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Emilia González (tercera parte)
Alberto Garrandés, 31 de diciembre de 2004
¿Cuál sería la tipología femenina más congruente con lo deseado? ¿Qué cuerpo (y con qué formas) era el más popular entonces? ¿Quizás la leptosomática de mirada baja? Posiblemente. La leptosomática de mirada baja, bien hecha, bien elaborada, articulable. O acaso un conjunto similar, pero dentro de una mulatez acrisolada, de segundo o tercer orden. Esa palabra, leptosoma... Ay, Lezama. Tú y las palabras. Y qué sectario eras (sectario con gracia, que todo hay que decirlo) en materia de carnes inflamables. Pero en fin, por eso mismo es que se te puede perdonar. Cuando uno lee Paradiso por quinta o sexta vez la novela empieza a desempaquetarse —imaginemos esto: que al volumen le salen dos paticas y va corriendo a meterse dentro de la gente común, horrorizado a causa de los profesores y los ensayistas— y la sentimos, socarrona como es a veces, más próxima a ciertas experiencias de todos los días que a la Gran Dama Literatura. Sólo que, puestos a pensar en los cuerpos lezamianos, la atalaya desde donde él los mira está poblada de falos, y el falo lezamiano, con todo y ser una referencia concreta, resulta al cabo una apoteosis (libidinal, cognoscitiva) que no se ajusta a cualquier sitio ni cabe en todo tipo de diálogo... Hacía algún tiempo que no veía a Emilia González. Y no es que ella hubiera desaparecido, pues estaba, por así decirlo, muy al alcance de la mano y los ojos. Localizable en el parqueo de la Facultad de Artes y Letras, o tras los cristales de aquella pecera inmensa, Emilia González era una mujer pública. En cualquier caso más bien se trataba de mí, el hombre que solía hacer inmersiones profundas en busca de asideros con la suficiente firmeza. Me gustaba desaparecer con cierta periodicidad, irme al mundo subterráneo, a las profundidades de mis pensamientos. Yo quería ser el hombre invisible, y de haberlo conseguido mi felicidad habría sido completa. No hay nada, o casi nada, como la impunidad de la contemplación. (Bueno, quizás la impunidad del obrar.) Escribo estas palabras lejos del ensueño fantástico, que conste. Alguien —un señorito de la teoría cultural— disertaba sobre la poesía de José María Heredia. El asunto era de hartazgo, pero cedí a la curiosidad y me fui una tarde a escuchar. Emilia González estaba sentada en la segunda fila. Aunque había sillas vacías a su alrededor, preferí ocupar una junto a la puerta, casi al final del aula. Salvo una o dos frases, las intervenciones fueron las de rigor y acabé de convencerme de que mi presencia en aquel sitio obedecía tan sólo a mi interés en Emilia, cuya nuca dorada estaba a tres metros de mí. No tomaba notas, no hablaba con nadie y acariciaba la correa de tela de su bolso mientras movía en círculos, con lentitud, la cabeza. Era evidente que se aburría. El señorito poseía una voz altisonante y miraba a su auditorio con una especie de hambre. Todo empezó a languidecer, hasta la iluminación se hizo exigua —el día estaba medio lluvioso—, y el seminario se dio por terminado. Cuando Emilia se volvió, curiosa por saber quiénes habían estado presentes, su mirada rebotó contra la mía. Achicó los ojos perfectamente sorprendida, se levantó y vino a saludar. Dije “hola”, sonreí y salimos de allí. Delante del elevador había un banco sempiterno, de los que ya no se ven, con barrotes de madera flexible, y se sentó con un cigarrillo a punto de ser encendido. “Heredia apenas se deja leer hoy”, dijo cansada. Sacó una fosforera azul. Soltó el humo con ganas. “El Heredia que me gusta es el que discute con fray Servando Teresa de Mier en El mundo alucinante, de Reinaldo Arenas”, señalé antes