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Uno y el Universo (I)

Luis Álvarez Álvarez, 03 de noviembre de 2010

Hace sesenta y cinco años, apareció el primer libro de ensayos de Ernesto Sábato: Uno y el universo, que constituye la obra de iniciación literaria del gran escritor argentino. Se trata de uno de los textos más apasionantes de la producción intelectual latinoamericana del pasado siglo.

Sin la menor duda, el autor de Sobre héroes y tumbas recorrió una trayectoria en extremo singular, que lo diferencia de buena parte de los grandes narradores del continente. En efecto, su formación inicial fue ante todo científica, y está jalonada por marcas muy especiales. Licenciado en Física y Matemáticas, terminó sus estudios de doctorado en el campo de estas ciencias en 1938. Casi de inmediato, obtuvo una beca para estudiar en París, nada menos que en los laboratorios de Irène y Frédéric Joliot-Curie, quienes habían obtenido el Premio Nobel de Química en 1935. En la capital francesa, su insaciable sed de conocimiento lo acercó al surrealismo —Sábato ha narrado en una entrevista que de día trabajaba en el laboratorio estudiando las radiaciones atómicas, y de noche se vinculaba con los artistas de este movimiento— y a las propuestas de la psiquiatría de Freud: de ese modo, su rigurosa formación científica se vio confrontada con las profundas transformaciones del arte de las vanguardias. De París viajó a los Estados Unidos, para continuar sus estudios de Física en el Massachusetts Institute of Technology (Instituto Tecnológico de Massachusetts), institución de prestigio mundial por sus métodos avanzados de formación profesional y por su equipamiento tecnológico. Luego, en 1940, pasa a ser profesor de la Universidad Nacional de Buenos Aires. A partir de ese momento, se aproxima cada vez más al mundo de la escritura, y comienza a colaborar en la emblemática revista Sur. La dicotomía entre formación científica y vocación artística se va haciendo más y más aguda, a partir, sobre todo, de su percepción de la ajenidad entre la ciencia, de una parte, y la eticidad y el sufrimiento humanos, por otra. Una crisis de conciencia, en 1943, lo deciden a abandonar la ciencia para dedicarse por completo a la indagación del hombre por la vía del arte. Y en 1945, después de haber escrito una serie de artículos diversos, publica Uno y el universo. Es preciso señalar que Sábato se negó durante veintitrés años a que volviera a publicarse este libro, a pesar de la insistencia de editores y amigos. Al fin, en 1968, accedió a una segunda edición, en cuyo prólogo advertía:

Estoy tan lejos de la mayor parte de las ideas expuestas en él que siento, al reexaminarlas, la misma tierna ironía con que miramos las viejas fotos familiares: sí, claro, ahí está uno, ciertos gestos lo delatan, quizá una misma inclinación de la cabeza o una forma de colocar las manos.1

Se decidió a una segunda edición al pensar que negarse a ella podía aparecer como una cobardía intelectual.2 En realidad, en ese prólogo el autor rechaza de ese primer libro tan solo cuestiones de tono y actitud, y pide disculpas al lector por  “[…] las arbitrariedades y violencias que encuentre, las más de las veces motivadas por la pasión que siempre he puesto en mis ideas”. He aquí, para una lectura contemporánea, uno de los atractivos mayores del libro, en el cual está, en pleno hervor de pasión y de primera madurez, toda la estatura del autor de Sobre héroes y tumbas, esa extraordinaria novela donde es posible encontrar fuertes ecos de Uno y el universo.

Marcado con fuerza por su rechazo a una ciencia que, en la primera mitad del siglo XX, había adquirido ribetes de fetiche amoral; entusiasmado por las experiencias de un surrealismo que, sin embargo, cuando el científico argentino toma contacto con él, está ya periclitando; ligado a una juvenil e insegura fascinación por la izquierda, Uno y el universo se mueve, como su título pronostica, entre el microcosmos del autor y la infinitud de la Naturaleza y el saber humano. Contra lo que ha venido consignando la crítica más común, no es un libro de exclusivo tema científico o político. Antes bien, entraña un afán de totalidad reflexiva que, en voluntaria paradoja, se construye en forma de textos autónomos en apariencia, pero ligados entre sí por una angustia total en cuanto al destino del hombre y a la creciente carencia de eticidad en la sociedad contemporánea. Así, transita de reflexiones puramente científicas, a un penetrante juicio sobre Jorge Luis Borges; de una indagación de la moral en la contemporaneidad, a una meditación acerca del surrealismo. Su valoración sobre el autor de “El aleph”  revela, para una lectura del año 2010, una penetración que, contra lo que advierte el prólogo, muestra Uno y el universo como nuestro cabal contemporáneo:

