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Mulatos en el Baile (del siglo XIX)

Jorge Ángel Hernández, 25 de junio de 2010

Blanca, blasonas en vano
de tu triunfo y poderío:
mi amante te dio la mano,
todo lo demás es mío.

(Cuarteta popular cubana)

Por la racista pluma de El Amante del Periódico en el Papel Periódico de la Havana del 24 de marzo de 1791, conocemos que, desde entonces, las mulatas se rehusaban a aceptar peticiones para piezas de baile si estas no venían de parte de los blancos. La presencia del joven blanco determinaba la ruptura del sarao, lo cual no indica que la mezcla se realizara, como nos lo ha hecho creer la extensión interpretativa de Cecilia Valdés, únicamente entre el niño adinerado y la mulata, sino, con mayor frecuencia, como dinámica que va estableciendo normas de aceptación de la conducta, entre el trabajador y la mestiza un tanto oscura, entre el liberto y la esclava, entre el emigrante de recursos limitados y las negras, entre los militares de color y las mulatas, no sólo dispuestas al requiebro de los blancos. Los hijos de taberneros y artesanos, así como los libertos y esclavos por cuenta propia, se gastaban sus ahorros en la compra o alquiler del traje con el que se presentarían al baile (no por gusto los sastres de Villaverde se consideran ya con cierta distinción entre la clase laboral) aunque en la mañana siguiente tuvieran que empeñarlo por una cantidad muy inferior a la pagada por la prenda.

En el baile de nuestro siglo XIX, se disfrazan de nobles “el trinchete del zapatero, la tixera del sastre, y el cepillo del carpintero”.1 Y así también mejoraban su rango en apariencia “el negro atrevido, el mulato insolente y el plebeyo engreído”. No ocultaban precisamente su origen pues se sabía, en perfecto consenso, que existían varios ejemplos de ennoblecimiento por riqueza adquirida, sino que daban fe, justamente, de esas señales de progreso, de ese adelanto financiero que va a ser puesto en juego en el sarao. Se figuraba una escalada económica, puesta en entredicho por los comentaristas espontáneos, privados de pareja y, por tanto, entusiastas de la crítica, pero también aceptada, presentida o añorada por aquellas que asistían soñando con su posibilidad. Este es uno de los puntos que, a mi entender, reclama acercamientos sociológicos, para equilibrar el dato, histórico, concreto, de la profunda discriminación racial, con la actividad laboral y cultural de una capa mestiza de nuestra población de entonces como un componente básico de la clase explotada. Fernando Martínez Heredia advierte acerca de una tradición epistemológica de la que no acabamos de desprendernos: falsear “a fondo el carácter profundamente conflictivo que tuvieron siempre las relaciones entre los que fueron sometidos a la servidumbre y sus amos y señores”.2

Francis Robert Jameson, oficial de la marina inglesa que observó y describió rasgos de nuestra sociedad por encargo de su gobierno, más de veinte años después de la reseña del Papel Periódico…, asegura haber visto

grupos de negras con medias de seda, zapatos de charol, vestidos de percal, chales franceses, argollas de oro, y flores en el sombrero, galanteadas por los jóvenes negros, con sombreros de castor, levitas inglesas y bastones con empuñadura de oro, todos fumando en compañía como sus superiores. Allí se encuentran sus lavanderas y zapateros, celebrando un “día de dos cruces” o una festividad religiosa. Al día siguiente los tendrá a la puerta con algunos de los artículos de sus atavíos, que tratan de vender para hacer frente a los gastos del día.3

Y aunque ello es cierto, lo es también que los amos definían su distinción por el aspecto de sus esclavos domésticos y sus empleados, a los que facilitaban el préstamo, alquiler o compra de los trajes que ya ellos no usaban, válido esto tanto para hombres como para mujeres. De modo que ese blanco, de pretendido y hasta certificado rango, simbólicamente enaltecido por la apariencia de los trajes que sus siervos llevaban, era, para el caso, y en esencia, un usurero, pues los alquileres funcionaban como adelanto de las deudas contraídas por los esclavos que eran llevados al mercado de trabajo urbano mediante sus oficios, o por libertos y libres espontáneamente contratados. López Matoso apunta en su capítulo cubano del Viaje de Perico Ligero al país de los Moros, en una crónica correspondiente a festividades de 1818, que “hasta los negros y las negras se presentan como unos duques y marquesas”.4 Son acaso síntomas de esas perennes formas de resistencia cultural que el propio ensayista Martínez Heredia relaciona.

