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Entre cubanos del siglo XIX

Jorge Ángel Hernández, 04 de abril de 2010

Así como la segunda mitad del siglo XX puede fecharse en Cuba sin sonrojos el primero de enero de 1959, pudiéramos dar por comenzada la primera mitad del siglo XIX en 1791, año en que se crea la Sociedad Patriótica de Amigos del País, y en que sus miembros deciden cooperar a favor de una obra colectiva. Por consiguiente, el figurado arribo al siglo XIX constituye un momento vital para la independencia de Cuba, marcado no única y precisamente en el enfrentamiento, las conspiraciones y revueltas, generalmente infladas por las ordenanzas coloniales, como por una definición de las características específicas que adquiriría el cubano a partir de las propias circunstancias cotidianas, de su diario ejercicio de vivir. Se perfilaba una existencia entre cubanos, un deslinde esencial que, si bien no era en extremo declamado, sí era sentido por todos como real, como un derrotero proyectado al futuro.

Al más alto rango, la Sociedad Patriótica de Amigos del País se las va arreglando para promover el libre comercio, el desarrollo agrícola e industrial, la población de los campos y la ilustración de un número determinado de sus ciudadanos. Si bien partiendo de imprescindibles declaraciones de fidelidad a la Corona y de promesas, generalmente cumplidas, de continuar enriqueciendo a esa metrópoli, las acciones que encabeza Francisco de Arango y Parreño centran sus esfuerzos en la libre operación de hacendados, comerciantes y productores, así como en la necesidad de promover el cultivo y desarrollo del interior del país. Aunque ennoblecida por los títulos, la burguesía cubana busca establecer un país que le pertenezca, en el que pueda existir sin el temor de que un cambio de ánimos del Rey recoloque sus puestos. Enriquecida de golpe, la sacarocracia cubana sabe que el libre ejercicio de sus negocios garantiza su condición de cubanos, su estatus de habaneros y hacendados, que no significa otra cosa que ser omnipotente por la riqueza e independiente en la pertenencia nacional, aun cuando se insista en declamar, teatralmente, fidelidad a la Corona y condición de españoles.

A la Corona, desde luego, fueron fieles por propia conveniencia pues, dominando sus decisiones, garantizaban el muro de contención para sus rivales, la mayoría más españoles que ellos mismos, en la búsqueda de independencia y de riqueza. Y la consorte de estos hacendados va a destacarse también por sus rasgos de belleza distinta, insular, consecuente con el clima y, a la vez, con los patrones de rango requeridos. La típica y encasillada visión de la mujer que esta clase demanda, consigue, no obstante, desmarcarse por su distinción en las formas de vestir, con los brazos descubiertos y el cabello libre y engalanado, imprescindibles para el clima del trópico. Y en la misma medida se desmarca en su comportamiento, con el que logra marcar la hermosura de su piel y la cadencia especial que desarrolla al bailar las piezas españolas, o francesas. Aunque remite a un caso único, reconocido por la historia, la perspectiva general que le imprime el anónimo autor a la cuarteta que cierra la dominación de los ingleses en La Habana algo nos dice:

Las muchachas de La Habana
no tienen temor de Dios,
y se van con los ingleses
en los bocoyes de arroz.

Cierto es que trata negrera, comercio de esclavos y esclavitud de plantación se han convertido, no sin merecidos motivos, no sin necesarias búsquedas futuras, en temas recurrentes de los estudios históricos. Aunque tal vez dejar la vista únicamente en el relato histórico, en la incidencia económica, en el decurso político y, con ello, concluir sobre la base del punto de vista de la economía política, deja en lejana perspectiva el hecho de que también los comerciantes de esta fidelísima Isla se las arreglaban para adquirir y sacar productos necesarios a la población mediante naves extrajeras a través de nuestros puertos y ensenadas, o incluso en embarcaciones cubanas que solían incursionar en fondeaderos caribeños. Sus esposas dan al vestir usos distintos, aligerando las piezas de acuerdo con el clima y encopetándose bajo un gusto de ecléctico apresuramiento, dependiente de lo adquirido en ese intercambio irregular. La familia de rango, asediada por el constante arreglo de estricta conveniencia, subvierte también hacia la relación personal estos eventos.

Los productores de tabaco, aunque esquilmados por las leyes de la Real Factoría, reducto férreo de la españolidad a ultranza, no solo se refugian en alianzas secretas con el contrabando, llamado en la época “mercado fraudulento”, sino que saben que es imprescindible estampar la condición de cubano para garantizar la calidad. Sus mujeres y amantes exigen también que les convoyen sedas y encajes en el irregular proceso de intercambio en el que, sólo en última instancia, se deja tintinear la moneda sobre el arca Real. Si hay distinción española, es española de Cuba a fin de cuentas.

El campesino, aún peninsular, o canario en muchos casos, sobre todo a partir de que Luis de las Casas promovió su inmigración al interior del país, se ve diferente ya en la nueva tierra, tal vez adelantando un tanto su objetivo de abandonar por completo la pobreza padecida en su lugar de origen. Su guateque y su décima cantada se van transformando en un producto nuevo, y así también su establo, su gallería y su corral. Las labradoras, directamente vinculadas a la cría y la cosecha, y al zapateo modificado en el ambiente mismo, adquieren un vestuario acorde con sus posibilidades y necesidades inmediatas, y se perciben también como de Cuba.

