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Astros y pistolas
Alberto Garrandés , 17 de septiembre de 2004

Los registros visibles en el asunto de la lucha clandestina, uno de los más asediados por la narrativa cubana —tanto en los años sesenta como en momentos posteriores—, se mantuvieron de ordinario bastante lejos de la posibilidad de vulnerar, con eficacia, el automatismo que sus tópicos iban refrendando en la ficción. Dicho automatismo se explica porque existe una tipología del relato centrado en la lucha clandestina, una especie de fabulación representativa con personajes y actos representativos que, sólo en algunos libros, alcanzaron a entretejerse de modo distinto y emulsionarse hasta dar con una tonalidad y un relieve apartados de lo usual. Jaime Sarusky dio a conocer en 1967 su segunda novela, Rebelión en la octava casa, publicada por el Instituto del Libro en la célebre colección Cocuyo.

A diferencia del texto que la precede —La búsqueda (1961)—, aquélla es algo más breve y lleva en sí, además, las virtudes de lo magro y lo nervudo. Posee la intensidad de esos aconteceres que, por su forma, se acercan a lo teatral (lo teatralizable como admisión de una puesta en escena, para ser más exacto), pues comprimen y densifican el espacio y reúnen pocos personajes, depositarios de características y movimientos muy bien delimitados. Sarusky apuesta en esta ocasión no por una trama extensiva, que acaso pudo desenvolver ante el lector diversos planos donde el cronotopo habría desempeñado un papel regulador del estilo, sino por una situación de índole nuclear —sin derivaciones en un mismo nivel de importancia diegética, digamos, ya que cualquier accidente de la peripecia es una estable irradiación de sí misma— y cuya incandescencia y poder gravitatorio involucran una instancia narrativa de gran prestigio y con una amplia genealogía: el misterio. Hay dos mundos en la novela: la realidad exterior de las calles y la policía, y la realidad interior, opresiva y espejeante, de la casa donde se esconden dos revolucionarios entrenados en mechas, bombas y explosiones.

 Sarusky abraza esa situación y renuncia a seguir el esquema de supeditar la intimidad a la acción externa. Al decidirse osadamente por la inversión de ese paradigma, resulta que es más bien la acción externa la que se somete (como presunción y tanteo rápido de la urbe y sus criaturas) a esa intimidad de la casa y sus moradores, cuatro personajes tutelares y oscuros que acogen sin reserva, pero también sin prodigar el secreto de sus individualidades, a Agustín y Oscar, dos jóvenes que huyen de la represión policial. La casa está habitada por una rara mujer —sin nombre durante buena parte de la lectura— y sus cuatro seguidores: Grullo, Clo y Ramona. El primero es evasivo e hipócrita, la segunda es muy joven y está llena de ilusiones, y la tercera es una suerte de doméstica bondadosa e ignorante. La rara mujer es astróloga y los revolucionarios se hacen muchas preguntas acerca de su identidad y sus razones para protegerlos de una manera tan radical en su propia mansión. Sarusky nos dice que la casa es un espacio polvoriento, sombrío y falto de una elegancia mínima. Un sitio casi vulgar. Es cierto. Sin embargo, no lo es menos el hecho de que la casa adquiere desde el principio de la novela una dimensión simbólica capaz de elevarla al rango de arquetipo.

El hieratismo y los comedimientos de la dueña, guardiana de un enigma esencial que preside su vida, convierten la casa en un recinto que se comunica con lo más ortodoxo de la tradición gótica. Sus súbitos huéspedes, hombres dados también a la ocultación, arman con la astróloga un tenso equilibrio de fuerzas que se resumen en lo desconocido. Ramona representa el diálogo del sentido común con la simplicidad, Clo es la belleza que se mustia con el paso del tiempo, Grullo encierra algo parecido a la mezcla de la cobardía con la sordidez. Pero “la mujer” —y por esa sencilla denominación la conocemos hasta que Oscar y Agustín descubren su significativo nombre: Petronila Ferro— se halla por encima de todos. Protege la estabilidad, cuida la armonía, vela por la constante separación de la casa con respecto a una realidad sangrienta, convulsionada por las bombas, las persecuciones y la muerte. Pero ni siquiera Oscar y Agustín, que comparten el ideal revolucionario, se amoldan a un prototipo igualador.

