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Vueltas a La Parranda: la imprecisión del siglo XIX

Jorge Ángel Hernández, 06 de agosto de 2010

En los primeros años de la década del noventa del siglo XX, pude revisar los ejemplares de la prensa local de un siglo antes que se conservaban (espero que se conserven aún) en los estantes del Archivo histórico de San Juan de los Remedios. Hallé en esas pesquisas, que a tantos parecieron anodinas en medio de la confusión ético-social y la crisis político-económica a que nos avocábamos, una reseña sumamente importante en El criterio popular del 7 de febrero de 1893. Aparece bajo el título CHARLA MENUDA y está firmada por J. de los A. R. Citaré algunos fragmentos, aunque perfectamente pudiera resumirlos, para factualizar el interés del documento (en peligro de deterioro, por cierto).

En primer término hallaremos, además de la reconocida y aceptada distancia entre la Villa cabecera y el poblado, la vinculación de los festejos con el día patronal, que en Vueltas no es precisamente el de San Antonio, como indica su nombre, sino el de la Candelaria, de acuerdo con la tradición implantada por las familias canarias de las zonas rurales cercanas al poblado:

Las fiestas populares de Vueltas terminaron el día tres; el programa de los festejos de ese día superó a nuestras esperanzas… La concurrencia del viernes fue, pues, mucho mayor que la de los días anteriores; pero la animación y el bullicio, en su período álgido, se posesionaron de nuestros centros de reunión y de nuestras calles desde las tres de la tarde en adelante, con motivo de empezar a circular, procedentes de las sitierías, numerosos grupos de campesinos de ambos sexos, los del masculino con sus trajes típicos, sombrero de guano, pantalón y guayabera blancos y pañuelo azul de seda a guisa de corbata; ellas con sus más vistosas galas…

Tras la visión introductoria, el cronista describe un elemento interesante relacionado con la fiesta, o sea, la fusión de tradiciones en el marco de este tipo de ceremonia:

A esa hora, Carlos Nodal, organizador de la fiesta, pasó revista a sus huestes, en la entrada del camino de Taguayabón, y en dos correctas filas que ocupaban las respectivas aceras, figurando en el centro una buena orquesta de Caibarién, varios estandartes (uno de ellos con el histórico tamarindo por adorno) y al remate un carro alegórico representando un bajaré (sic.) que habitado por indios de mentiritas, atravesaron todo el pueblo, entre los aplausos de la multitud apiñada y compacta, emprendiendo después la marcha por el camino de Vega de Palmas, hasta más allá del Rastro, sitio designado para la recepción de los carmelitas y salvadoreños remedianos.

Carmelitas, es decir y para el caso, partidarios del Barrio El Carmen, y salvadoreños, integrantes del Barrio San Salvador. Si no los voltenses, al menos los remedianos entran al pueblo solemnemente divididos de acuerdo con sus barrios de Parranda:

Los Salvadoreños y Carmelitas, con su banda al frente y sus ricos y vistosos estandartes penetraron en Vueltas, a las siete menos cuarto entre los vivas atronadores que partían de ambos lados de la calle: los hurras a Remedios no escasearon, los cohetes voladores y las luces de bengala decoraban el espacio y por todas partes la alegría dominaba todos los ánimos. (…) ostentaban sus magníficos bordados, sus adecuados lemas y sus vistosos colores los diferentes estandartes del Carmen y de San Salvador, y ambos barrios allí, en la más perfecta armonía (…) brindando a la paz, a la unión y a la fraternidad entre salvadoreños y carmelitas y al progreso de Remedios y de las Vueltas.

La marca costumbrista, de la mano del pincelazo culterano, vendrán a cumplir con lo acuñado por nuestra prensa a todo lo largo del siglo XIX:

Después, unas cien parejas de graciosas guajiras y elegantes guajiros, al compás de la danza y sin dejar de brillar de trecho en trecho algunos trajes de ciudadanos y ciudadanas, se entregaron a las delicias de Terpsícore hasta hora muy avanzada en la noche. En el centro El Progreso sucedió lo mismo.

De esta cita in extenso extraeremos varios comentarios.

Comenzaremos con el nombre de Carlos Nodal, a quien ya había mencionado, y a quien Evaristo Díaz Carrillo va a citar como primer presidente del Barrio Oriente, aunque, de acuerdo con su relación, él lo sitúa en el año 1900. Pero esta CHARLA MENUDA certifica que ya en 1893 Carlos Nodal era el “organizador de la fiesta”, encargado de conducir la representación hasta El Rastro, donde recibirían a los remedianos. Así, se nos presenta una disyuntiva. O los testimonios de Díaz Carrillo ―que tomó de su madre, según él mismo confiesa― confunden las fechas, o confunden los hechos mezclándolos atemporalmente. La cronología, en la memoria, es altamente traicionera y puede confundir hasta al más memorioso, incluso a Funes. De cualquier modo, vemos a la fiesta vinculada, primero, a las Sociedades comerciales El Progreso y La Popular, que rivalizaban, cada una por un Barrio, como en Remedios; y, segundo, a lo que se ha dado en conocer como Historia, esto es: hechos de lucha patriótica. Otro detalle de la CHARLA está relacionado con el arribo de campesinos al pueblo, quienes aportaban no solo las figuras de baile, como se relaciona en el escrito, sino también la artesanía que competiría en nombre de los Barrios, tal y como se continúa en el siglo XX.

