Vueltas a La Parranda: Los raros nombres de los barrios
La primera rareza que pide un alto explicativo respecto a la Parranda voltense está ligada a los nombres de los Barrios, tan familiares para los lugareños, pero tan pintorescos para todo aquel que se desayuna con este tipo de festividad. Hablo, desde luego, del zoónimo Jutío y del sonoro Ñañaco.
En principio, la división del pueblo fue estrictamente parcelaria. Dos bandos: uno tomó el Oriente y el otro se apoderó del Occidente. Pero, seamos prácticos: al ciudadano común, ese que va a nutrir la fiesta y la rivalidad, le cuesta trabajo ubicar los puntos cardinales. Después de proclamar que el sol sale por el Este, la pita se le enreda de tal manera que vuelve al estado del que no sabe la tabla de multiplicar y se ve impelido a contar con los dedos para llegar al resultado. Si a esto se agrega que los entrecruzamientos geográficos aportan otro elemento para la confusión, se comprenderá por qué, en todos los pueblos parranderos, se adoptan nombres con otro interés identificatorio. Vueltas ostenta, desde tiempo ha, el de Jutíos vs. Ñañacos.
No es difícil saber qué es una jutía, aunque en estos tiempos no es ya fácil encontrar alguna; pero el vocablo ñañaco sí que se las trae. Como no aparece en los diccionarios de la lengua española, se hace extremadamente difícil concebirle un significado extensivo. Evaristo Díaz, en una de las justificaciones más carentes de método que he leído, llega a la conclusión que necesitamos: se trata de un nombre de uno de los Barrios de Vueltas. Precisamente porque ya sabemos eso es que buscamos su procedencia, su etimología inmediata. Cómo fue que un vocablo tan gracioso se erigió en un sustantivo; he aquí la clave de nuestro interés. Volveremos, entonces, después de haber desbrozado lo más simple.
Diversos testimonios apuntan hacia el nombramiento de Jutío utilizado en tono peyorativo, lo cual está en perfecto juego con la conformación estructural de La Parranda. Tal vez después de la guerra —puesto que la CHARLA MENUDA de El criterio popular del 7 de febrero de 1893 no menciona detalle tan pintoresco, aunque, si juzgamos su estilo, bien pudo haberle parecido demasiado vulgar— los parranderos decidieron llevar la rivalidad al orden de los nombramientos. Así, Carlos Nodal, de acuerdo con la narración de Díaz Carrillo, llamó “Jutíos” a sus contrincantes de La Tertulia de El Gallo, liderada por Pancho Martínez. Y aquí llegamos, de nuevo, a la vinculación del patriotismo y lo folclórico. Nodal, gracias a sus vínculos con los independentistas, tenía muy cerca la acepción del vocablo jutía como ofensivo. Un jutía era un cobarde; alguien que se escondía por temor. Sin embargo, los partidarios occidentalistas habían sentado su punto de partida en el Callejón de la Jutía (nombrado hoy Calle Serafín Sánchez, pero aún conocida entre los habitantes del pueblo como Calle de la Jutía), lo cual crea una cercanía, una relación de contigüidad entre el nombre del lugar y el que adquiría el Barrio. Aun cuando el bautizo no hubiese surgido tan dramáticamente como lo relata Minguí, sí debe pensarse que procede de un punto de vista peyorativo, de una teleología discriminatoria.
Es un fenómeno universalmente conocido que los grupos étnicos con mucha frecuencia suelen ser conocidos por nombres peyorativos divulgados sin un conocimiento justo de su significado. También muchos sucesos de índole política, social o cultural han marcado nominaciones curiosas en nuestra historia (recuérdese La Chambelona, por ejemplo). La diferencia radica en que, en este caso, el vocablo peyorativo pierde, por la acción de la militancia y la cohesión participativa, para ganar una semantización sustantiva. Ser jutío fue, prácticamente desde ese momento en que serían teleológicamente identificados, una filiación.
¿Qué sucede con sus rivales, los Orientales?
El procedimiento, en lo social, es muy similar al que he explicado para los jutíos, pero vale la pena detenerse en la formación del vocablo y en los motivos que lo llevaron a instalarse en el lenguaje. También como una respuesta peyorativa, los orientales fueron llamados ñañacos, y también lo asumieron como una condición identitaria. ¿Cómo semejante llamada fue una ofensa? Lo diré de una vez: el vocablo ñañaco parece una deformación de la palabra ñáñigo.
