Cruzar el espejo 1
Uno
La idea de compilar un grupo de cuentos homoeróticos cubanos no es, en lo que a mí toca, de estos días. Pensé en ella cuando elaboraba la segunda edición de El cuerpo inmortal, que entonces fue cuerpo “revisitado” de lo erótico y del intercambio sexual a secas. En aquella época ya eran bien conocidas algunas narraciones que hoy he puesto en este espacio de los espejos. Después fueron apareciendo otras historias que me gustaron —que aún me gustan—, y otras más que no por funcionar como “contrapesos” ficcionales desactivan su notoriedad en el plano del estilo o la estructura dramática de los personajes. La mayoría de ellas está aquí. Y esto se debe no tanto a conclusiones crítico-académicas como a reflexiones ensayísticas.
0. Justo cuando esta antología empezaba a editarse, le concedí una entrevista, sobre sujetos homosexuales y literatura cubana, a una joven de estudios posgraduados del Lewis & Clark College, de Portland, Oregon. Durante el diálogo, que se prolongó por más de una hora, hablamos de casi todo. La ganancia más significativa, sin embargo, consistió en el manejo de una idea tan radical como seductora: las clasificaciones admitidas por esa literatura que cuenta historias de individuos homosexuales, lejos de convertirse en vindicaciones favorecedoras, devienen, en última instancia, sistemas de apartamiento, métodos para etiquetar y exhibir lo raro. En fin: otra manera de separar o segregar a un tipo de personajes —la tipología de determinados personajes— con respecto a aquellos otros donde pervive una mainstream literaria. Ella, por supuesto, alude a un paradigma que es o anhela ser social y culturalmente hegemónico. Por otra parte, no por gusto el término empleado en inglés nos lleva a lo extraño. Queer es una palabra extensible, cómoda y hasta distinguida, pero invita a sutiles aislamientos.
1. Aun así, y pese al hecho de ser una antología temática que obra mediante la parcelación, un libro como este es siempre bien recibido, lo mismo por razones legítimas que por creencias y cálculos espurios, en virtud del instinto gremial y gracias a la declaración —afirmativa— de un emplazamiento “anticanónico” en el territorio de las conductas eróticas y sexuales. Pero sobre todo porque es un libro singular, involuntariamente exhibicionista y que se afinca en dos presupuestos básicos:
I. conformar un repertorio de textos literarios que, dentro del ámbito de lo cubano, trabajan con personajes queer, cedamos a la tentación de emplear ese término.
II. establecer un muestrario atendible de personajes, conductas y gestos queer que ingresan en lo literario de la mano de treinta y seis narradores contemporáneos. Consciente como soy de esa sinuosa bifurcación, no puedo sino insistir en la existencia de una perspectiva tentadoramente simbiótica.
2. Añadiré —para lo que sirva esta reflexión— que, al colocarse en la vida común, la erótica gay y la erótica lesbiana suelen despertar confusiones y suspicacias de todo tipo, y más si hablamos de lo circunstancial. Ese concepto, lo circunstancial, raras veces resulta comprensible, puesto que la mayoría de las personas no acepta que existan las sexualidades circunstanciales, expresadas —más allá o más acá de esa cartografía harto elemental que significa ser gay, lesbiana, bisexual, heterosexual, etc.— en encuentros que, de modo circunstancial, contradicen de momento una norma (o aquello que podría convertirse en una norma), para no hablar de la acumulación de experiencias de cierto tipo ni de las llamadas elecciones finales. Pero el común de los mortales necesita las etiquetas para que todo sea más sencillo. El mundo del sexo ya es, por naturaleza, un vasto trazado de bosques laberínticos, y si las etiquetas desaparecen, la claridad, siempre precaria, tiende a eclipsarse. Cuestión de lenguajes. Los sujetos eróticos sin etiquetas son enigmáticos y densos. ¿Y acaso no genera peligrosidad y violencia lo incomprensible? Aunque se trate de una violencia conceptual (que a veces, claro, llega a ser real).
3. Estas palabras pueden comulgar con una ironía que va de lo muy amargo al goce mordaz. Ella me permite aludir a una idea embozada en lo que he dicho hasta aquí: lo que debería ocurrir es que no haya necesidad de hacer antologías como esta, o que semejante necesidad perviva tan sólo en el mundo de la academia, donde las explicaciones sobre la literatura, el cuerpo y sus trasiegos dependen, casi siempre, de clasificaciones previas. Sin embargo, no tenemos que llegar a ponernos tan serios. Este libro también aspira a constituirse en un grato paseo.
4. Virgilio Piñera se encuentra en el punto de arranque, con un relato tragicómico “Fíchenlo, si pueden”, donde el cuerpo gay recrea una “inestable” Santa Trinidad tocada por el resplandor de un lirismo burlesco. El cuento termina justo cuando, ante nosotros, se ensancha el paisaje de un futuro aciago. "Avizoraba con terror los días y los años venideros", nos dice el narrador sobre ese Oscar que también es Lulú. Después de “Fíchenlo, si pueden”, y sin transiciones, he colocado una célebre ficción de Calvert Casey —“Piazza Morgana”— que viene a ser una metáfora del viaje interior y del mito de la incrustación somática del amante en el amado. En ese húmedo y fantástico examen del cuerpo que se venera, Casey subraya lo sacramental y alude a un impracticable rito de encarnación. He ahí el umbral de esta antología: por un lado, la gesticulante y auténtica desfachatez de los personajes de Piñera, asombrados y reverenciales ante un Oscar proteico; por otro lado, la ensangrentada entrega de Casey, donde una y otra vez se nos remite a los mundos carnales de Soutine y Bacon, llenos de una luminosa putrescencia en la que “lo obsceno” queda coartado.
(1) Prólogo a "Instrucciones para cruzar el espejo", antología de relatos homoeróticos cubanos contemporáneos, de próxima aparición.