Componiendo su paisaje
René Batista Moreno estaba (aún está) presente en casi todos los espacios de nuestra vida cultural de las últimas cinco décadas. Hablamos de un hombre múltiple, predecible y siempre sorpresivo; implacable con el cumplimiento de las urgentes tareas que, sin pedir permiso, nos encomendaba a diestra y siniestra, para bien de la cultura. No solo su obra se beneficiaba con tales encargos, sino también —y en mayor medida— la obra de los otros que éramos nosotros: sus amigos y colegas.
Su naturaleza altruista lo llevó a fundar, entre muchos otros, un proyecto impensable para aquel 1967 de sus empeños iniciales: la revista Hogaño. En esa misma fecha fundó también el taller literario José García del Barco, donde involucró a cuanta persona quisiera escribir o cantar poesía, hablar de literatura, editar, o correr de un lado al otro del pueblo de Camajuaní y sus alrededores (configurados, según él, por el resto del mundo) en busca de lo que hubiera podido perderse para un imaginario popular que sabía trascendente, por sencillo. Al amparo de aquellas energías juveniles, creó también los cuadernos del taller literario, que producía —en horario nocturno y sin ánimos monetarios— en la imprenta local, solo con el auxilio de algunos poetas y un tipógrafo, un cajista y un impresor, a quienes siempre trató de “artistas”. Aquellos folletos, festinadamente bautizados a posteriori como Ediciones Hogaño, son precursores del actual desarrollo editorial villaclareño, y se imprimieron entre 1967 y 1999. En su última etapa solo el bolsillo y la tozudez de René los mantuvieron en una terapia intensiva larga y fértil. Pero hoy forman parte indiscutible del patrimonio bibliográfico y la bullente historia cultural que, desde estas periferias, venimos forjando.
En los últimos años, consciente de la enfermedad que lo mató sin vencerlo, se concentró de manera ejemplar en el cierre de proyectos personales que —por personales— había pospuesto casi de manera permanente; así fue haciendo crecer, poniéndoles el punto final y publicando esos libros únicos que, por la cantidad, calidad y singularidad de la información incorporada y el ambiente recreado, ningún otro intelectual de estos predios podía perfilar y escribir con la gracia y profundidad con que él lo hizo. Ahí están: Componiendo un paisaje (Ediciones Unión, 1972), Limendoux: leyenda y realidad (Ediciones Capiro, 2009), Cuentos de guajiros para pasar la noche, Editorial Letras Cubanas, 2007), Fieras broncas entre Chivos y Sapos (Ediciones Capiro, 2006), Yo he visto un cangrejo arando (Ediciones Capiro, 2004), Ese palo tiene jutía (Ediciones Capiro, 2001), Los bueyes del tiempo ocre (Ediciones Mecenas, 2002 y Editorial Capiro, 2007), Camilo en el Frente Norte (Ediciones Capiro, 1993 y Ediciones Unión, 2008), y los aún inéditos El vuelo de Andrés Labatúa (en proceso por Capiro) y La fiesta del tocororo (en proceso por Ediciones La Memoria, del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau). No obstante la prisa, frente al drástico ultimátum que la muerte le diera, quedaron a expensas de una mano capaz de continuarlos, proyectos tan ambiciosos como El Decamerón cubano y Aquí está Felo García. Es deber muestro impedir que su muerte los condene al silencio.
La generosidad, el humor, la mano siempre extendida hacia quien se mostrara dispuesto a esforzarse, lo común antes que lo propio, fueron divisas de aquel agencioso descendiente de isleños que, muy joven aún, en 1971 sorprendió con el Premio Uneac de poesía y, tras lograrlo, se concentró en activar proyectos colectivos, siempre inusuales y rigurosos, como el del concurso Juan Ruperto Delgado Limendoux, que también creó en 1977.
Tuvo René, desde aquellos días, la capacidad de involucrar en su entusiasmo a quienes le rodearon, por eso nunca le faltaron amigos y contertulios, colaboradores y mecenas, hermanos y defensores, aun cuando en determinado momento su actividad no fuera comprendida adecuadamente, porque a ello también supo responder con la sabiduría del estoico que se sabe fiel a los principios de justicia revolucionaria que le animaban.
Con la muerte de René Batista Moreno, el pasado 2 de mayo, perdimos a uno de nuestros clásicos: al que siempre supo hallar el matiz diferente para sus historias y rastreos, al “guajirólogo” por excelencia de estos días, como lo calificara un coterráneo suyo. Sin René y sin Feijóo a nuestra cultura popular le queda un vacío enorme, pero también el reto de seguir componiendo el paisaje humano y hermoso, humilde y feraz que ambos activaron para que nuestra cultura representara, tanto al hombre de letras, como al hombre sin letras, pero con luz.
Hasta siempre entonces, René.
Comienza para ti esa sobrevida que concede la memoria.