Ambos están convencidos de la necesidad de ayudar a los barbudos de la Sierra Maestra y desestabilizar al régimen en la ciudad. Pero Oscar, conocedor ya del significado de la prisión, de los sótanos donde el cuerpo se mutila, prefiere la muerte antes que regresar a esas experiencias donde un tabaco encendido es el umbral del dolor, y por ello es impetuoso, inestable y cuestionador; por su parte, Agustín tiende a la conciliación, a las pausas meditativas y observa lo que le rodea en busca del sentido más o menos último de los fenómenos. Se pregunta por ejemplo si, en el instante del pavor ante la tortura, sus principios valdrían tanto como cree. Es quien corteja (quien puede cortejar) a Clo y procura, al mismo tiempo, comprender el cosmos de la casa. La brillantez estilística de Rebelión en la octava casa (Petronila advierte sobre los peligros de esa Octava Casa zodiacal; les dice a los revolucionarios que jamás permitirá la entrada, en la Casa de la Muerte, del espacio que ella vigila y protege; más tarde sabemos que su signo zodiacal es Escorpión, el de la Octava Casa) es congruente con la deliberada sobriedad de la escritura y con la discreta suspicacia que los personajes inculcan en los diálogos, todo lo cual se articula con un ambiente signado por lo recóndito y cuya atmósfera se hace cada vez más tupida.

Hay calor dentro de la casa; los abanicos baratos aparecen aquí y allá, en el intento de remover el aire pesado; las puertas-ventanas que dan al balcón permanecen cerradas por orden de la astróloga. No quiere intrusiones, se niega a integrarse en el panorama de afuera y prefiere acogerse a la protección de las sombras. De hecho su vida es una sombra y se halla a la sombra, al punto de tiranizar las de los demás. Aun así, y en medio de un nuevo sistema de vínculos (entre quienes viven con ella y se le subordinan, y los jóvenes repentinamente incrustados en ese tipo de existencia), Petronila Ferro defiende hasta el final su cerrazón y su frialdad cortés. Pero no puede, todo el tiempo, asumir esa postura de dama solemne, inalcanzable, dueña apenas de dos o tres sentimientos —en primer lugar su respeto incondicional por los astros y la regencia absoluta, de acuerdo con Petronila, que éstos ejercen sobre la vida humana— determinadores de su turbia e inasible personalidad.

Cuando el vehemente Oscar registra dentro del extraño armario cerrado que preside la sala, y encuentra un libro con una dedicatoria (un manuscrito acaso, titulado Crónicas del 33 y que firma un tal Jorge Ruiz; la dedicatoria, mucho más puntual, reza: “Para Petronila Ferro, brava combatiente”), todo se ilumina; ya antes, en medio de la trama, unas singulares evocaciones nos presentaban al ignoto Justo; pero esas desasidas remembranzas no acababan de ser lo suficientemente resolutivas como para permitirnos armar el rompecabezas de una existencia tan determinada y única. Petronila Ferro había servido a la revolución antimachadista, a esa llamada Revolución del Treinta que pereció y dio paso a las amarguras de la desilusión. Justo era su amante, su prometido, y los furores de la lucha clandestina de aquel pretérito se lo habían tragado. Sarusky nos permite imaginar la vieja escena: veintitantos años atrás el joven Justo se despide de la entonces también joven Petronila; ambos prometen reencontrase y realizar la boda, pero Justo no regresa; jamás vuelven a verse.

Oscar halla en el armario un traje de bodas sin usar. Ramona, que ayuda en el registro, juega con el traje, lo pone sobre sus hombros, se lo prueba por fuera. El olor de la profanación se confunde con el de las bolitas de naftalina. Unas páginas más adelante, en el contexto de una crucial disputa que sirve de vestíbulo al desenlace de la novela, Clo, ya entonces comprometida con Agustín y con la lucha que él representa (ahora la joven se llama Carmen, su nombre de guerra), le grita a Petronila Ferro la única verdad que la mujer estaría obligada  a admitir, con predicciones astrológicas o sin ellas: usted... ni siquiera pudo retener a su hombre, que la dejó plantada.[1]