de sentarme a su lado. Aunque no lo reconoció explícitamente, comprendí que no había leído la novela de Arenas. “Sigo con La humedad del discurso” —accedió a explicar, bien lejos de Heredia y de Arenas—. He estado tomando notas, sabía que en algún momento íbamos a reencontrarnos.” Me dispuse a entrar en la batalla. “Así que tomando notas”, rezongué y aguardé. Extrajo el libro y me enseñó las últimas páginas, que eran de cortesía y se encontraban originalmente en blanco. Emilia González las había aprovechado. Estaban llenas de un montón de frases, en una caligrafía marañosa. Yo quería hablarle en el mismo mood que usan los mejores prosistas eróticos, en un estilo y un tono capaces de eludir la referencialidad directa y de evitar, también, la alusión cultural. Situarme, para decirlo rápido, en un punto equidistante del soma y de los signos. Pero no me sentía capaz aún. De hecho ya había cometido un error. A ver cómo lo digo: si ella me hablaba de la no pertinencia de Heredia, ¿a santo de qué tenía yo que citar la novela de Arenas, con un Heredia de postín, aderezado por una conversación imaginaria? “¿Y qué tenemos para hoy?”, pregunté como quien se despereza y suspira. “Hum —alzó las cejas y sonrió; el profesor ya estaba bien despierto, esperando—. ¿Usted se ha preguntado cuál fue el ideal femenino de Poveda? Porque si uno se pone a pensar en las preferencias de Alma Rubens, puede llegar a conclusiones tremendas. Por ejemplo: que Poveda era del montón.” Primer achicamiento de ojos, como el del tigre entre los juncos. Qué chica más lista. “¿A qué preferencias te refieres?”, pregunté. “Al tipo de cuerpo. A las mujeres. Antes, digamos, en las postales eróticas se sentía una predilección por la mujer entradita en carnes, y cuando lees los Poemetos de Alma Rubens compruebas que esa predilección estaba allí... O sea, que posiblemente la tal Alma Rubens tenía los mismos gustos convencionales de Poveda, y él no se cuidó de construir un personaje distinto de sí mismo, en este caso una mujer que escribe. Allí el heterónimo es sólo eso, un heterónimo. La esencia permanece intacta”, declaró Emilia con lentitud. The song remains the same. Me alejé del presente casi treinta años y oí unas músicas sepultadas en mi memoria. “Bueno —hice una pausa, la primera; definitivamente no me hallaba en forma—. Ahí hay una contradicción. Porque el ideal de entonces pasaba por la mujer delgada, medio anoréxica. Tal vez lo que sucede es que Poveda, al pensar en Safo y la estatuaria griega, tenía en mente los muslos belicosos de la Afrodita de Praxiteles, o la gordura relativa de la Venus de Milo, o algunos personajes grecolatinos de la literatura francesa de fines del siglo diecinueve. Lo de la gordura es una cuestión de músculos. Y de cualquier forma —segunda pausa— nadie puede saber a ciencia cierta cuál fue el ideal del Poveda privado. El ideal de aquellos años tiene mucho en común con el ideal de ahora, me parece”, dije. Emilia González parpadeó. “Muslos belicosos... qué frase. Me temo que el ideal de ahora es un conjunto de ideales”, rió. Recordé los cuerpos leptosomáticos de Lezama. ¿Sería adivina esta muchachita? El barullo del cambio de turno sirvió de intervalo y ambos clavamos los ojos en los paseantes. Del elevador salían muy buenos ejemplares. “¿Ves? Ahí tienes la tipología. Delgadez cuidadosa hasta donde es posible y un aire cultural, como corresponde a este medio”, cuchicheé con ironía. Volvió a achicar los ojos. “Se está burlando de mí otra vez”, anotó en voz baja. La expresión de su cara quería decir, más o menos: “Allá usted con su condena”. Me estrujé las manos. Por suerte no hacía calor. “No vayas a acomplejarte. Estoy hablando en serio —le advertí—. ¿No dices que hay