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Francisco López Leiva: el hombre, el patriota, el escritor

Ricardo Riverón Rojas, 03 de mayo de 2010

En el número 51 de la revista Signos se puede leer un trabajo titulado «El bandolerismo en Cuba», del coronel del Ejército Libertador Cubano Francisco López Leiva1.  Reproducía el referido texto un fragmento del folleto homónimo que, con el añadido del subtítulo Contribución al estudio de esta plaga social, el autor publicó en la Imprenta el Siglo XX (La Habana, 1930) con el fin de gestionar su ingreso en la Academia de Historia de Cuba.

El interés que me despertó, tanto la figura del prócer como su ágil y por momentos irónica pluma (aguda además en el análisis socio-histórico de rigor) me estimuló a emprender una somera búsqueda en torno a su ejecutoria como hombre consecuente con los paradigmas que signaban su época y su entorno.

La pesquisa me reveló elocuentes facetas de su vida nada común. Por eso hoy, sin aspirar a que el tema se agote con esta discreta semblanza, muestro los resultados de la indagación con el fin de traer de nuevo a la actualidad el rico legado humano, patriótico y cultural del ilustre santaclareño.

El hombre

El descubrimiento simultáneo de dos de los libros escritos por López Leiva me ayudó a entrever, con cierta claridad, su estatura humana. Se trata de los títulos Zig-zags (Compilación de artículos y poesías), procesado en la Imprenta de Miranda (Santa Clara, 1891; 199 páginas), y de Aventuras extraordinarias del Capitán del Ejercito Libertador Cubano Juan González Segura, cuya impresión se concretó en la Imprenta de A. Ríos (La Habana, 1933; 96 páginas).

La vocación filantrópica del patriota se aprecia desde Zig-zags (su primer libro), especialmente en el texto que tituló «Sinfonía», donde al amparo de una conocida máxima que él graciosamente clasifica de «china o finlandesa», afirma:

-Todo hombre que ha tenido un hijo, plantado un árbol ó escrito un libro, ha cumplido la ley de Dios.
-Yo he tratado de cumplir el filosófico precepto por cuantos medios han estado a mi alcance y no he podido hasta hoy, aunque lo he intentado distintas veces.
-Me casé y no he tenido hijos.
-He tratado de tener tierras para sembrar árboles y todavía no he podido reunir la cantidad suficiente para comprar un tiesto de flores.
-Fracasados mis honrados propósitos acerca de la arboricultura y de la floricultura, me decido por el último inciso de la proposición.
-De ahí que publique este volumen para cumplir con la ley del Señor al estilo chino o finlandés2.

Cualquier lector que lea hoy esas palabras pudiera sentir como algo festinada la voluntad de cumplir con la máxima atribuida a China o Finlandia. Sucede que en los días actuales dicho apotegma ha devenido lugar común que una gran cantidad de personas repiten atribuyéndoselo a Platón, Martí, Confucio y hasta Cervantes. Pero es un detalle que carece de importancia, porque lo que realmente me interesa en lo expresado por López Leiva es la curiosa forma en que desde el otro libro citado deja, sin vincularlo con la máxima, testimonio de cómo logró concretar, de manera precaria y trágica, la primera de sus condicionantes: «tener un hijo».

Cuarenta y dos años después de la aparición de Zig-zags ve la luz Aventuras extraordinarias… y en el mismo pórtico hallamos la siguiente dedicatoria:

«Ofrenda a la memoria de mi hijo adoptivo Orestes Pérez y Álvarez. Fallecido a los catorce años de edad en la ciudad de Santa Clara, el día 18 de Julio de 1932». Un par de páginas después accedemos de inmediato a un texto introductorio titulado «In memoriam». En él relata el autor la conmovedora historia de la adopción del niño tuberculoso, a quien cuidó y mimó con esmero hasta su deceso. Resulta significativa la intensa ternura paternal que se aprecia en las palabras del padre adoptivo, quien estimuló en el infeliz muchacho sus aptitudes, al parecer notables para la pintura, y para quien escribió una primera versión de Aventuras extraordinarias… en el afán por satisfacer de alguna manera una petición del moribundo. López Leiva describe la escena de la siguiente forma:

Cuarenta y ocho horas antes de morir, quiso copiar un dibujo de Sánchez Felipe, trabajo que dejó a medias, pero donde se ven las aptitudes que iba desarrollando con la práctica del lápiz y la pluma.

Un día me dijo, ya con la vocecita apenas perceptible:

—¿Por qué usted no escribe episodios como estos de Conan Doyle? ¡Son tan interesantes! A usted le sería fácil, pues escribe novelas.

 —Hijo mío –le contesté– Porque yo no tengo el talento de Conan Doyle; y aunque lo tuviera, en Cuba no hay editores para ninguna clase de trabajos literarios… El fracaso sería seguro.

