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El Delphi desciende a los infiernos
Alberto Garrandés , 21 de octubre de 2004

Las antiutopías que se escriben aproximadamente desde fines de la Segunda Guerra Mundial, y que revelan la existencia de ciertas ucronías, son, por lo general, documentos capaces de testificar la complejidad del pensamiento en torno a los poderes representacionales del lenguaje en la baja modernidad y en el ámbito cultural de la posvanguardia.

El único novelista cubano contemporáneo que se ha interesado, con actitud exploratoria, en la inversión del utopismo desde el presupuesto de lo ucrónico fue Virgilio Piñera, quien dio a conocer en Buenos Aires, en 1952, La carne de René, y luego, en 1967 —en la colección Contemporáneos de Ediciones Unión—, Presiones y diamantes. La acción de la obra transcurre en una ciudad imaginaria que empieza a despoblarse; el narrador de la historia, un sujeto atento a los detalles de la vida, una especie de sibarita de las microtransformaciones de lo real, trabaja en la compraventa de alhajas y es el único que se percata de las metamorfosis (en apariencia inocuas, pero en íntima relación con un plan secreto, una enorme conspiración) experimentadas por los demás.

 Hombre modesto, de restringida sociabilidad, es testigo de todo cuanto sucede dentro del medio social al que puede acceder —negociantes, aristócratas, dandys, financistas—, pero también se muestra capaz de captar la extrañeza de la vida cotidiana. Todo gira en torno a la presión. No la presión atmosférica ni la presión arterial —como aclara el narrador al inicio de su descacharrante y maravilloso relato—, sino la presión humana, ejercida por todos los hombres y entre ellos mismos. Un conjunto de fuerzas que van alterando la realidad de las cosas y que acaban por anular el sentido de la existencia, ya que al final ésta se encuentra cubierta por una especie de velo grisáceo, uniformador, que borra de la percepción de los hombres los encantos de la vida.

La ficción que Piñera nos pone delante es una de esas historias clásicas que pertenecen a una clara y notoria tipología: un testigo excepcional de hechos atroces se halla, de pronto, en la disyuntiva de optar por enfrentarse al delirio aparente de los hombres o entregarse a la locura que ellos promueven. Al ser el único en darse cuenta de lo que realmente ocurre, él mismo se vuelve una voz modulada para las confidencias, después de establecer la necesaria distancia entre él —la cordura activa— y los otros —la enajenación pasiva o activa—, un acto que acaba por convertirlo en un paria al revés.

La situación posee una estructura dramática muy semejante a la que podemos observar en ciertos relatos canónicos de Poe, Lovecraft y Orwell, en quienes se produce una curiosa combinación de horror fantástico y absurdo ritual, una mezcla cuyo moderno sabor no se aleja mucho del que percibimos en Presiones y diamantes. Sólo que el texto y su tono han sido elaborados desde un ensueño tragicómico del destino humano, una reflexión que se encuentra constantemente marcada por las cualidades de la voz narrativa, la voz de un sujeto capaz de sumergirse en el escepticismo, pero que confía en la regeneración del ser humano, o en su bondad. Sin embargo, esa voz combina la elegancia afectada (propia de un individuo de escasos recursos, como es el caso) con una liviandad expresiva que nos hace dudar (pero sólo hasta un límite) de la seriedad de sus preocupaciones. Se trata de un personaje que casi todo el tiempo utiliza las lexicalizaciones y las frases idiomáticas como si no pudiera evitar paladearlas.

Y esto produce la impresión —tenue, sutil— de una impudicia frívola, aun cuando sabemos de las turbaciones e inquietudes del personaje por el futuro de sus amigos y conocidos y por el destino de la ciudad y el mundo. Este impaciente adorador de las alhajas pertenece al trust joyero de los hermanos Rosenfeld, adversarios eternos de la firma Lowenthal, poseedora de un célebre brillante: el Delphi. En realidad el punto de giro de los hechos se manifiesta cuando el interés que despierta la piedra empieza a desaparecer, y, al mismo tiempo, un nutrido grupo de personas se da a jugar canasta (en el Salón Canasta 86) y mascar chiclets, ocupaciones que embargan cada vez más a los personajes y que conforman, a la larga, un ensimismamiento comunicativo dentro de la gran ilusión del intercambio humano. Sin otras tareas que realizar, pues descubren la banalidad de ese intercambio, los amigos y conocidos del narrador se aprestan a viajar.

