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Revistas re-vistas
(Partes III y IV. Final)

Ricardo Riverón Rojas, 10 de agosto de 2010

-III-

La salida de los números en oleadas es, de cara al lector, uno de los mayores contrasentidos de las revistas culturales villaclareñas. Hemos visto con el ejemplo de Islas cómo en 2010 saldrán, de golpe, los cuatro números de 2009 más los del propio año. Signos, en el año de su cuadragésimo aniversario vio salir, en junio, el único número de 2008, y en menos de dos meses, entre septiembre y noviembre, los dos de 2009. Umbral, por su parte, en el verano de 2010 pondrá a circular, de golpe, tres números (uno de ellos de 2009), mientras Guamo, si se pone al día, sacaría de golpe cinco números. En ese mar encrespado naufraga el diálogo real e inmediato con un entorno que nuestras publicaciones aspiran a conquistar, pues aun las más alejadas de la inmediatez necesitan en buena medida ceñirse con el don de lo oportuno, que equivale a que los temas que critica o analiza no parezcan de otra época.

El problema anterior enrarece y atrofia hasta hacer totalmente inoperante —desde el punto de vista del debate de ideas— la atmósfera comunicativa de cualquier territorio, poco importa que en él existan, como en Villa Clara, seis revistas culturales, tres periódicos, cuatro emisoras de radio con sus corresponsalías y estudios en todos los municipios, un canal de TV provincial y uno en cada municipio.

Esos periódicos, emisoras de radio y canales de TV, que configuran los medios masivos, como bien sabemos, se acogen a una política informativa olímpicamente distanciada, con escasísimas excepciones, del debate crítico profundo. Su mira apunta al destaque de logros y tímidas críticas a la esfera ejecutiva de la sociedad. Con apreciable cierre de su ángulo visual establecen un «dominio de lo imaginario» —opuesto en su sentido ideológico al denunciado por Ignacio Ramonet en Propagandas silenciosas1 — que trabaja con la esfera más pasiva de la conciencia del receptor y, entre otras cosas, lo condiciona para una lectura políticamente prejuiciada de los textos críticos que, con la desventaja de lo minoritario en las tiradas y la salida irregular, proponen las revistas culturales. Quienes orientan la política informativa de los medios masivos repiten insistentemente que los periodistas de esos medios son «ejemplos de revolucionarios» mientras los de las publicaciones culturales pasamos, una buena parte de las veces, como sospechosos. Como esas evaluaciones parten de un centro hegemónico, sin competidores numéricamente dignos en la plataforma informativa nacional, y, además, se amplifican por los propios medios masivos, acaban generando estados de opinión mayoritarios en torno a la limpieza, honestidad, talento y capacidad analítica de los «soldados masivos» contrapuestos al «hipercriticismo» de quienes nos empeñamos en activar, desde presupuestos revolucionarios, un debate de otro tipo en nuestra sociedad. Es una guerra de león contra mono en la que el mono no quiere pelear y a lo mejor unos cuantos leones tampoco, pues la abrumadora diferencia en tiradas y el cumplimiento estricto de la periodicidad en los medios masivos frente a la precariedad e irregularidad de los culturales remiten a estos últimos a un limbo de estrechos círculos de lectores localizados en cenáculos intelectuales y diletantes. Con tan escaso radio de acción, los razonamientos y las propuestas de cambio que los medios culturales portan no consiguen proponer, a nivel sociológico significativo, modelos de conducta civil o de patrones éticos basados en un discurso abierto, honesto, autocrítico de fondo, sobre nuestra realidad. Los medios culturales existen, y no padecen censura —dirán y es cierto—, pero su existencia y libertad para el debate los veo discurrir cada día más a la vera de una actitud de tolerancia cínica sustentada por quienes saben que, a nivel factual, funcionan como los famosos ladridos de perro a la luna.

-IV-

Nuestros medios masivos se resienten en su credibilidad, aunque oficialmente se afirme lo contrario. Su estrategia comunicativa se basa demasiado en escamotear, de espaldas al análisis objetivo, la parte de la verdad que suponen inconveniente para la población, convocada a una batalla de ideas contra un enemigo que incorporamos a nuestro subconsciente como mudo, porque como vivimos, desde el punto de vista informativo, en «el país de la tuya», nunca escuchamos cuando nos mientan la madre, sino nuestra enérgica respuesta. De manera sutil o gruesa, cuando la voz del enemigo nos llega, viene pasada por la de un periodista, y en los casos en que nos llega directa es solo cuando hace el ridículo o se manifiesta irracionalmente cavernícola y prepotente.

La crítica, desde que la humanidad comenzó a autoevaluarse, se erigió en guía para la ratificación y la rectificación: es el caldo en el cual se mezclan los sabores y saberes y se destilan las esencias. Para las instituciones, estatales o privadas, constituyen una herramienta imprescindible. Las instituciones cubanas se han acostumbrado a funcionar prácticamente sin crítica, o con una crítica regulada por sofismas insípidos: «en el lugar y momento apropiados» o «quien critica debe  ofrecer soluciones y, de no tenerlas, abstenerse de criticar».

Esa carencia de mirada crítica inmediata sobre el entorno, acentuada por la pérdida, desde la década de los noventas, de los espacios concedidos a los intelectuales en la prensa plana de tirada masiva ha venido generando un vacío de opinión que a su vez tornó caótico el ambiente a la hora de marcar estadios de desarrollo, perspectivas, yerros, o activar un debate del cual el pueblo se sintiera partícipe.   

Frente a la desventaja de ese bombardeo informativo, mayoritariamente autocomplaciente aún, que promueven unos medios masivos cuya periodicidad y alta tirada se cumple rigurosamente, nuestras revistas culturales son, por mucho que nos duela, publicaciones subterráneas, no por prohibidas, sino por invisibles. En su mayoría devienen, a los pocos meses de impresas, botín para coleccionistas.

Quienes hemos sintonizado nuestro rumbo vital y profesional con las prematuramente calificadas de «utopías» —socialistas— aun operando desde la desventaja de sentir cómo, con el confinamiento en los cenáculos se atenúan hasta el silencio voces cardinales para comprender y transformar una sociedad que, como todas, necesita evolucionar, preferimos aliarnos al concepto de utopía vertido por el doctor Luis Suárez Salazar en su artículo «Las cuatro utopías fundacionales de la revolución cubana». Estas deben entenderse —según él, y dice que junto con Franz Hinkelammert— como «la permanente crítica del presente, a partir de las perennes esperanzas en un futuro mejor»2.

Santa Clara, 17 de julio de 2010

Notas:

1 Ver Ignacio Ramonet: Propagandas silenciosas; Editorial Arte y Literatura, La Habana, 2002; pp 30-32.

2 Luis Suárez Salazar: «Las cuatro utopías fundacionales de la Revolución Cubana»; Rebelión, 02-02-2010. A partir de una conferencia dictada en el taller “Bicentenario de la primera independencia de América Latina y el Caribe”. Instituto de Historia de Cuba, 14 de Noviembre del 2009.