Vueltas a la Parranda: Primeros años del siglo XX
Durante los primeros años del siglo XX, la Parranda voltense transita por su infancia, con iniciativas esporádicas, a veces descentradas de la estrategia fundamental de competencia. En la Parranda del año 1900 se ven los rasgos de esta época inicial, en la que se busca una definición de la fiesta en sí misma y se hacen intentos por desprenderse de la imitación innecesaria, o por asimilar lo imitado de la forma más propia posible, esto es: en virtud de una búsqueda identificatoria que distinga al estilo de la localidad. Aún en esa época se solía exhibir los Trabajos de Plaza, tan apreciados en Remedios. Los Barrios levantaron Arcos de Triunfo que demarcaban sus zonas. Se advierte, además, una clara relación de estas festividades con la fiesta barroca americana, que ha tomado de la entrée de procedencia romana sus Arcos Triunfales y su desfile militar ritualizado, para reestructurarlos en virtud de una geografía inmediata, casi siempre estrecha y tortuosa en poblaciones como las nuestras, y en relación con las fuentes ideológicas hegemónicas del momento.
Los partidarios del Barrio Jutíos se situaron al inicio de la calle Juan Bruno Zayas, en la cual desemboca justamente la de La Jutía. Estuvieron presididos por Indalecio Manso, a quien llamaban Koskio, porque también sufría la manía de deformar vocablos.
Los partidarios del Barrio Ñañacos se situaron en la calle Agramonte, en la cual desemboca la de El Combate, donde establecieron históricamente su centro de reunión y partida del changüí, esquina a Villuendas, frente al parque de La Libertad, bajo la presidencia de Carlos Nodal.
Se advierte, también, una primera apropiación del espacio central del pueblo. Partiendo de sus refugios un tanto marginales para la geografía esencial de la comunidad, se acercarán a las zonas más centralizadas. Los Occidentales junto a la iglesia; los Orientales junto al parque que recién se ubicaba en la vida focalizada de la población. Esta topografía, lógicamente, recibirá sus variaciones según cambien los centros de concentración comunitaria y los intereses de la competencia misma. Pero, desde entonces, refleja la vinculación esencial que se establecerá entre esta festividad y los principales intereses de la comunidad.
Los Arcos de Triunfo delimitaban un espacio completamente vedado para el contrario, elemento que aprovecha el historiador local, Evaristo Díaz Carrillo, para narrar cómo la avanzada jutía, que no escuchó con claridad la orden de Indalecio Manso: “Por el costayo de la García, y alante con los faroles”, atravesó el Arco rival. Proliferaban, también, los trabajos artesanales y las carrozas, por supuesto, pequeñas.
Intentaré una breve relación de lo exhibido ese año.
Además de los Arcos ya mencionados, parecen haber paseado por las calles principales del pueblo las carrozas “El paraíso terrenal” y “El barco guerrero”, por los Ñañacos; y “La bola del mundo”, “La Calibra” y “Las amazonas”, por los Jutíos. Relata Evaristo Díaz que al barco ñañaco le explotó de forma imprevista uno de sus cañones, lo que causó un accidente a su propio creador, Ricardo Manso. También “La bola del mundo" sufrió un accidente, pues se quebraron los hilos que la sostenían y cayó sobre la cabeza de su propio constructor, Paulino Poch, alias El Toro. Es interesante, no obstante, el hecho de que esa Calibra —hecha, también, por Paulino Poch y por el catalán Versardú— fuese una especie de Tarasca, convertida en un caimán con cuernos. Pienso que la presencia de un catalán en su construcción permite ya cierta relación con la propia fiesta barroca peninsular más que con las manifestaciones trasladadas desde Remedios. Se evidencian tres características que pasarán al gusto popular en el devenir de La Parranda voltense: Primero, la preferencia por las figuras de tipo fantástico, en desplazamiento; segundo, la aparición de efectos de animación en esas representaciones inanimadas, hieráticas; y tercero, la búsqueda de una adaptación de esos temas que capte más rápidamente la atracción del espectador.
