De la maloja de Casey al proyecto posible
En su pequeño ensayo “Hacia una comprensión total del siglo XIX”, Calvert Casey se lamentaba, en 1961, del lugar común al que iban todos los autores cuando se disponían a adentrarse en esta época de nuestra historia: tomas de brazo y paseos por la Alameda de Paula, bailes en la contradictoria Habana de Tacón, censuras de Olañeta, malojeros entrando a la Plaza del Vapor, veraneos en El Cerro; recreaciones de las estampas legadas por los costumbristas y, sobre todo, de ese día en La Habana pergeñado por José María de la Torre. Luego, Casey pedía la reconstrucción de la vida con esas gentes de baja o de ninguna categoría. Interesante faena, no tan difícil de pedir, sin duda, pero compleja a la hora de adentrarse en ese siglo de maloja literaria cuyos frutos son más de lo que se imagina al contemplar los montones de paja malogrados al paso de las lluvias.
Mucho se ha conseguido en la segunda mitad del ya vuelto a la historia siglo XX, y es más evidente cada vez que el camino se extiende y tornasola, como si buscásemos aún dónde está el manantial del arco iris. El acercamiento a nuestra historia ha adquirido reflexiones de peso, madurez al parcelar los períodos, y una tendencia global hacia la suprahistoria. Con ello, el documento auxiliar que el narrador demanda se disuelve, perdido en reinterpretaciones que, como los fajos de leyes, remiten a otras anteriores que se deterioran en bibliotecas y archivos sin convertirse siquiera en letra impresa. Se fragmenta la cita en función exclusiva de la tesis planteada en tanto el constante socorro de los textos de siempre los condena a no volver a editarse. La nota al pie de información menor, de referencia personal y chisme, desaparece del todo. Lo sabido se olvida por sabido y, en la búsqueda, valga el lugar común, la labor es titánica; tiránica también si el sentimiento personal reclama en tanto que el rigor asedia.
En un empuje de inspirada comunicación, después de hacerme adicto a la Autobiografía de Juan Francisco Manzano y a la Suite que Roberto Friol le dedicara, escribí el cuento “El humo en la cobija”, donde el poeta aparecía en su lecho de muerte, relatando su verdadera vida, la que por temor no había revelado en sus escritos. Por sus características de género, el cuento permite soluciones de pura sugerencia y no denuncia la omisión si se ha sabido compactar en su estructura; seguramente así lo vio el jurado que le entregara el premio internacional Mono Rosa, abierto y desaparecido en los convulsos años del Periodo Especial de nuestro siglo XX. No obstante, preferí no publicarlo, pues lo veía como preludio a la novela que soñaba escribir y que, por obvias razones de supervivencia, necesitaba aplazar. Entrado ya al siglo XXI, pude aferrar el sueño de volver al XIX, específicamente a su primera mitad, donde transcurre la vida del poeta Juan Francisco Manzano, y obtener con el proyecto el premio de la Fundación Alejo Carpentier.
Curiosamente, el nombre de Manzano no adquiere más de doce referencias en el Centón epistolario de Domingo del Monte y, aunque recibiera alguna que otra carta de puño y letra del esclavo al que ayudaría a alcanzar la libertad, el ilustre cubano decidió no incluirlas en su recopilación. Por tanto, fuera de lo que él mismo cuenta en su Autobiografía, los poemas hallados en publicaciones de la época, recopilados en libros en su mayoría, de sus cartas desde la prisión y su expediente relacionado con su presunta implicación en la conspiración de La Escalera, muy poco es posible establecer como dato consumado. Debía inventar y, por respeto, me parecía que no podía hacerlo cargando y descargando maloja literaria. Pronto comprendí que estaba impelido a encaminar los esfuerzos hacia una investigación de analogías, bajando desde los hacendados y patricios que menciona como parte de su diario bregar, hasta las versiones de la vida que pudo haber llevado, puesto que en una de esas cartas a Del Monte reconoce que aspira a la oportunidad de relatar la verdad, lo que llama con exquisito juicio una “nobela cubana”. En tales circunstancias, esa búsqueda en fuentes de índole diversa, de las que apenas iba obteniendo pistas, vagas y no pocas veces inservibles para los objetivos específicos, dejó un voluminoso aparato de fichas, razonamientos y criterios que debían quedar fuera del proyecto de imaginar a Manzano paso a paso. Él había sido uno de esos esclavos que las familias opulentas valoraban muy alto; diestro en varios oficios, desde llevar la volanta hasta atender enfermos, con la única tacha de haber aprendido la escritura por su cuenta. Se trataba, en fin, del ciudadano perdido del alcance de la historia y en extremo reacio al costumbrismo. Algo muy similar al esfuerzo a que llamaba, sin llevarlo a cabo, Calvert Casey. Se trata, principalmente, de que el escritor de ficciones que se decide a incursionar en nuestra historia colonial carece de una sociología de fondo que le permita aquilatar las tradiciones y costumbres que con tanto maniqueísmo se relatan.
