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El enano y la ciega (Primera parte)
Alberto Garrandés, 15 de abril de 2005

Vivo en dos sitios casi al mismo tiempo, lo que no significa que tenga dos casas. El sitio número uno es el de mi hermana y su marido, un apartamento espacioso que acoge mis libros y el entorno físico de mi domesticidad. Mi habitación es la última y en ella hay una ventana a través de la cual suelo ver la vida remisa de la que Eliseo Diego llamó, para siempre, la Calzada más bien enorme de Jesús del Monte, ahora Calzada de Diez de Octubre, una palpitante y menesterosa boa de asfalto en la que cabe el mundo entero. El sitio número dos, por otra parte muy próximo a la iglesia de Jesús del Monte, fue hace tiempo una de las accesorias de un edificio construido en tiempos del presidente Machado. Y aunque el edificio está a punto de caerse -un hecho que me gustaría filmar cuando suceda, por aquello del espectáculo de la destrucción como obra de arte-, actualmente el sitio número dos tiene muebles, libros raros, un par de mesas, una cocina inútil y una barbacoa con papeles viejos y dos camas.

El enano y la ciega subsistían en un punto cercano al sitio número dos, un refugio muy mío y cuyo encanto, lo diré así, se halla más próximo a mi carácter de lo que cualquiera podría suponer. En la pared de la sala perduran cartulinas con imágenes de los discos de Grateful Dead y una frase artizada -esa es la palabra- de Marcel Duchamp. Una frase compuesta por sesenta y cuatro tarjetas donde queda reproducida igual cantidad de letras, cada una de ellas trabajada con ahínco e imaginación por un pintor. La frase dice: Si el objeto de arte es el objeto del arte, entonces el arte es el objeto del arte. Qué sabiduría la del viejo Marcel. (Casi todos ellos son sabios: Proust, Marceau, Mastroianni.) Ahora mismo me resulta imposible recordar las entrecalles de la dirección del enano y la ciega -de todas maneras se trataba de un espacioso solar donde, más que cuartos, había genuinos apartamentos de bajo costo-, y sin embargo sé muy bien que hay que cruzar Serrano y caminar un poco hacia el agromercado de San Bernardino y después seguir hasta una farmacia...

El inevitable escritor de la coleta se presentó con Emilia González en el apartamento de mi hermana un día después de que habláramos por teléfono. Yo necesitaba salir pronto de aquel compromiso absurdo y preferí resolverlo todo esa misma semana. Cerré de mala gana la carpeta de música, apagué la computadora y salimos. Cinco minutos después nos montamos en un viejo carro de alquiler y partimos en busca de la extraña pareja. El asiento trasero del carro era espacioso (era un Ford del 56 o 57) y nos habíamos dispuesto casi académicamente: yo en el medio, Emilia a mi derecha y el de la coleta a mi izquierda.

"¿Qué tal de impurezas?", le pregunté a la joven. Un jeans ancho, una blusa de algodón medio ceñida y una camisola de manchas azules la retrataban como la chica informal que era o parecía ser. "¿Impurezas?", se extrañó. No captaba. Achicó los ojos. "La novela de Ramos", dije. Me gustaban sus tetas, definitivamente. Y mucho, lo que ya era patético tomando en consideración las circunstancias en que ese gusto se manifestaba.

El día había despertado grisáceo y los cristales del carro, incrustados dentro de sus marcos, estaban empapelados de verde oscuro. Ese hecho nos sumía en una penumbra a ratos fantástica. El motor apenas hacía ruido, a pesar de que era de petróleo. El de la coleta extraviaba su sonrisa en medio de la súbita intimidad. Y la sonrisa prodigaba una rara interlocución entre la boca a punto de torcerse y unas rodillas angulosas, bien separadas, casi procaces. A esas alturas yo estaba bastante convencido de que él tenía algo con Emilia, aunque tan sólo fuera un nexo de índole platónica, o uno de esos compromisos libres donde el retorcimiento y la presunción constituyen el principio y el fin de cierto erotismo.

"La novela no es tan aburrida como había pensado, y además me gusta la idea de demostrarlo, o de decir algo distinto sobre un libro que ya casi nadie lee", explicó. "Eso está bien -asentí-. Yo también he obrado siguiendo ese criterio, que en definitiva le trae a uno pequeñas satisfacciones." El sempiterno bolso de Emilia descansaba sobre la petulancia de su sexo. Mi paraguas había resbalado hasta tocar con la punta la base del asiento delantero. El mango parecía un adorno alienígena colocado en mi pelvis. "Ya estamos cerca", observó sin mirarme. Un momento después le pagamos al taxista y nos bajamos frente a la farmacia. Junto a ésta se alzaba una casona de piedras grises. Al lado había un portón de tablones muy viejos donde relucía una improductiva cadena de hierro. "Es aquí", aseguró el de la coleta. Él mismo empujó el portón y el solar se dibujó nítidamente, dividido en dos por un ancho pasillo de cemento. Al final del pasillo había dos lavaderos con azulejos y una puerta con reja en una fachada verde.

