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Vueltas a La Parranda: la primera fecha

Jorge Ángel Hernández, 23 de julio de 2010

En las Parrandas, festividades folclóricas derivadas de la original remediana, que surgió y reconfiguró sus reglas conceptuales desde inicios de la década del 20 hasta finales de la década del 80 del siglo XIX, los bandos en pugna son conocidos como Barrios, por cuanto en su surgimiento se enfrentaban las barriadas. La libertad de elección que la tradición ha mantenido permite, al paso del tiempo, que personas residentes en un mismo barrio, una misma manzana, una misma cuadra y hasta una misma casa, puedan pertenecer a Barrios diferentes si de Parranda se trata. En Vueltas, o San Antonio de las Vueltas, los barrios contendientes se nombran Occidente (Jutíos) y Oriente (Ñañacos).

A principios de la década del 80 del siglo XX, usando como intermediaria a mi madre, reconocida parrandera del Barrio Ñañacos, visité a Evaristo Díaz Carrillo, a quien todos conocían por Minguí. Estaba enfermo, con prescripción médica de reposo y bajo la atención de su familia. Le entusiasmó tanto descubrir que un joven “de familia revolucionaria” se interesaba por “esas cosas viejas”, que me regaló la copia manuscrita de sus Memorias, hecha con letra abierta y clara, de notario entrenado, sobre hojas de carpeta rayada a buen espacio y en tamaño de 8½ x 11. A su regalo agregó un sobre lleno de sueltos y documentos que con paciente entusiasmo había recopilado, y un ejemplar mecanuscrito de su continuación en el empeño por historiar la Parranda de su pueblo.

Con ellos trabajé usando los recursos de que en ese entonces disponía: transcribir y anotar. Sabía que, como ocurrió, no más sobreviniese su fallecimiento, su familia vendría a reclamar los documentos. Tuve tiempo al menos de transcribir, en mi máquina de escribir —una Robotron eléctrica alemana—, sus Memorias, comprendidas desde 1900 hasta 1967 —año en que la Parranda voltense sufrió un alarmante peligro de desaparecer por prescripción institucional—, cuyo ejemplar conservo. No pude, sin embargo, reproducir el otro folleto, profuso en datos, en el que se ocupaba del reinicio de las fiestas, a partir de 1970. Desconozco si sus familiares conservan su papelería o si el tiempo, “el implacable”, les pasó la cuenta.

Para San Antonio de las Vueltas, la fecha inicial de su Parranda se ha tornado sumamente escurridiza. Los primeros investigadores espontáneos la situaron en 1902, unida a las celebraciones por la instauración de La República, sin haber realizado una búsqueda de archivo de mínimo rigor. Después, en 1966, Evaristo Díaz Carrillo se enfrascó en la recopilación de datos que pudieran constituir su historia. Fue un trabajo prácticamente heroico: esmerado, devoto, tenaz en esos palos de ciego de la búsqueda sin documentos.

Apasionado de la esencia del enfrentamiento entre parranderos, Evaristo Díaz Carrillo (Minguí) arrastraba dos limitaciones para concluir esa función. Primero: era un fervoroso e incondicional partidario de su Barrio, en el decir común: más ñañaco que el que más ñañaco pueda ser; segundo: no tenía una formación como investigador folclórico. Su trabajo siguió la línea de otras investigaciones hechas por antecesores remedianos y obvió la búsqueda en esas fuentes que los habían nutrido. Además, los informantes del Barrio contrario, Jutíos, o bien se mostraron recelosos o bien se negaron a colaborar con un proyecto en el que no vislumbraban la más mínima posibilidad de triunfo.

En mis investigaciones de campo —extensas conversaciones con viejos parranderos de ambos Barrios y revisión de fotos, sueltos y escasa papelería apolillada o vencida por el tiempo, que no pude conservar por falta de elementales recursos—, escuché que algunos se dedicaron a desinformarlo, algo en nada ajeno a las técnicas de enfrentamiento mostradas por los parranderos en el mantenimiento de su tradición. Su historia, por tanto, arroja una Parranda en la que los ñañacos solo tuvieron la oportunidad de ganar o, en casos extremos, de empatar. Digo esto no como un argumento de rechazo —porque un parrandero formado por la tradición carece de objetividad en la valoración, y si no se fanatiza con su Barrio, no puede ser en verdad un parrandero—, sino como un elemento importante a tener en cuenta en el empleo de esa, su útil fuente.

