A Eloy Machado Pérez, el Ambia, lo conocí después.
Inicialmente llegué a su primer libro Camán lloró, que en “lengua” quiere decir “llora conmigo”.
Yo trabajaba en la UNEAC, como vicepresidente del Fondo Económico Literario y Artístico, (institución esta de la que algunos no quieren acordarse), como responsable de las publicaciones de libros y revistas. Y Camán lloró había salido publicado por Ediciones Unión, con la edición de Miguel Barnet y una nota de Cintio Vitier. De esta última vale la pena recordar algunos fragmentos:
“A veces se nos olvida lo que es un poema. De tanto leer, o hacer poemas que en verdad no lo son, sino sombras o astillas de poemas posibles o imposibles, se nos olvida tanto, que nos parece que ya no nos gusta la poesía. Pero cuando de pronto, y por la esquina más inesperada, se nos aparece el poema real con su poeta, conocido o desconocido, volvemos a saber y a saborear, como la primera mañana del mundo, lo que es la poesía, que no consiste en describir emociones o sucesos sino a partir de ellos, de sus adentros, -en principio incomunicables- para expresarlos con su propio lenguaje, el que la vivencia misma crea cuando su oscuro arde. Así nos ocurrió con los poemas de Eloy Machado Pérez, soldador y poeta revolucionario, con su lenguaje popular cubano, acabado de nacer, y maduro, completo desde todo su ritmo, todo su dolor, toda su alegría. Lenguaje raíz, coloquial de verdad, común de uno, inventor de sí mismo. Lenguaje pueblo. Qué alivio, otra vez: la poesía existe”.
Y al final decía Cintio con cierta euforia: ¡Desde Heredia hasta Guillén, los poetas cubanos te saludan, cantor de Jacinta la sufrida, Felicia la caminanta y Camán lloró!.
Luego, el general poeta Efigenio Ameijeiras, en su prólogo al propio texto agrega:
“Una poesía popular como esta, que tiene su origen más allá de la clase proletaria, en el grupo de desocupados que suman dos tercios de la población de casi todos los países del Tercer Mundo, es posible, que, por su lenguaje, rudo a veces, sin exotismo, haga sonrojar a gente que nunca ha deambulado por las calles, que no ha conocido un asilo, una cárcel, un barrio de yaguas, etcétera, pero que deben saber que por aquellos se hace la Revolución.”
Entonces comencé a leer el libro.
Cuando acabé, aún con el sentimiento anegado y confuso, me di a la tarea de buscar al hombre, al poeta, al Ambia.
Ya había oído hablar de la frase de Nicolás Guillén sobre el nuevo texto, catalogándolo como “el Sóngoro Cosongo de esta época” y su decisión de que buscaran a Eloy, que dejara de trabajar en la construcción y le dieran empleo en la sede nacional de la UNEAC.
Y un día lo vi saliendo de la sala Villena, le fui arriba y sin dejarlo respirar le dije: ¿Tú eres el Ambia?, yo me leí tu libro y quiero conocerte. Y a partir de ahí empezó una amistad que se ha ido enraizando cada día más y con más fuerza.
Eloy Machado Pérez nació en La Ciudad de La Habana en 1940.
Luego de vivir una tormentosa existencia se afilió en el gremio de los poetas cuando trabajaba en las obras del Hospital Ameijeiras como obrero de la construcción, participando en un Taller Literario que el propio Efigenio había organizado en la obra.
Su primer libro Camán lloró causó gran impacto en un importante grupo de intelectuales cubanos. Luego la propia vida lo ha convertido en un promotor cultural y dirige, desde hace varios años, su ya famoso espacio La rumba los miércoles alternos en el patio de la UNEAC.
Pero nunca ha dejado de escribir.
Tiene publicados los siguientes poemarios:
Camán lloró en 1984
Poesía IV en 1989.
Jacinta ceiba frondosa en 1992.
Callejón del suspiro en 1993.
Vagón de mezcla en 1998.
Del uno al seis la vida en 1999.
Por mi pura en el 2003.
Su plaquett “El Oriaté” fue incluida en la antología 14 poetas contemporáneos cubanos publicada en Argentina por Bianchi Editores.
En el 2006 el Festival de Poesía del Club Anthares, de Trieste, Italia, lo condecoró con la orden Poeta por la Paz.
En su quehacer literario y cultural ha visitado algunas de las islas del Caribe.
Del accionar poético de Machado Pérez, siempre he dicho medio en broma y medio en serio, que igual que en nuestro ámbito proliferan los pintores naif, quienes teniendo un amplio mundo pictórico que trasmitir lo hacen de la manera que mejor pueden, quizás sin tener dominio de la técnica.
Existe un poeta naif, el Ambia, que posee un caudal inagotable de poesía que ha de ser dicho, trasmitido y para ello usa como instrumento fónico y gráfico lo que él mismo ha etiquetado como el lenguaje marginal.
