Apariencias |
  en  
Hoy es lunes, 9 de diciembre de 2019; 7:07 PM | Actualizado: 09 de diciembre de 2019
Búsqueda de artículos
título
autor
Artículos en esta columna: 196 | ver otros artículos en esta columna »
 
Página
El arte de la seducción
Alberto Garrandés, 10 de diciembre de 2004
Junto a la obra de Hernández Catá, que nos hace pensar siempre en un desborde sistemático y explosivo a causa de la multitud de sus intereses y la diversificación de su cronotopo, se encuentra la intensidad cautelosa de Miguel de Carrión, en cuya obra nuclear, constituida sobre todo por Las honradas, de 1917, y Las impuras, de 1919 (novelas a las que habría que adicionar algunos cuentos), tenemos un ejemplo de concentración de las marcas de su estilo. Sin embargo, cautela no quiere decir falta de arrojo narrativo. Se trata de una cautela enramada en la discreción y la mesura. La cautela de quien es intenso en lo que concierne al detalle y evita así, apartarse de su asunto o salirse de su camino. En Carrión se juntaron circunstancias de excepción que, casi de golpe y en muy poco tiempo, posibilitaron el surgimiento de una personalidad literaria nueva. Poco a poco, y sin que experimentara el menor miedo ante la perspectiva clínica, Carrión se vio seducido (y se rindió a esa seducción) por el cuerpo femenino —el cuerpo en tanto organismo, pero también, y sobre todo, en tanto emulsión de psiquis y convenciones— y urdió dos relatos complementarios de los que tendríamos que decir, si fuéramos a asimilarlos al efecto desbrozador de esos cultural studies capaces de hacer un modelo del nivel fisiológico de una minoría, que no han sido superados aún. Todavía hoy, en el contexto del lector cubano, un conglomerado de difícil descripción (porque incorpora sensibilidades asentadas por el tiempo y que muchas veces no se articulan con los requerimientos más o menos lógicos del presente), Las honradas y Las impuras, libros casi nonagenarios, desaparecen de las librerías como por arte de birlibirloque. El logos de la impudicia admitió, en la época en que se publicaron, una contrastación de tipo sociológico: cómo despejar, por medio de su propio uso, la índole de una materia peligrosamente vecina de lo ‘impúdico’, o qué decir acerca de la pobreza impúdica y de la opulencia impúdica, en el mundo de las diferencias sociales y en el territorio del deseo amoroso y el sexo, sin que la impudicia (o la reproducción modélica de una serie de usos eróticos enclavados en el soma y despojados del lirismo ramplón del que Carrión siempre se cuidó) se convirtiera en algo más. Esas eran las interrogaciones de entonces y así apareció, en la narrativa de fines de los años diez, un mimetismo sociocultural problemático que se inscribe como sistema y como contexto, pues copia y emulsiona con talento endiablado lo que podía observarse en las calles (habaneras) de aquellos años, en los espacios tangibles (testificables) de la intimidad y en el mundo interior de las mujeres. El de Carrión es un sistema fuerte, pegajoso, con cualidades de contaminación. Se entiende muy bien —en términos clásicos— con el verosímil artístico. Elabora un mundo con elementos estructurales del realismo novelesco y lo hace sin llegar a los límites de extravío naturalista. Carrión ejerce la novela desde la hibridez equilibrada y es muy consciente de la importancia de los balances internos. Sabe que hay macrocontextos —el cronotopo, los personajes, la historia misma— donde se insertan microcontextos como la tonalidad infinitesimal del discurso femenino, la sintaxis de los hechos, las tipologías sicosociológicas de la mujer y otros. Es decir: sabe perfectamente —ya lo dijo Alejo Carpentier— qué es una novela. Sin embargo, ¿qué es impúdico y qué no lo es? Y en cuanto a la ya clásica distinción proclamada por Henry Miller entre obscenidad y pornografía, una zona de ella subsumida hoy en los queer studies, ¿qué es obsceno y qué no lo es? ¿Dónde está lo pornográfico? ¿En la literatura o en el ojo que la digiere? Por más que parezcan categorías estables desde los tiempos de D. H. Lawrence (los muy venéreos diálogos de un guardabosques con su amante aristocrática), estas muy trajinadas nociones varían su significado de un punto de vista a otro. Así sucede en Las honradas y Las impuras, novelas de pretensión científico-moral dedicadas a los dilemas de la mujer y a contar historias terribles, con finales desastrosos, colmados de tristeza y que dejan ver el carácter opresivo de un mundo. Pero en Carrión —seamos maliciosos, que frente a historias como esas, llenas de manierismo y simulación de segundo grado, nada nos cuesta— la perspectiva clínica es a veces un camelo para hechizar, porque el clínico desea suponer, y hacer suponer, que su fruición científica es mera búsqueda de datos y conclusiones, cuando en realidad disfruta no sólo de sus sondeos analíticos, sino también del objeto analizado y sus reacciones. Hay allí un majestuoso estiramiento que invita a la rechifla, a la elaboración de cuchufletas. Pero uno es un lector respetuoso y sabe que la ética de este ejemplar de escritor no desciende, sin embargo, al descrédito. La armazón vocálica del clínico está allí, enseriada, contándonos cómo una de las mujeres, vapuleada por la pobreza, al final se entrega por dinero a un hombre que le produce asco, mientras que la otra, una mujer rica, cede a una aventura de sensualidad avasalladora, le pone fin y, aunque arrepentida, o precisamente por eso, sigue representando su papel social, en el que se subraya un superobjetivo: la estabilidad familiar. No hay que recelar, no, de las intenciones de Carrión en cuanto al retrato de la situación de la mujer, ni de su autenticidad en la práctica de una escritura que merece nuestro crédito. Lo que embaraza es ese estiramiento, esa declaración de propósitos redentores al menos desde la página impresa. Estoy aludiendo a una poética (del erotismo y la sexualidad) que nace a pesar del cuidado y la máscara. Una poética desarrollada con miramientos exquisitos —casi desde la perspectiva de una dragqueen, en la que tal vez pudo haberse colocado Carrión al contemplar el espejo de sus fábulas— y cuya finalidad es la de exigir la salvación ética más allá de los ‘tropiezos’ del sexo. Se entiende que éstos son de índole amorosa aparentemente, aunque en rigor constituyen manifestaciones de la impudicia (la oscura delicia del instinto), que viene a ser la tentación inexorable para quien se comporta como una víctima. Sin embargo, el novelista se salva de la impudicia mal entendida. De hecho creo que sabe cuán saneador es lo impúdico y cuán pacato podría ser su lector originario. Por eso Carrión se cura en salud: es un realista del naturalismo y sus escenas más embarazosas poseen un aura trágica que apaga cualquier fruición en el estilo de la literatura galante. Porque además —y esto no hay ni que decirlo— él no escribe una literatura galante. Victoria y Teresa, protagonistas de Las honradas y Las impuras, son personajes energizados por sus propias peripecias emocionales. Carrión, naturalista positivo, las pone de frente a los instintos y las somete a una idea del amor bastante ineficaz en lo que a ellas toca, pero que funciona con coherencia dentro del orden familiar y en una época cuyos rasgos esenciales él sabe pintar como nadie. Victoria y Teresa son cuerpos bellos, jóvenes, tibios y deseosos. Y el experimento del ‘estilo Carrión’ empieza allí mismo, en el deseo.