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García Canclini y la herética de los estudios culturales

Jorge Ángel Hernández, 12 de noviembre de 2010

En los esbozos de Néstor García Canclini para su Diccionario herético de estudios culturales, las divisiones clasificatorias no se presentan estrictamente bifurcadas, como en estudios anteriores, sino marcadas por el resultado, al contrario de la eficiencia proclamada por las tendencias de especialización.

Del régimen totalitario de los «saberes» míticos y teológicos [dice, sin poder evitar que su ironía se transustancie en lamento] pasamos al régimen que independiza los sistemas en que funciona el mundo y que hemos llamado ciencia. Se trata no sólo de saberes laicos, sino específicos: conocimientos biológicos para la naturaleza, sociales para lo social, políticos para el poder, y así con cada campo.1

Es el reflejo de crisis de lo cultural en ese mismo campo de la especialización:

Las «teorías» que proponían los relatos para entender cómo se relacionaban los saberes específicos de cada campo, la economía con la educación, y ambas con el arte y el poder, fueron incapaces de controlar los desórdenes (liberalismo clásico) o lo hicieron con un absolutismo a la larga ineficaz, que generó más descontento que soluciones (el marxismo).2

La «teoría» que deviene entonces, de acuerdo con lo que va a relacionar en ese su proyecto de Diccionario herético de estudios culturales, se somete al estatuto del mercado, «principios demasiado simples, entre los cuales el vertebral es convertir todos los escenarios en lugares de compra y venta». Para él se necesita, además, indagar «qué falló en la economía o en la política moderna, o en la ciencia y en las vanguardias artísticas por separado», hallar el «por qué se frustró el propósito de pensar las interrelaciones entre estos campos respetando su autonomía». Concretamente, de acuerdo con su percepción cultural, dividida entre el precepto teórico-metodológico y los impresionantes resultados de la canalización global:

[…] no se trata apenas de construir movimientos de resistencia, sino de refundar la modernidad. Aparece, entonces, indispensable la tarea cultural: repensar los significados, el sentido moderno, aceptando la complejidad de las interacciones globales. Rediscutir la autonomía de los campos culturales, políticos, económicos, y sus necesarias interconexiones.3

En su ponencia presentada al Seminario sobre Cultura y Desarrollo, del Banco Interamericano de Desarrollo, su petición se dirige a conservar la cultura como un componente ineludible del crecimiento económico, la baja inflación y el equilibro en la balanza de ganancias. Se necesita, por ello, «crear espacios económicos y circuitos de comunicación para las editoriales independientes, las películas de muchas culturas y las productoras locales de discos y videos».4 Resultado no solo de la rajadura insalvable en las forzosas relaciones transversales entre el librecambio financiero y la creatividad cultural, sino además entre el sentido productor de las élites, en las que la práctica convencional del individualismo supedita el papel del emisor al del receptor, y el espíritu laxo de los agentes receptores que, al desentenderse de las élites, cavan su tumba con los sucedáneos de la industria. El planteamiento que indica la necesidad de crear los sectores receptivos capaces de sostener la cultura para su propio desarrollo y no únicamente en estatuto servil, pasó antes por apropiaciones como esta:

El pensamiento posmoderno abandonó la estética de la ruptura y propuso revalorar distintas tradiciones, auspició la cita y la parodia del pasado más que la invención de formas enteramente inéditas. Pero fue sobre todo con la expansión de los mercados artísticos, cuando se pasó de las minorías de amateurs y élites cultivadas a los públicos masivos, que disminuyó la autonomía creativa de los artistas. Sus búsquedas fueron situadas bajo las reglas del marketing, la distribución internacional y la difusión por medios electrónicos de comunicación.5

Por consiguiente, la crisis planteada por García Canclini se muestra como anterior —y más estable— a la explosión depredadora con que habrá de resumirse el primer lustro del siglo XXI. El dominio institucional por sobre las esencias de lo que se produce se ha hecho, más que síntoma, objetivo. Él mismo señala que «la mayor parte de los programas culturales parecen hacerse para que las instituciones se reproduzcan, y muy pocas veces para atender necesidades y demandas de la población».6

Para lo cultural, en su más completo y necesario sentido, vale entonces como imprescindible el consenso de lo popular. Esta necesidad, hace que García Canclini regrese a sus definiciones:

Lo popular no corresponde con precisión a un referente empírico, a sujetos o situaciones sociales nítidamente identificables en la realidad. Es una construcción ideológica, cuya consistencia teórica está aún por alcanzarse. Es más un campo de trabajo que un objeto de estudio científicamente delimitado. […] una propiedad del trabajo científico es volver visible y discutible, y por tanto un poco más neutralizable, la relación entre su discurso y las condiciones en que se engendra.7