La poesía del Ambia como toda obra artística que se respete ha tenido y tiene sus amigos defensores y sus enemigos detractores. Pedro de la Hoz ha dicho muy bien en el prólogo del texto Por mi pura lo siguiente: “Sus versos ríspidos y ritmáticos causaron admiración en unos y estupor en otros, y no faltaron los que bordearon, para no dar el frente, a este tipo de expresión poética, ni los que pensaron que era un fenómeno de circunstancias, un espejismo folclórico.”
Y entre los amigos defensores del Ambia, entre los que creyeron en él desde un inicio, se cuentan voces poderosas, primero Cintio y Fina entendieron lo genuino de su mensaje y luego el propio Nicolás Guillén, que al insertarlo en la UNEAC, logró que estuviera cerca de las principales voces literarias cubanas, y allí sigue y estoy seguro que solo se irá cuando le toque el último viaje a Colón, este sin regreso.
Evidentemente que en el Ambia se descubre una voz auténtica. Todo en él es auténtico. Sus enemigos lo han querido ver como alguien impostado, montando un personaje para ganar popularidad. Pero el Ambia es así, como su poesía, lleno de crudeza y de franqueza, sin paños tibios. Cuando él te dice: “No sirvió Ambia”, está haciendo uso de un poder de crítica demoledor, casi apocalíptico, en la idea de alguien lleno de honestidad, que no tiene pelos en la lengua porque nunca le salieron. Así es este hombre. No se parece a nadie aunque es gritón, alardoso, machista, bromista y gran amador como todo buen cubano.
Su poesía, cuando se mira bien, no tiene ningún rasgo racista, es tanto el humanismo que la desborda, que aquellos sentimientos atávicos de rencor, resquemor y vergüenza, propiciados por una niñez más que miserable entre otras cosas por el color de su piel, palidecen ante la autenticidad de su voz, esa voz que tiene muchas verdades que decir, muchas palabras a las que darle cuerpo, apasionándolas, trucándolas para que estén más cerca de su mensaje, de la intención.
Y de la misma manera que usted se encuentra entre sus versos palabras de origen carabalí, o bantú o congo, de nuestros orígenes ancestrales, como ebosi eboada, maferefún, asoiro ibondá tete cairán, el poeta logra con palabras comunes del hablar cotidiano, que son las de él, armar audaces metáforas como “ventanal de sus labios”, “poema en jícara en la palabra”, “tengo sueño de mirar a los labios que no quieren besarme”, “he escuchado comer al hambre”, “el agua de la vida hizo blanco al nacer el verso”.
También el lector suele encontrarse armando la estructura de sus poemas nuevos términos aportados al idioma como amorisqueaba, palabra polvoreada; compendiando, la baraja briseaba, amor de apologismo; yorubizaba el cuerpo, el rosal de coco blanco.
Véase si no estos últimos versos de un poema de El callejón del suspiro:
Mi Cristo y yo
nos separamos
en la alta arache
cuando la luz lo lloviznó a él
y a mí no.
Por eso rompimos la guara.”
No obstante, yo tengo predilección por los poemas del texto Del uno al seis la vida, que evidentemente es mi preferido y se los recomiendo.
El Ambia es absolutamente un poeta de cuerpo entero, lo ha sido y lo será, para darnos el gusto de oír su poesía, que ya por siempre quedará como una variante poética más en esta etapa creativa surgida con y por la Revolución, tan rica en voces y matices y con una calidad que asombra.
Pero como ya les he dicho lo que pienso al respecto, quisiera apoyarme en otros criterios y por ello volveré sobre la opinión de algunos intelectuales que de manera específica, han abordado su obra.
Comenzaré convocando de nuevo a Cintio Vitier, que en su prólogo a Jacinta, ceiba frondosa, siete años después de haber reflexionado sobre el poeta y su poesía en Camán lloró, nos dice ahora:
“La poesía busca con palabras romper lo que las palabras han cerrado, abrir una brecha y ver lo que hay afuera, de la otra parte, en el otro todo, y casi nunca puede organizarlo, salvo si hablamos con ojos como Dante o Rimbaud, en edificio o relámpago que no traicionen. Mucha poesía de aparente buena organización, bien peinada y con zapatos seguros, es tan falsa como una maqueta, un simulacro, un maniquí… A mi cada vez me gusta más la poesía del fracaso, que es todo lo contrario de la poesía fracasada, que para mí es la otra. El fracaso de que hablo es la felicidad, o más bien la dicha. No se puede ordenar mucho la cosa, faltan y sobran piezas, el lenguaje brinca como un chivo, pero de pronto el ojo se pega a una rendija y bebe una bienaventuranza que es como lo desconocido picoteando maíz en nuestra mano… Ahí están con sus palabras, mezcladas a las nuestras, dándoles un poco de su sal y de su miel, de su jolgorio y de su barco de hueso que parte la neblina. Los dioses de la pobreza, nuestros dioses. Las madres de la pobreza, nuestras madres… Ah, no me pidan un juicio crítico, y menos imparcial, sobre Jacinta, ceiba frondosa. Estoy de parte de esta poesía como de la justicia, sin condiciones, como se está de parte de la belleza y sus cicatrices, las que le hicimos. Pero ella nos perdona y canta”.
