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García Canclini: cultura popular y Desarrollo

Jorge Ángel Hernández, 26 de noviembre de 2010

Al presentar su ponencia en el Seminario sobre Cultura y Desarrollo, del Banco Interamericano de Desarrollo, Néstor García Canclini basa sus proposiciones en tres estrategias:

  1. Las sociedades contemporáneas, multiculturales e interconectadas, deben trascender el concepto de cultura como tradiciones vinculadas a lo nacional para incorporar el valor de la riqueza de las diferencias, propiciar la comunicación tanto interna como con el mundo y contribuir a corregir las desigualdades.
  2. Definir las prácticas para el desarrollo cultural sustentable así como el tipo de desarrollo socioeconómico y político que mejor sustentabilidad conceda a la cultura, para lo cual se debe garantizar, a partir de las propias políticas culturales, diversidad e intercambios equitativos entre las metrópolis que controlan los mercados y los países de débil tecnología y deficiente producción económica aunque con alta producción cultural.
  3. Definir —¡una vez más!— qué actúa en la cultura como negocio, industria o servicio para aspirar a métodos eficaces de regulación de los mercados culturales.1

La primera estrategia, que parte del hecho irreversible de que, gracias al crecimiento global del acceso a opciones culturales en general predeterminadas por las empresas que las promueven y sustentan, hoy enfrentamos un conocimiento de «repertorios musicales, literarios y audiovisuales de más culturas que en otras épocas, pero perdemos protección sobre la propiedad intelectual, o los derechos de difusión se concentran en unas pocas corporaciones, especialmente en los campos musical y audiovisual».2 Esa diversidad, sin embargo, se encuentra especialmente indizada, recontextualizada en general hacia las fuentes de consumo masivo y, en casos en efecto existentes de minorías alternativas, mezcladas con cierta dosis tónica del propio producto que ha sido sometido a la mediatización.

«Más que la homogenización —advierte García Canclini—, los nuevos riesgos son la abundancia dispersa y la concentración asfixiante».3

La segunda estrategia, un tanto ceñida a las convenciones utópicas de la tradición, es en verdad un estadio descriptivo del fenómeno que en primera instancia había relacionado, pues, como él mismo observa:

[…] la lógica de funcionamiento de los bienes culturales tradicionales (libros, conciertos y exposiciones de artes plásticas) va asemejándose a la que rige la producción de DVD, juegos multimedia y paquetes de software: hay que llegar a públicos masivos, lograr una comercialización acelerada, renovar constantemente los catálogos, subordinar la innovación lingüística y formal al reempaquetamiento de las imágenes con éxito probado.

Como hablamos de productos que son puestos en uso comercial —sometidos a un proceso de valor de cambio que, en tanto se propicia a partir del beneficio de los empresarios, imbrica la subsistencia del agente productor de cultura con el propio crecimiento de la ganancia en el campo industrial, y en cuanto supone una elección inmediata sobre el criterio de subsistencia de sus creadores, recontextualiza el valor de uso legítimo de ese producto predeterminado—, presupone una paradoja orientada al suicidio cultural. El desplazamiento de la industria del entretenimiento hacia el privilegio de la ganancia antes que al resarcimiento humano, cultural, corroe las posibilidades de la cultura para actuar en la diversidad de los individuos. Estos se convierten en consumidores estandarizados. Y así mismo, en el plano de la creación, los artistas adaptan la sensibilidad expresiva a la estandarización consumista. Se simplifica, justo, la proyección cultural de la cultura, y se le convierte en una especie de fábrica de empleos en disputa. Por ello es que, para García Canclini, «sólo una minoría de artistas y productores culturales accede a esas gigantescas estructuras de producción, distribución y exhibición, y puede sostener el ritmo de recuperación económica inmediata y obsolescencia incesante impuesto por el capital financiero que anima a esos mercados culturales».4 La instrumentación de un concepto financiero, como fuente legítima del desarrollo cultural, no solo quiebra las fuentes de sostenimiento de la diversidad creativa, sino que obstruye además, y con vertiginosa eficiencia, las próximas reservas de renovación de los productos fundados en lo popular.

La tercera estrategia reclama el papel de quienes se sienten responsables de los estudios culturales y que, como ocurre con todas y cada de las personas, dependen no solo del financiamiento de sus esfuerzos, sino también de que puedan expresarse con plena libertad. Es uno de nuestros mitos de hoy pensar que el estatuto de manipulación reductora actúa únicamente sobre el sector masivo de recepción. Cuando un centro académico, pongamos por ejemplo, establece una línea de conducta teórica, por lo general en reacción contra la hegemonía con que una línea otra se ha manifestado, el estatuto de manipulación se ve manipulado a una escala mayor, rigurosa y exacta, que la que sufre el receptor masivo en sus productos. Toda línea teórica precocida constituye un ejercicio de violencia contra la acción de sobrevida del creador de pensamiento que, para crear, necesita antes subsistir y, si los tuviere, mantener familia y gustos esenciales. Los estudios son, por consiguiente, imprescindibles, pero es también necesario someterlos a debate, pues las ideas de la clase financiera dominante suelen marcar sus estructuras de significación.