Antropología y estudios sobre comunicación se enfrentan, de acuerdo con el parecer de García Canclini, en estado de crisis, constituidas como «tendencias científicas opuestas». Su visión integral, es decir, cultural, de la cultura, le permite indicar que los estudios antropológicos en general se traducen en «monografías de orientación culturalista que describen comunidades locales o grupos étnicos. Seleccionan los rasgos tradicionales, “primitivos”, de una comunidad aislada y reducen su explicación, cuando la buscan, a la lógica interna del grupo estudiado».8 Su juicio crítico apunta a un asunto vital para el estudio de lo popular en la cultura: el resultado del impacto de elementos externos sobre un fenómeno específico de lo folclórico.9 Acercarse a manifestaciones del folclor con una persistente nostalgia del pasado perdido no hace justicia a la propia condición popular de la cultura que producen. Las tradiciones no se rescatan sino por sí mismas, aunque, desde luego, si no se subvencionan, pueden verse atrofiadas seriamente. Si bien es posible que «la principal ausencia del discurso folclórico» sea «no interrogarse por lo que les pasa a las culturas populares cuando la sociedad se vuelve masiva», su negativa rotunda acerca de las posibilidades culturales en desarrollo del folclor, al que lo considera «un intento melancólico por sustraer lo tradicional al reordenamiento industrial del mundo simbólico y fijarlo en las formas artesanales de producción y comunicación. Esta es la razón por la que los folcloristas casi nunca tienen otra política para proponer respecto de las culturas populares que su “rescate” ni encuentran mejor espacio para defenderlas que el museo»,10 lo lleva a enfocar el fenómeno en un punto de llegada análogo al de la perspectiva de esos folcloristas criticados.

Al reseñar el otro extremo de las teorías, García Canclini considera:

Para los comunicólogos, lo popular no es el resultado de las tradiciones, ni de la personalidad «espiritual» de cada pueblo, ni se define por su carácter manual, artesanal, oral, en suma premoderno. Desde la comunicación masiva, la cultura popular contemporánea se constituye a partir de los medios electrónicos, no es resultado de las diferencias locales sino de la acción homogeneizadora de la industria cultural.11

Y es este un señalamiento importante de García Canclini, por cuanto, al transferir el mensaje al medio mismo, los estudios de comunicación dejan también debajo de la alfombra el valor, siquiera conflictivo, subalterno, supeditado y dominado, de las tradiciones culturales y de la esencia popular de un sinnúmero de expresiones culturales que son saqueadas por las construcciones de divulgación masiva. Tres son los puntos que señala:

a) Concebir la cultura masiva como instrumento del poder para manipular a las clases populares.
b) Adoptar la perspectiva de la producción de mensajes y descuidar la recepción y la apropiación.
c) Reducir sus análisis de los procesos comunicacionales a los medios electrónicos.12

Sus críticas son, a mi entender, precisas, aun cuando a la hora de hacer la propia praxis su visión regrese al entramado de limitaciones que los especialistas de la comunicación han tratado de bordear en sus valiosos y hasta imprescindibles estudios. Así pues, en esa misma obra García Canclini agrega juicios que merecen ser citados in extenso y analizados en otro nivel de relación. Le agregaré a estas citas llamados en cursiva que adelanten aristas a revisitar, elementos donde el autor da en el blanco de las direcciones a seguir:

A pesar de las críticas que desde hace quince años se formulan a la tesis de la manipulación omnipotente de los medios, en la mayor parte de la bibliografía analizar la cultura equivale a describir las maniobras de la dominación. Bajo la influencia de la escuela de Frankfurt y de los libros del primer Mattelart, se concibe el poder comunicacional como atributo de un sistema monopólico que, administrado por las transnacionales y la burguesía, podría imponer los valores y opiniones dominantes al resto de las clases. La eficacia de este sistema, residiría no sólo en la amplia difusión que los medios proporcionan a los mensajes, sino en la manipulación inconsciente de los receptores. Los destinatarios son vistos como pasivos ejecutantes de las prácticas impuestas por la dominación. En la base de esta concepción instrumentalista de la cultura masiva hay una imagen del poder que denominamos «teológica», pues lo imagina omnipotente y omnipresente. Dado que éste es el núcleo teórico del problema, la cuestión no se arregla admitiendo que los receptores no son tan pasivos o complejizando un poco la interpretación sobre las acciones de los medios. Es necesario dejar de concebir el poder como bloques de estructuras institucionales, fijados en tareas preestablecidas (dominar, manipular), o como mecanismos de imposición vertical.
[…]
Además de reformular las relaciones entre cultura y poder, es preciso conocer las estructuras específicas del consumo cultural.
[…]
Aun en los estudios críticos, se admite fácilmente la eficacia de los emisores sin preocuparse por averiguar lo que efectivamente sucede en la recepción, los modos diversos con que diferentes sectores se apropian de los mensajes. Para replantear las relaciones entre cultura masiva y cultura popular es básico descubrir los desfases, las distancias y reelaboraciones que ocurren entre la producción y la apropiación en los procesos comunicacionales. […] debemos construir conceptos e instrumentos metodológicos más sutiles que los de las investigaciones de público y de mercado.
[…]
Lo masivo es la forma que adoptan, estructuralmente, las relaciones sociales en un tiempo en que todo se ha masificado: el mercado de trabajo, los procesos productivos, el diseño de los objetos y hasta las luchas populares. La cultura masiva es una modalidad inesquivable del desarrollo de las clases populares en una sociedad que es de masas.
[…]
Las costumbres más arraigadas y extendidas en las clases populares son a veces formas de resistencia, pero en otros casos no constituyen más que la rutina de la opresión [pensemos en la «popularidad» del machismo]. A la inversa, lo masivo, que tan eficazmente contribuye a la reproducción y expansión del mercado y la hegemonía, también da la información y los canales para que los oprimidos superen su dispersión, conozcan las necesidades de otros y se relacionen solidariamente.