Si las comparamos letra a letra, el parecido es más que llamativo:
ñ á ñ i g o l } l ñ a ñ a c o
Los cambios de una variante a otra responden, primero, a la transformación del término esdrújulo original en una palabra llana, mayoritarias en nuestro idioma; segundo, a una sustitución de c por g —común en los hispanohablantes y más aún en el habla cubana—, y asimismo otra de a por i, completamente posible si se tiene en cuenta no solo la susceptibilidad de las vocales a estas mutaciones, sino que el sonido agregado en el vocablo nuevo crea una repetición cacofónica evidente. Tres cambios de los más comunes del habla popular cubana fundamentan la formación de ese vocablo nuevo. En el nivel lingüístico puede ser esta la forma más breve de explicarlo. Pero quisiera agregar algunas informaciones de índole social que no me parecen ociosas y que están relacionadas con la campaña que se hiciera en Cuba contra los ñáñigos.
Siguiendo las reseñas de El criterio popular de Remedios, a partir del año 1881, encontramos varias llamadas a eliminar el uso del tambor, puesto que se trata de “cosa de Ñáñigos”. En 1889 se dicta oficialmente la disolución de las Asociaciones ñáñigas, lo que haría las delicias del cronista que había asegurado, en la publicación del 27 de diciembre de 1888, que “hemos observado con disgusto que mientras en las demás poblaciones cultas de la Isla se ha prohibido en absoluto el tambor de los ñáñigos, nosotros sufrimos aún esa fea costumbre, incompatible con la civilización que alcanzamos”. La guerra, primero de opinión, después oficial y en ordenanzas, se había institucionalizado. Así es como ser ñáñigo pasa a tener una semantización peyorativa; es decir, pasa a ser una ofensa. Esto cumple lo relativo al nombramiento, pero sugiere algo que la tradición oral ha arrastrado: la incidencia social en cada uno de los Barrios.
La tradición oral asegura que con los Ñañacos se asociaron los de menos recursos económicos, negros y mulatos en gran parte y, por consiguiente, más reconocidos como rumberos; aunque Julio Flores, registrado por esa misma tradición como fiestero empedernido, se afiliara a los Jutíos. Mientras, según se repite, los Jutíos asimilaron a los más refinados culturalmente y a los adinerados. Si esto se lleva al extremo del estereotipo, debe ser completamente falso, puesto que, lejos de alimentarse, la competencia se hubiera diluido con el tiempo. Algo de cierto, desde luego, nos permite saber la tradición oral en este aspecto. Téngase en cuenta que el Barrio Oriente voltense asimila la simbología del remediano San Salvador, mientras que el Occidente sigue a El Carmen. Azul para aquel en la bandera, rojo para el último. El gallo para el primero como símbolo, el gavilán para éste. Y recuérdese entonces aquella cuarteta tan simpática que sienta las bases de este mito y que pertenece a los carmelitas:
Viva El Carmen con fervor,
con su luz y su bandera,
y mueran las chancleteras
del barrio San Salvador.
Otra cuarteta remediana relaciona, por contigüidad, al Carmen con la jutía. Este es el texto:
El Carmen y El Salvador
echaron una porfía.
El Carmen comió jutía
y San Salvador, lechón.
Se hace clara la connotación peyorativa de la jutía, en oposición al lechón, que es manjar de pueblo. La significación mediante la contigüidad de las comidas forma parte de la tradición popular misma a escala universal. Si se tiene en cuenta, además, que la cuarteta proviene del Barrio al que se le atribuye un menor nivel cultural, o sea, una escala inferior en la tipología social cristalizada, se comprenderá cuán cercano a lo desechable estaba el concepto jutía para un universo de codificación semántica popular orientado en los dominios del habla.
Lo que resulta graciosamente enigmático es que estas coincidencias tracen una línea tan vertical de un Barrio en Remedios a aquel que debe homologársele en Vueltas. ¿Será que, desde un inicio, desde esas mismas celebraciones de La Candelaria que Martínez-Fortún y Foyo relaciona, Vueltas tuvo ya una actividad parrandera? Esta es una pregunta que no he logrado responder aún, y me gustaría hacerlo, de ser posible, positivamente, aunque ello desbanque una de las tesis que sostengo en el ensayo La Parranda.
Además, a Fernando Ortiz lo persiguió siempre el fantasma de la primera etapa de su obra en que los ñáñigos alentaban el lugar común de la marginación imprescindiblemente delincuente, es decir, del hampa cubana, o afrocubana, para especificar aún más las señas de discriminación. Se arrepintió de haberlo hecho, pero la obra estaba escrita y varias veces fue atacado por ello. Es, no obstante, La Parranda la que con mayor facilidad reivindica la significación de los vocablos, puesto que orgullo similar a jutíos y ñañacos de Vueltas profesan chivos y sapos de Camajuaní, para tomar solo el ejemplo más reconocido.
Y así como el propio nombre del Barrio, por su función, ha cambiado su connotación semántica, un amplio listado de frases y palabras se han resemantizado para adquirir un significado nuevo dentro del lenguaje especial de La Parranda.