Después de la lectura de “El sembrador de sal”, la mente rizomática puede hallar en el cuadro de Courbet cosas muy interesantes. De momento, y sin desviar la atención de Emilia hacia ese pozo de sensaciones que es Courbet, pienso en lo que ella diría. En el cuadro, un lienzo que se me antoja enorme, como corresponde a las representaciones del realismo, una morena y una rubia, hijas del pueblo de París, duermen bien abrazadas. La morena, más vigorosa que la rubia, yace casi bocarriba, pero, con el cuerpo semivolteado, cruza la pierna por encima de la cadera izquierda de la rubia, que hace descansar su cabeza (la mejilla izquierda) sobre la parte superior del seno izquierdo de la morena. El rostro de ésta es fuerte y su cabellera se presume lacia y gruesa. La expresión de la otra, aun dentro del sueño, es sumisa. Tiene en la melena una especie de oro encrespado. Sustituyamos a la morena por María Isabel y a la rubia por la mulatica Rosalía. ¿Qué vemos, pues? Emilia entrecerraría los ojos de nuevo y se quedaría pensando. Yo, por mi parte, no podía acordarme en ese momento del pelo de María Isabel. Es más: ni siquiera recordaba si Hernández Catá hacía alusión a él, aunque se trataba de un detalle que el escritor no habría pasado por alto, tentado, como solía estar, por el simbolismo de las formas y sus correspondencias (presagiosas, claro está) con la trama. La madrugada avanzaba, el escritor de la coleta ya se había marchado y la anfitriona, una profesora de estudios culturales al servicio de la vindicación de los márgenes (de cualquier tipo), preguntó si alguien deseaba café. Decir eso y sentir nosotros el olor del café fue una misma cosa. El lejano borboteo de la cafetera (el tren del café: una, dos, tres cafeteras) se podía oír en medio del relativo silencio. Éramos pocos, unos seis o siete invitados renuentes a la cancelación de la noche, y bebimos café en la terraza. La anfitriona propuso, no sé si con la intención de despejar los ánimos, subir a la azotea para contemplar las estrellas y ver la ciudad dormida. Y nos fuimos allí. Emilia agarró la cartera y, mientras subíamos la escalera, me tomó del brazo. “Padezco de vértigo”, se excusó. “Creo que yo también, pero sólo a ratos”, dije. La azotea era un espacio propio y estaba llena de bancos rescatados de parques en extinción. Un bonito lugar, apto para los diálogos sombríos y las confesiones. Pero no hubo nada de eso en aquella oportunidad. Emilia acababa de conocerme y estaba interesada en sostener un intercambio cuyo fondo fuese la literatura. “Hábleme ahora de José María”, dijo inesperadamente. “Pero si tú lo conoces mejor que yo”, exclamé. Encendió otro cigarrillo, con cierta dificultad. Hacía aire. Ocupamos un banco de color verde claro, sin nadie más. “Usted lo llama varón hembril, pero no estoy muy segura de que sea así”, observa. “Yo tampoco —contesto sin muchos deseos de adentrarme otra vez en la trama de El ángel de Sodoma—. Sin embargo, es muy posible que en él hubiera cierto afeminamiento, a juzgar por lo que cuenta Hernández Catá.” Decido preguntarle a Emilia dónde vive, a ver si me descubre algo personal. “Qué desesperación la de ese hombre, ¿verdad? Ver a los trapecistas del circo y no poder acariciarlos”, comenta. “Me acuerdo de una frase: cutis de jazmín —digo en tono de revelación—. Ahora puede parecer ridículo, pero en esa época si escribías que alguien tenía un cutis de jazmín, era porque estabas refiriéndote a una mujer, no a un hombre. De modo que José María era un hombre por lo menos de rostro atractivo y, si me apuran, muy cuidadoso de la estética personal”, explico. “Pero vivía recondenándose y termina delante de un tren”, suelta con menosprecio. “En su caso, y hay que reconocer que él es un caso que Hernández Catá hubiera querido poner en manos de la clínica, el suicidio nos plantea la cuestión de si el personaje es un héroe trágico o no”, indico. Emilia evita aburrirse y, sin avisar, se desvía de mi profesoral interrogación. No experimenta el menor embarazo en plantar sus nuevos temas de conversación, aunque se trate de cuestiones íntimas. Sin embargo, tengo la sospecha de que para ella los temas no se dividen en íntimos y públicos, sino en pertinentes y no pertinentes, de acuerdo con la línea general del diálogo. “Una vez estuve con un gay —empieza a contar sin previo aviso—. Yo sabía que era gay, pero él tenía algo, un no sé qué. Y era bello, un físico perfecto. Y no es que me importe demasiado la belleza corporal de un amante, pero si tienes la posibilidad de irte a la cama con un hombre así, no hay que tener la menor vacilación. Te vas con él y ya, casi sin pensarlo. Sientes mucha curiosidad y te desnudas y te enredas. Cuando tienes ese cuerpo a tu lado, y lo puedes tocar, lo demás pierde importancia. Por eso entiendo muy bien a José María cuando Hernández Cata habla de su exaltación en el circo, al ver el trabajo del domador y los trapecistas.” Me habría tomado otra taza de café, y más a aquella hora. La de Emilia estaba aún por la mitad. “Y la cosa no pasó de ahí”, digo. “Sí, sí pasó de ahí —asegura con el acento de quien exclama: ‘Y usted, pedazo de tonto, ¿en qué mundo vive?’