Ahora traigo para ustedes las reflexiones de Guillermo Rodríguez Rivera en su prólogo a Del uno al seis la vida:
“Eloy Machado, el Ambia, se coloca en otro ángulo, asume esta poesía, (la negrista), desde otra perspectiva. Con él llega al poema el lenguaje del negro del solar, de la calle, pero ojo: no desde una visión costumbrista, anecdótica, que cuenta a los “extraños” las singularidades de un mundo que ellos no pueden asumir más que como exótico, y que puede quedarse en la pura eternidad… El Ambia emplea el lenguaje de los abakuá o de los yoruba, pero solo en la medida y en la proporción en que esas lenguas han incorporado términos que ya son dominados por amplios sectores de las zonas populares y aún marginales del país, y específicamente de La Habana, que es justamente donde la santería y el ñañiguismo se arraigan más en muchas esferas populares. Pero Machado, que emplea asimismo modismos del argot popular – del “caló” habanero --, no ha renunciado nunca al español. Se preocupa por elaborarlo ricamente en sus poemas, y no convertir su lenguaje en una jerga que renuncie a la disfrutable universalidad de nuestro idioma. Valdría la pena decir que la tensión entre el acervo de la lengua de todos y las transgresiones que el lenguaje popular y callejero le introducen, constituyen un válido signo de salud para el poeta y, por qué no, para toda nuestra poesía”.
Para finalizar he de comentarles que no hace mucho el Ambia me pidió que le compilara toda su obra poética, y ya cumplí la encomienda. También tendría que confesarles que el trabajo fue muy farragoso, ya que la mayoría de los poemas no estaban digitalizados, por lo que se podrán imaginar el esfuerzo que debí de hacer, aunque nunca me he de arrepentir de ello, porque me ha dado la oportunidad de lograr una visión total de la obra, y su desarrollo a través de los años, de ver cómo ha ido evolucionando poéticamente y también conceptualmente, asumiendo otras aristas y nuevos rumbos, desechando algún remedo folklorista y logrando un mayor dominio del lenguaje y las técnicas, en fin, haciendo una poesía de altos quilates.
Entonces dos cosas he descubierto: La primera tiene que ver con una intención personal mía que nunca he conseguido, y es poder conocer de primera mano, a fin de trabajar posteriormente como un texto de memorias, las vicisitudes de este hombre y llevarlas a una narración organizada.
Pero el Ambia siempre se ha negado a colaborar con mi empeño. Y ahora entendí el por qué de su negación. Cuando uno repasa toda la poesía se da cuenta de que en ella está inserta su larga vida, la pasada y la actual, y que no hace falta para nada utilizar los mecanismos de la narración.
Y la otra es que he corroborado algo que desde un inicio suponía: el trabajo del poeta con el idioma “del guetto”, no tiene nada de festinado ni de improvisación, ha sido manejado con seriedad y respeto, socializando el lenguaje marginal, logrando que salga de los marcos estrechos en que tuvo su origen y lanzándolo al mundo como un grito de modernidad.
Quiero terminar mis comentarios con una nota escrita por Eloy a la edición de Soy todo publicada en Buenos Aires, Argentina:
“Cómo escribir esta pequeña nota sobre mí mismo con un pasado tan violento para mí, que no me hace reparar ni un ápice de cuento, cuento que pudiera decirle ¡ají guao guao, como pica! Tan triste que soy capaz de llorar sobre estas humildes letras con tantas faltas de ortografía, de vivencia de nombre como Jacinta la sufrida, poeta del tiempo, mi madre; Felicia la caminanta, mi tía; Alberto Machado, mi papá; Angelita la baronesa, carterista, mi hermana, prima; Reinaldo Matienso y Díaz, amigo, papá.
Estos pequeños colegas, están marcados como la familia de aquella vida llamada por mí de invida.
Hoy, el público lector aplaudirá o no a estos héroes anónimos que germinó la natura en esta obra de Jacinta Pérez Rodríguez, la sufrida.”
Y finalmente, como colofón, les brindo uno de sus últimos poemas aún inédito:
REVOLUCIÓN
Revolución, déjame abrazarte con seriedad
de principio.
Revolución, gracias por darme la mano
en el abismo impío.
Revolución, donde la cárcel que me dio el coloniaje como techo.
Revolución, ya no robo en los cepillos de las iglesias.
Hoy sudo la camisa sin un grito de ataja.
Y cruzo a un ciego de una acera a la otra,
sin anexarme nada.
Revolución, hoy tengo el cielo de mi boca tan limpio