El Mejunje: nosotros y los otros
En las palabras introductorias de su excelente libro Agradecido como un perro, publicado en 1983, el poeta Rafael Alcides afirmó: «Quise escribir un libro que pareciera un hombre». A estas alturas del tiempo —agosto de 2010— ante el volumen No pido permiso para hacer (Ediciones Sed de Belleza, 2010), escrito por Alexis Castañeda Pérez de Alejo a partir del testimonio de Ramón Silverio, lo primero que se me ocurre decir es que estamos ante un libro que, aun pareciendo un hombre, da la imagen de mil.
Porque en El Mejunje, espacio cultural emblemático de la ciudad de Santa Clara, cada uno de nosotros es siempre, progresivamente, uno mismo y la multitud. El Mejunje multiplica, pluraliza, expande. Todos somos nosotros y los otros, aunque nos separen eso que llaman “preferencias”, sexuales o religiosas, rumbos intelectuales, credo político o, simplemente, origen. En el Mejunje casi nadie es “yo”, pues se atenúa hasta lo mínimo el singular; todos somos “nosotros junto con los otros” mezclados en inédita aleación de sueños y delirios.
En las apoteosis de los “Viernes de la buena suerte”, “Arráncame la vida”, “La Trovuntivitis”, “Tarde con los filimbusteros”, “La rockoteca” o cualquiera de las muchas peñas que en El Mejunje fluyen, nos sentimos una sola persona que, aun siendo todos, se parece por pasión a cada uno. En los festivales de teatro de pequeño formato, en los shows de travestismo, en las ingrávidas y —para mí nostálgicas— noches de cinemateca, con justicia llamadas “El Mejunje no cree en lágrimas”, se genera y explaya el proceso de ósmosis social, de arqueología del espíritu más intensa que se recuerde en los espacios de nuestra cultura. Hasta podríamos suscribir esta expresión de Kishnamurti: “He descubierto para y por mí mismo que no hay «yo» qué realizar”. Porque a todos nos guía la misma intensidad, todos vamos hacia la misma meta: el sano espectáculo de la convivencia y la multiplicación, el raro eclecticismo que metamorfosea, con poética conflictividad, nuestras identidades.
Esa cualidad irrepetible del Mejunje se concreta, sobre todo, a expensas del liderazgo de un hombre que ha sido muchos, y a ninguno renunció en la ruta, ya larga, que viene cubriendo. Tal vez en muchos otros lugares de este país la cultura popular tenga garantizados oyentes respetuosos y a tono con su aire, pero una de las aristas más sobresaliente de El Mejunje es su espectador promedio, pues también se autodiseña en la mixtura. De esa forma, a los habituales no nos sorprende —como sí deslumbra a los forasteros— que la misma persona que escucha y baila un reguetón mecánico sea quien más tarde se deleite con una guajira interpretada por Ernestina Trimiño, un cha-cha-chá con el que Felo Valdés junto al saxo de Brínguez soliviantan la noche (porque son orishas), o un ingrávido concierto bajado de las estrellas por José María Vitier. A lo mejor no es la misma persona —sino ella misma y otras al unísono— quien se extasía con tanta mezcla, mas no olvidemos que en El Mejunje todos somos el mismo cuerpo con muchos seres humanos batiendo su sangre.
Oír la voz de Silverio desde la páginas del testimonio que le arrancara Alexis (escritor y transcriptor), nos lo dibuja, sano e incurable, en los días prerrevolucionarios de su niñez en un campito no por casualidad llamado Casualidad, pues de casualidad se establecía lo humano en su aire. Allí Ramón lo mismo le leía el ensalmo a un matungo que enseñaba las primeras letras, tras aprenderlas él mismo, en una escuela rural. Nos conducen también Alexis y Silverio hasta las lomas, los poblados perdidos que recibieron, con Los Colines, los toques del bastón encantado de un duende empeñado desde siempre en perfilarle infinitos adicionales al firmamento interior de cada quien. Nos remiten también a los días fundacionales de la Brigada Artística Eduardo Saborit (la primera de las obras culturales de a pie del testimoniante, en los años setentas); nos guían por ese barrio periférico llamado Caracatey, donde también atracó Silverio para practicar, de manera tristemente infructuosa, la máxima confuciana: “El objetivo no es la «salvación», sino la sabiduría y el autoconocimiento”. Queda este curioso pasaje del Caracatey, en el libro, como constancia de la única derrota que el burocratismo le infringió al empecinado promotor, o acaso como la única espina en el alma que le queda a quien, con El Mejunje, pudo saciar el inconmensurable afán de pequeñez grandiosa que lo guiara siempre.
Este libro redactado por Alexis tiene, sobre todas las demás, la virtud de regodearse con deleite en el Ramón Silverio de El Mejunje, porque ese espacio (tan impensable e imposible como soñado y posible es) devino puerto para todas sus travesías. La iluminada tozudez del capitán que nunca abandona la nave ni le entrega las armas al enemigo, nos alumbra. Con lenguaje cotidiano ambos (autor y actor) nos presentan, por sus nombres y apellidos, a aquellos que, desde la misma trinchera —que no es la misma, que no es igual— no calibraban quilates a su utopía. De esa forma chocamos con los arrecifes que debió sortear El Mejunje para llegar a ser este espacio que hoy expide —por fuerza, sensibilidad y paciencia revolucionarias— pasaporte, para toda la ciudad y sus noctámbulos, hacia cientos de fronteras invisibles.
Por este libro, desde la ingenua mirada del niño campesino que fue Ramón Silverio, pasa la bondad de una revolución —con cuyos días iniciales tuvo el privilegio de sorprenderse— porque de ella recibió su caudal de esperanzas, la certeza de que lo imposible sucumbe ante su antónimo siempre que a este último lo anime una voluntad forjada con el fragor de los sueños. Una revolución a la que debe también, como filosofía, la firmeza de no entregar las esencias a cambio de nada. Una sola afirmación (que no aparece en el libro, pero es frecuente en el discurso “silveriano”) bastaría para confirmarlo: “En el Mejunje todo se oferta en moneda nacional —afirma con orgullo— porque el día en que el dólar entre aquí, por donde mismo él entra, salgo yo”.
No puedo dejar de referirme a la buena mano de escritor con que Alexis Castañeda supo reproducir, con sagaz oficio y sabor, la oralidad del testimonio recibido; la agudeza con que jerarquizó, en el maremágnum de anécdotas, personajes, sucesos extraordinarios, rescates puntillosos, el hilo de una vida que se pensó desde sí misma para ser la de muchos.
Agradezcamos, entonces, a Alexis y a Silverio este libro que resuena como una multitud en las paredes de nuestra Santa Clara, en los amados recovecos de este espacio al que siempre, pese a las muchas otras cosas que representa en el imaginario colectivo, quienes tuvimos el privilegio de asistir a su nacimiento, en el lejano 1984, seguiremos llamado, hasta la mudez eterna, “el rinconcito más bohemio de la ciudad”.
Santa Clara, 13 de agosto de 2010