—. Teníamos sexo muy esporádicamente, pero buen sexo, se lo puedo asegurar. Es más, hacerlo con él era maravilloso”, me confía. Un sentimiento extraño empezó a invadirme. “Entonces no era gay, sino bisexual”, me propongo aclarar. “Ahí está el centro de todo —se acomoda en el banco—. De haber esperado más, si hubiese tenido el encuentro con aquel amante furtivo que lo citó en la estación de trenes, ¿se habría convertido José María en un gay? ¿No estaba comprometido ya con Cecilia, una mujer que lo adoraba? Yo creo que habría podido sobrevivir, aunque fuese viviendo una doble vida, hasta decidirse”, exclama. Qué jovencita más contradictoria. Cuando la comparé con María Isabel se apresuró a aclararme que ella no era lesbiana. Ahora supone que la personalidad de José María habría tenido que decidirse al fin, si otra hubiera sido la novela. “Bueno —hago una pausa con toda intención; me gusta mucho usar las pausas porque domino bien sus efectos—, en realidad él no estaba obligado a decidirse. La doble vida es también una opción, no dos. Sólo que Hernández Catá no la reconocía, o no pudo reconocerla, o no le dio la gana de complicar el libro de ese modo. Y le cuelga a José María el cartel de culpable, pero con una variación bien estúpida: aunque de Sodoma, él es un ángel. Y será redimido”, subrayo triunfal. Emilia me observa, alza las cejas, vuelve a probar su café y nota que ya está frío. Hace un gesto de disgusto y separa la taza de su boca. “Igual lo tomo así —extiendo la mano—. ¿Me lo dejas?” El ofrecimiento de la taza se halla dentro de un gesto lánguido, vacilante. “Creo que cayó un poco de saliva dentro”, se excusa. Ese hecho, real o inventado, dice mucho de la naturaleza coqueta y hasta limítrofe de Emilia. “No me importa —replico y agarro la taza; Emilia no se pinta las uñas y eso me complace—. Qué palabra tan rara, ¿verdad? Sa-li-va... Pronuncias sa-li-va unas cuantas veces y la palabra adquiere algo misterioso.” Bebo todo el contenido de la taza. “El buen sabor se mantiene a pesar de todo”, digo en busca de la ambigüedad. “A Anna Karenina sí le queda bien eso de tirarse delante de un tren en marcha, pero a José María no”, reflexiona. Maneja muy bien su caña de pescar. El café no me ha dejado ningún sabor adicional. Estoy a punto de decírselo, pero no me atrevo a retomar el asunto de la saliva, que puede convertirme, a los ojos de Emilia, en un escritor sentimental e inclemente en cuestión de segundos. No quiero parecer lo que soy. No quiero parecer lo que no soy. La babosería me espanta. “Ambos, José María y Rosalía, tienen derecho a pensar en la muerte e, incluso, entregarse a ella —levanto las manos—. Pero la literatura no es la vida, aunque se le parezca bastante.” Emilia se levanta sin decir palabra y da unos pasos hacia la caseta donde está la máquina del elevador del edificio. El aire bate y hay un poco de frialdad. “Entonces va a escribir más acerca de Hernández Catá, definitivamente”, dice mientras se aleja. Voy tras ella. Mis pasos se encuentran fuera de todo cálculo y son, pues, peligrosos. Se ha detenido a un metro del vacío y observa la ciudad. “Agregaré lo referido a Hernández Catá cuando llegue el momento de hacer la versión definitiva de La humedad del discurso”, respondo. Estoy de pie, a su espalda. Aprovecho ese instante para examinarla mejor. La piel del cuello es muy fina. “Siempre hay tiempo de escribir un poco más —añado—, aunque el libro ya esté en manos de quienes te leen o van a leerte.” Emilia se vuelve y me mira. Repara en la taza vacía, prendida estúpidamente del dedo índice de mi mano derecha. Regresa al banco, toma el bolso, lo abre y saca su ejemplar de La humedad del discurso. “A ver, escriba ahí una dedicatoria amable”, dice y me alcanza el libro desde una sonrisa troceada. Volvemos a sentarnos. Abro el volumen y escribo con el bolígrafo que ella misma ha puesto en mi mano: “Para Emilia González, por la intensidad.” Pongo el lugar, la fecha, mi firma y le devuelvo el libro. “Lo próximo suyo serán las apostillas... Apostillas a La humedad del discurso”, divaga. “Es mejor dejarlo en Apostillas a la humedad —rectifico—, como si se tratase de una humedad genérica, universal.” Pero de todas maneras ninguno de los dos títulos me gustaba.