Refiere entonces el coronel que, al ver la tristeza del muchacho, le prometió escribir «algunos episodios de la Guerra de Independencia, a los que procuraría dar el corte y sabor de las aventuras de Dick Turpin, que tanto le habían entusiasmado». Y así lo hizo. Una vez terminado el original y puesto en las manos del enfermo —continúa el relato— este lo guardó bajo llave y se negó enconadamente a prestarlo. Tras el fallecimiento del joven, el consternado padre adoptivo buscó infructuosamente el manuscrito, hasta que desistió, casi convencido de lo que una buena mujer le dijera: «Desengáñese, ese cuaderno se lo llevó Orestes en el ataúd». Su respuesta: «¡Ojalá fuese eso cierto!» constituye un elemento más a favor de su grandeza y desprendimiento.

López Leiva además —en uno de los pasajes más conmovedores de la historia— reconstruyó más tarde, de memoria, los relatos sobre las hazañas del Capitán González Segura y los publicó en forma de libro, con la ya citada «Ofrenda» en el lugar de la portadilla, una foto del hijo y uno de sus dibujos a pluma.

Del Coronel Francisco López Leiva se sabe que fue un hombre digno: luchador por las nobles causas y por el florecimiento cultural de su ciudad, Santa Clara. Pero la anécdota de su devoción por el huérfano, que adoptó cuando ya contaba sesenta y cuatro años y el niño solo tres, así como el amor que le prodigó, da fe de sus elevadas cualidades humanas. La doble escritura del libro a él dedicado constituye una impresionante prueba de cariño paternal.

El patriota

La ficha del coronel Francisco López Leiva, recogida en el Diccionario enciclopédico de historia militar de Cuba, Primera parte (1510-1898), compilada por Amels Escalante y otros, aporta los siguientes datos:

LÓPEZ LEYVA (sic) Francisco: (1857- ?)

Coronel. Periodista. Nació en Santa Clara, Las Villas, el 17.9.1857. El P[artido] R[evolucionario] C[ubano] lo responsabilizó, junto con Braulio Alemán, con la organización de la guerra en el distrito de Santa Clara. Ingresó en el E[jército] L[ibertador] el 16.7.1895, incorporándose a la 2 Div[isión] 4 C[uer]po de Las Villas, donde ocupó el cargo de Jefe E[stado] M[ayor] del M[a]y[or] G[ene]ral Manuel Suárez, jefe de la división. Fue elegido delegado por el 4 C[uer]po a la Asamblea Constituyente de Jimaguayú, hacia donde partió el 6.9.1895. En ella se desempeñó como secretario. El 15.12.1895 se unió al contingente invasor en Mal Tiempo, Las Villas, formando parte de las fuerzas que mandaba el entonces Cor[onel] Juan Bruno Zayas de quien fue jefe E[stado] M[ayor] cuando aquel inició su marcha de Las Villas a occidente al frente de una columna de refuerzo para el M[a]y[or] G[ene]ral Antonio Maceo el 13.5.1896. El 24.7.1896 pasó a las órdenes del entonces Cor[onel]  Jesús Monteagudo, en la 2 Div[isión] 4 C[uer]po, con el cual terminó la guerra. Ascensos a C[o]m[an]d[an]te, 16.8.1895; T[enien]te Cor[onel], 15.10.1895; Cor[onel], 11.12.1896. Se licenció el 24.8.1898. Resultó electo delegado por 4 C[uer]po a la ARRC (Asamblea de Santa Cruz del Sur), siendo uno de los cuatro representantes que votó en contra de la destitución del M[a]y[or] G[ene]ral Máximo Gómez como G[ene]ral en Jefe de E[jército] L[ibertador]. Durante la República fue administrador de rentas en Santa Clara y subsecretario de Hacienda. En agosto de 1906 se alzó, en Santa Clara, contra el reeleccionismo del presidente Tomás Estrada Palma. De 1909 a 1910 ocupó la Secretaría de Gobernación. También se desempeñó como vocal del Consejo Nacional de Veteranos3.

Tres hechos principales en la actividad política de López Leiva atestiguan a favor de su vocación patriótica: su activa y eficaz participación en la Guerra de Independencia, como vemos en la ficha antes reproducida; su oposición a la reelección de Estrada Palma; y el episodio de su voto en contra de la destitución de Máximo Gómez en los confusos días de marzo de 1899, cuando el país estaba ocupado aún por las tropas norteamericanas y los patriotas cubanos se hallaban entrampados en un estéril diferendo entre la Asamblea (instancia civil), liderada principalmente por Manuel Sanguily y Juan Gualberto Gómez, y el Ejército Libertador, del cual era jefe indiscutible Máximo Gómez.

