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Gabriela Mistral: una herida fecunda

Marilyn Bobes, 15 de noviembre de 2010

Una vez más debemos agradecer a Esteban Llorach esa paciente y valiosa labor divulgativa de los más valiosos poetas de nuestra lengua.

Esta vez, la poetisa chilena Gabriela Mistral, quien recibiera el Premio Nobel de Literatura en 1945, es el objeto de interés de este experimentado y excelente editor. Con el título La herida abierta y bajo los auspicios de Gente Nueva, Llorach ha conseguido conformar una antología de altos quilates en la que se nos muestra el doloroso mundo interior de una mujer que supo convertir sus desgarraduras en obra fecunda, siempre al servicio de los otros y centrada, fundamentalmente, en la denuncia implícita de la injusticia y la hipocresía circundantes.

Poemas y prosas se aúnan en el empeño principal de exaltar la labor pedagógica de la Nobel chilena, pero la compilación rebasa sus propósitos, teniendo en cuenta que resulta muy difícil separar en compartimentos estancos, una literatura que sin dejar de ser en algunos momentos didáctica, se nutre de la experiencia vital y es un testimonio del poder de comprensión y sagacidad que hace de Gabriela una adelantada a su tiempo.

El libro consta de una selección de cuatro de los más importantes poemarios de la autora: Desolación, Ternura, Tala y Lagar, mostrándonos el proceso de evolución de la poeta, desde sus primeros atisbos neorrománticos hasta la asunción de un vanguardismo discreto, impregnado siempre de una autenticidad que se antepone a cualquier experimento formal gratuito, sin olvidar la indagación en lo autóctono latinoamericano ni su recurrencia con las rondas infantiles que, como bien señala Esteban Llorach en su prólogo, pudieran considerarse los primeros acercamientos de la Mistral con la poesía.

Sobrecogedoras son las cartas a Alfredo Videla Pineda y Manuel Magallanes Moure, dos hombres a los que la poetisa amó más allá de cualquier prejuicio de clase social y que evidencian la gran capacidad de amor de una mujer que pudiera ser definida sólo con esa palabra.

Y para mostrarnos su lado analítico e inteligencia superior, la selección se extiende a sus trabajos ensayísticos y sus crónicas agrupadas en las secciones Lecturas para mujeres, Recados contando a Chile, Recados para América y La lengua de Martí.

Llorach ha puesto especial énfasis —y he aquí uno de los grandes méritos de su antología— en explorar desde todos los ángulos, las relaciones con Cuba de la poetisa, quien tuvo a José Martí como uno de sus  principales paradigmas estéticos y humanos.

De este modo en las elocuentes introducciones que se hacen a cada capítulo aparecen opiniones de figuras de la Isla, como Dulce María Loynaz y Juan Marinello, grandes intelectuales que tuvieron la oportunidad de conocer y evaluar muy de cerca la obra de la chilena durante la visita que realizara a Cuba en 1953 con motivo del Centenario de nuestro Apóstol.

La cronología que sirve de epílogo a La herida abierta es también por sí misma un documento invaluable por la acuciosidad y precisión con la que ha sido confeccionada.

Sin temor a equivocarnos, podemos calificar este volumen como una de las antologías más rigurosas e interesantes que se haya realizado en Cuba en los últimos años.

Precedida por una evidente labor de investigación, ella misma resulta un hecho creativo que no se limita al compendio, sino que cumple una función de conocimiento íntimo en aras de una mayor penetración en el binomio obra-vida de una autora imprescindible en la historia de las letras hispanoamericanas y universales.

Recomendamos a los jóvenes y a quienes no lo son, la lectura de este libro maravilloso que nos enseña cómo las heridas abiertas pueden ser también fecundas y cicatrizar en ese acto mayor cuya entrega es en Gabriela Mistral tal vez el mejor ejemplo en la historia literaria continental.