Juan Francisco Manzano da testimonio en su Autobiografía, en elogio de su amo Nicolás de Cárdenas y Manzano, de cómo no le permitía andar desaliñado durante la época en que el esclavo servía de recadero en el cortejo de quien sería su primera esposa, Teresa Herrera y de la Barrera. Lo regalaba, además, con monedas que los esclavos en general empleaban para dar fe de ese buen trato y progreso en que se encontraban aún en su condición. El propio Manzano, quien invirtió parte de ese peculio arrancado a los amos en pluma, tajaplumas y papel para aprender clandestinamente la escritura, consiguió casarse con parda libre aun sin haber alcanzado la libertad. No debemos pasar por alto, además, que muchas respetables opiniones aseguraban que el esclavo no sabría qué hacer con una posible fortuna e, incluso, con el ejercicio de la libertad. Ello, con frecuencia, argumento para contrarrestar las exigencias que el espíritu del capitalismo exigía a la anclada sociedad esclavista.

El estilo descriptivo de Cirilo Villaverde da fe de la continuidad de los bailes en la primera mitad del siglo XIX, tanto los preparados por los pobres como los que rezumaban el lucro y la bonanza de sus promotores, al parecer ya no tan desiertos como aquellos observados por el Regañón. El que hallamos en la primera parte de Cecilia Valdés, en su capítulo IV, no acusa la manipulación de atenciones señalada por el Censor de la prensa y los guaracheros, sino que muestra en su mesa “algunos refrescos y manjares, agua de Loja, limonada, vinos dulces, confituras, panetelas cubiertas, suspiros, merengues, un jamón adornado con lazos de cintas y papel picado, y un gran pescado, nadando casi en una salsa de fuerte condimento”.5 Se trata de “un baile de la clase baja que se daba en el recinto de la ciudad por la parte que mira al sur”, o sea, de aquellos que los habaneros de entonces llamaban de cuna, caracterizado por su libertad de entrada y la ausencia de maestro de bastón.

De acuerdo con el señalamiento del autor, se producían únicamente en tiempos de feria, algo frecuente en la vida cotidiana, sobre todo a partir de las disposiciones del obispo Espada para celebrar el calendario religioso. Aunque, señalado sea, el específico de la novela indicaba la presencia de invitados precisamente por la mesa servida con refrescos y otras ofertas gastronómicas. Siete son los músicos, negros y mulatos, que conforman la orquesta de Cirilo Villaverde: “tres violines, un contrabajo, un flautín, un par de timbales y un clarinete”. Aunque el calificativo de cuna indicaba, por antonomasia, que se trataba de un baile para negros y mulatos, se nos informa en la novela que “no escaseaban tampoco los jóvenes criollos de familias decentes y acomodadas, los cuales sin empacho se rozaban con la gente de color y tomaban parte en su diversión más característica, unos por mera afición, otros movidos por motivos de menos puro origen”.6

Esos motivos de menos puro origen aluden, por una parte, a la mezcla racial en las relaciones sexuales y amorosas, a la cacería de mulatas por parte de los blancos, y viceversa, pues no por gusto tan popular se haría la cuarteta “Blanca blasonas en vano…” que al inicio de estas líneas colocamos. Por la otra, la alusión está relacionada con el sitio de la ciudad, es decir, el recinto que va al sur, lugar donde ha crecido con significativa importancia la implantación de casas de cita y de recibir, en las cuales también se baila de vez en cuando, aunque los cronistas prefieren evadir las descripciones, quien sabe si protegiéndose antes de que sea demasiado tarde de la inevitable pregunta: ¿Y usted cómo lo sabe?

