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Vueltas a La Parranda: 1928, año de cierre

Jorge Ángel Hernández, 17 de septiembre de 2010

Tras la intrincada maraña de fechas imprecisas que ofrece la Parranda voltense en las primeras décadas del siglo XX, con sus también imprecisas informaciones, se aviene un año crucial, con el que se cierra la primera etapa y se plantean los fundamentos identitarios posteriores: 1928. Y fue el dos de febrero, día de la Candelaria.

Este es el año que marca, en primer lugar, un desprendimiento de esa alargada infancia forzada por la pobre empresa económica y, creo, también por la pobre operatividad organizativa de los agentes espontáneos, tan decisivos para el buen funcionamiento de la festividad en esos tiempos. Por una parte, los adultos van a integrarse a lo representativo de la fiesta y, por otra, lo que antes era imitación de los elementos de la Parranda remediana pasa a ser búsqueda propia, con salidas creativas. Prueba fundamental lo constituye el hecho de que logran renunciar a la exhibición de trabajos fijos o de plaza, en un poblado sin plaza idónea y sin condiciones para desarrollar este tipo de construcción. La competencia se centrará entonces en el evento de la carroza, específicamente en lo que hasta el momento se ha llamado “la entrada principal”. La espontaneidad mimética comienza a ceder en esta oportunidad tras casi tres décadas en que primaran la imitación y la reproducción festiva. San Antonio de las Vueltas crea, este dos de febrero de 1928, aprovechando la etapa de supuesta bonanza inicial del machadato, las bases para emprender un nuevo período metodológico en la evolución de su fiesta por excelencia. Este tendrá que esperar, obviamente, a que el terror machadista desaparezca y a que comience su carrera un verdadero artista popular capaz de trascender la espontaneidad inmediata. Me refiero a Cumba Colom (Conrado Colom Sánchez).

Antes de hacer la relación de las carrozas presentadas, quisiera anotar que, en esta oportunidad, Mundo Garay, un simpático y popular personaje de clase media, acudió a la iniciativa de ripostar un changüí espléndido del Barrio Jutíos, con un changüí de malanguillas. O sea, que el despliegue de farolas, carteles, figuras artesanales y demás, exhibidas por el Barrio Oriente, fue contrarrestado con un desfile de danzantes que apenas llevaban plantas de malanguilla en sus manos, en tanto cantaban:

Si te pica la malanguilla
te rascas, eh,
te rascas
si te pica la malanguilla.

“A toda Parranda —me dijo una vez Cumba Colom— siempre le hace falta un Mundo Garay”. Ni uno solo de los informantes que conocieron esa época, sea cual fuere su Barrio, dejó de hablarme de este hombre. Y todos, sin excepción, demostraron guardar una viva admiración por su capacidad para avivar la fiesta, estremecer el pulso de la rivalidad con ingeniosas ideas que pudieran contrarrestar la desventaja de recursos de su Barrio. Tenía razón Cumba Colom: a toda Parranda le hace falta un Mundo Garay, aunque no abunden.

Dos personajes importantes para la historia local participan en esta ocasión con el Barrio Jutíos: Camila Sobrado, esposa del alcalde Arturo Herrada y benefactora del pueblo, y el adolescente Conrado Colom Sánchez, quien lo observaba todo con la avidez del que algo determinante presiente y con la esperanza de ingresar en la Academia San Alejandro en cuanto la edad se lo permitiese. Precisamente él será el responsable directo de la transformación definitiva en la aprehensión estética de La Parranda en Vueltas, aunque este es tema para desarrollar en la siguiente etapa.

Las carrozas exhibidas por el Barrio Jutíos, presidido por Ramón Vega Fariñas, fueron: “El harem”, procedente de Placetas, “Trono egipcio”, “El carro romano”, construida por Arturo Mujica para La Parranda de Caibarién y obsequiada por el alcalde de ese pueblo a Camila Sobrado, “El junco chino”, “El altar” y “El palacio flotante de Cleopatra”, como remate de triunfo, hecha por el propio presidente del Barrio. Esta carroza sufriría un percance en el momento final de su recorrido, al llegar a la meta, que serviría a los Ñañacos para contrarrestar, de alguna manera, el propio percance de una suya: “El circo romano”.