Cuando se hace una excavación en la obra de Jorge Luis Borges, aparecen fósiles dispares: manuscritos de heresiarcas, naipes de trupo, Quevedo y Stevenson, letras de tango, demostraciones matemáticas, Lewis Carroll, aporías eleáticas, Franz Kafka, laberintos cretenses, arrabales porteños, Stuart Mill, de Quincey y guapos de chambergo requintado. La mezcla es aparente: son siempre las mismas ocupaciones metafísicas, con diferente ropaje: un partido de truco puede ser la inmortalidad, una biblioteca puede ser el eterno retorno, un compadrito de Fray Bentos justifica a Hume. A Borges le gusta confundir al lector: uno cree estar leyendo un relato policial y de pronto se encuentra con Dios o con el falso Basílides.4

En nuestro presente en curso, ese juicio sobre Borges tiene dos proyecciones deslumbrantes. Ante todo, Sábato parece tocar, en intuición de entraña, una cuestión que solo habría de cobrar corporeidad teórica cabal a partir de la década del sesenta de la pasada centuria: el neobarroco como retombée —para usar el afortunado término de Severo Sarduy— que ha caracterizado el cuerpo mayor de la creación artística de América Latina. En segundo lugar, a pesar de las profundas divergencias —estéticas, estilísticas, ideológicas, existenciales— de Sábato con Borges, el pequeño e incisivo ensayo que le dedica a este en Uno y el universo, resulta, para una perspectiva actual, un diálogo de esencias en el cual, a pesar de todos los elementos de distanciamiento, Sábato establece un puente de similitudes profundas, al menos aquellas que tienen que ver con obsesiones compartidas entre ambos, ante todo, las que se refieren a los ejes primordiales de la cultura y, también, del ser humano en cuanto tal. Por eso mismo, Sábato acierta por completo en sus juicios más generales sobre Borges:

La escuela de Viena asegura que la metafísica es una rama de la literatura fantástica. Esta afirmación pone de mal humor a los metafísicos y de excelente ánimo a Borges: los juegos metafísicos abundan en sus libros. En rigor, creo que todo lo ve Borges bajo especie metafísica: ha hecho la ontología del truco y la teología del crimen orillero; las hipóstasis de su Realidad, suelen ser una Biblioteca, un Laberinto, una Lotería, un Sueño, una Novela Policial; la historia y la geografía son meras degradaciones espacio-temporales de alguna eternidad regida por un Gran Bibliotecario.5

Otro de los grandes ejes temáticos en Uno y el universo es, según ya se apuntó, la relación entre ciencia y moral, entre un avance del conocimiento por sí y para sí —entrevisto por el ensayista como monstruoso y, a la vez, estéril— y una humanidad cuyo repicado progreso puede considerarse más que problemática. Sábato aparece en estas páginas marcado, de manera indeleble y atroz, por hechos recientes y estremecedores: el nazismo, la Segunda Guerra Mundial. En esta línea, sus consideraciones sobre la ciencia ponen de manifiesto una perspectiva histórica, un interés —no muy frecuente aún en el momento en que el libro ha sido escrito— en los propios avatares evolutivos de la perspectiva científica, que es examinada por Sábato de manera implacable:

[…]la historia de la ciencia está llena de hombres que se aferraron a teorías falsas mucho después que los hechos las hubieron destrozado. Los peripatéticos contemporáneos de Galileo se negaron a aceptar la existencia de los satélites de Júpiter; Poggendorff pasó a la historia por haber encajonado la memoria de Mayer, descubridor del principio de la energía; Painlevé se negaba a aceptar la teoría de Einstein; Le Chatelier comentaba con sorna que «algunos ilusos dicen haber comprobado la producción de gas helio por el uranio», varios años después que centenares de físicos trabajaban en radiactividad. La ciencia es una escuela de modestia, de valor intelectual y de tolerancia: muestra que el pensamiento es un proceso, que no hay gran hombre que no se haya equivocado, que no hay dogma que no se haya desmoronado ante el embate de los nuevos hechos.6


De afirmaciones tales se deriva una cuestión de vital trascendencia para comprender Uno y el universo: la variedad de temas es más aparente que efectiva. Ya sea en su consideración sobre la obra borgiana, ya en su perspectiva de la ciencia, ya en el modo de examinar el mundo que, apenas concluida la Segunda Guerra Mundial, parecía una enorme ruina, Sábato subraya un leitmotiv compuesto de tres cualidades básicas: anti-dogmatismo, tolerancia, humildad axiológica esencial. Parecería que se adelantaba, en varias décadas, a posiciones que habrían de trastrocar, en la segunda mitad del siglo XX, el triunfalismo vanidoso de la Modernidad infatuada con esquemas tecnocráticos e ideológicos.

 

1 Ernesto Sábato: “Prólogo para la edición de 1968”, en Obras. Ensayos. Ed. Losada, S.A. Buenos Aires, 1970, t. 2, p. 11.
2 Ibídem.
3 Ibíd.
4 Ibíd., p. 20.
5 Ibíd., p. 22.
6 Ibíd., pp. 30-31.