sexo y la representación—, yo seguía enganchado a ese carro. Las páginas sobre Teresa y Victoria se mantenían frescas, llenas de almizcle y abiertas con lascivia dentro de mi cabeza. Me despertaba a las siete de la mañana y después de escribir intermitentemente, entre cafés y conversaciones telefónicas, me tiraba a descansar a las tres de la tarde con una inquietud: la de haber publicado un libro que no formulaba respuesta satisfactoria alguna a cierta pregunta central: de qué forma había podido escribirse en Cuba, en el borde mismo de la Belle Époque, un conjunto novelesco de primera magnitud. Porque, bien vistas las cosas, eso son Las honradas y Las impuras: un dueto novelesco de lo mejor que se ha producido en Cuba a lo largo de casi cien años. Cuando llegué a la casona y vi que estaba cerrada, deploré mi confianza en los horarios cubanos. Pero toqué la puerta, me dejaron pasar y me presenté en la oficina con la excusa de revisar el local donde yo iba a dictar mis conferencias. La mujer de la limpieza, una rubia enjuta y de buenas maneras, me condujo a la sala. Tuve un par de diálogos cordiales y bebí una taza de café. Emilia González se paseaba por el portal con su bolso, fumando, en compañía del escritor de la coleta. En medio de la sorpresa comprendí de pronto que ellos vivían en un mundo al cual yo podría acceder, pero sólo en calidad de visitante ocasional y veloz. Me molestó que el de la coleta fuera a participar insolicitadamente de nuestra cita y avancé hacia la entrada con cara de circunstancias, pero enseguida la cambié por mi máscara de sportmanship, una actitud que si no conseguía inmunizarme contra... —¿contra qué?, por favor, nada de ridiculeces ni de autocompasión— al menos evitaba que me hicieran preguntas idiotas. “Este se me acaba de pegar en la esquina. Dice que a las doce hay una audición con Bola de Nieve. Fragmentos inéditos y todo. No se la pierde por nada del mundo”, se excusó como si tal cosa, en voz baja, antes de saludar. Miré al de la coleta. Sonreía. “¿Te gusta Bola de Nieve?”, dudé. “Bastante”, dijo sin dejar de sonreír. Qué tipo más gatuno. “Cómo estás”, le tendí la mano. Yo era una especie de Alfred Hitchcock saludando diferidamente, con irónica ceremonia, a una especie de Anthony Perkins. No contestó. Ambos se habían limitado a arrastrar unas sillas plásticas y nos sentamos. La chica de programación salió al portal a darme los buenos días y me invitó a revisar la sala de conferencias. “Está lista”, confirmó. Dije que ya iba y me senté a mirar el panorama de afuera. Emilia encendió otro de sus cigarrillos. “Cuando una mujer pierde su libertad aunque sea por un instante, lo que en realidad ocurre es que la pierde para siempre”, dijo. “¿A qué mujer te refieres? —miré a Emilia con desinterés; me costaba trabajo creer en la seriedad de aquella frase abstrusa— ¿A un personaje real o imaginario?” Achicó los ojos. “Teresa”, contestó. “Ah —se me escapó un suspiro malévolo—. Yo creo que es al revés. Ella pierde momentáneamente su libertad para volver a ganarla, aunque no conozcamos bien su vida posterior y tengamos que poner a funcionar la imaginación.” El torneo había comenzado y el de la coleta no se atrevía a intervenir. “El hombre que le adelanta dinero a Teresa a cambio de estar con ella, es representado por Carrión como un ser asqueante y demoníaco. Y tiene razón”, observa Emilia como para sí misma. “Pero ella no pierde su libertad. Parece que la pierde, pero no”, insisto. Detrás de mis palabras hay un regusto martirológico que revela lo peor de Carrión: el melodrama. Sin embargo, ¿qué gran novelista carece de defectos? O mejor: ¿qué gran novela no roza, por un instante, el melodrama? La mujer de la limpieza nos trajo café. Para mí ya era la segunda taza y me extrañó la obsequiosidad de aquel sitio. Era un lugar nuevo, de estreno. Habría que verlo dos o tres años después. Mientras yo hacía esa reflexión, que me situaba del lado de los escépticos, el de la coleta se armó de valor. “Antes de sumergirme en el Bola, quisiera decirle una cosa”, susurró. Emilia se llevaba la taza a la boca. “A ver”, me arrellané en la silla. En algo andaban los dos. Hasta donde sé (suelo ser muy distraído), nunca me han propuesto ni pasteles ni camas redondas, como dicen los españoles. “Una compañera de clases y su novio me preguntaron si usted estaría de acuerdo en visitarlos para hacerle algunas consultas sobre la narrativa cubana de los noventa”, explicó. “¿Y ellos no pueden venir a verme?”, protesté. “Ella es ciega y él es enano y hace cuatro días se fracturó una pierna —se adelantó Elisa—. No vaya a hacer uno de esos comentarios suyos, por favor. El pedido es extrañísimo, pero absolutamente real.” Estaba tan desconcertado que no podía ni echarme a reír. ¿Habrían venido los dos para pedirme aquello? “Si usted lo prefiere, podríamos acompañarlo”, propuso ella al notar que algo no andaba bien. “¿Y ese Rigoletto estudia también en la Facultad?”, pregunté. No me acordaba