De los trabajos fijos o de Plaza solo se relacionan dos en las memorias de Minguí, casualmente ambos del Barrio Oriente. Una miniatura de la iglesia de Vueltas, con procesión y todo, hecha por Bernardo Leiva, y cinco torres que fueron situadas en las desembocaduras de las calles que dan al parque de La Libertad. Cada una de ellas debía iluminarse de acuerdo con un plan cronológico, hasta terminar en una representación del Ángel de La Libertad, ya que las torres descubrirían imágenes de generales de la guerra de independencia. Pero el Ángel, en su turno, estalló totalmente, y quedó así una alegoría para la Historia: la independencia estaba lograda, pero la libertad había estallado.
En esta época, el peso de la competencia estaba fuertemente vinculado con el evento del Fuego, con la pirotecnia. Es por eso que los Jutíos se parapetaron tras una especie de fuerte desde el que dispararon salvas durante toda la Nochebuena. Construyeron, además, un muñeco que representaba a José Pimienta —concebido por Guillermo León— y lo hicieron estallar en el medio de la calle. Sus rivales quemaron un globo con un muñeco que representaba a Ciprián Rueda y elaboraron, gracias al trabajo de un pirotécnico remediano, la aparición de un amolador de tijeras tras una explosión de luces de bengala. Tanto por uno como por otro Barrio se pasearon faroles en el Changüí. Transculturadas y reasimiladas, detectamos tanto la supresión del rival por un recurso ígneo —lo que refunde la tradición de la quema del muñeco de San Juan con otras algo más recónditas—, como el regocijo en el detalle decorativo propio de la estética artesanal china.
Así tenemos los elementos de La Parranda para ese momento. En primer lugar, Trabajos de Plaza, aunque el poblado no disponía de una Plaza adecuada para tal festividad, como sí la había en Remedios. Casi tan importante como lo anterior, los Fuegos artificiales, la presencia de las explosiones en la actividad competitiva. Y, después, las Carrozas y las iniciativas del Changüí. Quisiera destacar, además, una característica que está presente en toda la historia, desde el siglo anterior: la espontaneidad.
Espontáneamente se saludó, por ejemplo, el levantamiento de 1895, y espontáneamente, también, se prepararon faroles y artesanías para ese año. Esto lo señalo porque Minguí, acostumbrado como estaba al enfrentamiento sintetizado entre dos Barrios, decidió eliminar de la historia instantes que, si bien no tuvieron la organización requerida, sí constituyeron manifestaciones parranderas claras. Así sucedió con la celebración de la instauración de La República, cuando se paseó una Carroza alegórica en la que se conjugaban las figuras de Cuba, América y España. No era una carroza de competencia, tiene razón nuestro esforzado cronista, pero sí constituye una prueba de que todo tipo de celebración, ya en ese momento, nuestros pobladores lo relacionaban con La Parranda. No solo el hecho de exhibir la carroza, sino además el carácter alegórico de la misma, nos acerca sobremanera a esta conclusión. La Parranda era, ya en ese tiempo, un suceso necesario para los ciudadanos: había tomado arraigo en su cultura.
Las dificultades, claro está, radican en el factor económico, en el carácter espontáneo del financiamiento. De ahí que fuera imposible mantener la tradición año tras año en un pueblo donde no existían grandes empresas y en el que eran ahogadas muchas de las que se intentaban. Con cultura solamente no se desarrolla el folclor. Por eso considero que el principal logro de La Parranda de ese período está en no haber desaparecido, en mantenerse viva en el trasfondo a pesar del aparente silencio. Por eso, también, la relación debe ir directa, de la fecha anterior, al año 1914.
“Y cómo fueron estas parrandas de 1914 ¡Formidables! —escribe Evaristo Díaz Carrillo— Cada barrio echó el resto”.
Antes de comenzar la relación quiero apuntar una característica que va a hacerse notoria en este caso: la proliferación de trabajos y salidas, o entradas, de carrozas. El 6 de enero de 1914 cada Barrio realizó tres entradas y se agregaron, además, varios trabajos fijos por cada uno. Otra característica se encuentra relacionada con que, precisamente por lo pequeño de las carrozas, en ellas solían salir niños como figurines. Parece una larga infancia para la historia de La Parranda voltense.
El barrio Occidente, Jutíos, presidido por el casillero Jacinto Cancio y su esposa Carlota García, ocupó la zona de la calle Manuel Herrada casi esquina a Juan Bruno Zayas. Allí situaron como Trabajos de Plaza un arco rosa, un barco construido por Antonio Vega, que lograría disparar velas romanas a lo largo de toda la noche, y otro barco que aportaría un colaborador espontáneo de Vega de Palmas al que llamaban Pepe el loco, seguramente buscando una identificación original.