varios ideales? Ahí tienes uno. Fuera de aquí hay otros. En una fábrica el ideal es bien distinto. En las ciudades del interior, ni se diga. Y así. Lo que sucede con Poveda es que imaginó a Alma Rubens desde una perspectiva cultural, para meterse sin dificultades en un terreno bien húmedo. Está el caso de Giorgione y Tiziano, que pintaban mujeres desnudas muy griegas y muy sensuales. Siglos después Manet reverencia a Giorgione y Tiziano, pero se aparta de la grecomanía. A diferencia de su maestro, el olvidado Couture, Manet no es un fan de lo griego, sino de lo inmediato, de la vida en París tal cual aparecía ante sus ojos. En ese sentido Alma Rubens es un subterfugio de lo más artificioso.” El segundo cigarrillo de Emilia queda encendido y precede a su voz. “Usted sobrevive si lo dejan hablar —sonríe—. ¿De verdad cree que las muchachas de aquí se pasan la vida haciendo dieta?”, exclama. La falda de Emilia es de una tela permisiva y abundante: cae con placidez. Tiene muslos delgados. Las tetas siguen pareciéndome un misterio tentador. No goza, por suerte, de unas caderas anchas, y esa ecuación permite imaginar… mejor no escribo eso. No voy a conducirme ahora como un mediotiempo indecente. “¿Me está mirando antes de responder, o me mira simplemente? Recuerde que yo me acomplejo rápido, como usted dice”, se apresura a contraatacar. “Estoy mirándote, simplemente”, contesto. Ojos achicados. Humo. “¿Qué se origina en la combinación de los paisajes domésticos de Lawrence Alma-Tadema, tan de la Roma imperial como de la Atenas clásica, y los cuerpos exuberantes de Rubens?”, vuelvo a disparar. Estoy completamente aterrorizado, casi molesto, pero ese incómodo terror me complace de una manera morbosa. Cojo de inmediato el ejemplar de La humedad del discurso y me pongo a leer las frases escritas por Emilia en las últimas páginas. “No sé quién es Alma-Tadema. ¿Me está dando una pista?”, dice. “Pues sí, una pista —digo sin despegar los ojos del libro—. Lawrence Alma-Tadema fue un pintor cuyos personajes eran gentes como el emperador Heliogábalo, Catulo y Lesbia. Al pintar, lograba tonalidades muy claras, casi irreales, y reproducía el trazo de los pintores romanos antiguos. ¿Puedes hacerte una idea del resultado de poner los cuerpos de Rubens en los espacios de Alma-Tadema?”, pronuncié. Ya era otra vez un profe. Y un profe detestable, además. Estaba ganando, pero no a costa de mi habilidad, sino de mi conocimiento. La denotación ha sido siempre una forma lúcida del exteriorismo. Pero el exteriorismo... uf. “Ya veo —sonríe y me apunta con un dedo—: Alma-Rubens. O un Poveda lesbiano. ¿Usted ha oído hablar de Kate Bornstein, la autora de Gender Outlaw?”, tira su estocada. ¿Serán balas explosivas? O de plata, para matar al hombre lobo. “Ni idea”, susurro. “Se lo voy a prestar”, promete con un tonillo de orgullo. Le digo que está bien. Que lo leeré con interés. Y añado: “Te quedó bien eso del Poveda lesbiano. Un amante fascinado hasta el delirio por la esencia de lo femenino, si es que tal cosa existe.” No quería atiborrarla con más datos y me guardé bajo la manga la inevitable referencia a El amante lesbiano, una novela de José Luis Sampedro publicada hacía cuatro años. Y aunque hablarle de ese libro significaba entrar en asuntos que iban a aproximarme al soma jugoso de Emilia, la verdad es que yo no estaba para la España califal ni para la mística sufí. Sin embargo, quería asegurarme de que el próximo encuentro no dependiera de la casualidad. Acordamos vernos, una semana después —viernes 19, 11:00 a.m.—, en el Centro Cultural "Dulce María Loynaz", donde la autora de Jardín había vivido, por muchos años, a salvo de la razón y del orden (¡exteriorista!) de los restauradores.