Uno y el Universo (II)
El primer libro publicado de Ernesto Sábato, entonces, resulta un testimonio extraordinario de sus pasiones y, también, de su inquietud profunda en cuanto a temas relacionados con esencias del hombre y de la Modernidad. En este amplio terreno, hay que subrayar que esa apasionante obra, que alcanza sesenta y cinco años de publicada justo en la conmemoración del Bicentenario de la Independencia de América, aborda, con síntesis centelleante, los orígenes mismos de Iberoamérica, en actitud de enfrentar posiciones “críticas” que, en la Modernidad, no hacían sino resucitar la Leyenda Negra que, en tanto discurso ideológico, había sido elaborada desde el siglo XVI no solo contra España, sino también contra la América hispánica. De hecho, Sábato, de manera implícita, ataca así un dogma disfrazado de valoración histórica. Y es que la lucha contra el esquematismo intelectual puede considerarse el modo de articulación profunda de un libro que, extenso como es, aparece en su superficie como un simple taraceado de textos breves y, solo en la epidermis, temáticamente inconexos. En su consideración de la naturaleza más honda de la actitud dogmática, llega a formular una de las ideas más luminosas de todo el libro: el carácter que ha llegado a tomar la ciencia en la Modernidad:
Los siglos XVIII y XIX desencadenaron una especie particularmente peligrosa de dogmatismo: el científico. Es cierto que en nuestro siglo, algunos de los más grandes epistemólogos han recomendado la cautela y la modestia; pero el hombre de la calle, impresionado por el desarrollo de la técnica, no ve esos titubeos teóricos, y ha adquirido la más singular de las supersticiones: la de la ciencia; que es como decir que ha adquirido la superstición de que no debe ser supersticioso.
Era un acontecimiento previsible: la ciencia se ha hecho crecientemente poderosa ya abstracta, es decir, misteriosa: para el ciudadano se ha convertido en una especie de magia, que respeta tanto más cuanto menos la comprende. Este nuevo esoterismo tiene por dignidades el Miedo y el Poder, y estas dos fuerzas engendran siempre las supersticiones.1
La reflexión de Sábato sobre la ciencia insiste, de manera tan incisiva como ingeniosa, en la historicidad del proceso del conocimiento. Ello aparece expresado, con frecuencia, con una ironía que roza el sarcasmo, como en el mínimo epígrafe titulado “Gengis Kant”: “Bárbaro conquistador y filósofo alemán”.2 La confluencia en su estilo del científico con el escritor da lugar a momentos tan lúcidos e ingeniosos como el siguiente pasaje de “Física escandalosa”:
En el buen tiempo viejo, un señor trabajaba un año en un escritorio, haciendo cálculos, y luego enviaba un telegrama a un observatorio: «Dirijan el telescopio a la posición tal y verán un planeta desconocido». Los planetas eran muy corteses y tomaban lugar donde se les indicaba, como en un ballet bien organizado. Hoy, las partículas atómicas aparecen de súbito y como por escotillón, haciendo piruetas. La física de antaño tenía algo de fiesta de salón con música de Mozart, mientras que ahora parece una feria de diversiones, con salas de espejos, laberintos de sorpresas, tiro al blanco y hombres que pregonan fenómenos.3
Un tema en cierto modo colateral que, sin embargo, resulta deliciosamente abordado, es el de la identidad cultural, cuestión que ha atraído a buena parte los intelectuales y artistas latinoamericanos desde fines del siglo XIX. También en esta esfera —en el epígrafe “Esprit de mesure”—, Sábato ironiza sobre los dogmatismos, de modo que proyecta una visión polivalente y nada estática de la identidad cultural. Será este un tema que recorrerá luego toda su ensayística. Por otra parte, una serie de los mínimos capítulos del libro, abordan con semejante sentido crítico una serie de campos de la Estética. Así, en “Espejo de Stendhal” empuña la maza de su ironía para rechazar el criterio mecanicista —tan esquemática e inculta— sobre un “realismo” por completo mimético, entelequia que habría de causar tanto daño en la primera mitad del siglo XX:
Suponiendo posible la reproducción fiel del mundo externo, no veo para qué esa inútil duplicación. Muchos se proponen este desatinado oficio de papel carbónico con tanta furia como ineficacia, por ignorar que el hombre es un papel carbónico que presta a la realidad externa su propio color. Otros pretenden engañarse a sí mismos y a los demás reivindicando oficio de espejo y respaldando sus pretensiones con el inevitable espejo de Stendhal. Artefacto bastante mentiroso, por cierto; al menos, el utilizado por su inventor.4
Por esta vía, hay una serie de afiladas consideraciones sobre la novela, sobre todo porque, al analizar lo que denomina “Geometrización de la novela”,5 desarrolla una verdadera reflexión estético-filosófica sobre los derroteros de la narración en el siglo XX, los cuales, en determinada medida, se vieron confirmados por el desarrollo posterior del género.