El Barrio Oriente, Ñañacos, presidido por el propietario del Café Central, Lorenzo Gómez, y la asturiana Lolita Álvarez, ocupó su habitual calle Agramonte hasta la esquina con Manuel Herrada. Allí, después de una glorieta que fuera objeto de disputa legal inmediata ante las autoridades del Ayuntamiento, situaron una pagoda china y un pequeño barco, construidos ambos por Venancio Rojas. Se trataba de dos obras en miniatura en las que se admiraba el trabajo artesanal. Se agregaba el aporte del canario Candelario Expósito y su familia, que consistía en un barco nombrado “La Nautilus”, en honor a la primera embarcación española que tocó puerto cubano tras la independencia; y un castillo construido por Gilberto Busutil, quien, además, consiguió fabricar un aeroplano que recorrería el trayecto del Ayuntamiento a la Sociedad Cuba y que dejaría muy grata impresión en los espectadores. Por último, los Orientales emplazaron un arco de triunfo de color azul, hecho por Casimiro García, que fuera inspirador de la siguiente cuarteta:
Te voy a poner un tema,
el tema de llego y viro,
que los Ñañacos perdieron
por el arco ‘e Casimiro.
Además, en la mañana del día 7 apareció en ese arco azul una chiva que era propiedad de Minguí, hecho cuyo significado no logro comprender, aun cuando el laborioso investigador voltense da por sentado que el sentido es evidente.
Debe señalarse la importancia de los fuegos artificiales para estas fiestas. Varios de estos emplazamientos que he relacionado, de ambos Barrios, servían también de base artillera. En cuanto a este tema vale destacar una coincidencia que está fundamentada, de nuevo, en la incidencia del sentimiento patriótico en la fiesta y en la importancia que la comunidad concede a los sujetos que le pertenecen. Sucedió que ambos Barrios, en su carta de triunfo, hicieron aparecer el retrato del recientemente fallecido Manuel Herrada, quien fuera teniente capitán del Ejército Libertador y, posteriormente, alcalde de Vueltas.
Las carrozas exhibidas por el Barrio Oriente fueron: “El tintero” y “La estrella solitaria”, ambas con elementos sorpresivos o de descubrimiento, como las reconoce la población parrandera; “Los siboneyes”, construida por Pablo Calvo; un carromato inmirable al que todos llamaron “El carro de Eleque” (que era el nombre de su constructor, quien había conseguido movilizar a la muchachada buscando restos de papeles que habían servido para envolver confituras); “El circo”, en la que se lograba un efecto de movimiento con las fieras; y “El reino”, “Sueño de una niña detrás de una mariposa” y “La góndola”, construidas las tres por el pintor zulueteño Juan Depestre. Con ellas cerraba el Barrio su tercera entrada. Esta, sin embargo, confrontó serios problemas con la iluminación, pues “las antiguas bengalas azules y rojas” se vieron superadas por una iluminación más clara y actual de los rivales, aunque, según el testimonio de Hermes Alemany, los Jutíos habían hurtado las luces de los Ñañacos del bar donde habían sido guardadas.
Las carrozas occidentalistas fueron: “Actualidad mejicana” y “Los pensamientos”, dirigidas por el funcionario del Ayuntamiento Antonio Pimentel; y “Los tulipanes” y “Los Reyes Magos”, traídas desde Zulueta por un voltense que también era funcionario del Ayuntamiento en ese pueblo: Guzmán Monteagudo.
A continuación, penetramos en un lamentable vacío. La mayor parte de las escaramuzas o Parrandas improvisadas de todo este período no fueron consideradas como Parrandas y los detalles acerca de ellas escasean. El entusiasmo se mantenía, con la lógica esporadicidad, durante todo el año. El propio Evaristo Díaz asegura que “a pesar de todo, siempre había entusiastas que iniciaban las Parrandas al llegar Noche Buena” y que él mismo consiguió una carroza y la paseó “un domingo”, sin precisar fecha. Por ello, y siguiendo la línea metodológica trazada hasta aquí, sería necesario considerar el enfrentamiento de 1904, en el que los parranderos de ambos Barrios rivalizaron tanto en iniciativas artesanales como en fuegos artificiales a partir de un changüí liderado por Julio Flores en la propia Nochebuena. En esa justa tuvo una relevante implicación Saturnino Garay, a quien, entre otros, se le atribuye la deformación del vocablo ñáñigo. En un changüí se concentraba prácticamente todo el arsenal de La Parranda. Los Barrios, incluso, compraban o mandaban a construir trabajos fijos o carrozas para estas ocasiones.