El primer punto crítico con que García Canclini se ha acercado al panorama de los estudios culturales se fundamenta en la carencia de acercamientos empíricos, en la creciente timidez que marca a los ensayos dedicados al tema, en los cuales apenas aparece el «dato duro», las «gráficas»…5 La disyuntiva de producir un texto en esencia de comunicación, presto para la reproducción antes que para la reflexión interpretativa, provoca que «la enorme contribución realizada por los estudios culturales para trabajar transdisciplinariamente y con procesos interculturales —dos rasgos de esta tendencia— no va acompañada por una reflexión teórica y epistemológica».6 Es algo que, a mi juicio, surge a partir de la utilidad residual de lo académico, pues la invención de teorías se aleja en general de las prácticas docentes universitarias y, mucho más, de las normas de control de fundaciones e instituciones financieras. De ahí que muy pocos estudios ignoren los estamentos teóricos vertidos por García Canclini y que una buena parte de ellos los tome casi como norma dogmática, en tanto, aun cuando de vez en vez aparezcan en las extensas relaciones bibliográficas, apenas sea de utilidad pragmática en la reflexión el luengo océano de artículos y ensayos que pueblan las numerosas revistas académicas y aun la mayoría de las compilaciones editadas como libro.7 Como estrategia, entonces, García Canclini pauta el proceder:

Un primer requisito para trabajar en esta dirección es redefinir el objeto de los estudios culturales: de la identidad a la heterogeneidad y la hibridación multiculturales. Ya no basta con decir que no hay identidades caracterizables por esencias autocontenidas y ahistóricas, e intentar entenderlas como las maneras en que las comunidades se imaginan y construyen historias sobre su origen y desarrollo. En un mundo tan interconectado, las sedimentaciones identitarias (etnias, naciones, clases) se reestructuran en medio de conjuntos interétnicos, transclasistas y transnacionales. Las maneras diversas en que los miembros de cada etnia, clase y nación se apropian de los repertorios heterogéneos de bienes y mensajes disponibles en los circuitos transnacionales generan nuevas formas de segmentación. Estudiar procesos culturales es, por esto, más que afirmar una identidad autosuficiente, conocer formas de situarse en medio de la heterogeneidad y entender cómo se producen las hibridaciones.8

Señalarlo no conduce, por línea obligatoria, a resolver el problema. Tampoco garantiza que el nuevo planteamiento aporte soluciones que, en efecto, superen aquellas limitaciones que la práctica ha convertido en evidencias.

Del mismo modo en que el desarrollo de la hegemonía mercantil absorbe, debilita y constriñe el desarrollo cultural del sujeto popular, además absorbe, debilita y constriñe la posibilidad de incidencia del sujeto analítico. Los índices que tradicionalmente la economía ha impuesto como balanza para medir el desarrollo, no son sino representaciones que, en tanto manipulan las cifras sobre la megalomanía sin rostro de las propias cifras, esconden los diminutos e infinitos rostros de los individuos que reciben un producto cultural enlatado, ajeno a la expresión de vida que debía nutrir la creación, y la conducta en desarrollo.

Notas:
1- «Todos tienen una cultura: ¿Quiénes pueden desarrollarla?», conferencia para el Seminario sobre Cultura y Desarrollo, en el Banco Interamericano de Desarrollo, Washington, 24 de febrero de 2005, edición digital.
2- Ídem., p. 3.
3- Ídem., p. 4.
4- Ídem., p. 5.
5- «El malestar en los estudios culturales», en Fractal, no. 6, julio-septiembre, 1997, año 2, vol. II, pp. 45-60
(url: http://www.fractal.com.mx:80/F6cancli.html)
6- Ídem. Los trabajos de George Yúdice, para poner un ejemplo a contrario, aunque en efecto carentes de los numerosos paisajes gráficos, se fundamentan con rigor en el dato y constantemente se aventuran en reflexiones epistemológicas. A ellos acudirá García Canclini en estudios e investigaciones posteriores a este que aquí se cita.
7- La «fórmula secreta» de estas compilaciones consiste en agenciarse trabajos ―en general, ponencias de las que se producen en el sano ejercicio de sobrevivir― de esas figuras dominantes del pensamiento cultural.
8- «El malestar en los estudios culturales», ob. cit.

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