La astróloga (Clo le dice que es una resentida, además) se echa a llorar. No puede contrarrestar esas durísimas palabras. Sus actos del presente están gobernados por su pasado, pero los odia a los dos, les teme a los dos. El complejo personaje cree en su irrevocable identificación con la Muerte, un lazo simbiótico (explicable en la muerte de Justo y en el malogro de un programa de vida) que subraya lo trágico, lo teatral y que hace de la casa un reflejo de la psiquis de Petronila y de los rasgos de Escorpión, signo marcador de la octava Casa Zodiacal y arácnido invertebrado de costumbres más bien nocturnas. Entre astros, suposiciones y pistolas transcurre la acción de Rebelión en la octava casa, una novela que, tras su compacta legibilidad, aún puede exhibir momentos de excelencia composicional, zonas que, desde la perspectiva de un lector medio capaz de renunciar al conjeturable almidón de aquellos años, se presumen, además, tocadas por una dosis de atrevimiento en lo estético y lo social. Independientemente del acierto del nombre de la astróloga —esa mujer de piedra y hierro, y en lo esencial frágil y tierna, que se muestra incapaz de explicarse (porque no quiere, o porque no puede enfrentar un dolor dado al renuevo y la metamorfosis) las causas del derrumbe de su vida y que se entrega al fanatismo de la predestinación—, Sarusky alcanzó a dibujar ciertos episodios memorables. Por ejemplo, el erotismo de algunos encuentros de Agustín y Clo aparece aderezado por componentes de mucha fuerza.

En un caso, cuando Clo le pide al joven su pistola, ella, curiosa y tímida y coqueta, quiere ver el arma, tocarla, y Agustín se la muestra; Clo la toca, más bien la acaricia, y al cabo sus gestos se modulan dentro de una sensualidad donde la pistola arroja una sombra inequívocamente fálica. En otro caso, mientras Clo y Agustín se sumergen en los escarceos que enuncian con energía sus mutuos apetitos, Agustín contempla una foto del periódico y descubre que se trata de Rubio, un personaje circunstancial, un revolucionario tan perseguido como él mismo y como Oscar (en realidad Rubio es amigo de ambos) y que, al inicio de la novela, los conduce a él y a Oscar a la casa de Petronila; la imagen enseña a Rubio medio desnudo en el suelo, la cara rota, muerto.

Sin embargo (y aquí está el detalle que quiero enfatizar) la mirada de Agustín no deja de reparar, por encima del infortunio y el aspecto terrible del cuerpo de su amigo, en los atractivos de Clo, sus hombros, sus rodillas —están sentados en la sala, los sillones casi se tocan—; la muchacha abre un poco las piernas y ese gesto recobra, para toda la escena, el vigor de un asedio inaplazable, pues Agustín, que no deja de estar sorprendido con la espantosa muerte de Rubio, no puede, empero, sustraerse de esas piernas, de esa ofrenda que se aplaza promisoria. La actitud de Agustín es de una naturalidad despampanante: la muerte de Rubio lo ensombrece, pero Clo está ahí, viva, junto a él. Llega, incluso, a acariciar sus manos.

Esa sinceridad hiriente, donde se ejercita una radical profilaxis de la carne y del espíritu, es la misma que se cultiva a lo largo del libro, donde Sarusky materializa las emulsiones del peligro hasta conseguir afincarse en un territorio del límite, un borde al que van a parar el miedo, el deseo sexual, el misterio, la desconfianza y la enajenación para conseguir un relieve narrativo inusitado. Hay un instante en que esa profilaxis se amplifica en su homólogo alegórico, la luz, cuando ésta entra en la casa y la ilumina. Petronila, suma de sentimientos encontrados (abomina de la violencia, pero la desea; quiere enterrar los recuerdos, pero los conjura), abre por una vez las puertas-ventanas, mas la actitud de los revolucionarios sigue fiel al camino que ellos han escogido y la astróloga, desilusionada y confusa, cierra otra vez las puertas-ventanas, en esa oportunidad definitivamente. Dentro quedan Ramona, Grullo y Petronila Ferro, al amparo de la bondad de los astros, esperando algo indefinible mientras escrutan los mapas del cielo; Clo-Carmen abandona la casa con Agustín y Oscar; éste, convencido de la imposibilidad de que él sea uno más en el grupo, se separa de aquellos. Pero los tres han decidido ir en busca de sus destinos. Y así concluye Rebelión en la octava casa, una novela de vocación anticanónica dentro del paisaje narrativo de los años sesenta.    Nota:   [1] Página 134 de la primera edición.