Lo que diferenciaba a estas celebraciones improvisadas de las otras que la tradición histórica local sí considera como Parrandas, se ubica en el carácter institucional formalizado que es posible atribuir a las reconocidas, frente al carácter informal de aquellas otras que el viento se ha llevado. La tradición no se hubiera mantenido si verdaderamente hubiera existido un vacío absoluto en esos años que, como no es difícil notar, bastan para que se pase de una etapa de edad a otra. Estas manifestaciones espontáneas, aun cuando no presenten un cuadro organizativo como para exposiciones de logros, sí advierten sobre la insistencia en el hecho folclórico, e incluso hacen pensar que pudo haber otras que la tardía recopilación no pudo atesorar.
Anoto, por ello, el año 1910, en el que el Cometa Halley se apoderó de los temas de los Arcos de Triunfo, aunque su carácter espontáneo no le haya concedido mayor despliegue representativo. Podemos agregar que si Nicolás Padrón, el artillero de los Ñañacos, “cada año fabricaba nuevos cañones”, como testimonia Evaristo Díaz Carrillo, no significa, de ninguna manera, que tuviésemos vacíos tan prolongados en la historia de La Parranda. Considero, por tanto, los años 1918 —24 de diciembre—, 1919 —2 de febrero— y 1922 —abril— como fechas a tener en cuenta. En ellos se ubica la construcción, por parte de Pedro Calvo, de un majá que perseguía a una jutía asustada, como carroza de corte satírico, y de “Diana Cazadora” y “La bailarina del aire”, hechas por Pedro Viera para los entusiastas muchachos Ñañacos y que no alcanzaron éxito al ser consideradas “demasiado refinadas”. En el lado Jutío se ubicaría la descomunal jirafa de Paulino Poch, que condujo a “romper una pared para poder sacarla”, y la estrella del robusto pintor de brocha gorda, zurdo por más señas, conocido por Salomón, a quien gustaba sentenciar:
–Lo mismo es Dios que un caballo; llevando la carga pareja…
Un satírico anónimo dedicó a este personaje una cuarteta:
Oh, criollo Salomón,
buen pintor de brocha gorda,
si el caballo no te engorda
ponle a Dios un buen serón.
Y, lo más renombrado de todo, los habituales enfrentamientos a cañonazos que protagonizaban Conrado Alemany, por los Jutíos, y Nicolás Padrón, por los rivales. Los cartuchos Lafusie, que se vendían en los establecimientos, servían de base para su artillería. Este es, sin embargo, uno de los pocos casos en los que la tradición intenta incorporar la lucha directa, por acciones de fuerza o agresivas que ponen en peligro la vida de los ciudadanos. Costumbres semejantes no se arraigaron, sino que, por el contrario, la fiesta buscó en sus manifestaciones artísticas su realización más plena.
Del año 1922 relaciono dos notas curiosas. Primero: mientras que el Barrio Ñañacos designó, como era habitual, un presidente: Francisco Hernández, los Jutíos emplearon una pentarquía, de la que se recuerdan los nombres de Valentín González Espinosa, Belisario Valdés, Enrique Amargós y Andrés León. Segundo: estas Parrandas culminaron en dos fiestas cívicas —una por cada Barrio— el 20 de mayo, con fuegos artificiales incluso, debido a que las mujeres de la más alta sociedad del Barrio Ñañacos —Sonia y Rosa Casallas, entre ellas— organizaron, en respuesta a un Entierro del Barrio hecho por los rivales, una Resurrección que fue abucheada y apedreada desde el portal de la Sociedad Cuba. Su reacción fue utilizar su incidencia en la Alcaldía para negar su derecho a La Parranda, aunque la competencia continuó su extensión hasta las fiestas cívicas.