La elaboración de juegos lógicos supeditados a búsquedas de tipo conceptual que se enmarcan dentro de problemáticas como la identidad, el binomio arte-poder, la neurosis, la idea de lo sagrado y la determinabilidad de lo real, tienen un singular espacio narrativo en los cuentos —escritos de 1956 a 1962— que dio a conocer César López en 1963 bajo el significativo título de Circulando el cuadrado. El libro, con diseño de Raúl Martínez y doce dibujos de Chago —uno para cada cuento e impresos en tinta ocre sobre un papel casi transparente—, incorpora una especie de lujo que hoy creen reemplazar las carátulas plastificadas, el mucho color y los altorrelieves. Me detengo en estas cuestiones porque la exquisitez y el esmero de una edición así (R, el sello por donde se da a conocer el libro, tuvo casi siempre ese desvelo) no dejan de ser congruentes, me parece, con la orilla literaria por la cual se mueve Circulando el cuadrado, un repertorio reverenciador del intermezzo fantástico, o que borda cuidadosamente el tránsito hacia la irrealidad.
A la construcción de un mundo salido de una vigilia casi conceptuosa, pero que se nos presenta en forma de situaciones efables dentro del artificio —urdimbre, maquinación, plasmólisis—, le correspondería no una tirada rutinaria, sino una impresión objetual. Un libro-objeto para historias que objetivizan ideas y situaciones eidéticas. La densidad del juego es contractiva y por eso el volumen, que ironiza sobre su vocación realista, nos obliga a situarnos en una comarca en la que abundan los elementos pesados (en cuanto a significación); me refiero a un territorio imaginario que se separa de la inmediatez y también de lo real aunque dialoga con ellos de modo muy activo, como si estuviese lanzándoles indirectas todo el tiempo. Pero sucede que César López nos habla de circular el cuadrado —una dificultad lógica, un aprieto geométrico de acuerdo con las matemáticas clásicas— y por esa razón estamos ante un tipo de escritura que rompe ciertos esquemas al desdeñar el cartesianismo (atomizarlo) y abrazar la indeterminación y el cálculo de probabilidades (e improbabilidades) que presiden la existencia.
La atomización de las demostraciones, la argumentación (peroración subyugada por el deseo de exactitud) como línea de progreso dramático, constituyen el centro de “Los donativos”, un texto cuyo continuo hacerse se apoya en la búsqueda de la pertinencia y el destino de los zapatos (donados) del misterioso Mr. Tam. Los personajes se enzarzan en discusiones de cariz beckettiano y ponen de relieve la existencia de una especie de dinastía de los objetos, enfatizada además en “La caja de papel”. Esos dos relatos, uno conectado con ciertas tipologías de la literatura del absurdo y el otro levantado sobre la base de disquisiciones que dibujan un fractal de la utilidad pura de los objetos —entre adquirirlos y no adquirirlos está la peroración—, representan el vestíbulo del genuino espesor conceptual de Circulando el cuadrado. Luego de ese umbral aparecen historias como “Los visitantes” y “Las confesiones”. El primero despliega lo que Henry Miller llama, en El ojo cosmológico, una “mente jurídica”: Lops, el protagonista, puede dar vueltas y más vueltas alrededor de un tema sin abordar nunca lo esencial del mismo.
Lops da libre curso a su tragedia a partir de la decisión de clausurar una ventana; escucha los puntos de vista de sus vecinos, duda, hace diversas consideraciones y empieza a angustiarse. La intrusividad de los demás no parece afectarle, pero el conjunto de los razonamientos lo transforma en un hombre en suspenso, bajo los efectos de una inmersión profunda en la futilidad. Entonces Lops decide suicidarse. Su cuerpo, hallado bajo un lazo corredizo, es un ejemplo de irresolución, pues en el cuarto hay además un cuchillo, un frasco de píldoras somníferas y un revólver. Los forenses no pueden determinar la causa de la muerte.
Por su parte, el segundo cuento nos habla de otra progresión: la historia increíble de Dum, asesino de sacerdotes (confesores o no), general máximo, jefe de Estado y Sumo Pontífice. El horrendo hábito de Dum —matar diariamente a un cura elegido al azar— se hace una costumbre llevadera con ventajas profilácticas en relación con la vida eclesial dentro de una sociedad muy religiosa. La extraña pasión de Dum convierte sus crímenes en rituales, y así llega a ejercer un papado cuyo fin es también hijo del azar: Dum, el elegido, se mata. Mas su imperio permanece como una tradición irrenunciable. Aunque inmersos en inquietudes distintas (y más dados a la interlocución con las postrimerías de la modernidad en un mundo representable mediante torceduras en las que la fluencia narrativa es una condición precaria), algunos de estos cuentos —“Los visitantes” y “Las confesiones”, pero también “Los cómicos”— dialogan con ciertas piezas de Ezequiel Vieta —“El tambor y el forastero”, “El verdugo y su hijo”, “El horno”— publicadas en Aquelarre, su libro de 1954, y en Libro de los epílogos, estrictamente coetáneo de Circulando el cuadrado.
