Fue en una fiesta de graduados donde hallé a Emilia González, una joven holguinera que recién se adentraba en el barullo de las tesis de licenciatura. Cuando entré en la sala del apartamento, un espacio aliviado por una terraza en penumbras, noté que un escritor muy joven a quien ya conocía, de coleta rubia, premiado hacía unos meses por un libro de cuentos que se sumergían en el vaho de la Habana, le decía a Emilia que yo era yo mismo, autor de tal y tal y tal. Ella no se negó a la imprudencia. Desvió la mirada y la posó en mí. Emilia departía con casi todos como si fuese una más. De hecho lo era, pues le faltaba muy poco para terminar una tesis de grado sobre Las impurezas de la realidad, novela de José Antonio Ramos que no acaba de seducirme ni para mis exploraciones arqueológicas. Luego de intercambiar saludos aquí y allá y de reconocer que la idea de presentarme allí no era tan interesante como había pensado, los más jóvenes me cedieron entusiasmados la mitad de un sofá junto a la puerta y me trajeron un vaso con ron y algo de hielo. Aunque me he aficionado al whisky, que es bebida para gente de mediana edad y para viejos, aquel ron no sabía mal y condescendí a él. El escritor de la coleta se aposentó a mi lado y me preguntó por qué no había hecho, con Cibersade, dos libros en lugar de uno. Una pregunta así no es molesta, pero sí aburrida. Le contesté una vaguedad y busqué a Emilia con los ojos. “No es especialmente atractiva”, le reproché a mi acompañante, que se vio obligado a desistir de su inquisición. En aquellas circunstancias hubiéramos hablado de cualquier cosa, menos de mis libros. En un viaje literario al interior ya habíamos tenido un diálogo sobre una chica cuyo cuerpo menudo, así como su voz neutra y sus gestos apagados, despertaban los deseos de hacerle algunas cosas próximas al sometimiento. El viaje y ese corto diálogo lo autorizaban a tratarme con alguna confianza, pero él era una personalidad bastante reservada, o más bien dada al cálculo, y se mantenía allí, en ese límite autoimpuesto. “Más o menos”, confirmó. “¿Inteligente?”, pregunté. Movió la cabeza con lentitud. “No vuelvas a decirme que más o menos”, susurré. Emilia se estaba acercando al sofá con intenciones de entablar conversación y enseguida cortamos la nuestra. En efecto, se sentó al lado del de la coleta. Al inclinarse hacia delante, él se pegó al espaldar de modo que ella y yo pudiéramos vernos las caras. Emilia abrió un bolso de piel que acomodó entre sus piernas, encendió un cigarrillo que contribuía a acentuar el ya cargado aroma de la sala y le preguntó algo, pero en voz tan baja que no pude entender. “Pregúntaselo tú, chica”, contestó él en un tono que demostraba asombro. Era tímida, o fingía serlo, y se imponía que yo interviniera. “Por favor, que no estamos en una conferencia ni nada parecido”, dije para romper el hielo. Le dio una chupada al cigarrillo, se envolvió en el humo. Sonrió. “¿Por qué no habló más de Hernández Catá?”, soltó. “Hum —resoplé mientras mi mirada resbalaba entre los invitados—. Porque era un señor medio gordo que tenía el defecto de no alimentar la doble vida que se desprende de sus cuentos”, bromeé. Me parecía necesario contestar sin vacilación. “¿Usted cree que no llevaba una doble vida?”, dudó. Acepté el trato de usted, ya que me ponía a salvo de algunas cosas ante las cuales prefiero tomar yo mismo la iniciativa. “No, no creo que llevara una doble vida —reparé en Emilia; era delgada y tenía un rostro casi voluptuoso, en el que se integraba su sugestiva manía de entrecerrar los ojos cuando declaraba algo con énfasis—. Pero de todas maneras su obra es fascinante”, dije. “Entonces usted pudo haber escrito más”, insistió. “Te refieres a La humedad del discurso”, dije. “Que yo le he regalado, dicho sea de paso y sin ánimo de interrumpir”, intervino, ondulante y medio socarrón, el escritor de la coleta. “Antier empecé a leer el libro y de pronto veo que usted se salta un montón de cosas de Hernández Catá, como si no existieran”, parpadeó Emilia. Al de la coleta no le hacía el menor caso. Se refería a una novela, El ángel de Sodoma, y a un cuento de los largos, “El sembrador de sal”. Le expliqué a Emilia que no me interesaba detenerme en esos textos porque ya había escrito acerca de ellos en otra parte. Me miró como quien descubre una falta inexcusable. “¿Y eso qué tiene que ver? ¿Usted no está haciendo un viaje por la literatura erótica cubana? Por lo menos debería mencionar esos títulos”, sugirió. Tenía razón. Debía mencionarlos. “Eres muy resuelta, Emilia —dije antes de volver a examinar a la muchacha: usaba una blusa azul de tela muy fina, un jean ancho y era obvio que tenía, a pesar de su delgadez, unas tetas no grandes pero sí redondas y bien separadas, como las de la Mujer entre las olas, de Courbet, lo cual me parecía un epítome de