Apariencias |
  en  
Hoy es lunes, 9 de diciembre de 2019; 7:08 PM | Actualizado: 09 de diciembre de 2019
Búsqueda de artículos
título
autor
Artículos en esta columna: 196 | ver otros artículos en esta columna »
 
Página
La humedad del discurso
Alberto Garrandés, 04 de noviembre de 2004

Introducción

A excepción de algunas escrituras que corroboran la vacilante densidad fonocéntrica del erotismo, de sus afinaciones posibles en tanto asunto per se (transitable como parcela autónoma), el suceso de la erótica narrativa en las ficciones cubanas de la contemporaneidad deviene un dilema estético circunstancial. Sin embargo, aun cuando esa condición deja presumir que no se trata de un asunto situado en el primer plano de las preocupaciones artísticas, o, para ser más exacto, un asunto cuyo tratamiento aflora tan sólo en textos exploradores de la intimidad del sujeto, sus neurosis, su encrespada formación, no es menos cierto que el erotismo —su imagen narrativizada, sus pormenores dentro de la lógica del relato— se transforma al cabo, por suspensión o por saturación, por escamoteo o por ofrecimiento, en un asedio lleno de atractivos. La inquisición que emprendo hoy, a partir de este comentario, irá señalando determinadas marcas de significación en la ruta de ese asedio a lo largo de los años que van desde la irrupción de las vanguardias artísticas, a inicios de la década del veinte, hasta la actualidad. Y aunque estos límites resultan demasiado cómodos con respecto a la puntualidad de los registros textuales, sus fechas y sus demarcaciones, dejaré fluir mi pensamiento en una obvia diacronía que será sincronía cuando las marcas a que he hecho alusión revelen la presencia de un espacio tenso en lo referido a la escritura erótica y sus alrededores. De manera que mi discurso hará ciertos altos en los textos que han ido tejiendo la médula del problema —repartido entre la erótica general del cuerpo, la disputada literariedad del sexo, el registro de los roles sexuales lateralizados y la pertinencia del discurso erótico como absoluto de la historia—, sin que esos altos se independicen unos de otros. Es decir, no haré estudios particulares anudados por la adscripción temática o por el grado de pertenencia a una tendencia u otra de la configuración narrativa, ya que, en caso de producirse, dichos estudios estarán sumergidos en una reflexión general que entra y sale de lo particular sin que le tema a los muy académicos peligros de la digresión. Del análisis textual a lo digresivo y viceversa; de las generalidades de varias épocas a la nitidez ganada por el enfoque de los textos. La iluminación pertinente de un personaje, la cita oportuna de un episodio capaz de ejercer la singularidad, me llevarán a generalizaciones controvertibles, pero enseguida volveré a los textos, que son, en fin de cuentas, la medida de cualquier afirmación. De manera que este recorrido es más bien una aventura donde se traza un itinerario. Al ponerlo de relieve sin esconder esos sazonados márgenes de indeterminación por los que transitan todos los críticos (incluso los malos críticos), añadiré un poco de sistematicidad al conjunto de aproximaciones que, desde hace casi diez años, he venido realizando en torno a ese tema. La humedad del discurso, título bajo el cual podrán leerse estas fluencias libres alrededor y desde la imagen narrativa del erotismo en las ficciones cubanas de la modernidad, por así llamarlas, expresa una fehaciente metáfora del sexo. Me apresuro a aclarar que mi examen, sin embargo, no será un Kinsey Report de la novela y el cuento cubanos desde 1920 a los días que corren, sino más bien un intento de clarificar las rutas de esas humedades a lo largo de ese período. Para la ficción literaria la exigencia mayor de un asunto tan cotidiano y cerrado, un asunto (el sexo) que sucede, en términos de lógica biosocial, a la impregnación erótica, y que regresa, en la evocación, a la ilusoriedad de eso que la dialéctica marxista denomina lo concreto-sensible, la exigencia mayor, repito, de semejante sistema de articulaciones, es de naturaleza lingüística y pone en juego las oposiciones y avenencias detectables en la marcha de la denotación hacia la connotación, o al revés, como suele también ocurrir. A la luz de esa comprensible polaridad, y en entornos culturales y sociales en constante mutación dentro del gran proceso identitario de la insularidad, el claroscuro del erotismo y la sexualidad en el territorio del relato llega a ser un requisito o una frontera. En cualquiera de los dos casos, lo que hay detrás es un problema de perspectiva estilística. La humedad del discurso podría, así, metamorfosearse en una meditación de carácter fractal —o más bien poscrítica, para entendernos mejor, digo yo— de acuerdo con las barreras que se propone traspasar y, a veces, construir. Al basarme en mis habituales inclinaciones hacia la historiografía literaria y la labor arqueológica, y dado que el modelo reflexivo que intento poner en marcha cuenta, por otra parte, con el auxilio de los razonamientos angulares y los enlaces con poéticas fundadoras (o de gran impacto, ya que han nacido en diversos centros de poder cultural), me temo que este viaje por la erótica ficcional cubana contemporánea será tan espasmódico e inquisitivo como la mirada curiosa y en ascuas de aquel que, investido del apetito de un auténtico voyeur, atisba y hace nítidas las imágenes que alguna vez le parecieron conmovedoras, sugestivas o simplemente curiosas.