Las memorias de Evaristo Díaz Carrillo (Minguí) son un simpático trayecto de los mejores momentos de su Barrio y una justificación de sus fracasos. Sin ellas, no obstante, me hubiera costado un esfuerzo insalvable la ubicación histórica de esta fiesta. Además, a él debemos el haber ganado dos años en el retroceso de la ubicación del surgimiento. Así, tras el rastro de Martínez-Fortún y Foyo, en sus Anales históricos de San Antonio de las Vueltas,1 ubica las “primeras” parrandas voltenses el 24 de diciembre de 1900. Menciona a los entusiastas Pedro Esquerra y Ciprián Rueda (tabaqueros), Polo Morales (cocinero), Juan y Ramón Jiménez (comerciantes), entre los remedianos que vivían ya en este pequeño pueblo, y agrega al dependiente español Jesús Castaneda, alias Piloña, y a Guillermo León, como el más entusiasta de todos.

De los naturales de Vueltas anota los nombres de Ricardo Manso, Paulino Poch y “el catalán Versardú”. Esos, entre los jutíos. De los ñañacos, relaciona: Armengol Jiménez (barbero y sacamuelas), José Pimienta (cocinero), Lizandro Pérez (futuro millonario y gerente general de la Sugar Cigar of Cuba), Rogelio Echeverría (comerciante) y su esposa Enriqueta Rionda.

La posibilidad de registrar una fecha anterior se me presentó cuando tuve mis primeras conversaciones con Conrado Colom Sánchez, quien adoptó el seudónimo de Cumba Colom. Fue estudiante de San Alejandro y fundador de los periódicos locales Uno más y Epicentro, cuyo sentido patriótico trascendía el antimachadismo para convertirse en antiimperialismo. Desde que hizo su primer proyecto de carroza para el Barrio Jutíos, fue su principal diseñador hasta poco antes de su muerte. Luego de usar varias recomendaciones de amistades comunes, y de “documentarse” él acerca de quién era yo —un pichón de escritor apenas—, me recibió en su casa. Conversamos largamente, lo cual indica que la comunicación fluyó. Me permitió visitarlo en otras ocasiones y me facilitó —en préstamo, y advirtiéndome que se lo solicitara siempre que lo requiriese, pero que no los demorara demasiado en mi poder— las fotos y los documentos que guardaba. Estaban cronológicamente organizados y fueron de vital importancia para mi trabajo con el libro La Parranda, que en el año 2000 publicara la Fundación Fernando Ortiz, tras haberle otorgado al proyecto su Premio Beca de Creación. Supongo que esa documentación se conserve aún en las gavetas familiares. Me habló Cumba Colom de una Parranda improvisada en 1894, como saludo a aquellos que se irían a la guerra y de algunos testimonios de ello que guardaba en herencia familiar.

La reunión para el alzamiento ocurrió el 12 de enero de 1895. Una frondosa ceiba quedó como recuerdo de ello. ¿Fue esta improvisada Parranda el 24 de diciembre de 1894? De ser así, habría que admitir que lo del alzamiento era del dominio popular ya antes de su reunión coordinadora, puesto que la carroza exhibida —solo tengo noticias de una— llevaba el evidente nombre de “Alegoría de la Patria” —a juzgar, repito, por el testimonio de Cumba Colom, pues nunca conseguí consultar ese documento del cual hablaba.

¿Podría pensarse, en cambio, que todo ocurrió el 2 de febrero, más de un mes después? Es lo más probable, aunque, en ese caso, la fecha correspondería a 1895.