Nadie lavaba a esa hora, tal vez a causa del cielo plomizo. Pero de la reja colgaban dos percheros con ropa húmeda. Fuimos hasta allí, Emilia siempre delante, y la ciega (rubia, más bien alta) tanteó la reja con una sonrisa desigual. "Hueles a ti misma", dijo antes de abrir la reja. "Qué tal, Maritza, ¿y la pierna de Chico?", preguntó Emilia. "Más o menos", susurró la ciega. Yo me encontraba a un metro de la reja, junto al de la coleta. "Has venido con él -afirmó contenta antes de extender la mano temblorosamente-. Encantada de conocerlo." Me demoré unos segundos, confundido a causa de aquella muestra de intuición en el estilo de los personajes de Sábato. Pero di el paso que necesitaba dar y estreché aquella mano antes de reparar en los espejuelos (cristales oscuros y redondos) de la ciega. "Cómo estás, Maritza", dije. "Gracias por venir", dijo. "No es nada", me excusé.

Chico -ese era su nombre real- leía un número de la revista Casa de las Américas. Comprendí tardíamente que era el número donde yo había publicado un trabajo sobre algunos narradores cubanos que empezaban a dominar los años noventa con libros que ya no me complacen. Uno cambia mucho, qué remedio. (Y qué suerte.) Dejó la revista sobre una mesa baja en la que brillaba un sobre, ya usado, de paracetamol y se incorporó para saludar. Le di la mano. El de la coleta hizo lo mismo y Emilia besó al enano en la frente con una irrisoria castidad. El yeso de la pierna de Chico parecía acabado de aplicar.

El hecho de que yo escriba "besó al enano en la frente con una irrisoria castidad" indica dos cosas: uno, que de veras lo hizo (en definitiva la mirada de Chico iba con rapidez de los ojos a la boca de Emilia, no hay que ponerlo en duda), y dos, que mi recelo es capaz de bordear el ridículo porque a mis años siempre me hallo en peligro de ejercer lo que se podría llamar ingenuidad por exceso.

"Su visita es muy importante para Maritza -silabeó Chico mientras acariciaba la portada de la revista-. El caso es que ella no ha decidido aún sobre qué autor o qué libro va a escribir y tiene que entregarlo todo en un mes. Lo único que sabe de veras es que le interesa mucho el asunto del sexo en aquellas novelas." Chico había articulado la palabra "aquellas" con una especie de arrullo muy particular. "O en ciertos cuentos, también", le dije. "No me excluyan, por favor -intervino Maritza al avanzar, temblorosa, hacia nosotros-. Lo de los cuentos está bien, pero tendrían que ser varios cuentos de uno o más autores, en una selección hecha por mí misma. No se vale usar una antología ya publicada. En fin... lo que quiero decir es que preferiría arreglármelas con una novela, ya lo he decidido." "Y tú quieres que yo te sugiera alguna", dije. Emilia me guiñó un ojo y entendí todo. ¿Maritza y ella se habrían confabulado para caerle a dentelladas a Capricho habanero? Actué con rapidez, por si las moscas y a riesgo de parecer pretencioso. "En esos años no se publicó ninguna novela lo suficientemente buena en cuanto a la imagen del sexo. Es preferible que escojas cuatro o cinco relatos", dictaminé. "¿Está seguro?", preguntó Maritza con alarma. "Completamente. En tanto novelas, hay dos o tres muy buenas. Pero en lo que respecta al trabajo del lenguaje dentro del erotismo y el sexo... ahí sí que no", volví a negarme.

Habría que imaginar a Einstein diciendo: "Señores, me he equivocado. La Teoría de la Relatividad es un tropezón." Emilia me miraba distante, como desde un vago rencor. Chico estaba divertidísimo con mis posiciones. El de la coleta, con aquella cara de masturbador exhibicionista, no abandonaba su sonrisa demediada. La ciega se estrujaba las manos. Todos, en medio de aquellas paredes pintadas de verde colibrí, donde las ventanas rezumaban un amarillo muy perverso -¿sería Chico el responsable de semejantes contrastaciones?-, parecíamos criaturas de Almodóvar dentro de una película de Almodóvar. "Vamos a ver, muchacha -solté de pronto, luego de calcular ese golpe de efecto en medio de una atmósfera muy pop-, ¿no notas la diferencia? El área de trabajo se te hace demasiado nebulosa si escoges una novela. Nebulosa e incierta, por falta de consistencia. Pero si buscas aquí y allá, verás que hay cuentos como para chuparse los dedos. El problema está en que la novela que te empeñas en encontrar dentro de esos años tendría que ser Juan Criollo, o algo así. Desengáñate: en los noventa no hay un libro como Juan Criollo."