Una lastimosa falta de unión por discrepancias en lo referente a la desmovilización de los combatientes y la asignación monetaria a recibir proveniente del gobierno de los Estados Unidos —cada parte pensando que su fórmula era la correcta para propiciar la retirada de las tropas y, con ello, la independencia plena y advenimiento de la república— llevaron a la Asamblea a destituir a Gómez como jefe de la fuerza armada en la llamada Asamblea del Cerro el día 11 de marzo del citado año. Los civiles sostenían la tesis de que exigiendo una asignación monetaria mayor que los tres millones de pesos concedidos por el presidente Mac Kinley y, además, amenazando con negociar la desmovilización a través de un empréstito con empresarios y la banca privada alcanzarían el reconocimiento como instancia de gobierno, además de una compensación más justa para los combatientes. Así, suponían, se lograría la más rápida estabilización del país, y como consecuencia, la retirada de los ocupantes. Gómez, por su parte, consideraba que aceptando los tres millones y todas las exigencias de los norteamericanos aceleraría el proceso de retirada. Los puntos de vista encontrados motivaron el desaguisado y la destitución de Gómez, con la nefasta secuela que ello trajo. Era, exactamente, lo que los imperialistas esperaban para prolongar su ocupación y establecer sus prerrogativas.

Los antecedentes, avatares, causas y consecuencias de aquellos hechos están detalladamente descritos por el historiador Rolando Rodríguez en su libro Cuba: las máscaras y las sombras 4. El pormenorizado estudio deja constancia de que el coronel Francisco López Leiva, junto al también coronel Carlos Manuel de Céspedes y los generales Emilio Núñez y José de Jesús Monteagudo votaron en contra de la destitución de Gómez.
Ignoramos si el gesto de López Leiva estuvo guiado por el respeto a la enorme autoridad moral del dominicano, pero si atendemos a la valoración que Rolando Rodríguez aporta de aquellos hechos, cobra una significación que tal vez rebase a las propias motivaciones del oficial villaclareño. Veamos un fragmento de lo reflexionado por el historiador:

Los líderes de la asamblea eran hombres lúcidos y patriotas de corazón ardiente. En las condiciones en que estaba la revolución, debieron detenerse a pensar que lo menos deseable del mundo consistía en una reyerta en las filas independentistas y su escisión. Pero lo dioses ciegan a quines quieren perder. (…) debieron haber luchado por enfriar las discordias5.

En relación con la actividad civil desarrollada por el coronel Francisco López Leiva tras la instauración de la república no indagué mucho, pero al consultar el sitio Web de la emisora CMHW, hallé un dato curioso, que vuelve a mostrar la figura del patriota, siempre en lucha por las buenas causas. Al contar con profusión de detalles la historia del Parque Vidal de Santa Clara, Lídice Valenzuela consigna: «Existe asimismo, la fuente del Chico de la Bota Infortunada, inaugurada en 1925, por iniciativa del patriota Francisco López Leiva; Coronel de la Guerra de 1895». Como tal vez muchos conozcan, la referida fuente devino símbolo de identidad local y su persistencia en la devoción popular la hizo resucitar en 1989, luego de muchos años de haber sido retirada del parque.
 

Aunque situado en el modesto ámbito de la cultura popular, el legado de Francisco López Leiva en ese sentido también nos lo retrata como un hombre preocupado por el desarrollo de su «patria chica».

El escritor

En su carta-prólogo a Zig-zags Manuel Serafín Pichardo escribió: «Lástima es que sus trabajos, como los de Eligio Capiró, los Gutiérrez (una familia de poetas), Antonio Vidaurreta y otros villaclareños de valer, no sean tan conocidos como sus méritos exigirían…». Evidentemente, la valoración que el miembro de la Real Academia Española tenía de los trabajos literarios de López Leiva era alta.

En mi búsqueda, tras el rastro literario dejado por el villaclareño, como no me propuse la minuciosidad de la investigación histórica, seguramente me pasaron inadvertidas algunas sutiles señales de la que con toda seguridad es una copiosa obra. A los títulos citados en otros párrafos del presente trabajo podemos añadir que en 1922 el escritor publicó una biografía de Juan Bruno Zayas, a cuyas órdenes, como se sabe, sirvió en la Guerra del ’95.