Ante un mismo problema, el de la identidad humana en tanto expresión de disyuntivas lingüísticas reactivas, Vieta exhibe una incandescencia del horror (expresionista, gótico, ensoñado) y López una calidez intermitente (del rojo vivo al hielo polar) que alude a ese horror, mas con el ingrediente del sarcasmo y sus retintines. El logos del horror se expresa en la severa impudicia de la esquizofrenia. Ahí está “Una señora”, texto con una extensibilidad de círculo vicioso y que emana todo del trastorno. La señora del cuento tiene grandes dosis de afecto que dar, pero en un punto de su monólogo —con el cual construye un personaje que se origina en el soma y el carácter probables de un visitante— ese afecto se metamorfosea en algo ominoso, en un deseo tras el cual se esconde una verdad feroz o trivial.
El discurso de la mujer se cierra en ella misma para recomenzar infinitas veces, como el vaivén entre el yo aceptable y el otro inaceptable —de lo extraño a lo consuetudinario, del desorden al orden—, presente en “Los paseos nocturnos”. En este relato López alcanza a dibujar una metáfora de la enajenación cuya estructura se materializa (verbaliza) en un cosmos aberrante. La pregunta que el protagonista se hace, más allá de sus mutaciones —primero odia el día y ama la noche, y después ama el día y odia la noche—, resume la extrañeza del yo, su fragilidad, o su talante vago, impreciso, frente a la posibilidad/imposibilidad de comprender la lengua de los otros, en medio de una quimera (de índole futurista y más o menos orwelliana) que los fantasmas del sexo colocan, por momentos, en los predios de lo inmediato. “Los cómicos”, “En la prisión” y “Los espías” son maneras complementarias de asediar una liosa cuestión: el poder y sus vínculos con la razón, el sentido común y el arte. El primero nos explica, desde el prestigio de las formas canónicas de la fábula, los vínculos del arte con la vida y el poder. Los cómicos llegan a un pueblo que no es feliz, o que no sabe lo que es la alegría, o ambas cosas, y luego de diversas reacciones —espontáneas, inducidas y en todo caso confusas— terminan asesinados. De un lado el arte (la novedad de lo raro, la angustia de la representación) y del otro la existencia. Por encima de ambos, el poder.
Pero el poder manipula la opinión sobre el arte y sobre la vida misma. Y con respecto a algo tan disociador como la alegría, o el estado de felicidad, todas estas fuerzas acaban trabadas en una pelea universal. El segundo cuento es una antiutopía sobre la necesidad de hallarle, a toda costa, un sentido a la vida. Los presos son hoy presos y tienen el deber de escapar a través de un túnel. Pero mañana, cuando escapan, ya no son presos y encuentran durante su errancia un sitio tan parecido a una cárcel que es una cárcel. Entonces se convierten en carceleros, en jefes, en el Poder, hasta que la rutina de ese ejercicio los mueve a convertirse otra vez en presos: el Poder y el Sometimiento representan extremos que se tocan, embrollan e intercambian. El tercer cuento constituye una irónica lectura de las sagradas misiones que protegen al Estado.
Entre la guerra y la paz hay un escuálido interregno dominado por la labor de los espías. Sin embargo, los espías —todos: de los Grandes Espías a los espías de barrio— son subalternos del Poder, no así de la Razón. Y en el momento en que el Arte (o más exactamente la Cultura) interviene en esas ligazones para subsanar errores de apreciación, ocurre que, cuando menos, los espías sutilizan su pensamiento. La Cultura, y el Arte en particular, modulan la Razón, la idea de la existencia y la existencia misma, fenómeno este (de regulación y afinación) que coloca al Poder (y a todo lo demás) bajo una luz tan perentoria e incómoda como definitiva: la luz de la Libertad. Podemos conjeturar la medida y el modo en que estas exploraciones de César López fueron absorbidas en su momento; podemos presumirlos con una independencia (relativa) de las pautas de una recepción crítica condicionada, en efecto, por la enérgica adscripción del libro a estructuras básicas de una narrativa experimental que se entrega además a indagaciones de naturaleza existencial, para usar un término resbaladizo. P
ero lo cierto es que, a estos razonamientos propuestos desde Circulando el cuadrado, se añade uno de la mayor importancia y que los preside a todos: el esquivo, cambiante, penoso e inapresable lugar del sujeto en realidades sociales que lo acogen siempre con una porción natural de suspicacia. La tradición literaria que César López abarca en estos relatos se determina, creo, ante dos referentes: en primer lugar, un conceptismo hispánico que extiende su ligadura hasta el grotesco esperpéntico —muy bien empleado en “Las mordidas” y “Las meriendas”, aunque sin las expresiones cínicas y jergales a que se refiere la Academia— y que no renuncia a las humoradas descacharrantes —como se aprecia en la escabrosa y jocunda sátira del mesianismo cristiano hecha en “Los anuncios”—, y, en segundo lugar, las afiladas asepsias de la entonces nueva narrativa francesa, con el añadido peculiar de la nouveau roman, que también viene de (o es ya) Watt, de Beckett, y Portrait d’un inconnu, de Natalie Sarraute, y que transforma la peroración repetitiva en voyeurismo y ansia de entendimiento del otro. Esos dos referentes, puestos en función de un trazado alegórico, dan un matiz estilístico exclusivo a Circulando el cuadrado, cuyos guiños se dirigen a la política, las costumbres, la preceptiva social y los tics risibles y lastimosos de una época.