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García Canclini y Las culturas populares en el Capitalismo

Jorge Ángel Hernández, 29 de octubre de 2010

Un texto indispensable para la ubicación del estatuto popular en la cultura en la obra de Néstor García Canclini es Las culturas populares en el Capitalismo.* El propio autor coloca al libro «entre la antropología y la sociología», aunque también acude a reflexiones políticas y filosóficas. En este ensayo, mientras proyecta su propia estrategia para la exposición de sus investigaciones, asegura que se necesita una estrategia de estudio que abarque la producción, la circulación y el consumo de la cultura popular para poder llegar a definición alguna. El primer requisito, precisa, consiste en abandonar la «versión que reduce las artesanías a una colección de objetos y la cultura popular a un conjunto de tradiciones». [p. 12] En esta perspectiva, y más allá de las propuestas concretas de esta obra, será necesario comprender las relaciones de producción y consumo de esos objetos artesanales que no solo van integrándose a un discurso de comunicación, sino que también arrastran complejas relaciones de intertextualidad cuya aplicación está en algún lugar no precisamente ubicado por el análisis cultural. El conjunto de tradiciones —comprendido esto como una nomenclatura de eventos discursivos arraigados en la historia sociocultural— sobrepasa, en cambio, las proposiciones de las artesanías pues, por lo general, engloban a aquellas hasta convertirlas en uno de sus más importantes subsistemas.

El requisito inmediato reclamado por García Canclini para un cambio en la perspectiva analítica se refiere al «idealismo folclórico que cree posible explicar los productos del pueblo como “expresión” autónoma de su genio». [p. 12] Este segundo planteamiento lleva a un análisis mucho más detallado de los sistemas modeladores, lo que coloca al autor en un punto avanzado respecto a los estudios precedentes. Dos tesis principales lo conducen:

a) El capitalismo dependiente se apropia de las culturas tradicionales para reestructurarlas, «reorganizando el significado y la función de sus objetos, creencias y prácticas».
b) Las clases dominantes desestructuran las culturas étnicas, de clase y nacionales, para reunificarlas en un sistema organizado de producción simbólica, cuya lógica central responde a relaciones de mercado. [p. 13]

Ello lo hace definir la cultura como un «instrumento de pensamiento para comprender, reproducir y transformar el sistema social y para elaborar y construir la hegemonía de cada clase». [p. 16] Con esta definición se presenta el problema desde la organización social y para ella misma, a la vez que, a pesar de sus esfuerzos por evadir ciertos vicios de la tradición materialista, absolutiza el carácter clasista de la cultura en una especie de inversión del método del idealismo folclórico y como si construyese un «idealismo» de la crueldad sentimental por la hegemonía. Los ámbitos de acción son, sin embargo, necesarios.

Adentrado ya en su libro, va a reescribir el concepto conservando la esencia del anterior, pero agregando los elementos portadores de significados. Aparecerá la cultura, en este nuevo impulso, como «producción de fenómenos, mediante la representación o la reelaboración simbólica de las estructuras materiales, a comprender, reproducir o transformar el sistema social, es decir, todas las prácticas e instituciones dedicadas a la administración, renovación y reestructuración del sentido”. [p. 32] No es ya un instrumento de pensamiento sino una producción de fenómenos vistos como prácticas e instituciones. Al objetivo central, como acción auxiliar al servicio de la sociedad, se le ha agregado el de la producción del sentido. Sus peticiones, hasta este punto, se establecen fundamentalmente en lo institucional, en el plano productivo, sin preocuparse demasiado por las reglas de consumo ni, lo que es un vacío cultural teórico, los mecanismos intrínsecos de simiotización de los sujetos populares. La sociedad, por otra parte, no siempre se ve con la amplitud de sus estructuras, sino en el discurso lineal, casi un relato, que se desempeña entre la producción institucional, portadora de maneras y prácticas simbólicas bien definidas como agentes de cambio social, y el consumo, también tendente a aparecer como un deseo de cambio, lo cual pone en evidencia el propio papel transformador que se atribuye a la práctica cultural. No obstante, encuentra en el estilo de vida la internalización de los aparatos culturales compuestos por las instituciones que administran, transmiten y renuevan el capital cultural en los miembros de la sociedad y en la necesaria conformación de cada subjetividad. Ese estilo de vida se remite a las capacidades del hábito, en primer término estructurado por las condiciones sociales y la posición clasista y, en segundo, estructurante generador de prácticas y esquemas de apreciación y percepción.

Ahora bien, ¿cómo actúan esas prácticas estructurantes en los mecanismos formadores de la cultura?

Esa es la semiotización que se pudiera emprender para no quedarnos en las proposiciones demasiado sintácticas de su concepto. Para adentrarnos en los más extensivos campos de su investigación. «Ningún objeto —escribe García Canclini— tiene garantizado eternamente su carácter popular porque haya sido producido por el pueblo o este lo consuma con avidez; el sentido y el valor populares se van conquistando en las relaciones sociales». [p. 151]

La pregunta, a partir de ello, es: ¿Qué categoría conceder a esa serie de objetos y ceremonias que se arraigan en los sectores populares al tiempo que, en nombre del expediente de seguridad de la cultura, son fuertemente estigmatizados y, cuando llega a ser muy potente el estado de opinión, rechazados incluso institucionalmente? Y agregaría otra: ¿Cómo es que esas ceremonias y objetos artesanales consiguen surgir una y otra vez al discurso inmediato del arte reclamado por las masas? El esfuerzo que implica llegar a sus respuestas apunta, justamente, hacia la definición del estatuto popular.

