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Cubanos en el Baile (del siglo XIX)

Jorge Ángel Hernández, 11 de junio de 2010

Tienen las havaneras
diversas caras,
q. una sirve en la calle
y otra en sus casas;
y aun ay quien tenga
otra cara tercera
cuando se acuesta.

Antonio López Matoso1

En 1800, radicaba en una casa de la calle San Ignacio La tertulia del Baile, con funciones todos los domingos. Se destacaba, de acuerdo con El Regañón de la Havana, por la decencia del comportamiento. Asegura Ventura Pascual Ferrer en la edición del 28 de octubre que “en ella está reunida la asistencia de los Jefes principales, la compostura de los individuos, el buen orden en las disposiciones, la concurrencia de las principales familias y la alegre sencillez de la danza, separada de los abusos y libertades que por su medio se toman algunos escandalosos”.2 Se trata de un llamado a diversión marcado por su alto componente de comportamiento en correspondencia con la conducta oficial, de representación moral que, por eso mismo, no ofrece demasiada idea de diversión para los habaneros de entonces. En la edición del 23 de diciembre, el propio Regañón se lamenta de esta forma:

¡Es posible (decía) que habiendo aquí una casa pública de bailes donde concurren todos los Jefes principales de esta Plaza y donde reina la moderación, la compostura, la urbanidad, la modestia y el trato de las gentes esté casi siempre tan desierta que es una lástima, y que estos bailes de medio carácter o por mejor decir de los barrios bajos sean tan concurridos que es una furia la gente que acude a ellos contentándose hasta con verlos no más!3

El baile al que alude ha sido reseñado por él mismo con duras frases que bien nos ilustran acerca de las libertades de comportamiento del cubano al iniciarse el siglo XIX. La censura moral, una y otra vez reiterada en esta publicación, no nos dice sino que la conducta seguía su paso hacia una libertad en la que se advierte la mezcla de tres elementos esenciales:

Primero: una manera cercana al ritual de los salones franceses, de moda ya en La Habana aunque la prensa no lo admitiera abiertamente.

Segundo: un modo cuasi tribal de luchar por conseguir ser elegido, elección que descansa en el papel principal que juegan tanto la belleza física como la expectativa económica.

Tercero: una peninsular táctica de ruptura moral, que se refugia en el momento festivo, en la carnavalización de la conducta.

La multitud, obviamente, se acumulaba en aquellos bailes “de bajo mundo” en los que se ponían en juego los numerosos lances amorosos, la competencia por obtener tanto la compensación del cuerpo como la tranquilidad de sustento monetario y, sobre todo, el resarcimiento individual que toda diversión reclama. Bailes a los que se asistía por inscripción tributaria organizada por dueños de casa —popularmente bautizados como ponineros— y que, por tanto, debían garantizar ser reclamados. En la alabada Tertulia del Baile se ofrece una mesa en la cual “se suministra de cenar por un precio equitativo”, en tanto la guaracha “Los ponineros” acusa a tales personajes de manipular para su propio beneficio el presupuesto recaudado:

Puedes ver los ponineros
Si quieres un baile dar,
Hacerse muy caballeros
Para los cheques trancar.

El estribillo, por su parte, advierte acerca del destino de las recaudaciones:

Con las poninas
(Que ellos no dan)
Cosas divinas
Te ofrecerán
Mucho te halagan
(Por el maní)
Ellos no pagan,
Pero tú sí
Y hasta se suelen guardar
Lo que llegan a juntar.

En lo anecdótico, esta guaracha nos ilustra acerca de la labor desempeñada por los organizadores de la diversión cubana en el proceso de preparación del baile:

Te ponen mil condiciones
Que ellos no podrán cumplir;
Ofrecen que a sus salones
Nada les podrás pedir.

Por la censura de El Regañón… del día 23 de diciembre, podemos confirmar que, luego del refresco de los músicos con el que logra cumplir la muy solicitada dueña de casa, “para los demás no hubo ni aguas”. En tanto el bastonero —devenido en personaje crucial para los objetivos de los asistentes— no cesa de escuchar solicitudes y exigencias, bien develados los acuerdos y sobornos, para la distribución de las parejas en la contradanza. Las consecuencias de semejante circunstancia se reflejan también en la guaracha que vamos citando, al advertir lo fatal que puede ser ir sin pareja al baile:

Das el pico a la ligera
Pensando que has de gozar,
Y si vas sin compañera
Ya te puedes retirar.

La contradanza era momento cumbre para estos ejercicios. Las damas y jóvenes instaban, persuadían y hasta sobornaban al maestro de bastón para que los colocase ante la persona de su agrado. Lo harían también, sin duda, para que no los colocasen ante algún insistente que les desagradara. Látigo, el autor de la guaracha citada, es más bien trágico, negativo en su composición, pues necesita satirizar la pretendida buena acción de los organizadores del baile. El mágico anteojo de Ventura Pascual Ferrer revela, sin embargo, hasta qué punto las personas se acumulaban incluso más allá de las ventanas, en la calle, desde donde apenas escucharían el rumor de la música, entregados a los “muchos lances de Calderón y Moreto”. Valiéndose del fondo musical, del ambiente festivo que facilitaba el lance, esos no-invitados o no-contribuyentes, o ambas cosas, que no podían sino adivinar los movimientos interiores de la fiesta, “no desaprovechaban la ocasión, pues tenían algunos atrevimientos amorosos que sin esta proporción no los hubieran quizás tenido”. El mismo párrafo de la censura revela que, gracias a los comentarios de aquellos que no bailan, a cada una de las damas asistentes se le descubre “su bueno y su malo y cuanto había hecho desde mucho antes que tuviese uso de razón”. A tal grado asciende el tono de los murmuradores, que tan crudo censor considera “imposible y vergonzoso referir todo lo que se habló en alta voz, en descrédito de las mujeres y hombres que concurrieron”.

