Nostradamus poeta
Un poeta: eso es en verdad el célebre médico francés Michel de Nostradamus (1503-1566), autor de las Profecías o Centurias, capaces de despertar todo tipo de interés en los poco más de cuatrocientos cincuenta años transcurridos desde su escritura en 1550, en Salon de Provence, y a partir de su publicación en 1555. Las Centurias, en cuartetos endecasílabos, constituyen un largo poema profético de lenguaje barroco, hermético y bien cargado de elementos tropológicos, lo que hace difícil su lectura. Posee un singular valor apocalíptico, pues parece que se nos narra la vida durante varios siglos, en sus momentos de pináculos, por cierto negativos, hasta un supuesto «fin del mundo», o de una etapa del desarrollo de la humanidad, entre el propio 1555 y quizás el 3797. Se han dado otras fechas notables dentro del sistema adivinatorio basado, sobre todo, en la videncia y la astrología: 1999, 2047-2057, 2137…
El sabio de Saint-Rémy desarrolló todo un subgénero: la poesía profética, cuyo texto puede ser leído sin este énfasis, o sea, sin finalidad adivinatoria. Luego de las experiencias expresivas de los surrealistas al principio del siglo XX, y en medio de la llamada poesía experimental del fin de ese siglo y el principio del actual, la Centurias parecieran más bien ligadas a estos movimientos como denso antecedente, debido a la forma organizativa del extenso poema y a su lenguaje cifrado. No por ello renunciemos a admitir que Nostradamus practicó, larga y ejemplarmente, en sus Profecías la métrica francesa, siquiera sea en estrofa y metro únicos. Tratar de profetizar, o sea, captar el dictado del futuro, y organizar ese dictado en versos de metro fijo, no debe haber sido una tarea simple para el científico que hacía píldoras con pétalos de rosas. Nostradamus tuvo que regirse por la métrica francesa vigente en el siglo XVI, tener un buen conocimiento de ella y poseer los dones del poeta: capacidad para expresar sus captaciones de los «instantes raros» (de la emoción o del intelecto).
Si queremos hacer de las Profecías una lectura de gozo estético, hay que desprenderse del enmarañado sistema de claves y temas, que reúnen centros y urnas, tiranos, gritos, cristales, hambrunas, pestes, paz, monedas, tesoros, templos, columnas, sepulcros diluvios, rayos…, y concentrarnos en un sencillo modo de leer que no quiera comprender nada, ni descifrar, ni siquiera sacar provecho pragmático del ejercicio de leer. Entonces el texto se anticipa, en poco menos de cuatrocientos años, al surgimiento del surrealismo, menos de cien de la poesía de don Luis de Góngora, y otros cuatrocientos del esplendor de la poética de José Lezama Lima, cuyos poemas no desean ser comprendidos de manera cartesiana, sino aprehendidos por la intuición, por el goce del hallazgo estético de la frase y el léxico interrelacionados y sugerentes.
La lectura es mágica si no buscamos nada en ella, ni aprender o aprehender ideas, sino ejerciendo una percepción que se abre ante el desinterés y deja crujir a las palabras gozosamente. Claro que no leeremos en el francés del siglo XVI en que está escrito el largo poema, sino en varias traducciones al español contemporáneo. Por el camino traductor se perderá mucho, pero la esencia puede sernos sorprendente: partimos de estar sentados solitarios en un rincón en penumbras y a la par silencioso, en una habitación íntima, grata para la meditación. Seguidamente, el mago de las alusiones que fuera Nostradamus, nos enfrenta a dilemas, sugerencias, asociaciones insólitas y a referencias que van desde la cosmogonía y la astrología hasta el panteón griego y el ideario cristiano. Claro que tanto esfuerzo de escritura debería tener un para qué, pero de momento el nuestro es ingenuo, sereno y nada complicado: leer, leer y leer.
Entramos en un mundo de combates y de catástrofes. Nostradamus no nos habla de festines y jubileos, sus verbos crepitan de violencia, el ritmo textual resulta épico, avanzan tropas y retroceden otras, alguien cae derribado y otro se sitúa en cúspide tiránica, hay ejecuciones, fuegos, conjuras, saqueos, sitios arrasados, gente decapitada, tumbas, muertos, dolor, gritos, sangre, huidas… Desde la época de los órficos, del oráculo de Delfos o de los bíblicos, hasta los grandes espiritistas del siglo XIX, los profetas casi nunca, por no decir jamás, hablan un lenguaje semejante, de rigor y enfado, de derrotas, juicios y hecatombes terrestres. No lejos de tal lenguaje se encuentran los noticieros televisivos, en los que usted se entera de lo que está sucediendo en el mundo, y casi nunca o en menor medida de las cosas alegres, buenas, bellas y gratas. Las malas noticias corren más rápido.
