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El voyeur
Alberto Garrandés, 05 de noviembre de 2004
Un voyeur... ¿qué es un voyeur? Criatura de la curiosidad y la avidez, sujeto lleno de palabras, el voyeur entra en un baño público después de haber visto cosas que incendian su imaginación; invade, al aposentarse en ese baño, un sitio donde la paradoja del locus solus se resuelve en huellas ajenas a la intimidad, en señales que son escrituras semejantes a palimpsestos. El voyeur no “tiene” un texto, no es textualización. Es tan sólo intensidades de sentido. No hay fijación textual. Algo fantástico sucede en él: cuando mira su identidad se deshace momentáneamente hasta que todo acaba y vuelve a ser él mismo, con el botín de la experiencia testificada. Entre el ojo que representa y el objeto donde querría incrustarse hay un campo de fuerza. Y es allí donde el voyeur se transforma en intención ficcional. La colocación aquí de un baño público es un gesto metafórico con el que se subraya un estereotipo posible. Un baño, una habitación propia, un “cuadrado de las delicias”, para citar al Lezama Lima de Paradiso, capítulo octavo. Este voyeur comprende que hay una muy clara diferencia entre lo antiguo y lo reciente, lo viejo y lo nuevo, lo marchito y lo fresco. La mancha del semen de hace unos minutos es, empero, tan enardecedora como la sinuosa línea amarilla del que corrió, pared abajo, cinco o seis meses antes. Los practicantes de la masturbación se responden unos a otros e inscriben sus anagramas coloidales encima de lo que dejó un antecesor. Así nace el rizoma de los discursos seminales, calzados no pocas veces por frases y dibujos de invitación y de reto, de descripción y de sentencia. Una escritura total, ilimitada, que no reconoce fronteras y que se cierra sobre sí misma porque no encuentra a su referente y está deliciosamente condenada a no saciarse. El relato que acabo de hacer reproduce un episodio mítico que se refiere a cierta imaginación erótica capaz de nutrir a cierta literatura, a su movimiento (y no sólo en términos de sexo, placer e imagen). Sin embargo, más que reproducir una mecánica literaria o servirle de mito ad hoc, el relato viene a telescopiar una operación crítica, de registro en los vaivenes de la lectura, de esa lectura que se lee a sí misma en una muy activa conciencia de sí. En Cuba, un país donde el erotismo es un fundamento y, por sus modos de expresión, un estatuto de la identidad, nada que sea cuerpo mirón o cuerpo mirado deja de devenir lenguaje proclive a la humedad. Ya se sabe que la literatura es esencialmente, efectos colaterales aparte, una experiencia del sujeto. Y, en específico, la de asunto erótico-sexual viene a metamorfosearse en apelación y respuesta, en testimonio y requiebro. Me refiero a una literatura que, en sus extremos, renuncia a entenderse con la Institución Literatura pero que a veces termina siendo cortejada por ésta de un modo tan equívoco como paradójico. Hay, es cierto, una pobreza esencial, una pobreza de objetos. Las vigas maestras, el ámbito de lo concrecionable, son, en lo concerniente a esos asuntos, las partes instrumentales del cuerpo. El aura correspondiente, la energía que le toca en suerte, espectraliza todo cuanto el cuerpo alcanza a conectar dentro de sí y para sí. El aura es lenguaje y sobrearticulación. Y es, sobre todo, la diversidad desesperante de esas opciones, reales e ilusorias, que el cuerpo despliega. Una legión de gestos que son signos que son ideas que son palabras que son actos que son puertas. Lo extraordinario es esto: del gesto a la puerta van o un paso o mil circunloquios. La espesura más húmeda de lady Chatterley no se encuentra en los coitos que ella practica, sino en los diálogos ahítos que sostiene con su amante en la cabaña del bosque. Todas estas cuestiones se problematizan de un modo endiablado porque el dilema esencial es de naturaleza linguoestilística y nos devuelve a la frontera entre lo vivido y lo escrito. Todos los escritores acuciados por el erotismo del cuerpo (o que emana del cuerpo o llega al cuerpo) contribuyen a crear una mitología del deseo, un dilatado drama acerca del querer del sexo y el poder de la simple realidad. Decir esto no significa, creo, colocarse en una posición reduccionista, pues lo cierto es que hay, en lo real del erotismo y el sexo —y con esa noción, lo real, me arriesgo a darle un crédito harto dilatado a una noción cada vez más inestable—, tan sólo un dilema: cómo tangibilizar inquietantemente un territorio donde la impudicia, la procacidad y el descoco suelen resultar inefables contrarios de ellos mismos. Cómo clavar en la carne del lector un garfio de palabras tan tremendo que la Institución Literatura caiga rendida a los pies de quien lo esgrime. La mayor parte de nuestras objeciones “literarias” a ciertos lenguajes del cuerpo se origina en la convención que construimos en torno a un modelo, un deber ser del relato. Por otro lado, es útil aclarar que el fantasma del cansancio (me refiero al que producen las imágenes narrativas capaces de constituirse en repertorios aquejados de automatismo) es notablemente sólido. Para comprender mejor lo que digo, quizás sea útil evocar los hitos del tema del cuerpo erótico en el arte, desde los frescos graciosamente inmoderados de Pompeya hasta las damas antropófagas de De Kooning. Pero no hay espacio aquí para esa dilatada evocación, salvo que hagamos el intento por debajo de una reflexión ceñida a la lógica histórica del relato. Las ficciones en torno a este asunto han estado hechas siempre de palabras, aun cuando los referentes, poderosos gracias a su representatividad y su posibilidad, mantengan la ilusión de lo material dentro de un pensar dicotómico. Empezamos a comprender porque en ellas (esas ficciones) las palabras son una evidencia y una complicidad que invaden nuestro sentido de la comunicación y nutren nuestra capacidad de comprender una zona implosiva del mundo. Las obras de arte enseñan sus imágenes. Nuestro discernimiento se inicia en la mirada y la visión, no en ese torrente fonocéntrico directo que es el eje mismo de las ficciones literarias. En el arte las palabras están como segregadas, son una consecuencia. Por su lado, los cuentos y las novelas se encargan de producir las imágenes de un arte posible. Mi repertorio en cuanto a las obras y las figuras que son objeto de mis comentarios es exactamente eso: una relación cuya solvencia para el debate se justifica en el interés que despierta y, sobre todo, en los atractivos que prodiga en tanto agrupación dada a lo dialógico y al murmullo subterráneo.