Si regresaba a la Península, siquiera con algo de fortuna, el pequeño comerciante era distinto en su lugar de origen, aventurero y virtuoso aunque no hubiese agregado más que algunas frases a su vocabulario. No sólo pasaba a ser de América, o de Cuba, sino que sembraba la leyenda entre sus descendientes, quienes, un siglo y más después, añorarían venir a la tierra afortunada del abuelo.

Los pardos y morenos libres, o ingenuos, como se identificaban en la época, son dueños de la gran mayoría de los oficios; por su inferior condición en la escala social y, a la vez, por su superior escaño en relación con los esclavos y bozales, se les permite considerarse criollos y son llamados, además, a los cuerpos de milicia, con lo cual desarrollan una práctica similar a la de los hacendados, al proteger sus intereses con esa recua de cargos militares, en no pocos casos con servicios efectivos. Sus hijos, como el platero y poeta Plácido, nacido libre aunque expósito, son parte del importante mestizaje racial y cultural en que se van a asentar las normas del cubano. Más allá de las convencionales relaciones de matrimonio, este sector juega un papel cardinal al seducir a la europea de libertinas costumbres, de tránsito en la Isla casi siempre, y al preñar sin demasiados compromisos a la ingenua mulata que atiende a sus requiebros después de una parranda. Y ellas mismas, las mulatas no precisamente cándidas, han aprendido que es negocio parir cepa de amo aunque los hijos no cuenten con cuidado de padre, porque el color de la piel decide muchas cosas a la hora de andar en sociedad. Y el negro ya blanqueado, mejorado en la escala de la supervivencia, remite a condición de criollo.

El esclavo doméstico, por su parte, no es únicamente un sirviente, sino además artesano, músico, pintor, repostero, vendedor al detalle, ayudante de sastre, correo amoroso de su amo, casamentero y hasta agente activo de la prostitución. Y el otro, el siempre maltratado de la plantación cuya existencia se alargaba a pesar de ese oneroso tren de vida, no sólo transculturaba sus santos y creencias, sino que además readaptaba sus costumbres tribales al medio que lo sojuzgaba. Si conseguía el provecho de un conuco, su vestimenta no era precisamente un desastre el día de fiesta, fuera del período de zafra, en que solía fugarse de la plantación del mismo modo en que lo han hechos los becados y reclutas de otros tiempos. Ya fuese para hallar su pareja en otro ingenio, ya para irse de parranda a una taberna de pueblo, para robar incluso, este esclavo debía intercambiar con la comunidad y, necesariamente, acomodar su trato para ser tolerado y, más que todo, no ser delatado como cimarrón.

También el cimarrón, por salvaje y rebelde que se le presente, se relacionaba, primero y si habían llegado como bozales a la Isla, con sus compañeros procedentes de otras tribus, segundo, entre los propios nacidos ya criollos y, por último, en el desarrollo de un comercio de trueque con plantaciones aledañas a sus rancherías y aun con comerciantes, mayorales y dueños. Su vida, entonces, no era sólo escapar de las persecuciones, protegiendo en sus macutos los ídolos de trapo, sino también producir para su supervivencia y hasta reproducir la especie. Aunque se citan casos de agresión y hasta de ensañamiento, el cimarrón prefería evadir los desafíos directos con el blanco, no sólo por la desventaja de armamento, sino, sobre todo, para no acumular la culpa de agredirlo. En no pocas ocasiones, además, este cimarrón iba y regresaba —apresado— de esas rancherías itinerantes, de ahí que en no pocas ocasiones su precio se atenuase al ser anunciado bajo tan inoportuna tacha.

El cimarrón urbano, menos estudiado aún, se convertía en ciudadano presumiblemente manso —la lengua habitual calificaba como manso a aquel esclavo con cierta libertad de movimiento— en una ciudad en la que numerosos esclavos se alquilaban, o eran colocados en servicio a cuenta propia, y donde se podía conseguir, con algún favor especial o dinerillo, cartas que los acreditasen como tales. Este era un nuevo ciudadano menos llamado al desorden en virtud del instinto de conservación, no por ello limitado de ir creando familia y descendencia.

Así comienza entonces el siglo XIX, con nueve años de Preludio cuya nota más alta se ubica en la herencia de la Ilustración, ya sea para influir directamente en los cubanos más reconocidos por la letra impresa, ya para pasar de largo ante los que la historia convierte en masa amorfa, esos que tanto necesita el escritor para que sus obras se sacudan el tufo de manual. Y aunque es cierto que se hace difícil ubicar el dato, el documento probatorio con el cual se santifica a la obra, este habitante es portador de un principal componente para nuestra cultura: el ejercicio de las tradiciones, en su pragmática reestructuración de lo heredado. Es el protagonista, además, de algo sin lo cual no seríamos nación: las estrategias de la cotidiana existencia. Y es el usuario natural de una invaluable pista hacia el saber: el habla.

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