Elogio del sueño y la locura
(En el veinte aniversario de Ediciones Capiro)
Una persona de veinte años es muy joven aún; un amor de veinte años califica como venerable. Jóvenes eran aquellos poetas y promotores cuando, en septiembre de 1990, le dieron vida y amor a Ediciones Capiro, uno de los proyectos más maduros de la actualidad cultural villaclareña.
Madura y de alma joven sentimos a nuestra editorial en su plenitud de amor veinteañero. Porque Capiro ha devenido herramienta imprescindible para agasajar a los lectores (encáustica locura de soñar) con la idea de antagónicos enfoques, la trama sorprendente y cotidiana, el verso: por momentos sosegado, crepitante, movilizador.
La que hoy se llama Editorial Capiro cumple sus primeros veinte años, y en el obligado recuento vienen a la mente sus días fundacionales, cuando el país se reinventaba de nuevo en la cuerda floja de la sobrevivencia. Aquella precariedad material que sobrevino con la desaparición del campo socialista, contrario a lo que la lógica pragmática dictaba, más que limitación devino acicate espiritual imprescindible para darle vida a la trascendente criatura. Capiro es hija, pues, de ese principio, tan caro a los programas de justicia social gestados por la Revolución, que entonces le asignó a la cultura un protagonismo esencial en el proyecto de resistencia con el cual los cubanos hemos nutrido, desde siempre, a la esperanza.
No es totalmente cierto que soñar no cuesta nada, porque cuando la dimensión del sueño coincide con el largo de la vida, soñar cuesta consumir (y consumar) la vida en el sueño. Una vida y un sueño donde los años duran segundos y los segundos valen centurias. Con ese dulce vértigo hemos vivido estas dos décadas y nos parece que la realidad se parece al sueño, y que ambos —vida y sueño— alcanzaron la velocidad de veinte años por segundo de manera casi imperceptible.
Con la velocidad de la luz el sueño obtuvo cuerpo y se hizo anciano-joven-luminoso. Un sueño muy caro y de inestimable valor, porque suma almas y anhelos depositados en su ejecutoria. De una forma u otra, con Capiro hemos soñado todos (autores, editores, críticos, investigadores, promotores, políticos, pedagogos, funcionarios) empeñados en salvar del silencio a las buenas palabras.
Lo que más nos deja el sueño son ganancias: memoria cultural, registro de reivindicaciones, recuento de vidas, testimonio de luchas, propuestas de futuro. De la realidad con que se corporiza nuestro sueño exhibimos con orgullo los cientos de títulos que conforman una bibliografía variada y rica, tanto por la masa de autores que abarca, como por sus valores literarios, acogidos a una imagen editorial en laborioso ascenso.
Debemos celebrar los veinte años de la principal casa editora villaclareña como lo haría alguien que de pronto descubre que tiene voz y puede cantar, porque Capiro, en buena medida, le puso voz a un movimiento de autores que desde los tempranos años sesentas ingresó en la vida literaria cubana y apenas disponía de espacios donde expresarse. Tres promociones —visibles ya en las letras cubanas— de escritores villaclareños, le deben a Capiro buena parte de sus currículos. Importantes firmas del país hallaron en Capiro la generosidad de sus puertas abiertas en aquellos difíciles momentos en que —lejos del boom de las plaquettes— era prácticamente la única casa editora que en el país publicaba libros y folletos encuadernados.
Naves para el debut y la consolidación, además de una brújula para la expansión del imaginario territorial hacia el país y el mundo describen los itinerarios programáticos de Capiro. Por ellos se orientan muchas proas. Gracias a la pericia de nuestros timoneles somos hoy, como nunca antes, un puerto visible en el mapa literario de la isla.
Conviene entonces celebrar la ocasión con la certeza de que nuestra Capiro es ya la Capiro del futuro vislumbrado por sus fundadores. E igual de saludable sería renovar sin tregua el sueño para que, con el tamaño de otras vidas, nos sigamos proponiendo nuevas utopías mayores y mejores.
Ellas rutilan en el confín —vírgenes aún— aguardando el beneficio de próximas locuras.
Santa Clara, 21 de agosto de 2010