Llama la atención cómo a Evaristo Díaz se le escapó que los Anales… de Martínez-Fortún y Foyo contienen una frase, relacionada con el año 1894, demasiado inquietante para un investigador ávido y necesitado de historia. El remediano asegura que “sólo se dejaron de efectuar en Vueltas y Yaguajay”, lo que aleja la posibilidad de que ocurriese el 24 de diciembre de 1894. Pero he citado la frase porque no dice, precisamente, “continúan sin celebrarse” —lo que hubiera sido muy lógico en el caso de tan entusiasta promotor y admirador de La Parranda—, ni se alude siquiera a que la costumbre no se ha establecido. La frase es más aclaratoria cuando indica que “se dejaron de efectuar”. Si se deja de hacer algo, significa que algo habitual se interrumpió.

Por otra parte, Martínez-Fortún trabajaba en lo fundamental a partir de informaciones que extrajo de publicaciones periódicas, de las que Vueltas carecía en esa época; así, si la prensa remediana no reseñaba el hecho, el hecho dejaba de existir para la historia. Esto podría llevarnos a pensar que, o bien esa Parranda se improvisó en enero, aprovechando el contagio y la picazón festiva que las fiestas remedianas dejaban, o bien se hizo el 2 de febrero, día de La Candelaria, que los voltenses han asumido como su día patronal.

Dos razones me inclinan a anotar esta última fecha. Primero: el propio Martínez-Fortún relaciona en sus Anales históricos de San Antonio de las Vueltas, desde 1886, “grandes fiestas el día de La Candelaria”2 y, asimismo, acerca del año 1890 anota: “se celebró —como todos los años— la fiesta la Patrona”.3 Los parranderos voltenses están estrechamente ligados a su fiesta patronal, sobre todo en relación con las tradiciones que, inicialmente, van a ser incorporadas a la festividad. La segunda razón está relacionada con la persona de Carlos Nodal, presente en el hecho de la ceiba plantada y organizador de las “huestes parranderiles”, como diría un cronista un año antes de ese hecho. Así, La Parranda voltense estaría, desde su origen, vinculada al sentimiento patriótico independentista, a pesar de que la huella española —canaria y valenciana— marque el aspecto de las manifestaciones populares en lo artesanal.

Dos fuentes de información fueron lastimosamente inadvertidas tanto por Martínez-Fortún y Foyo como por Evaristo Díaz Carrillo: una amplia reseña aparecida el 7 de febrero de 1893 en el periódico remediano El criterio popular, y una Gacetilla incluida en el número del 27 de diciembre de 1892 en la misma publicación. Ambas contienen datos que pueden factografiar la crónica de relaciones acerca del ambiente de Parranda que tuvimos en Vueltas en la última década del siglo XIX.

La gacetilla de El criterio popular es breve, demasiado breve, incompleta, pero textualmente dice: “En Vueltas ha habido también mucho entusiasmo y alegría, y se ha exhibido una preciosa alegoría del Nacimiento de Jesús”.

Esta información no nos sirve, desde luego, para saber qué papel jugó cada Barrio en la contienda ni, siquiera, para saber cuál de los dos exhibió esa “preciosa alegoría del Nacimiento de Jesús”. Pero sí es aplastantemente útil para ubicar, con carácter documental, la Parranda voltense por lo menos en 1892. Con mayor razón si se agrega que la Gacetilla expresa, también en cita exacta —aunque con un intencionado énfasis de mi parte—, que “para Remedios es causa justificada de inefable satisfacción que sus fiestas tradicionales tomen carta de naturaleza en los demás pueblos del distrito”.

Por tanto, la primera Parranda de la cual hemos hallado noticia documental en San Antonio de las Vueltas, está ubicada en el 24 de diciembre de 1892.

He señalado que a Díaz Carrillo no se le ocurrió consultar el Archivo Histórico remediano y que confió en la acuciosidad de Martínez-Fortún y Foyo. No era, repito, un investigador profesional, sino que se dedicó a escribir y trabajar arduamente por amor a su terruño, como él mismo confiesa al inicio de sus Memorias. Pero José A. Martínez-Fortún y Foyo sí tenía la posibilidad de haber anotado el dato siquiera en los Anales voltenses. Por suerte, hemos logrado fecharla, aunque ello sea más de un siglo después del suceso.

Notas:
1- Martínez-Fortún y Foyo, José A.: Anales históricos de San Antonio de las Vueltas, Remedios, s/f.
2- Ibíd., p. 25.
3- Ibíd., p. 27. Mío el énfasis.

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