La crónica citada habla, además, de “varios estandartes” entre las filas que se disponen a recibir a los parranderos remedianos. ¿Cuáles eran esos estandartes? Solo el del “histórico tamarindo” ha merecido la selección. No sabemos si los Barrios tenían ya un estandarte propio o si se trataba de una imitación, o reproducción, del remediano. No obstante, debe notarse que, tras el encuentro en la entrada de Vega de Palmas, el cronista sí se interesa en destacar los “ricos y vistosos estandartes” de carmelitas y salvadoreños que marcharán al frente. Vemos aquí cómo la crónica remediana está interesada, principalmente, en su propia participación, amén del pintoresquismo de los guajiros.

La propia reseña demuestra que no lo dice todo, en ese último párrafo principalmente, cuando, al tiempo que habla de entregarse a las delicias de Terpsícore hasta altas horas de la noche, añade, lo más escuetamente que pueda imaginarse: “En el centro El Progreso sucedió lo mismo”. O estaba cansado, o le faltaba espacio, pero me niego a pensar que en rigor fuese igual, sobre todo tratándose de dos Sociedades comerciales en competencia. De cualquier modo, es interesante señalar cómo alrededor de La Parranda se establece un núcleo en el que interactúan sin demasiadas jerarquías tanto intereses económicos, incidencia social, como las manifestaciones más puras del folclor, sean estas de producción artesanal o de las artes representativas que espontáneamente la población practica. Economía, sociedad y cultura van a ser el crisol que sustente la permanencia y el desarrollo de La Parranda.

Quisiera, además, llamar la atención sobre un detalle de la reseña: la procesión que recibiría a los remedianos, perfectamente organizada, es rematada con un “carro alegórico representando un bajaré (…) habitado por indios de mentiritas”. Esto es, indudablemente, una carroza. Y la carroza es, a todo lo largo de la tradición, el evento fundamental de competencia en la Parranda voltense.

No obstante, la Gacetilla permite asegurar tres puntos esenciales:

Primero: abría el desfile de recibimiento una orquesta de Caibarién que, aunque no se precisa si es callejera o de otro tipo, las circunstancias ayudan para suponer que se tratase de un piquete popular.

Segundo: portaban varios estandartes (con alusión única al del tamarindo), elemento ya arraigado en la parranda remediana originaria y trasladado a todas las poblaciones que luego lo asumieron.

Tercero: concluía el desfile una carroza (sin que tampoco se especifique a cuál Barrio pertenece, o, siquiera, quién fue su constructor o el autor de su diseño), todo entre dos largas filas que cubrían ambas aceras (aunque supongo que fuesen lados).

La crónica, por tanto, no reseña La Parranda en sí, sino la ceremonia de recibimiento de los remedianos. Pero los elementos de La Parranda están en ella. Es factible pensar que ese bajaré fuese una de las carrozas en competencia. Desgraciadamente, al cronista no le interesó diferenciar la pertenencia, sino la paz, la unión y la concordia de carmelitas y salvadoreños y con ello se nos ha escapado una buena fuente para nuestro propósito. Incluso mucho más jugoso resultaría que ese cronista se hubiese parcializado, resaltando, para uno, virtudes, y defectos para el otro. De ese discurso polémico, tergiversado acaso, obtendríamos ahora mejores resultados.

Esta visita de los parranderos remedianos a Vueltas en sus celebraciones patronales de 1892 pudiera ser, en última instancia, la respuesta al llamado del periódico que dice que faltan Vueltas y Yaguajay. Ello explicaría por qué, en la primera etapa de La Parranda voltense, se aprecia una asimilación directa de los elementos ya establecidos en Remedios que se ponen en juego durante la competencia, sobre todo con respecto al uso de la simbología.

Tenemos, no obstante, la siguiente cronología para el siglo XIX en San Antonio de las Vueltas:

1892. 24 de diciembre. “Alegoría del Nacimiento de Jesús” (no se precisa a cuál Barrio pertenece)
1893. 2 de febrero. “Bajareque con indios” (tampoco se precisa el Barrio de pertenencia)
1895. 5 de enero, o 2 de febrero. “Alegoría de la Patria” (sin precisar el Barrio)
 

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