que el nombre verdadero de Rigoletto es Emilio. Emilia achicó los ojos y el de la coleta armó una sonrisa defectuosa. “Él acaba de graduarse. Ella todavía está en los trajines de la tesis”, explicó mi intransigente lectora. “Díganles que sí, pero antes necesito ajustar mi tiempo. ¿Dónde viven?”, indagué. Me sentía incómodo. Tanto que no veía el momento de irme de allí. Emilia González se dio cuenta y me propuso encargarse ella misma de todo. Le dije que me llamara por teléfono para ponernos de acuerdo. “A propósito de Rigoletto, ¿usted cree que su amor habría funcionado? Es decir, si otra hubiera sido la trama, ¿podríamos pensar en una Teresa que acepta a Rigoletto?”, merodeó Emilia. Estaba metiéndose en camisa de once varas. Perversa que era. “Puede que sí —dudé sin detenerme a pensar en los mitos populares acerca de la potencia sexual de los contrahechos—. Aunque ella es una mujer que sabe lo que su cuerpo quiere y ejercita ese saber con claridad y mucha obstinación. Por otra parte, Rigoletto es casi un esperpento, pero no habría dudado un instante en entregarse a ella completamente y de un modo salvaje.” Un extraño paralelo se creaba en relación con aquellos personajes que necesitaban hacerme consultas sobre los textos de los noventa. El recelo estaba invadiéndome, pero la situación era lo bastante excepcional como para darme una buena zambullida en ella. “Es verdad —comentó Emilia—. De un modo salvaje.” En efecto, Teresa tenía su orgullo y se sabía buena hembra. (La frase huele un poco mal, pero expresa lo que quiero decir.) Ese orgullo la arroja en brazos del vejete que le ha dado dinero, el tal don Rudesindo, y la aparta con violencia del contrahecho. ¿Qué más se le podía pedir a aquella criatura? “Ella se encomienda a Dios”, dijo Emilia de pronto. Qué horror. ¡Citar a Dios ahora! “Dios no tuvo ni tiene que ver nada con eso”, digo en tono benevolente. “Ella va a salvar a la hija de su amante perdido, no piensa más que en eso”, subraya Emilia como si Dios estuviera allí mismo, insertado en aquel acto inmenso e irrevocable. Un acto heroico y que posee la dosis de sacrificio propia de los mártires cristianos. Porque, además, de todas maneras la niña, que es hija de Rogelio y Florinda, muere al final, y Teresa tiene aun así que saldar con su cuerpo la deuda contraída con don Rudesindo. Esta Emilia me ha salido un poco teatral, creo. “Al menos Teresa no es tan ligerita como Victoria, y hace lo que puede y necesita hacer, porque lo que es Victoria... ¿no te parece que ella es tremenda? Claro, en este caso la búsqueda se encamina hacia la realización corporal del espíritu, mientras que Teresa aspira a la realización espiritual del cuerpo”, explico. Soy de nuevo el profe con sus silogismos. Total, para nada. Emilia achica los ojos de un modo que casi los cierra. Suspira. “Es una mujer muy valiente, también”, dice. “¿Lo dices porque se atreve a tanto? ¿A entrar, por ejemplo, en el reservado de un restaurante con un hombre que le gusta y dejarse hacer un montón de cosas hasta que ya no puede más y se acomoda encima del tipo para consumar un coito tan intenso como efímero? Victoria es valiente, sí, mas no por ese motivo. Es valiente porque configura con maña y saña su propio mundo interior, un espacio secreto y capaz de acoger la infidelidad y hacer de ella un depósito de riqueza”, observo. Tras esa frase hice un corte. Dije que iba a entrar a revisar la sala de conferencias y de veras lo hice: me paré imprevistamente, miré a mis interlocutores y desaparecí en el interior del caserón. Pero ellos me siguieron y sentí pena. Qué cosa más rara es entender de pronto que uno es un ser hecho de palabras, de algo tan frágil, ilusorio y deleznable como las palabras. La sala estaba bien. Limpia y maravillosamente equipada. Apta para ofrecer un ciclo de cine digital o un seminario sobre el videoclip. En fin... Miré a Emilia González —tenía un ligero vestido carmesí, que le llegaba hasta más abajo de las rodillas, y unas zapatillas de cuero— y volví a entrever la escena de Victoria entregándose a Fernando, cabalgando encima de él en aquel sitio crepuscular. El escritor de la coleta captó con asombro risueño la esencia de mi mirada. Fue como si hubiera descubierto un secreto a través del filo de una puerta entornada. “¿Y tu audición?”, le pregunté. Me habría gustado saber qué pensaba de todo. Qué pensaba del rumbo que iban tomando los hechos. “Es aquí mismo, me parece”, dijo. “Bueno —concluí—. Tengo que irme ya. Llámenme y nos ponemos de acuerdo para visitar a esos dos, ¿está bien?” Emilia movía la cabeza afirmativamente. Hasta que le oí exclamar, su voz ya sobre mi espalda, aquella declaración que yo mismo habría podido escribir: “De un modo u otro, todos quisiéramos vivir algo de la escena del reservado.” Sólo que yo ignoraba si ese todos se refería a nosotros, o si constituía una generalización lo suficientemente amplia como para anular cualquier identidad y desembocar, así, en el vacío.