Emilia empezó a ampliar su sonrisa. Los dientes asomaron y apretó el bolso contra su estómago. "Es verdad, Maritza -subrayó sin dejar de sonreír para mí-. Lo de Carlos Loveira no puede compararse con nada." La ciega se revolvió. "Tiene que haber... ¡no es posible que no haya!" Entre Emilia y yo había un arco de expresiones y miradas que iban cruzándose despacio, de Chico a la ciega, de ésta al de la coleta, de éste a Chico y de Chico a Emilia. Suficientes como para complicarlo todo. Pero los ojos de Emilia se mantenían allí, en alto, buscando aún los míos. "No hay un personaje que se parezca a Juan Criollo, ni una novela que tenga esa textura o ese sabor", dijo. Se sentó. Maritza se dio cuenta de que algo (una diminuta traición) había tenido lugar en el espacio de aquel extraño orden, y movió la cabeza en dirección a Emilia. "¿Seguro que no hay un personaje que se le acerque aunque sea un poco? No lo digo pensando en la ambición que lo llena hasta que se atraganta y se convierte en un demonio con priapismo, sino pensando sobre todo en su itinerario como seductor irrefrenable."
En boca de la ciega, a quien unos minutos antes casi le había dado un ataque de nervios a causa de la inexistencia de cierta novela en el equívoco panorama de los noventa, aquellas palabras vehementes sonaban un poco raras. Como si hubiera una incongruencia entre el timbre y el volumen de la voz, la persona que era su dueña incuestionable y el sentido (o la aspiración de sentido) que las palabras disipaban por sí mismas.
"En realidad no hay, Maritza -contesté sin terminar de sobreponerme, ya que la repentina compostura de la ciega me dio miedo-. Juan Criollo, por otro lado, es un compendio de la sexualidad masculina en Cuba en un punto específico del tiempo, y esa mezcla de ambición con priapismo, para usar tus términos, da lugar a un machismo feroz que se atempera gracias a las disponibilidades de su cuerpo. Porque hay que ver que el cuerpo de Juan Criollo es o podría ser muy permisivo." Emilia se adelantó después de fulminar con la mirada al de la coleta, que registraba como si tal cosa el librero de los anfitriones. Fresco que era. "No te preocupes -depositó mi vivaz lectora sus manos en los hombros de Maritza; al inclinarse para hacerlo se había puesto a la altura de Chico, y éste le echó una larga ojeada a sus tetas-. Busca esos cuentos y métele mano al trabajo." Pero Maritza aún tenía clavado en la boca el anzuelo de Loveira. "Tan permisivo es que uno podría imaginarlo constantemente mientras se aprovecha de todos, o casi todos", susurró. "Es lo que yo digo -intervino de pronto el de la coleta. Un ñiquiñaque de lo peor, y al parecer con una dotación de primera magnitud. "Chico encogió las piernas, que no le llegaban al suelo, y se pasó la mano por los ojos. Era contrahecho y musculoso. De rostro ancho, piel oscurecida por las mezclas, y cabello largo, negro y algo rizado." "Eso, eso -exclamó. Hombre activísimo en materia de sexo, y muy bien despachado por Natura. Y con semejantes agallas para llegar arriba, el resultado no sería otro que el plot de Loveira."
Ahora la ciega le daba cabida en el rostro a una sonrisa muy plácida, como si la conversación tuviera la virtud de animarla a pesar de su literaria desilusión. Movía la cabeza en señal de asentimiento y acariciaba el muslo izquierdo de Chico. El enano observaba el movimiento de la mano de Maritza -¿mano del juancriollismo, de la universalidad a que puede llegar el soma previsible de ciertas palabras?- e intentaba taladrar la oscuridad de sus cristales para trasmitirle algún mensaje de procaz agradecimiento. Todos hicimos silencio. Pero fui yo quien se atrevió a romperlo. "En realidad es muy fuerte el vínculo del mundo de Juan Criollo con sus correrías fálicas -expliqué. Las condiciones estaban creadas. Pero los noventa, el realismo literario de los noventa, jamás habrían alcanzado a producir un tipo como Juan Criollo. Imposible." Fue entonces cuando Emilia achicó los ojos por segunda vez.
"Es una novela tan cinematográfica y tan desaforadamente sexual que su versión contemporánea parecería escrita durante una partie carrée de Bigas Luna con una campesina aspirante a Lolita, una indita yucateca del propio Loveira, de las que paren cualquier cantidad de inditos (la pobreza es algo muy serio), y el chulo Yarini en plan de ascenso político", añadí. Mi enorme símil era harto laborioso. Y contrahecho como Chico. E, incluso, creo que le puse la tapa al pomo, ya que la ciega se levantó, venteando el aire como un carnívoro precavido, y dijo: "Eso confirma mi hipótesis. La narrativa de los noventa tiene que haber dado un personaje novelesco de esas proporciones, o con esas características... O por lo menos un libro donde varios personajes hagan del sexo una actividad más cercana al pensamiento que al simple placer."
Las cosas no iban por buen camino. La historia literaria se entrega muy pocas veces a la especulación de sí misma, a no ser que la devolvamos, para ajustarla mejor a la verdad, a la lógica de sus movimientos. Por simple pudor, por misantropía y por otras razones menos claras -donde fulguraba una agorafobia no material-, yo repudiaba la idea de que Maritza escogiera Capricho habanero. Y, sin embargo, me sentía halagado de antemano, con todo y saber que mi sospecha no era más que eso, una sospecha. "En ese caso habría que repasar todas aquellas novelas, y no creo que tengas tanto tiempo", le comentó Chico a la ciega. "Déjame, ¿quieres? -murmuró ella-. Yo sé que él me va a ayudar." Rabia en el ambiente. "Haz café, anda", palpó Chico la pierna izquierda de Maritza. Le quedaba muy próxima. "Me ofrezco de voluntario para preparar ese café", solté. Mi voz se instauraba en el primer plano de la acción. Chico repitió su palmadita y vi que arañaba suavemente la piel de la ciega con sus uñas, y que ella se estremecía gustosa. Aquello no estaba muy lejos de ser el prólogo de un coito, y en verdad clasificaba como caricia preliminar. Pero ella avanzó con determinación hacia mí y me dijo: "Sígame, escritor. Vamos a hacerles un café a éstos."
La certeza de la muerte nos pone a salvo de ciertas vacilaciones.
Y así, durante aquel oloroso ceremonial, tan inaudito que me parecía una alucinación, intercambiamos Maritza y yo gestos imaginarios y palabras puntiagudas y filosas. Mas no para herirnos, y menos para ver la sangre lustrosa que corre por la piel de los guerreros, sino para divertirnos un poco, que eso es tan legítimo como cualquier otra ocupación transitoria. Por fin no llovió ese día. El viento disparaba frescores por doquier. Emilia no sacó a relucir "La humedad del discurso" -lo cual era, de cierto modo, una bendición- y convencí a Maritza de que podía enamorarse de la novela de Loveira y dejar a los nonatos finiseculares con sus ganas de impactar. ¿El encanto de la tradición? Sí. El encanto de la tradición. Porque en Loveira todo sí estaba muy bien urdido, y para una mujer con semejante brío interior, amante de la buena literatura y capaz, además, de oler el aire como lo haría una gata sacramental en el Valle de los Reyes, una interpretación sicoanalítica es un auténtico manjar: De cómo un pudendo rollizo y percutiente se transforma en modelo de la ambición social e interviene en su espinoso tejido...