La poesía profética es muy diferente de la elegíaca, pues si en esta se deplora lo perdido, se llora la muerte o lo que se nos ha alejado, lo que ha quedado en el ayer, aquella se refiere a las catástrofes, desastres, cataclismos, siniestros que ha tolerado o que probablemente tolerará la especie humana en su existencia. Mientras la poesía elegíaca apela al drama íntimo que nos deja la zaga del ayer, la profética signa las grandes tragedias que pueden deducirse del porvenir…Como decía Pascal, la vida desplazándose en un presente constante, se sitúa entre dos puntos: el nacimiento y la muerte, pero también el ayer y el mañana. La elegíaca es la poesía del pasado, la profética es la suposición (feroz) del futuro. Sólo cuando la profecía se dirige a una sola persona, puede ofrecerle buenos datos de su progreso en la vida, su encumbramiento o su reconocimiento social, y a veces también sus enfermedades y muerte.
Dentro de la Biblia hay numerosos pasajes y hasta libros proféticos, y los hay en casi todos los textos sagrados de diversas religiones. Nuestra especie no sólo quiere historiar sino también contar y cantar, pero cuando se ocupa de la historia, se detiene con cierto júbilo en cruentas batallas terrestres o marítimas, en ciudades sitiadas, golpes de Estado, revoluciones, coronamientos de facto y asesinatos, fechas de muerte y desapariciones… A los seres humanos también nos gusta adivinar, profetizar, y entonces miramos con cierto énfasis sádico y hasta masoquista hacia un futuro preñado de hitos semejantes a las crisis del ayer.
Pero vuelvo al goce lector: «Por debajo de la sierra Guayana golpeada por el cielo / está escondido el tesoro no lejos de allá, / que después de muchos años aún sigue intacto.» En tierras caribeñas de zagas de corsarios y piratas y de gentes que sepultaban sus tesoros a la manera de burdos faraones, estos versos denotan una alegría de hallazgo en unas posibles islas del tesoro, debajo de la Guayana golpeada por el cielo. Otras veces parece que Nostradamus nos introduce en un cuento de hadas, en una historia fantástica al modo de El Señor de los Anillos: «Pasados veinte años del reino de la Luna, / siete mil años otro tendrá su monarquía: / cuando el sol coja sus días de infortunio / entonces, cumplida y consumada mi profecía.» Saber qué fecha exacta es esa, a qué se refiere el culto y a la par esotérico médico cuando habla de su «profecía», es labor ardua, peor que descifrar el código de una lengua muerta, o de runas escritas en piedra, de pergaminos encontrados en el fondo cavernoso de un cráter marino…
Yo leo con júbilo, sigo el hilo de la lectura que no descifra nada, ni discute, sino que asocia, observa, admira e incluso salta de una página a otras, de un cuarteto delantero a uno del final, y leo sencillamente lo que allí dice el autor, sin enfrascarme en intuiciones parapsicológicas o interpretaciones psicoanalíticas. Ante Nostradamus, no pretendo ser un lector culto sino ingenuo, no soy el destripador del texto, sino solo aquel que lee y tiembla por el hallazgo maravilloso de las relaciones lexicales, y por ello semióticas, pero sobre todo poéticas.
Terminemos ahora con asombro en la Centuria VI, cuarteta LXX: «El gran Chyrén será el jefe del mundo, / ningún otro más amado, temido, respetado: / su renombre y alabanza los cielos sobrepasarán, / y del solo título de vencedor estará muy contento.» Pues nada, ojalá que este grande del mundo se quede en el papel y en el texto imaginativo y ficcional, de modo que nuestro planeta no tenga jamás un solo jefe.
Somos múltiples, como la vida misma, como lo es la poesía, y esa multiplicad permite leer a Nostradamus como cada cual desee, como se nos ocurra. Atendamos así a Nostradamus y a todo aquel que escriba poesía de amor, de dolor o de júbilo en la gran aventura de nuestra especie, saliendo ya, poco a poco, de nuestro astro natal. Al final, al menos habremos cubierto nuestro tiempo con un breve ejercicio de belleza.