Por tanto, García Canclini pide en esta obra cambiar el punto de contradicción investigativa, debido a que

[…] la contradicción no se plantea tanto entre la cultura local y la masiva como entre las demandas de autogestión y las tendencias [más que homogenizadoras] burocratizantes y mercantiles autojustificatorias de las grandes máquinas políticas y empresariales. El problema no reside en la masividad con que circula la información, sino en la desigualdad entre emisores y receptores, en las tendencias monopólicas y autoritarias que tienden a controlar cupularmente la circulación para mantener la asimetría social.

Y esto lo lleva, una vez más, a la redefinición: «[…] lo popular en este contexto, consiste cada vez menos en lo tradicional, lo local y lo artesanal; se reformula como una posición múltiple, representativa de corrientes culturales diversas y dispersas, que reclaman dentro de un sistema cuyo desarrollo tecnológico establece una intercomunicación masiva permanente».

Al girar, con un punto de partida emplazado en su justo intento por reconocer las direcciones críticas de las extremas líneas de investigación asumidas por antropólogos y comunicólogos, García Canclini regresa al edén de la indefinición, a la pasividad en el interior mismo de la norma conceptual en que lo popular debe extenderse. Su proposición, condicionada a un apretado espacio, resulta mucho más declamatoria que aclaratoria, más voluntarista que edificatoria. ¿Cómo sentar a los eficientes recopiladores en el banquillo para hacerles entender que la esencia de su método, dado por una visión de alta perceptividad, debe sufrir un influjo de conceptualización que, por otra parte, existe? Que un solo ejemplo baste en conclusión: El antropólogo cuya función básica y definido objetivo consiste en el rescate de las tradiciones —no importa si trasplantándolas desde el pasado hacia un presente en que serían pastiche— posee un concepto inmanente de lo popular, precisamente ese de la resistencia en el tiempo de ciertos rasgos y costumbres. Una inmanencia que es, en esencia, contigua al propio pensamiento popular.

Notas:
1- «Para un diccionario herético de estudios culturales», en Fractal, no. 18, julio-septiembre, 2000, año 4, vol. V, pp. 11-27.
(url: http://www.fractal.com.mx/F18cancl.html)
2- Ídem.
3- Ídem.
4- «Todos tienen una cultura: ¿Quiénes pueden desarrollarla?», conferencia para el Seminario sobre Cultura y Desarrollo, en el Banco Interamericano de Desarrollo, Washington, 24 de febrero de 2005, edición digital.
5- «Para un diccionario herético de estudios culturales», Cf. Robert Hughes: A toda crítica: ensayos sobre arte y artistas, Anagrama, Barcelona, 1992; Raymonde Moulin: L’artiste, l’institution et le marché, Flammarion, París, 1992.
6- «Para un diccionario herético de estudios culturales», ob. cit.
7- «Ni folklórico ni masivo. ¿Qué es lo popular?».
(url: http://www.infoamerica.org/documentos_pdf/garcia_canclini1.pdf)
8- Ídem. (suyo el entrecomillado).
9- En mi ensayo La Parranda (Fundación Fernando Ortiz, 2000, 290 pp.) analizo este aspecto, con incursiones de semiotización teórica. Todos y cada uno de los asertos que expongo han sido ignorados por acercamientos posteriores. La negativa a aceptarme ―en tanto soy un escritor que empíricamente teoriza, y no un académico avalado por los centros hegemónicos― es tal, que hasta en una tesis dedicada específicamente al tema de la parranda, con perspectiva semiótica, se ignora mi libro para repetir, en camisa de fuerza, a Eco, Barthes, Todorov, et al. Tal vez se espera a que esas ideas regresen planteadas por norteamericanos o europeos para darle el crédito justo; de ser así ―como sin duda ocurrirá―, que por el bien de la cultura popular no demoren demasiado.
10- «Ni folklórico ni masivo. ¿Qué es lo popular?», ob. cit. (suyo el entrecomillado).
11- Ídem.
12- Ídem.

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