Un elemento crucial de este estudio radica en la asunción del término culturas populares, en plural, sustituyendo al restringido «cultura popular», que tanto la tradición romántica como la positivista han asumido. Esto permite acercarse a conclusiones sobre la base de la multiplicidad de sujetos y, así mismo, la multiplicidad de variables que sería necesario entender para llegar a un estatuto de clasificación dentro del propio concepto de cultura. Dos espacios son ámbito de constitución para las culturas populares, de acuerdo con García Canclini:

a) Las «prácticas laborales, familiares, comunicacionales y de todo tipo con que el sistema capitalista organiza la vida de todos sus miembros».
b) Las «prácticas y formas de pensamiento que los sectores populares crean para sí mismos, para concebir y manifestar su realidad, su lugar subordinado en la producción, la circulación y el consumo». [p. 48]

De ahí que vea a esas culturas populares como resultado de una apropiación desigual del capital cultural que va a ser, sin embargo, reelaborado en el marco mismo de las condiciones de vida y puesto en interacción conflictiva con los sectores hegemónicos. Esta visión, acaso equilibrada tras un tránsito teórico que va de Gramsci a Bourdieu, le permite apuntar hacia estrategias de reivindicación, y de emancipación incluso, desde los propios sujetos alienados.

García Canclini rechaza, además, «la concepción evolucionista, lineal, que imagina a la cultura indígena y campesina como una etapa preindustrial, cuyo destino inexorable sería parecerse cada vez más a la “modernidad” y finalmente disolverse». Identifica además, y de inmediato, la ambigua estrategia de la clase dominante respecto a las culturas populares en un doble eje:

a) Imponer al subalterno sus modelos económicos y culturales.
b) Apropiarse de lo que no es posible anular o reducir, en virtud de refuncionalizar esas formas de producción y pensamiento ajenas, simbólicamente resistentes. [p. 121]

Para resolver los conflictos de la identidad y subsistencia de las culturas populares, García Canclini aconseja tener en cuenta tanto el carácter económico como el simbólico, sin independizarlos. Al hacerlo de ese modo, advierte, se responde a la lógica primaria del capitalismo, que necesita se produzca la ruptura inmediata entre lo material y lo ideal para continuar absorbiendo el producto desde la hegemonía. [pp. 84-89] El sujeto popular queda alienado entonces, y al mismo tiempo, tanto de la propiedad económica de los objetos resultantes de su producción cultural, como de la propiedad simbólica que los origina.

En este ensayo, basado en minuciosas investigaciones de campo y agudas deducciones, se ha privilegiado el discurso de las relaciones de consumo e intercambio económico y se han empleado los elementos culturales referentes, que deben operar en ese carácter simbólico de toda cultura, con demasiado grado de generalización y sin continuar, después de planteado, con los sistemas modeladores de la comunicación por su función artística y/o cultural. Si el capitalismo reincorpora las artesanías por sus posibilidades de consumo —compraventa, alienación del sujetos y sus productos—, dejando atrás su incorporación funcional a la sociedad y su capacidad de significación, la investigación de García Canclini se asienta, y hasta se regocija, en ese discurso de la compraventa sin desviarse a los paradigmas culturales capaces de sostenerlas a través del tiempo, mucho más que del espacio, en el acervo y el gusto popular.

Fiestas y artesanías fueron principalmente focalizadas por García Canclini en esta obra, basado justamente en que ambas «sintetizan los principales conflictos de su incorporación al capitalismo». «En la producción, circulación y el consumo de las artesanías, en las transformaciones de las fiestas —agrega—, podemos examinar la función económica de los hechos culturales: ser instrumentos para la reproducción social; la función política: luchar por la hegemonía; las funciones psicosociales: construir el consenso y la identidad, neutralizar o elaborar simbólicamente las contradicciones». [p. 57; suyas las cursivas].

La perspectiva básica de Las culturas populares en el Capitalismo merece una revisión a la luz de la actualidad que adquieren ciertos postulados que la metodología de las Ciencias Sociales abandonó, considerándolos obsoletos. El propio autor, en posteriores estudios, investigaciones y encargos, pasaría página a varias de estas proposiciones epistemológicas. Valdría, no obstante, dedicar a esta obra una mirada que trascienda, incluso, las posteriores líneas que el autor siguió, reconvirtiendo, a la luz del análisis que él mismo pudo haber estimulado, la coherencia de su propio pensamiento en la incoherencia de lo que el propio texto apunta.

Nota:
* Néstor García Canclini: Las culturas populares en el Capitalismo, Ediciones Casa de las Américas, Ciudad de La Habana, 1982.

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