Las numerosas papeletas que por mi parte fuera acumulando, más tarde archivos digitales, evidenciaban una característica capaz de unificarlos: la ansiosa visión del novelista que aspira a que sus personajes lleven cuerpo y alma en medio de una época que responde a como se ha presentado en los estudios sólo hasta cierto punto. La arquitectura, calificada por el propio Calvert Casey como incapaz de mentir, va a ser expuesta al deterioro, a sucesivos procesos de modificaciones; un riesgo, en fin, ante el gazapo anacrónico. Y un abismo en el prurito del conocimiento y la interpretación. Pongamos por caso flagrante enterrar a un difunto en el cementerio de Espada antes del dos de febrero de 1806 o hacer que un personaje atraviese la muralla, en fecha similar, usando la puerta de La Tenaza, o el más sutil de toparse, todavía en tiempo semejante, con Ventura Pascual Ferrer, el Regañón de La Havana, o el afamado benefactor de las monjas ursulinas Fray María Peñalver, ambos fuera de Cuba en esos años. Las transformaciones que va adquiriendo la ciudad de La Habana, o el interior del país, tanto en las ciudades y pueblos como en las plantaciones, en construcciones, habitantes y localización de residencias, son un campo minado por el que debe moverse un escritor que, por lógica de oficio, no sólo es reacio al acto de desapolillar archivos o descifrar manuscritos de gruesa burocracia, sino que necesita ese tiempo para que la idea no se ahogue en mamotretos.
Renée Méndez Capote confesó que alguna vez quiso escribir un relato con la historia de Cuba contada por un duende que se camuflaba en una de las carabelas del primer viaje de Colón, cuya vida seguía hasta el siglo XX, y que se ahogó entre legajos y papeles. Perdimos así una historia deliciosa, un relato que en cada reedición sería best seller. De acuerdo con las circunstancias, esas que tampoco en la historia del momento anotamos, desgajé de mi vida períodos de tiempo para volver en cuerpo y alma al siglo XIX, en específico, a esa primera mitad que en diez años se anticipa y que se apropia después de al menos once, hasta que se establece una nueva división político-administrativa en la Isla, periodo no tan bien estudiado como nos gustaría. Continué entonces debatiéndome entre fichas y datos, sin que importara que se acumulasen y hasta se repitiesen al punto de que debía revisarlos como nuevos en cada retirada. Es obra que nunca se termina en realidad, que siempre viene a cuento en nuevos giros, como la estuve buscando sin hallarla, si es que para el caso se me permite la ayuda evocatoria de Eliseo Diego.
Mialhe, Landaluze, José María de la Torre, José y Luis Victoriano Betancourt, Ventura Pascual Ferrer, Arango y Parreño, Espada, Caballero, Romay, Zequeira, Villaverde, Morillas, Palma, Del Monte, Pichardo, González del Valle, Morales y Morales, Calcagno, Mitjans, Bachiller, los numerosos viajeros que dejaron sus inmediatas impresiones y prejuicios, todos, en fin, vistos como indicios, acertijos, barruntos de una época que no cabe en un puño, por siete leguas que sea. Y así también Portuondo y Guerra, Portel Vilá y José Luciano Franco, el brillante impredecible surtidor de tantos Moreno Fraginals, Torres-Cuevas, Lapique, Ibarra, Barcia, Carpentier, Reynaldo González… y cada uno de los que van entresacando el fruto, no tan escaso, del heredado acarreo de maloja.
También en impulso inspirativo, como le suele ocurrir a un escritor, me sorprendí redactando pasajes que no eran la novela, sino impresiones de viajero que se escabulle entre las leyes recurrentes del tiempo. La sociedad y el individuo captados a la luz de la vista, en plena conjetura, en el albor que llega a suponer y valorar, o sea, como materia que va a ser transformada algo después por la escritura. Y a los pasajes siguió el ordenamiento, la prefiguración de un libro, aunque inconcluso imprescindiblemente, capaz de brindar una posada, una estación terminal y hasta un reservorio de apuntes del que poder servirse en caso de necesidad.
De tal modo lo fui necesitando y para mi trabajo acumulé el vicio de indagar, de entresacar a toda costa el alfiler de la maloja; a tal punto obsesivo, que se fue más allá de su propósito inicial y convocó a otra historia y, sobre sus propias vueltas girando, a otro manojo de apuntes, otra andanada de interpretaciones que se permitan descansar sobre los eludidos nudos sociológicos. Es un proyecto que acaso no se cumple nunca, ni aún con la constancia de un Fernando Ortiz en toda sostenida por el nuevo discurrir de la tecnología. Qué bien que fuese apareciendo, siquiera en colectivos implícitos, según su utilidad, independiente del método académico que todo el siglo XX ha preferido, aunque no irrespetuoso con lo mucho que le debe. Pudiera ser el resultado de varias excursiones al pasado, a veces más allá del siglo XIX, y más acá, por supuesto, si el recurso no hubiera sido sometido al indolente grado de mediatización que hoy presenta en el cine y la literatura. Sería trabajo de años de almacenamiento, de acopio de insignificancias, lo comprendo, una búsqueda, en fin, que no obstante reclama irse poniendo en limpio.