Sin embargo, el viaje se realiza dentro del tiempo: el proceso de hibernación del doctor Gil. Y Piñera vuelve a tensar, en esta novela, el problema del sentido común en condiciones de excepción. El autor de Pequeñas maniobras, un relato acerca del pánico al compromiso —sentimental, social, estético—, hace advertencias en Presiones y diamantes sobre un nocivo poder de seducción cuando el negociante de joyas se refiere a la escritura que cuenta una peripecia, que refiere sucesos. En un territorio donde la enajenación es algo cotidiano y la existencia real —el actuar testificable de los individuos— no se toma en consideración ya que ha perdido todo atractivo, el gesto (representativo de aquellos sujetos que se oponen a la lucha del narrador contra el desinterés por la vida) de no tomar en cuenta a la escritura, no fijarla, no precisarla por medio de un relato, resulta un imperativo de primera magnitud y de buen gusto. La escritura como habla, o cierto modo de hablar que se desublima y convierte en escritura. La escritura como prueba de vida.

La ausencia de escritura es ausencia de saber y, a la larga, ausencia de lenguaje y de pensamiento. Confirmar de manera práctica esa extraña y sugestiva posibilidad es el propósito de quienes se convierten al credo de la hibernación, un viaje de la inmovilidad en el interior del no saber, viaje que es asimismo una deserción con respecto a la experiencia. Sin estar muertos, los “hielonautas” tampoco están vivos; sucede que no se resisten ya a sí mismos, sienten un hastío supremo y reducen el existir a su mínima expresión. La expectativa de lo real es nula y necesitan “darle tiempo” a lo real. Lo real es un enorme descrédito. Hay que escapar de la Tierra. El fracaso de la subasta del Delphi indica que el desinterés es ya enfermizo. ¿De qué sirven las joyas en el mundo de la congelación? A una piedra de dos millones se le pone un precio de salida de cien mil dólares. Nadie la compra. Los asistentes observan con curiosidad lo que ocurre, como si comprobaran la realización de una expectativa o un deseo. Al final es el narrador quien adquiere el Delphi, pero por cien dólares. Cuando llega a su casa y le cuenta a Julia, su mujer, ella se asombra y le pregunta por qué ha malgastado el dinero en algo que ya no vale nada. Toma el Delphi (hallado en Nepal en 1850) y lo tira al inodoro. Y descarga. Piñera construye su novela sobre la idea de unos personajes que descubren el tejido fútil y evanescente de la realidad; abstraídos antes en esa misma realidad observada a distancia o automáticamente, ahora se detienen en la vigilancia aterrada de esa trama llena de patetismo y hasta risible que la conforma.

El Delphi baja a los infiernos, a los sucios conductos de las profundidades, y esa alegoría del desmerecimiento mueve al narrador a arengar a la multitud; prepara un discurso con el que delata la conspiración, pero nadie le cree. Aun así todos empiezan a esconderse, y uno a uno los personajes van siendo apresados por un terror impalpable llamado el Presionador. El despoblamiento del planeta es inminente. Al inicio de la novela se habla de una intriga ideada por criaturas extraterrestres —disponer la Tierra para una ulterior invasión—, y de hecho lo que leemos deja un margen presuntivo en el cual aparecen, convocados por la imaginación, seres replicantes capaces de adueñarse del cuerpo humano cautelosamente. Pero Piñera disuelve (y acentúa) esa sospecha. La genealogía de su novela es tan clara como imprecisa. Los personajes acaban por perder el habla y sólo articulan una frase, entonada con acentos diversos: Rouge Melé.

Estas hipnóticas palabras dicen mucho y no dicen nada. Soñador irredento, el protagonista de Presiones y diamantes quiere enfrentarse a la epidemia de mudos que reducen el hablar a un sintagma de resonancias misteriosas, terroríficas y hasta cómicas. De hecho hace intentos de sacar a algunos amigos de su marasmo. Pero todo esfuerzo es inútil. Incluso recibe un anónimo burlón donde lo invitan a disfrazarse de Quijote. El origen de la comparación es obvio y el hombre, en un rapto de valentía, se va al Salón Canasta 86, donde los juramentados (víctimas y victimarios) suelen reunirse largas horas. Y allí los descubre a punto de escapar de la ciudad, de la Tierra —en ese instante millones de ellos están a punto de hacerlo—, metidos en capuchas de nylon que poseen todo el aspecto de condones gigantes.

Estas envolturas transparentes y elásticas se inflan y así los conjurados pueden elevarse a alturas estratosféricas en una especie de suicidio masivo. Y allí, fuera de la atmósfera o a punto de escapar de ella, quedan reducidos a polvo cósmico. La metáfora que el desenlace de Presiones y diamantes encierra nos permite retrotraernos al compromiso como fantasma que sobrecoge, pertinaz, a los personajes de Piñera. Los conjurados son como grandes falos recubiertos por una membrana aisladora. Falos que exigen, performáticos, la asepsia, la profilaxis en relación con la existencia, y que se protegen de ese modo contra la vida. Piñera ha descrito, en clave parabólica, una catástrofe, y ha hecho una crispada advertencia.

Sin embargo su personaje no cree en la muerte voluntaria de quienes escapan del mundo y declara, pues, su esperanza de que regresen algún día. El vigor de ese sentimiento se pone de manifiesto en la línea final de la novela: “Mi última ilusión será confiar en la buena fe de los hombres”.