No falta tampoco en Villaverde el calificativo de extravagante para la indumentaria de los concurrentes negros y mulatos al modo de los blancos, perfectamente separados en la descripción. “Bastante era el número de negras y mulatas que había entrado, en su mayor parte vestidas estrafalariamente”, anota Cirilo Villaverde y continúa a punto y seguido: “Los hombres de la misma clase, cuya concurrencia superaba a la de las mujeres, no vestían con mejor gusto, aunque casi todos llevaban casaca de paño y chaleco de piqué, los menos chupa de lienzo, dril o Arabia”. Leonardo Gamboa aparece en el párrafo siguiente distinguidamente vestido con

pantalón y chupa de dril crudo con listas rosadas, chaleco blanco de piqué, corbata de seda ajustada al cuello por un anillo de oro y las puntas sueltas, sombrero de yarey, tan fino que parecía de holán Cambray, calcetín de seda de color carne y zapato bajo con hebillita de oro al lado. Por debajo del chaleco asomaba una cinta de aguas rojo y blanco, doblada en dos y sujetas las puntas con una hebilla también de oro.

De modo que, además de en el lujo —los sobrantes detalles de oro y seda—, la distinción descansa en el color de la piel aun cuando un par de blancos, comisario y alguacil, presentarán su aspecto desmañado y sus patillas de bandoleros.

Aunque la ceremonia construida por Villaverde para la novela comienza con el minué de corte que aún a inicios del siglo se reporta, el autor reconoce que ya no estaba de moda en época de Vives, a la que corresponde el fragmento narrado. Es, por lo tanto, lógico que en la práctica de los bailes “de cuna” de la década del treinta se hubieran abolido por completo los minués. El propio novelista ha señalado, párrafos antes, que se escuchaban las contradanzas cubanas sin que el baile propiamente dicho hubiera marcado su comienzo. Estaban de moda, asegura, las “contradanzas de figuras, algunas difíciles y complicadas”,7 con lo cual se creaba un espacio para la competencia pues los maestros salían de la espontaneidad de la virtud, de entre los más dotados para guiar la danza y promover el juego coreográfico. El cubano blanco, que descendía socialmente al penetrar en estos bailes, debía ascender en los valores danzarios, debía reconocerse también como un cuerpo dúctil, capaz de centrar en la pelvis una fuerza de mando, virtud prácticamente excluida por el discurrir de la psicología nacional acerca de las características del peninsular. Como expresión, a fin de cuentas, “de gentualla”, reconocido así mismo por Esteban Pichardo,8 este baile “de cuna” marcaba el pulso de la transformación y la demanda, perfectamente ligado al sentir de los compositores que de la misma raza procedían y en semejantes raseros de progreso se insertaban.

El Baile urbano, organizado en las casas a partir de tributaciones inducidas o espontáneas, más o menos honestas o tramposas, fue un crisol de relaciones, de intercambios y mezclas capaces de socializar las libertades que el cubano demandaba en su comportamiento inmediato. Era un trapiche de autonomía en la conducta en el cual se procesaban, obviamente, todos los extremos correspondientes al humano carácter de los seres que lo frecuentaban.

Notas:
1- «Carta sobre la confusión de las trages» (sic.), en Cintio Vitier, Fina García Marruz y Roberto Friol: La literatura en el Papel periódico de La Havana. 1790-1805, Letras Cubanas, La Habana, 1991, pp. 67-70. Esta carta fue atribuida por R. Agramonte a José Agustín Caballero.
2- Fernando Martínez Heredia: «Cuba en los tiempos de Plácido», en Andando en la Historia, Ruth Casa Editorial / ICIC Juan Marinello, La Habana, 2009, p. 69.
3- «Carta II de Francis Robert Jameson», en Juan Pérez de la Riva: La Isla de Cuba en el siglo XIX vista por los extranjeros, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1981, p. 26.
4- «Capítulo habanero del Viaje de Perico Ligero al país de los Moros». La Habana vista por un mexicano en 1817-1829: página del Diario de A. López Matoso, en Revista de la Biblioteca Nacional, Segunda serie, Año VI, No. 1, enero-marzo, 1955, pp. 27-41. Mías las cursivas.
5- Cirilo Villaverde: Cecilia Valdés, Letras Cubanas, La Habana, 2001, p. 39. (En tanto no se consigne, las citas corresponden a esta página.)
6- Ibíd., p. 41.
7- Ibíd., p. 49.
8- Esteban Pichardo: Diccionario provincial casi razonado de vozes y frases cubanas, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1976, p. 200.

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