En descrédito, nótese bien, de mujeres y hombres. De modo que no se trata solo, aunque mucho de ello encontremos, desde luego, de una tachadura machista de la conducta, sino de un espíritu de reacción en contra de las libertades del comportamiento mostrado por los cubanos de entonces. Se practica una conducta moral que, aun cuando deba remitir a un estamento moral humano, se resimboliza como contraste de comportamiento criollo, habanero, de promulgada “doble cara”. Y en tanto las principales familias y los importantes Jefes asistían a salones semidesiertos, la población sabía escoger dónde ganar mejor sus intereses. Podemos advertirlo en el propio lamento de El Regañón…: “Cada uno pues del sinnúmero de individuos que asistieron tanto dentro como fuera de la casa llevaba su fin y rabiaba por lograrlo, y aunque algunos determinadamente no lo tenían iban a buscar modo de tenerlo”.

Era el baile de inicios del siglo XIX —y hemos citado ejemplos que bastante se adentran en la segunda mitad de esa centuria— el sitio de confrontación social por excelencia, espacio listo para la comunicación y el intercambio libres, superado en este aspecto únicamente por el carnaval o por la Cola del Diablo, es decir, el arrastre de las numerosas procesiones religiosas, aunque aventajaba a ambos en cuanto a reconocimiento moral al no haber sido calificado aún de diabólico. Dos frases de El Regañón… lo corroboran: “se principió la contradanza, habiendo dejado a un lado todos los bailarines el juicio y la cordura”; “bailóse la contradanza todo lo peor que fue posible y después de veinte minutos de retozo no muy decente porque aquello no fue otra cosa, se retiraron todos los danzantes llenos de sudor y sofocadísimos a tomar un poco de aliento para volver de allí a un rato a la misma fajina otra vez”. [Las negritas van de mi parte.]

Los asistentes disponían de unos veinte minutos para fraguar conquista, si no completamente, por lo menos en categoría de acuerdo tácito. Luego venía una reiteración del ciclo, del minué a la contradanza, con intermedios en los cuales “se bailaba o un zapateo o un congó o unas boleras”. Si el juego de proposiciones no daba resultados, de nuevo al intento.

No obstante, El Substituto del Regañón, es decir, José Antonio de la Ossa, al referirse a las fiestas de Guanabacoa con motivo de la celebración de Candelaria de 1801,4 asegura que este tiempo contradanzario se extiende hasta una hora, “hasta quedar unos y otros en estado de estarse en la cama quince días”. Para la ocasión, reporta la creación de una nueva contradanza, seccionada en tres partes y nombrada “Abrazo fraternal patriótico”. Esta se desglosaba del siguiente modo:

De inicio: “dar un paseo precipitado de un extremo de la sala al otro enlazados los brazos de todos volviendo a desandar hasta su puesto”. Es decir, una figura de presentación del colectivo.

Enseguida: “pastel general, potaje intermedio y vuelta hasta concluir”. O sea, una marca de ascenso en la intensidad de la coreografía y, a un tiempo, una muestra de entendimiento colectivo al reiterar el ejercicio coreográfico.

Por último: “encadenamiento, confusión y disparates”. Lo que ya no tolera la persistente moral de los censores.

Tal vez el tiempo transcurrido se halle relacionado con el ambiente festivo exterior, o quizá esta expresión sea únicamente una hipérbole satírica, pero es posible que tal alargue responda precisamente a la necesidad del bailador de prolongar su turno de comunicación física durante la conquista. De cualquier modo, no debió ser tanto el tiempo dedicado a confusión y disparate, pues de inmediato anota: “Báilanse cinco o seis minuetes y se vuelve a la contradanza”. Por la propia “Mesa Censoria” de ese día de 1801, sabemos que el tiempo de intermedio aludido no se encuentra precisamente vacío, sino que también se emplea en función de la conquista, pues los caballeros más ágiles han tenido la prudencia de colocar sus sombreros encima de los pocos asientos para ofrecerlos a las damas en un gesto de galantería abierta.

Por consiguiente, el Baile no es únicamente un área para la habilidad y el movimiento mismo de los bailarines, sino que figura una danza de actitudes y conductas, una coreografía social en la que el cubano va ganando terreno a las inamovibles normas que lo rigen. Tampoco representa, estrictamente, una disipación tras el intenso laborar y las penurias, sino un sitio más para apostar al futuro y ganar la subsistencia.

Notas:
1- «Capítulo habanero del Viaje de Perico Ligero al país de los Moros». La Habana vista por un mexicano en 1817-1829: página del Diario de A. López Matoso, en Revista de la Biblioteca Nacional, Segunda serie, Año VI, No. 1, enero-marzo, 1955, pp. 27-41. Sic. la desastrosa ortografía del cronista mexicano.
2- Buenaventura Pascual Ferrer: El Regañón y el Nuevo Regañón (selección y prólogo de José Lezama Lima), Comisión cubana de la UNESCO, La Habana, 1965, p. 62.
3- Ibíd., p. 105.
4- Ibíd., p. 172.

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