Las carrozas del Barrio Oriente, presidido por Raymundo Garay Baranda, fueron: “Jabón Candado” y “Jabón La Llave”, evidentemente de corte comercial, “La música”, procedente de Zulueta, “El círculo polar ártico”, “El carro del Amor”, “El junco chino” (imitación de la exhibida por los Jutíos por capricho de un ñañaco enamorado de la carroza), “La barca normanda” y “El circo romano”. Esta última, prevista para rematar en la salida del triunfo —cada Barrio hizo tres—, chocó en su altura con los cables del alumbrado y desbancó La Parranda orientalista. La anécdota que corre alrededor del hecho cuenta que, por casualidad, la calle principal —Manuel Herrada— se arregló, con buen relleno, justo después de que Mujica, el carrocero, tomara las medidas. “Lo sucedido fue casual —escribe Minguí—, pues la casualidad existe y a veces sucede lo imponderable”. Así quedarían libres de sospecha tanto el diseñador como el alcalde.

Se destaca, además, el minucioso trabajo hecho por Venancio Rojas para los faroles del changüí de su Barrio: dibujó las cuarenta y ocho cartas de la baraja española, una en cada farol.

Según el testimonio de algunos informantes —entre ellos, Evaristo Díaz—, en este año se introdujo en Vueltas el empleo de tableros, o zarandas, para el área de fuego. Este será, a lo largo de toda la historia de la fiesta, un elemento básico de identificación del espectáculo, no sólo en la Parranda voltense, sino en todas las festividades de esta clase en la región norte-central de Cuba. Los fuegos artificiales, con su explosión lumínica bajo la dimensión de la bóveda celeste, tienen un complemento de tradición folclórica vital en las sucesivas explosiones que aportan los tableros. La explosión continua de petardos, que es un elemento común asumido de la herencia folclórica universal, se reconstituye en este elemento en dos direcciones principales. Primero, en la potencia, continuidad y ritmo del sonido; segundo, en la disminución del riesgo del participante, pues los voladores se elevan verticalmente para estallar en lo alto.

La participación activa de todas las clases de la sociedad en la fiesta, fraguada con plenitud en 1928, reacondiciona el modo en que se exteriorizan los eventos carnavalizadores y reconstituye las manifestaciones de desorden e inversión de los roles sociales que le son naturales. Los fundamentos de este sistema representativo se han ido estructurando en un tiempo histórico, desde la segunda mitad del siglo XIX. Su estructuración espectacular deja de ser espontánea para reconvertirse en construcción. Las demandas de la competencia exigen que la iniciativa popular reestructure sus normas de institucionalidad artística. En San Antonio de las Vueltas, este proceso de búsqueda y acondicionamiento ajusta sus experimentaciones en el año 1928. Y dejará listo el panorama para una nueva etapa.

Cierra así el periodo Migratorio de La Parranda voltense. Se advierten en él los intentos y desplantes de la migración del hecho folclórico. Para concluir su análisis, relaciono los rasgos que le son comunes y que podrían conducir, en una inspección metodológica de la evolución de la fiesta, a una advertencia de su identidad. Ellos son:

a) Espontaneidad
b) Pobre institucionalización de sus relaciones internas
c) Multiplicación de trabajos artesanales para la competencia festiva.
d) Sistematicidad competitiva focalizada en la exhibición de faroles en comparsas.
e) Importancia determinante del changüí dentro de la competencia y para la efectiva realización de la fiesta.
f) Carácter mimético tanto de la construcción artesanal en general como del sistema de competencia y simbolización.
g) Falta de organización, y variabilidad, en las normas que rigen el discurso competitivo.
h) Empleo de niños como figuras, estatuas, o maniquíes, en la representación de la carroza.
i) Uso del detalle y la miniatura artesanal en otros eventos que no sean el de la carroza.

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