Uno y el universo tiene un componente de extraordinaria importancia: la lucha contra el nazismo, que constituye asunto de un crecido número de epígrafes o mini-ensayos del libro. Uno de los aspectos más destacados es su exposición del componente ideológico del fascismo:
Se puede pensar que una banda de forajidos que se propone someter al mundo no necesita de teorías filosóficas, sino de garrotes explosivos y campos de concentración: es de esperar que el movimiento nazi constituya una enseñanza para los que así piensan. Harold Laski nos dice que el nazismo no tiene un sistema teórico; si por sistema teórico se entiende un edificio conceptual coherente y que aspire a la verdad, quizá tenga razón; pero no veo por qué ha de restringirse la definición de ese modo: una doctrina teórica puede ser contradictoria, puede ser falsa, puede ser sofística y puede ser criminal: no por eso deja de ser una doctrina. Hay que recordar que los nazis llegaron al poder por convicción y que, a pesar de sus luchas callejeras con los socialistas y comunistas, obtuvieron la enorme mayoría del electorado a base de propaganda, es decir, a base de ideología. Se ha dicho que sin una teoría revolucionaria no puede haber una acción revolucionaria. Parece inútil agregar que tampoco es posible instaurar el reinado de la barbarie sin una doctrina de la barbarie.6
La perspicacia de Sábato al tratar el tópico es, en verdad, extraordinaria. Es sorprendente que en 1945 haya sido capaz de percibir que el nazismo no ha sido derrotado, por la sencilla razón de que no era una mera maquinaria de Hitler, sino un resultado de causalidades sociales de gran profundidad. La idea de que con el fin de la guerra la pesadilla ha terminado le merece el siguiente comentario:
Peligrosa ingenuidad: las causas del fascismo están latentes en todas partes y puede resurgir en muchos otros países, si las condiciones son propicias. No se defiende aquí la ingenuidad de que el fascismo alemán pueda resurgir en otros lugares con idénticos atributos; la historia nunca se repite. Se defiende la hipótesis de que puede resurgir con sus atributos de barbarie espiritual, esclavitud de las almas y de los cuerpos, odio nacional, demagogia y guerra. No es una hipótesis aventurada: el fascismo ha nacido en la crisis general de un sistema; vivimos en un período de transformación más vasto y profundo que el que señaló el fin del Imperio Romano o el fin de la aristocracia feudal en Europa. Esta crisis no ha sido resuelta, por cierto, con la derrota militar de Alemania.7
Es esta una cuestión conceptual que lo atormenta con especial intensidad: se trataba, ni más ni menos, que de una interpretación de su tiempo, que, por otra parte, es todavía el nuestro. En otro momento del libro subraya:
El movimiento que ha degradado a Italia y particularmente a Alemania no ha de pasar sin dejar graves rastros en todos los pueblos. Hay ciertos sentimientos y prejuicios que es muy difícil recoger una vez vertidos; el nazismo ha hecho recrudecer el antisemitismo en los países donde era activo y lo ha hecho surgir en otros donde era casi inexistente; ha divulgado sofismas sobre la inferioridad de ciertas razas; ha provocado una nueva ola de nacionalismo agresivo en todo el mundo; ha destruido la fe en el respeto mutuo, en la dignidad humana, en las virtudes de la tolerancia, de la razón y de la discusión. La humanidad necesitará mucho tiempo para restaurar estos sentimientos […].8
En buenas cuentas, Uno y el universo es un prodigioso panorama mural de la cultura euro-occidental en la primera mitad del siglo XX: ciencia, historia, ideología, arte, política, filosofía se integran en un personalísimo encuadre, que nos revela a Sábato en su primer libro como una de las mentes más ecuménicas de nuestra América en la centuria anterior. Al cabo, esa pluralidad temática puede confluir en un eje temático unificador, que, en este libro, es la inteligencia humana: “Entender es relacionar, encontrar la unidad bajo la diversidad. Un acto de inteligencia es darse cuenta de que la caída de una manzana y el movimiento de la Luna, que no cae, están regidos por la misma ley”.9 En tal sentido, el nexo capital entre el uno y el universo es la inteligencia. A sesenta y cinco años de su primera publicación, el primer libro de Sábato sigue siendo un llamado entrañable y una invitación a meditar sobre la cultura.
1 Ernesto Sábato: “Prólogo para la edición de 1968”, en: Obras. Ensayos. Ed. Losada, S. A. Buenos Aires, 1970, t. 2, p. 41.
2 Ibíd., p. 73.
3 Ibíd., p. 68.
4 Ibíd., p. 56.
5 Cfr. Ibíd., p. 73 y ss.
6 Ibíd., pp. 79-80.
7 Ibíd., p. 58.
8 Ibíd., pp. 67-68.
9 Ibíd., p. 86.