la tentación—. Tan resuelta como María Isabel”. Entrecerró los ojos sin detenerse en mi sonrisa. “Ella es un personaje muy interesante —transigió—. Pelea por lo que quiere y no le importa la opinión de su marido. De hecho creo que hasta se divorcia, al final del cuento.” No mordía el anzuelo. Y además, ¿por quien me tomaba? “Es un personaje terrible, casi obliga a la mulatica a que se dé candela”, añadí con sinuosidad. “Bueno —se encogió de hombros—, en definitiva la mulatica aceptaba ese trato, le gustaba esa especie de esclavitud, aunque al final se empata con un negro”, dijo. El escritor de la coleta se había eclipsado hasta desaparecer en la bruma colosal de la terraza. Ni ella ni yo teníamos ya ron. Comprendí que algunas chicas, y también algunos chicos, miraban a Emilia como se mira a esas jovencitas escaladoras que cortejan a un profesor maduro en busca de secretos interesantes, pero me di cuenta de que ella, consciente de esas miradas, era sin embargo insensible a ellas. “Si te interesa tanto Hernández Catá, ¿por qué haces tu tesis sobre una novela tan pesada como Las impurezas de la realidad? —le pregunté—. José Antonio Ramos a veces puede ser insoportable.” Una mirada recta, pero suave. “Estamos apartándonos del tema, usted dice que yo me parezco a María Isabel”, advirtió. Cuando uno pasa de los cuarenta, no hace ejercicio y, aun así, es elegido por una mujer veinte años más joven para un forcejeo inteligente y en apariencia sin restricciones, resulta imperdonable malgastar la concentración. “Te pareces a María Isabel porque te sobra osadía, tienes el pelo grueso y no eres mulata, hasta donde puedo ver”, dije. “Pero yo no soy lesbiana”, subrayó. “Ah —hice una breve pausa: el solitario fagot—, ese es el punto. ¿De veras crees que María Isabel era lesbiana?”, la azucé. “Bueno, se comportaba como una y al final deja a su marido y se va a París con una francesa”, protestó. “¿Y si se tratara de una atracción circunstancial?”, insistí. Emilia me observó como si no diera crédito a lo que acababa de escuchar. Sonrió divertida y alzó un dedo. “Usted hace eso conmigo —me apuntó— porque sólo tengo veintidós años”. Hablaba en un murmullo y sin dejar de sonreír. Se levantó. “Deme su vaso, que voy a traerle más ron”, me ordenó con una tolerancia casi maternal, antes de perderse en dirección a la cocina del apartamento. La escena siguiente transcurre en la terraza. Ha pasado una hora por lo menos. Más de la mitad de los invitados no existe ya y podemos hablar con comodidad mientras disfrutamos del aire que corre allí, a veinte pisos de altura, en el corazón de El Vedado. La cara de Emilia se ilumina detrás del punto rojo de su cigarrillo. He olvidado preguntarle qué era lo que, en su opinión, estaba yo haciendo con ella. “Rosalía huye de los hombres a causa de una violación, pero se sabe que ella y María Isabel son amantes reales”, dice. “Y después, para colmo, irse así, con la francesa”, añado para apoyarla. Es obvio que me digo y me desdigo. Vuelve a mirarme con los ojos apretados. Y ataca: “¿Usted está con los indios o con los cowboys?” Es gracioso. “Con los dos, mi mente es lo bastante amplia como para anular cualquier dicotomía”, digo no sin pomposidad. “Qué clase de mentiroso es usted”, afirma. Con el cuarto vaso en la mano, no cabe duda de que el alcohol hace de las suyas. Al saber que María Isabel venía a buscarla en plan de reconquista con castigo incluido, la mulata Rosalía se da candela. ¿Qué clase de mujer era esa, capaz de inspirar un terror ante el cual no existía otra salida que la desesperada autoinmolación? ¿Qué pudo entrever en María Isabel la débil Rosalía, más joven que su antigua ama, ignorante de la vida, tan seducible a causa del miedo, la soledad y la falta de afecto? ¿Qué espantoso presentimiento tuvo la mulatica, que prefirió echarse encima un chorro de alcohol y tirarse un fósforo encendido? En eso estábamos enfrascados Emilia y yo cuando ella, en un tono de voz que le salió del alma, exclama: “Debió de haber sido tremenda tuerca, de esas que tienen envidia del pene y hacen cosas desproporcionadas.” La frase me encantó y me hizo reír. “Así que tremenda tuerca”, repito. “De las que son capaces de arrancarle a una el clítoris a causa de un exceso de entusiasmo”, explica. “Peligrosas que son”, concedo. Con qué facilidad había accedido Emilia a aquel asunto, plagado de detalles escabrosos. “Usted no las conoce bien, me parece”, recela. Me encojo de hombros. Después de ese escándalo de las hijas de Lesbos, es cierto que María Isabel huye, para mayor énfasis de su culpabilidad, con la amante francesa. Y es entonces cuando me entrego a la evocación consciente de El sueño, aquel cuadro de Courbet de 1849. Porque si no lo hago tendría que preguntarle a Emilia González qué le ha hecho suponer que ignoro los desempeños del cuerpo lesbiano.