Ahora me interesa volver sobre el cuaderno de relatos Aventuras extraordinarias del Capitán del Ejército Libertador Cubano Juan González Segura, en esta ocasión para resaltar su mérito literario. El libro está configurado por cuatro cuentos: «Prisionero de un teosofista», «La rebelión de las abejas», «En la boca del lobo» y «A Segura lo llevan preso». Lo primero que llama la atención es la fluida prosa narrativa con que el autor hila los acontecimientos, donde se hacen evidentes, entre otros valores: el gracejo popular, la autenticidad de los diálogos, con profusa presencia del léxico de las clases pobres, refranes, dicharachos y la escasa presencia del vicio retórico de lo explicativo, pese a que el espacio cultural cubano de aquellos años acusaba cierto desfase al compararlo con la norma que comenzaba a operar en Hispanoamérica. Algunos de los más deliciosos pasajes del cuaderno se localizan en los parlamentos de un personaje andaluz llamado Curro Vázquez, quien es un mentiroso mayúsculo y padre de Juanillo, ordenanza del Capitán Segura. Una de las numerosas escenas describe el momento en que el Curro y su mujer, Petronila, dialogan preocupados por la suerte que correría el capitán, fugitivo de las manos de los voluntarios cubanos gracias a su fuerza y valor, y a la ayuda de Petronila.

 Veamos cómo describe López Leiva la escena:

Petronila desea que el Curro se duerma y simula estar roncando. El Curro vuelve la cabeza y dice:

—Petrita, por la Visne, cierra ese fuelle de jerrería que tiés en la narí… ¡Ni el órgano de la catedrá  de Córdoba mete más ruío!...

En otro momento el mismo Curro le espeta a su mujer:

—Voy a decirte una cosa, Petrita mía… Soy más españó que el vino manzanilla, más que la guitarra del señó Juan Breva, más que una monea de cinco duros, más que la espá del maestro Don Rafaé Molina, conocío en toos los ámbitos del universo mundo por Lagartijo.

En otro de sus lances, tras escapar a la muerte por la extraña piedad de un oficial español que Segura califica de teosofista, asesino de su guía, el capitán se agencia otro práctico con el fin de llegar a Cienfuegos y cumplir la misión que allá lo llevaba. El nuevo guía es un joven un tanto borrachín y fanfarrón, defectos que al final determinan que Segura lo despida. Pero antes, en el ingenio Lequeitio, ante la posibilidad de enfrentar a la guerrilla, improvisa una décima llena de gracia y fanfarronería:

Ante el quimbo paraguayo 
y el cubano remintón
ha juído en toda ocasión
la gente del guacamayo…
Yo soy de la guerra el rayo,
soy improsulto guerrero,
y como probarle quiero
que el miedo no he conocido
para mi almuerzo le pido
costillas de guerrillero…

En lo referente al tratamiento de los personajes, la conducción de las acciones, y los valores éticos que el escritor transmite, queda clara su habilidad para hilvanar las tramas de manera que los cuatro relatos se entrelazan como en una novela. Se aprecia asimismo un tono de comedia en muchos pasajes, pues el imbatible Capitán Segura viene a ser un antecedente del más contemporáneo coronel Elpidio Valdés de Juan Padrón. La exaltación de la figura de los mambises como personas honestas, valientes, astutos, nobles, fuertes, contrasta sobremanera, no tanto con los españoles, como con los voluntarios, siempre lerdos, canallas, cobardes y de baja catadura moral. Muy duro trata el autor a aquellos cubanos que hicieron armas en contra de los que luchaban por la independencia de su patria. Al respecto vale la pena rememorar la escena posterior a la batalla del ingenio Lequeitio, cuando una mujer le reclama al brigadier Juan Bruno Zayas por el feo espectáculo de los guerrilleros muertos que quedaban en el batey, a lo cual Zayas le responde categóricamente: «Tiene usted razón, señora: no hay cosa más repulsiva que el cadáver de un traidor a la Patria».

En las Aventuras extraordinarias… el escritor Francisco López Leiva advierte desde la misma introducción que mezcla realidad y fantasía, y ante tal afirmación me propuse indagar —también someramente por el momento— por la identidad del capitán Juan González Segura, a quien el autor presenta como natural de Rodas. Las indagaciones no me condujeron de momento a confirmar la existencia real del personaje, pero la búsqueda continúa. Hasta tanto no aparezcan evidencias, asumamos al Capitán Juan González Segura como uno más de los guerreros virtuosos que el rico imaginario artístico nacional ha engendrado para configurar la imagen plena y digna que merece nuestro panteón épico. Y como el loable acto de piedad de un escritor que quiso consolar, con la narración de sus hazañas, a un niño que en su cama de moribundo le pidiera la imposible tarea de escribirle aventuras como las de Conan Doyle.

Santa Clara, 6 de junio de 2009

 

Notas:

1 Revista Signos No. 51, pp 109-120.

2 Se respetará en todas las citas la ortografía original.

3 Ediciones Verde Olivo, Ciudad de La Habana, 2004. p 214.

4 Rolando Rodríguez García: Cuba: las máscaras y las sombras (La primera ocupación) Tomo I, Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 2007, p. 155.

5 Ibidem.